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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
El
tiempo
que
perdimos
El
cielo que perdimos
Juan
José Hoyos
Planeta.
Bogotá, 1990, 530
págs.
Al
cerrar un libro cuya mayor ambición es el testimonio, uno se
pregunta si el sufrimiento humano reclama respuestas de compasión o
de concientización. Si lo primero, la actitud es padecer (la
tautología es obvia: padecercon); silo segundo, se elude el
dolor, se descarga el sufrimiento y se habla de la desolación
de estar lejos del dolor (un círculo vicioso que Italo Calvino ha
llamado levedad). En general, esta alternativa es el problema
básico de todo realismo: o la realidad obra en mí o yo obro en
ella para transformarla (por ejemplo, en ficción). En la segunda
posibilidad, el testimonio es trascendido y la realidad se enriquece
con otras fuentes de realidad. Pero veamos qué sucede con la
primera posibilidad, esto es, la de padecer la realidad, uno de
cuyos modelos tememos a la vista en esta novela de Juan José Hoyos.
Hoyos
no necesita contárnoslo: hay una ciudad que sufre. Esa ciudad, que
es Medellín, sabemos, ha sido escenario en los últimos años de
una violencia relacionada con el marcotráfico, el sicariato, la
militarización, Esa ciudad nos duele, y, para el caso, no importa
que la novela nos hable de otra época, la de la represión
clandestina bajo el gobierno de Turbay Ayala, hace unos diez años.
Digo que no importa ese escorzo histórico porque sabemos que el
testimonio dc Juan José Hoyos brota de un hoy quemante: las
alusiones al presidente Turbay o las implicaciones de militares en
actos criminales son tan tímidas (no es lo único tímido en este
libro) que lo único evidente es que hay una ciudad violenta la
de hoy o la de entonces, violenta porque la dominan, la viven, la
entienden y la cuidan sólo los violentos.
Vuelvo
a preguntar: ¿cabe la ironía donde no hay solidaridad? ¿Es válido
ironizar el papel de la literatura ante la violencia? Sí, pienso, y
ello responde a otro tipo de compromiso: si permitimos que la
literatura se vuelva padecimiento, implícitamente estamos
justificando la causa de ese padecimiento. No se trata de hacer una
apología de la función social de la literatura, sino de poner en
su sitio su valor testimonial, humanamente nulo.
El
género testimonial parte de un supuesto falso: que la solidaridad
Consiste en darles la palabra a los otros, o que esta concesión es
prueba de ella. Y ass, cuando no resulta franca y malsana novelería
de costurero, lo que se produce en el concesor es el plañido.
Ahora imaginemos la solidaridad de las plañideras y
entonces
nos sentiremos autorizados para aventurar en esta nota la ignorancia
del dolor.
En
El cielo que perdimos hay un solo tono dominante y abusivamente
intencional: el patetismo. Dentro de una tradición que parte de la
literatura caballeresca, el patetismo es herencia del tópico de
insuperabilidad, según el cual lo memorable es el más grande héroe,
el más grande amor, el más grande dolor, la más grande belleza
del mundo. Dentro de esa tradición, el patético literalmente
no sabe qué aspavientos hacer para convencer al lector o espectador
de que está antelo más de lo más. Leamos algunos ejemplos en El
cielo que perdimos: Entonces sentí el grito.! // Vino de muy
lejos. Vino de la noche. Era feroz, como su belleza. Salió de su
garganta, llena de coágulos de sangre. // Creí que me iba a
desmayar; Valmiki y yo nos miramos, asustados. La voz de la señora
habla cambiado. Ahora, había dejado de llorar. Y al llanto lo había
reemplazado una especie de ira sorda que le habla afinado la voz. Yo
casi no podía respirar ; No sé por qué, viendo tanta soledad, me
puse a pensar en Mary. ¡Por Dios, cómo sentía lo que la quería
mirando esas selvas!; Después, empezó a llorar, otra vez.
Pero no se despertó. El llanto, poco a poco, se convirtió en un
lamento doloroso. Los gemidos eran lentos y parecían salidos de
la boca de algún otro ser acongojado. Un ser distinto a Lucho que
se quejaba en algún lugar de la noches Y se oían como si füeran
gritos en medio del silencio de la madrugada; Mary lanzó un
gemido. Yo sentí que se me cortaba la respiración. Daniel siguió
hablando; ¿Y el guardián? preguntó León.!! Perdió
las dos piernas... Casi se nos desangra ahí.
El
hombre señaló con la mano un charco de sangre que había en el
piso.
Esta
madrugada lo mandamos para la Policlínica...!! El Pájaro sacó un
pañuelo y se tapó la boca. Yo estaba mareado. León tomaba apuntes
en una libreta. No pude aguantar más. También saqué el pañuelo.
Paremos.
Llegados a este punto uno sabe que hay dos actitudes posibles del
lector (en realidad, hay dos lectores): la del asiduo de foto, radio
y telenovelas que se seca las lágrimas o abre grande los ojos
porque por fin está asistiendo a una realidad importante, o
la del cínico que ya no cree en pordioseros desamparados y para
quien todas esas expresiones han caído en la deshumanización como
cadáveres de morgue porque ellas mismas provienen de una
innegable falta de humanidad.
Ahora
bien: el patetismo, el padecer, es propio, como su nombre lo indica,
de un personaje esencialmente pasivo. Un personaje por quien pasan
cosas o a quien le pasan cosas; no un personaje actuante o buscador, como se
define el personaje novelesco. El Héroe de esta novela de
Juan José Hoyos no es ni siquiera un personaje oblicuo, un álter
ego de hoyos: El cielo que perdimos es una ficción autobiográfica (ello no
quiere decir que lo que allí se cuenta ha sucedido) sin ninguna
justificación:
ni
búsqueda de valores, ni conflicto interior, nada define a este
personaje más que su silencio, su perplejidad y su no-saber. Y
puesto que se trata de un relato autobiográfico, nada expresa esta
novela salvo silencio, perplejidad y no-saber. Juan Fernando es un
periodista que no hace nada, no
sabe
nada y, si quiere algo, no hace nada por conseguirlo. Ante los crímenes
sobre los que tiene que informar su actitud es la de dejar crecer el
misterio el imperio de la impunidad; ante Mary, la mujer de
quien se enamora, prefiere esperar a que ella defina la situación
porque no se siente autorizado por el amor para serles desleal a
Daniel, su amigo y esposo de Mary, ni a su propia esposa,
Sara.
El
mismo es un ejemplo, un caricaturesco ejemplo, de falta de
compromiso por falta de carácter; es un protagonista que les
ha cedido la palabra a los otros, pero esos otros hablan un lenguaje
de balas, unos, y los demás un lenguaje vital que el
protagonista no entiende. Al final de esas dos abultadas
historias, la de la ciudad y la del personaje, Hoyos quiere dar la
idea de un desenlace haciendo que su personaje, por fin, reaccione;
en todas las 530 páginas de la tediosa novela, es el único momento
en que sentimos al protagonista decir este cuerpo es mío,
para decirlo en la más completa pusilanimidad: respecto de su
vida, le da un consejo a Mary no era su característica dar
consejos sino escucharlos y termina con ella; respecto de la
ciudad, decide quedarse, porque este es el pueblo que amo, mi
gente. Las dos decisiones no hacen más que refrendar su
impotencia. Y esa impotencia, a la que no se le da un tratamiento
interior desde el personaje, no es más que impotencia literaria: la
incapacidad de sobreponerse a una realidad que no se comprende y que
se deja fluir, con todo su engaño y su atrocidad, a lo largo de 530
inútiles páginas, a través de las cuales los verdaderos
protagonistas, los actuantes, son los mismos, oscuros, violentos que
han mancillado la ciudad. Ellos, al menos, parece decirnos la
novela, tienen el valor de actuar, de vivir su
ciudad a su manera.
OSCAR
TORRES DUQUE
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