Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Utiles informes de ingenuidad tardía


Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada
Don Basilio Vicente de Oviedo
Colección Memoria Regional, Gobernación
de Santander, Bucaramanga, 1990.
 

Según el interesante prólogo de Luis Augusto Cuervo a la edición de esta obra, realizada para la Biblioteca de Historia Nacional en 1930, se supone que corresponde al tomo X de los voluminosos escritos del cura Vicente de Oviedo, a los que, también supuestamente, dio fin en 1761. La obra es más que todo un trabajo de historia natural correspondiente a la región cundiboyacense y santandereana, con precarias alusiones a otras zonas neogranadinas (Venezuela, Llanos Orientales, Ibagué, Neiva).

Como todos los trabajos de su tipo, pertenece al género de la crónica histórica. Resulta entonces un relato libre, que se esfuerza siempre por dar una noticia fiel, más de los hechos atinentes a la naturaleza que a la sociedad, con la permanente presencia del narrador opinando sobre los acontecimientos que describe. Este carácter de testimonio personal lo provee cierto atractivo, al que el contribuye el tono coloquial en el que está redactado.

Sin duda, la obra del párroco de Mogotes es de utilidad para el interesado en conocer de historia agraria nacional. La muy prolija descripción de los curatos, que arranca en el capítulo IX y culmina en el XVIII —que en el último del libro— y abarca casi el 70% de sus páginas, da para componer una detallada geografía de los cultivos predominantes en el altiplano cundiboyacense y los santanderes durante el siglo XVIII. Lo cual no deja de tener su importancia, por ser ésta la región más densamente poblada y de mayor productividad agrícola de la Nueva Granada en ese período. También, porque las sociedades coloniales hispanoamericanas pueden considerarse como sociedades agrarias. Los informes de los curatos son como sigue:

El curato del pueblo de Tibaná [...] está a media jornada de Tunja [...]. Su temperamento templado, ameno, deleitoso y sano, produce de todos frutos de tierra fría, lo más trigo, alverjas, papas, y de tierra caliente, plátanos y otros frutos. Tiene río cercano. Tendrá más de 50 indios acomodados, según su esfera, que tienen ganados vacunos y ovejunos, y labran tejidos de lana como los demás pueblos de la comarca de Tunja... [pág. 188].

Puede notarse que hay allí, además, atisbos de información sobre características de los pobladores y de actividades diferentes de la agricultura y de las condiciones ambientales, aunque ellas constituyan el interés central del autor. En ocasiones estos temas se amphan, como cuando hace referencia a “la multitud de negros” de las haciendas de la Compañía de Jesús (pág. 206), a los “80 indios” con “fama común que son yerbateros y brujos” (pág. 204) o a la fabricación de “mucha loza de ollas, tinajas, jarros para llevar a Santafé y a otras partes” (pág. 147). Incluso podría diferenciarse entre aquellos pueblos donde se muele el trigo y se producen harinas y los que sólo son productores de cereal, lo cual indicaría el establecimiento de molinos en un área mayor que la reconocida en las obras clásicas sobre el tema

Resulta de especial interés el capitulo en el que se trata de la situación de Santafé respecto de los niveles educativos de sus planteles y de la formación que imparten. El cura Oviedo no vacila en afirmar que de allí “salen y hay de continuo muchos eminentes sujetos que pudieran ser catedráticos en las ciencias de Roma”. Con ello nos indica el rasgo predominantemente clerical de la educación, lo que confirma el mismo autor cuando reconoce que “en cuanto a la gramática y retórica, se aplican muy poco”. Ni hablar, por supuesto, de las ciencias naturales.

El propio Vicente de Oviedo resulta un buen ejemplo de los alcances de la educación en la Nueva Granada de la primera mitad del siglo XVIII: él nació en Socotá, donde hizo sus primeras letras, luego estudió en el Colegio de San Bartolomé en Santafé y finalmente se ordenó en el Seminario de Popayán en 1726. Se trata de un auténtico producto de los contenidos y de los métodos de la pedagogía colonial. De allí que en el capítulo VII de su obra, que trata sobre el tema, se pueda contrastar la erudición en el conocimiento de lenguas como el latín, indispensable entonces para los estudios de las “ciencias de Roma”, con la ignorancia en materia de explicación de los fenómenos naturales.

El inicia este capítulo, titulado “De  los vientos y situaciones de las ciudades de este Nuevo Reino, de lo que son lenguas y sus cómputos y distancias, y de otras observaciones” con una sonora cita de Horacio: Navita de ventes de Tauris narrat athort et numeral miles vulnerat Pastor oves. [pág. 111].

Para luego pasar a afirmaciones como:

en las tierras de oro son mas frecuentes los rayos. Las exhalaciones que son más líquidas y raras y sutiles suben, dicen, a la primera región y allí se encien­den y alumbran hasta que se consumen, y éstas de ordinario son los cometas que aparecen y no nuevas estrellas. Que estos cometas denoten muertes de hombres grandes, no sé por qué se atribuye, sino es que entonces esté el aire más grueso y bilioso por razón del corneta... [pág. 113).

Cuando el cura Oviedo, un representante de los estamentos ilustrados de la Nueva Granada, hacía tan descabelladas suposiciones, al lado de otras sobre la “común cuenta que le señala al mundo 4.000 años desde la Creación hasta la venida de Cristo Nuestro Señor” (pág. 117), ya Johannes Kepler había escrito, más de cien años atrás, en 1609, que:

En relación con las opiniones de los santos acerca de esos asuntos de la naturaleza, res-ponderé sencillamente que en teología sólo es válido el peso de la autoridad, pero en filosofía solo cuenta el peso de la razón. Pues en efecto, santo fue Agustín, que admitió la redondez de la Tierra pero negó que existieran los ant¡podas. Sacro es el Santo Oficio de nuestros días, que admite la pequeñez de la Tierra pero niega su mo vi-miento: pero para mí, más sagrado que todo eso es la verdad, cuando yo, con todo el respeto hacia los doctores de la Iglesia, demuestro a partir de la filosofla que la Tierra es redonda, habitada en toda su redondez por antípodas, de una pequeñez casi insignificante y que se mueve velozmente entre las estrellas (1 )

Este desfase en el conocimiento entre los neogranadinos letrados y la intelectualidad europea de la época es un hecho que se revela incluso, aunque en menos notoriedad, a las diferencias entre españoles y americanos. Oviedo, al escribir su obra, se hace lenguas de toda clase de prejuicios, suposiciones y aun infundios, recogidos entre la gente común de entonces. Por eso el texto resulta matizado con gran dosis de lo que podría llamarse “ingenuidad tardía”, ya que se maravilla con acontecimientos que pudieron resultar sorprendentes para los cronistas del siglo XVI, pero para mediados del siglo XVIII denotan ignorancia en cuestiones claramente establecidas —amén de deficiencias en el sistema educativo—. Prueba de ello es el “Informe rendido por el Mariscal de Campo D. Antonio Manso, como Presidente de la Audiencia del Nuevo Reino de Granada, sobre su estado y necesidades en el año de 1729” (2) , que es un modelo de objetividad e información bien fundada, sin caer en las exageraciones y falsedades que caracterizan —sobre todo en los primeros ocho capítulos— a la obra del cura Oviedo.

A pesar de estas deficiencias, es dc utilidad para el estudioso que logre superar la monotonía de las repeticiones cuando comience la lectura de los capítulos sobre los curatos, que son los más valiosos de todo el libro. E incluso, como hemos vis.to, las imperfecciones y limitantes del escrito de don Basilio Vicente de Oviedo proveen material para un estudio sobre educación e historia de las ideas entre la clarecía de la Nueva Granada en el siglo XVIII. En fin, debe congratularse a la gobernación de Santander por la reedición de este valioso texto.

GERMÁN PATIRO O.

1 Johannes Kepler, Nueva astronomía. Pasaje citado por Arthur Koestler en Los sonámbulos, t. II, Barcelona, Salvat, 1986. (regresar 1)

2   Germán Colmenares, Relaciones e informes de los gobernantes de la Nueva Granada, t. 1, Bogotá, Banco Popular, 1989. (regresar 2)