Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Un viajero


El dulce camino del Darién. Crónicas de viaje
Jairo Osorio Gómez
Colección Biblioteca Popular de Urabá, Edi­ciones Gráficas, Medellín, 1990, 79 págs.

Jairo Osorio Gómez (periodista y fotógrafo; Caramanta, 1954) escribe, con “el ánimo del diario, golpeado, golpeadamente poético”, estas Crónicas de viaje. Utilizando un estilo periodístico, recrea los ocho días de la travesía que efectuó con un grupo de colombianos por las selvas del Darién. Se inicia con la navegación por el río Atrato después dc embarcarse en Turbo, corona en Palo de Letras, en el mojón que define la frontera colombo-panameña, y finaliza en Medellín después de ser deportados. El recorrido, a pesar de las dificultades y del amargo final, transcurre por lo que Osorio llama, con dejo irónico, El dulce camino del Darién.

En abril de 1988 emprende la expedición “Turbo-Panamá, un camino en el Darién”, cuyo objetivo era contribuir a que los colombianos se familiarizaran con esta región olvidada del país. El grupo, que a medida que avanza en su recorrido tendrá que adecuarse con “el aprendizaje rápido que exige la supervivencia” (pág. 59), está compuesto por una socióloga, dos periodistas (uno de los cuales es el autor), tres camarógrafos de Maya Televisión (canal regional de Antioquia) y un médico asociado a la Cruz Roja colombiana.

Buscando una ambientación adecuada, Osorio efectúa un brevísimo recuento histórico del Daríen. Floreciente por aquel entonces gracias a sus famosas minas de oro, la zona fue asolada por filibusteros desde mediados del siglo XVII. Por allí desfilaron L’Olonais, Morgan, Sharp y muchos más, algunos de los cuales,. tras efectuar sus correrías, escribieron sus memorias, dejándonos las primeras descripciones de la región.

Pero no satisfechos con pasar de largo, algunos viajeros pretendieron quedarse. William Paterson, fundador del banco de Inglaterra, intentó establecer hacia 1705 la colonia escocesa de Nueva Edimburgo, escogiendo para ello el mismo sitio por donde Balboa inició su cruce al Pacífico en 1513. Paterson, misionero protestante, representaba el interés libre­cambista sajón no sólo en el oro sino en la posibilidad de construir un canal interoceánico; su intención, como la de muchos otros, terminó con un cementerio lleno de cruces que fue devorado por la selva. Sin embargo, su idea se quedó flotando como una niebla en el ambiente, hasta que el departamento de Marina de los Estados Unidos realizó estudios para la construcción del actual canal de Panamá.

Cada viajero, al desplazarse, va trazando senderos que desaparecen tras su paso. A comienzos del siglo XX, se apoderan de la región con tra bandistas de tabaco y quina posteriormente reemplazados por los de “electrodomésticos en la década del sesenta. Más adelante, cacharreros de discos, casetes y grabadoras. Traficantes de perros de cacería, pieles de animales, armas de fuego. Vendedores de medicinas y peinillas de cinto” (pág. 21). Hoy, como entonces, ese toque de libertad que ofrece la selva a los que se internan en ella sigue incólume, atrayendo comerciantes y turistas con su halo quimérico.

El viaje de Osorio se inicia en el embarcadero de Turbo, a orillas del río Atrato, y prosigue arrimando a pueblitos como Boca Coquitos, bu­marado y Betecito, donde los niños “no tienen más futuro que los viejos aperos de pesca que heredan por obligación a los nueve años cuando la escuela se les acaba” (pág. 26). En los terrenos del parque nacional de los Catíos, únicó en el país que no sufre de invasiones de colonos, se encuentra la hacienda Sautatá, famoso ingenio azucarero de comienzos de siglo. Los avisos del Inderena sobre la veda de caza del manatí y la babilla son palabras insubstanciales absorbidas por las corrientes del río.

En Bijao (Chocó), región olvidada del cotidiano nacional, Don Viceñte, como podría hacerlo cualquier otro, afirma con seguridad que “esas cosas de muertos y de ladrones son para ustedes, los del interior. El chocoano es hombre decente” (pág. 31). A lo largo del río se van desgranando más poblaciones habitadas por “pobres que le estórban a los pobres” (pág. 37).

En la travesía por las selvas tropi­cales húmedas, el viajero descubre con presteza la inutilidad de continuar cronometrando el tiempo: “Nadie sabe qué día es hoy. El tiempo de la selva es sólo uno” (pág. 43). Y es la existencia de este tiempo diferente la que permite a Osorio deshilachar la historia y dar pinceladas sobre la his­toria de los colonos que abandonaron las ciudades durante la Violencia, y que hoy, casados con mujeres indígenas o negras, ejercen de baquianos, trazadores de trochas o guardianes en el parque.

El grupo llega finalmente al mojón en Palo de Letras, que representa, desde el punto de vista del relato, la cima de la irrealidad. ¿Quién puede decidir dónde está la frontera? ¿A qué nación se acogen los indígenas cunas? la frontera en medio de la selva se mueve variable como las ramas de los árboles. A pesar de esta irrealidad fronteriza, la guardia panameña, después de mostrarse amistosa, detiene al grupo de Osorio en Boca de Aupe, y lo deporta escoltándolo nuevamente hasta Palo de Letras, “en un paseo donde sus M-16 retumban asustadoramente en el Darién” (pág. 71). Desde el helicóptero que cumple la primera parte de su traslado, el autor observa que “volar el Darién panameño es otra triste confrontación. Esa reserva mundial ecológica está depredada por donde se la mire” (pág. 70). Pero este destrozo no se refiere únicamente a la selva en sí; el elemento humano ha sido drásticamente afectado: solo 145 indígenas payas heredan lo que pueden de los cinco mil o siete mil que calcularon los cronistas españoles.

El relato se detiene aquí, adicionando un repaso histórico del pueblo de Bijao, una ilusión de negros, como lo llama Osorio, puesto que cada día se incrementan los desesperados que llegan “tan sólo con el sueño de comer. Sus rostros dicen la espera de años” (pág. 77). El texto está complementado con fotografías de recortes de prensa de El Tiempo y El Mundo, donde se dice que los siete colombianos fueron golpeados y maltratados por la guardia panameña. El autor no menciona en su diario ese hecho; sólo la detención y cómo, a pesar de tener todos los documentos de viaje en regla, son deportados “inmisericordemente” por sospecha de espionaje. No se debe olvidar la delicada situación política, económica y social que atravesaba Panamá en aquel entonces, ni el hecho de que el gobierno de Colombia no se mostró solidario con la vecina nación.

Es de lamentar que el libro, a pesar de estar sazonado con infinidad de citas textuales, carezca de una bibliografía adecuada que permita al interesado profundizar en aspectos más concretos. Por otro lado, infortunadamente se queda en el recuento anecdótico, flotando a un nivel superficial, corto en su idea original dt familiarizar al lector con la región de Urabá. Descuidadamente incurre en algunas inexactitudes. Personajes, sitios o elementos que podían enriquecer la obra son soslayados rápidamente. Los esbozos que efectúa son elementales y el relato que los sustenta se pierde sin rumbo, dejando una historia llena de manchones oscuros que escapan a la comprensión del lector.

Para concluir, baste aclarar qua los comentarios de Osorio son una alerta para recordar que estos problemas no ocurren exclusivamente en el Darién, sino que son similares en todo el país, aquejando regiones como la Guajira, el Chocó, el Amazonas, la Orinoquia, todas aquellas franjas que han sido abandonadas por el aglutinante centralismo de la capital.

Como documento comparativo entre muchos otros (Germán Castro Caycedo, Juan José Hoyos), se puede citar aquí el de Rafael Cervantes Bossio, quien en 1975 ganó el primer premio nacional de periodismo Simón Bolívar, en la modalidad de reportaje, con la serie “Itinerario de una aventura” (publicado en El Colombiano), dentro de la cual se destaca el capítulo “El Muro, castigo de Dios”:

“El propósito era continuar inspeccionando otros contornos de la reserva indígena, hablar con colonos que estaban dentro de ella, conocer la vegetación, las aguas, la madera e intentar llegar a lo que todos llaman ‘El Muro’, que marca límites entre Panamá y Colombia en pleno corazón de la selva. Esta última pretensión se había convertido casi en una obsesión”. Obsesión que, hemos visto, brota como una bocanada de aire caliente que envuelve no sólo a L’Olonais y los suyos, a Paterson y sus sueños, sino a miles de viajeros. El dulce camino del Darién viene flotando en ese vaho.

ERNESTO MACHLER TOBAR