Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Contra viento  y marea


La lucha de Rafael Núñez por el poder
Eduardo Lemaitre
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1990,
306 págs.

¿Será Lemaitre otra ilusión que se desvanece? Cuando el que a nuestros ojos ha sido el símbolo de la objetividad, el de mayor amplitud de miras, el decano de nuestros historiadores, publica un trabajo como éste, sólo pueden abundar las perplejidades.

Una explicación, o acaso una justificación, demanda esta sibilina introducción. En primer lugar, este libro se presenta como un resumen de “innumerables lecturas” desgranadas en el trascurso de los años; como estudioso del tema Núñez, Lemaitre acude en todo momento a la documentación clásica (Otero Muñoz Foción Soto, Liévano Aguirre, Daniel Lemaitre, Julio H. Palacio, Quijano Wallis...), de manera que aquí no hay nada nuevo acerca del Regenerador, salvo un análisis muy personal, demasiado personal, diríamos. ¡En segundo lugar, se trata de una refundición de cuarenta breves ensayos publicados en el Diario de la Costa en 1975, los cuales conservan el carácter de notas, dirigidas notoriamente a un apasionable lector de provincia. Releídos años más tarde, como lo recomienda Horacio, habrían pedido “una edición decorosa”.

Primera inquietud: ¿es el Instituto Caro y Cuervo un editor justiciero? para responder, aventuraré dos hipótesis: Si se trata de publicar las obras completas de un personaje altamente reconocido, sí lo es. De cualquier otra manera, y en particular en el presente caso, no lo es. Porque no basta que un libro haya sido escrito por Eduardo Lemaitre. Todo libro debería pasar por el cedazo de la crítica y, si es del caso, ser piadosamente olvidado, sea quien sea el autor.

El resultado es que Lemaitre pasa por alto numerosos temas, por haber sido ya tratados en Núñez y su leyenda negra, que no brilla propiamente como una de las mejores obras del historiador cartagenero. Aspira a ser también complemento de El pri­mer Núñez de Nicolás del Castillo Mathieu. Podría llamarse, pues, El segundo Núñez. Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, el enfoque es idéntico al de su libro anterior, esto es, un derroche de parcialidad defensiva completamente subjetivo —cosa que, por lo demás, el autor jamás reconocería—. Pero no es ese el defecto fundamental de este libro. ¿Por qué tendría que ser objetivo? ¿Cuándo la historia lo ha sido? No. Creo que cada historiador es libre de dar su propia versión de la “realidad” —palabra que, ya lo advirtió Nabokov, siempre debe ir entre comillas—, y sólo al lector corresponde juzgar o gozar lo que se diga o no se diga.

El libro arranca de 1863, cuando Núñez parte para Europa, tras haber redactado y firmado el célebre decreto de “desamortización de bienes de manos muertas”. El estilo, eso sí, es agradabilísimo, impecable, siempre sencillo, siempre meno, siempre exquisito, salvo cuando, en raros apartes, degenera en el erial del discurso político simplemente traspuesto. Al respecto resulta ilustrativa la lectura del mensaje al Consejo de Delegataríos, en 1886, la presunta “pieza maestra” de Núñez, que habría dado todas las bases a Caro para redactar su Constitución finalmente aprobada. La verdad, creo que no podría decirse menos en tantas palabras.

El libro, ciertamente, se devora en una noche. Poco contiene de eso que con el tiempo se ha dado en llamar “nueva historia”. Por el contrario, se recrea en la descripción de esas guerras civiles y de tantas batallas o breves escaramuzas que tienen hermosos y a veces desconocidos nombres: guerra de los supremos, guerra octaviana.. - Parte de la teoría de que la de Rionegro no fue una constitución para ángeles, como falsamente se le atribuye haber dicho a Víctor Hugo, según Lemaitre, sino por el contrario, “una Constitución endiablada”, que es lo que Hugo quiso en verdad decir, también según Lemaitre.

Mas la sorpresa aparece en cuanto se esboza el análisis. Con una convicción candorosa, el historiador enfoca todo su libro como “un episodio más de la eterna y universal batalla que se libra entre la montaña y el mar” (pág. 41). “La primera gran batalla que se libraba entre costeños y ‘cachacos’, o como se decía en tiempos más antiguos, entre ‘calentanos’ y ‘reinosos’ “. Bogotá terminó siendo para Núñez “la ciudad nefanda”. Aquí está el punto crítico 4e1 asunto: Que las autoridades hacia 1875 hayan querido disfrazar una lucha partidista como si fuera entre costeños y cachacos, no significa que en realidad lo fuera. Y no lo era. So pena de abundar en el tema, sugiero que si algún día hubo tal porfía, hoy no la hay ni puede haberla. La razón es muy simple. Bogotá, capital de los cachacos, no es hoy una ciudad de bogotanos y menos aún puede hablarse, salvo en algún círculo anacrónico, de una conciencia de ser cachaco. Ciudadanos de todas las pelambres, de todas las etnias, de todos los colores, tamaños, olores y sabores, desfilan por estas calles. Si el presidente de la república es de Pereira, de Amagá, de Honda, de Guateque, de Chaparral, de Mariquita o de Cartagena, a bien pocos importa. En este sentido, un humilde pueblo tolimense ha dado al país más presidentes que una ciudad como Cali, para no hablar de Santa Rosa de Osos con su cosecha de grandes poetas.

A partir de aquí todo el libro tiende a demostrar que la historia ha sido “desfigurada alevosamente” por la mayoría de los historiadores (¿cachacos?). ¿Culpables?: “La musa mercenaria y apestosa a aguardiente” del “Alacrán” Posada, autor presunto de una copla “envenenada y malévola”.

“Predicó las más opuestas docrinas y puso en práctica sistemas por demás antagónicos”, ha dicho Joaquín Tamayo, uno de los biógrafos de Núñez. A la acusación de traición y de comportamiento de veleta, responde Lemaitre que Núñez se había vuelto “relativista” tras su viaje a Europa (.?,la utilización constante y sistemática del “depende” para todo?) y que había adquirido una visión más moderada. Todo correspondería a una-evolución de gran pensador: “que de libre pensador pasa a escéptico, de escéptico a relativista y finalmente se alza a las regiones espirituales por la escalera ascendente de la moral” (pág. 34). Mejor dicho, un angelito enfrentado a toda una caterva de demonios: “las raposas jurídicas del radicalismo”, la “jauría radical”, diría Arturo Abella.        

Podría tratarse de una versión más del “me contradigo, bueno, soy humano’ o del “sólo los idiotas no cambian nunca de opinión”. Hasta ahí, todo está bien. Pero cuando se trata de maniobras políticas, esa aparente sinceridad resulta completamente falsa. Lemaitre pretende establecer una relación correcta entre la lucha por el poder, “contra viento y marea”, como bien lo dice el título casi con cinismo, con un sistema de ideas y de acción firme y unívoco. Eso, qué pena disentir, niego que sea posible. El político quiere el poder, el dominio sobre los hombres. Lo demás es mentira y simple hipocresía. Hay algo que Lemaitre nunca hace. Esto es, distinguir entre el pensamiento filosófico y el pensamiento político —que a veces, bien lo sabemos, ni siquiera es pensamiento— del personaje. El político, casi por definición, no es más que un hábil manipulador de ideas, pocas veces un pensador.

La “desamortización”, que dejó a miles de personas en la miseria y a la Iglesia en la mayor pobreta, vista ya de lejos en el tiempo por aquel héroe moral, formaría parte de los “viejos resabios sectarios de juventud” (pág. 36). Vale decir, pecadillos juveniles, simples juegos de adolescente imberbe. Naturalmente, a su regreso del exilio sería mirad’e con recelo y desconfianza no sólo por “el círculo soberbio y apasionado” del Olimpo Radical, que aquí se convierte en una banda de truhanes asaltantes de caminos, sino por todos los antiguos despojados. Mas en “incalificable atropello” le birlan la presidencia que tanto se merecía Núñez, para otorgarla a lo que por entonces se llamó, algo injustamente, según el autor, “el turno de las mediocridades”.

Cegado por la pasión patriótica, vemos a Lemaitre descender penosamente casi hasta el vargasvilismo, forma mayor del insulto. Don Aquileo Parra es “un modesto personaje provinciano.., sin mayor instrucción”, “montañero acaudalado, reconcentrado y dogmático”, “cacique electoral, símbolo del continuismo” dedicado al comercio, mientras

Núñez, “hombre de la planicie, hombre sin prejuicios (1), hombre de mentalidad cultivada y abierta” se había consagrado “al cultivo de la mente”. De igual manera, Zaldúa resulta ser un hombre de garnacha y de papel sellado hasta los tuétanos, con “mentalidad esencialmente curialesca”.

La rivalidad en este último, quien asciende a la presidencia gracias a Núñez, se ha planteado como una guerra a muerte, en todo el sentido de la palabra. El argumento de la pieza se desarrolla más o menos así: Zaldúa era anciano y enfermo. Núñez lo asesina usando el poder del Congreso, apretando “los anillos con los que tenía constreñida a su víctima, próxima ya a la final estrangulación”. Le niegan, fatalmente, el traslado a Tena, desde donde seguiría ejerciendo las funciones presidenciales.  Como resultado, Zaldúa pasaría a ostentar el curioso record de ser el único presidente colombiano que haya muerto en ejercicio del cargo. Teoría tan peregrina recuerda la de Vargas Vila con el presunto secuestro y asesinato del también presidente Sanclemente, o la del Biathanatos, en la que el poeta inglés John Donne propuso un suicidio mental de Cristo en la cruz.

Existe una comprometedora carta de 1879 en la que Núñez pide a Quijano Wallis buscar solución al problema de su “estado doméstico” ante la Santa Sede. Lemaitre lo absuelve porque por entonces era un simple particular. Se supone que con la firma del Concordato Núñez “se sacrificó y sacrificó a su mujer”, lo cual, al menos en este caso, parece ser cierto. La vida de Núñez, como lo insinuó Liévano Aguirre, tuvo algu­nos aspectos de venganza atávica. Ser contradictorio como pocos, es cierto. “Nunca serás hombre de provecho si escribes versos”, le decía su madre. Sin embargo, y con rara aunque diversa fortuna, hizo bien y mallo uno y lo otro. Núñez, como mas tarde López Pumarejo, negó cualquier diferencia real entre los partidos tradicionales colombianos. No se le puede negar su voluntad de terminar las disputas partidistas e incluso los partidos mismos; la verdad es que no creía en ninguno de los dos siempre y cuando fuera él, y sólo él, el abanderado, el líder de la unión. Igualmente es valiosa su posición contra el librecambio, como una condenación a una servidumbre perpetua para los países del tercer mundo.

Por los lados de la anécdota, este libro excede. En especial, en los episodios de la guerra del 85, “un 9 de abril pero a escala nacional”, en la narración de la Humareda (espléndido nombre para una batalla), en la que fue hundido el Bismarck en el río Magdalena. “Por designio cruel, y como si hubieran sido disparadas por mano misteriosa, las balas gobiernistas despreciaban a los soldados rasós para ir directamente al pecho de los generales de la revolución, matándolos uno por uno” (pág. 217). Hay actos de nobleza olvidados por la historia. En este sentido, es admirable el comportamiento del general Pedro J. Sarmiento, presidente del estado de Boyacá, quien entregó al gobierno el parque de armas que estaba en su poder para lanzarse luego a la insurrección y entregar su vida con todo su honor en limpio. También sobresale la figura del guerrillero liberal Gaitán Obeso, que de obeso no tenía nada. Más bien sí de obseso, con su idea de tomar a Cartagena, “una plaza cuya posesión no era necesaria”, por el simple hecho de ser la cuna de Núñez.

Existe en este libro otro aspecto interesante, poco tocado: la influencia del pensamiento spenceriano en Núñez. Empírico, tolerante, liberal, evolucionista, anarquista, Lemaitre se esfuerza en demostrar que no era ateo, lo cual es cierto, si nos atene rnos a la diferenciación que hace Bertrand Russell entre ateísmo (negación de la existencia de Dios) y agnosti­cismo —el agnóstico afirma no tener ¡argumentos a favor ni de la existencia ni de la no existencia de Dios; es el caso de Spencer, quien afirmaba que “la religión comienza donde la ciencia termina”—. La idea es discutible, ciertamente. Pero Lemaitre no se queda ahí y va más allá. La influencia de Spencer se habría traducido en la -fórmula: “Dios, relativismo, tolerancia”... ¿Es posible forzar las ideas o los hechos tanto como para pensar que la -idea de Dios le fue infundida a Núñez por Spencer?

Personalmente, o en la calidad un poco ambigua de “cachaco” (¿todo el nacido desde las cerranías de Córdoba hasta la Patagonia?), no tengo nada -contra Núñez, pero sí contra este libro. Contra el parecer común, en. cuentro valores en la poesía del Regenerador —en Que paisaje? (una perla cuajada y amarga) y, más aún en Todavía—. Pero en materia política, realmente yo no pensaba que Núñez fuera tan discutible. Tras estas páginas, alcanza a rondarnos la sospecha de una de dos cosas: o que es un gran calumniado, o que es un gran bribón., y tanto lo defiende Lemaitre, que pronto queda uno convencido de que fue por lo menos ambas cosas.

A cada autor hay que juzgarlo por lo mejor de su cosecha. Panamá y su separación de Colombia sigue y seguirá siendo uno de los mejores libros históricos que se hayan escrito en cualquier lugar y en cualquier época. No muy inferior es la biografía de Rafael Reyes o esa monumental historia cartagenera. Un lunar no desmerece a un autor. Por eso deploro que este libro haya caído en mis manos porque hubiera preferido desdecir de los que en verdad lo merecen.

LUIS H. ARISTIZÁBAL

1   Es curioso observar cómo un extranjero amante de la costa y de sus gentes, como Jacques Gilard, observa en uno de sus pró­logos ala obra de García Márquez que uno de los rasgos distintivos del costeño es el ser “algo prejuiciado”. (regresar 1)