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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Amnesia, bienvenida
seas
Dibujos hechos al azar
de lugares que cruzaron mis ojos
Juan Gustavo Cobo Borda
Monte Avila Editores, Caracas, 1991, 82 págs.
de lugares que cruzaron mis ojos
Juan Gustavo Cobo Borda
Monte Avila Editores, Caracas, 1991, 82 págs.
¿Qué impacta de la
lectura de un libro de poemas como Arbol adentro de Octavio Paz? En su relectura se
van decantando las respuestas. Lucidez, vitalidad, transparencia, podrían ser algunas de
esas claves. ¿Cómo llegar al último libro con la diafanidad y fuerza del primero? Es
como si el poeta, al crear el poema, se renovara constantemente a sí mismo, como si la
única manera de recibir una creación fuese creándose con ella. En este proceso el
artista parece rejuvenecer con cada una de sus obras. Es en este sentido que encuentro
cierto parentesco entre Arbol adentro y el último poemario de Cobo Borda, titulado
Dibujos hechos al azar de lugares que cruzaron mis ojos, editado en Venezuela por
Monte Avila en la colección Altazor.
Poesía cuya rebeldía
radica en la precisión y sobriedad verbal, en la concentración capaz de rehacer, de
conmover un mundo con un mínimo de palabras. La pasión crítica salta a la vista en este
"diálogo implícito" del creador consigo mismo. Un poema titulado Deberes
del poeta, dedicado a Germán Vargas, lo testimonia: "Comprobar el nacimiento del
asombro [...] Tararean con la más profunda convicción,/ melodías sin sentido./ Asomarse
al abismo y advertir cómo esos ojos/ se repliegan luego en la dicha.! [...] Jugar para
que el hombre no se pudra//Podría también callar! de modo definitivo y profundo"
(pag. 25). Así define el autor su oficio.
En este punto vale la
pena recordar al maestro Alfonso Reyes cuando afirmaba que el sustento de todo poema es el
logos (el lenguaje), y su procedimiento esencial la catacresis, que es ese mentar
con palabras lo que no tiene palabras ya hechas para ser mentado. "Bienvenido ese
desajuste", afirma el maestro, esa desviación, ese nombrar por primera vez.
Cobo Borda nos presenta
uno de sus libros más unitarios, un libro esencial por excelencia. En él aparece como en
un centro toda su obra poética, es el libro reiterado sin cesar, es el libro único.
Dividido en tres partes: "Poeta en Utopía", "Poeta en Bogotá" y
"Poeta en Tokio", recoge treinta y cinco poemas impecables, que van desde lo
cotidiano inmediato hasta lo que solicita indirectamente nuestros sentidos, pasando por
los mismos vocablos con que nos desenvolvemos conversacionalmente, hasta ser el centinela
de lo inaudible, de lo que callan los dioses:
Queremos dioses
benévolos
que floten por la casa
y nos rasguen los ojos
con dulzura.
[Shinto, pág. 81]
En este testimonio del
hombre, la percepción del yo interior y el mundo se reduce a la imagen, a la
exclamación, al instante capaz de crear un universo. Conocimiento y sentimiento saltan a
la vista. Una esencialidad recóndita como un haikú brota de su trazado hecho al azar, en
un lenguaje sencillo y objetivo como un dibujo:
Haikú
Viajo hacia ti
a 820 kilómetros por hora.
Vuelo hacia ti
a 11.880 metros.
Mi mente,
en cambio,
ya anida en tu cuerpo.
En la primera parte,
titulada "Poeta en Utopía", el poeta elabora una "mitología propia",
funde lo humano con lo divino otorgándole a su acento lítico un carácter mítico; por
allí los dioses y sus criaturas, los lugares, los hombres y sus pasiones, la muerte:
"Comprenderá/ cuánto hay de humano! en una piedra! una única piedra/ plantada en
la mitad de sí mismo". (Contemplación, pág. 23).
La segunda, titulada
"Poeta en Bogotá", apunta más a lo que reza la cubierta: "poesía
interesada en rescatar para el poeta los giros coloquiales, la tonalidad conversativa del
diálogo cotidiano, los nombres corrientes de las cosas, la referencia histórica, el
ingrediente crítico [..]. Ganada por una nueva serenidad, su poesía ha sabido matizar lo
coloquial y lo irónico hasta lograr un tono conciliatorio, sintético, casi
aforístico". Esta poesía de la mirada se centra en esta ocasión en la postal
urbana; un tono parco y cruel se apodera de cada texto. Sumergido en la realidad de lo
cotidiano y al mismo tiempo abismado en la contemplación, nos conduce a un paisaje casi
fotográfico, despojado, hiriente. Allí aparecen como en un Tatuaje: "El amor
y su llaga física", José Asunción Silva y su ciudad: "Cuánta amabilidad
fingida/ en estos bogotanos suntuosos y relamidos". La nostalgia de las 5 a.m.
Duerme con otra
pero pien.sa en ti.
Debe hablarte
pero no es posible.
En el otro extremo del
mundo
tú también
estás despierta.
La tercera sección,
"Poeta en Toido", cierra esos "dibujos hechos al azar" con una
contemplación de las cosas mínimas; el poeta no "mira" sino ve" la
realidad al modo zen. Poemas como Zoo o Súplica, que aparecen en la primera
y segunda partes, perfectamente podría afirmarse que pertenecen a esta conclusión, por
su sutileza. Aquí lo superficial cobra hondura; la sensualidad de los detalles conduce al
destello de los sentidos, a la iluminación, a lo sagrado: "Queremos religiones
alegreg donde todo sea santo./ /No más culpa, perdón ni arrepentimiento./ No más el
miedo y su horrible chantaje/ [...] Lo importante no es pedir./ Es arrebatarle a la
vida". (pág. 82). Entonces la poesía abre la escala de lo real en una transgresión
redentora que es inseparable de la profundidad del sentido. "La eternidad sabe a
miel", afirma Cobo Borda al cerrar su escrito titulado Para borrar la realidad, en
el que nos recuerda a William Blake. El poeta aparece a nuestrás ojos como "ese
místico en estado salvaje", según la definición de Claudel para Rimbaud, ese
iluminado que todo lo ve con claridad porque está despierto; lo mínimo de la naturaleza
logra alcanzar la dimensión de lo místico, porque, como Blake, ha limpiado "las
puertas de la percepción". El poeta, frente a frente con el mundo, redescubrirá que
la hondura de las palabras es esencialmente hacia todas partes, que hasta en un rincón
hay un abismo, y concluirá diciendo:
Hay demasiada belleza
en este saturado mundo.
Amnesia,
Bienvenida seas.
[Desplegando un kakemono, -pág. 77]
JORGE H. CADAVID
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