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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Ay, ay, ay, no tire
pacá no jale pallá
Indios, colonos y conflictos.
Una historia regional
de los llanos orientales, 1870-1970
Augusto Gómez G.
Siglo XXI Editores de Colombia, Bogotá, 1991,
380 págs.
Dentro de la gran diversidad de
trabajos e investigaciones arqueológicas, etnográficas, etnológicas, etnohistóricas y
de índole económica, política e histórica de los llanos orientales colombianos, no es
fácil encontrar en un solo texto un análisis que contemple los anteriores aspectos. Indios,
colonos y conflictos. Una historia regional de los llanos orientales, 1870-1970 ofrece
una visión articulada de los aspectos mencionados.
Los indígenas, los
misioneros, los colonos, los grandes hacendados, el
Estado colombiano y sus
dirigentes nacionales, regionales y locales son los principales actores y relatores de
esta historia regional del Llano, cuyo tejido ha sido cuidadosamente elaborado por Augusto
Gómez a lo largo de 380 páginas repartidas en tres capítulos principales con sus
respectivos apartados, manteniendo una óptica temática central: el continuo conflicto
entre grupos sociales no autóctonos de la región llanera y los diversos grupos
aborígenes; conflicto que tiene como marco las incursiones colonizadoras y los intentos
siempre presentes de incorporar esta región a los sistemas económicos
dominantes.
En el primer capítulo,
el autor nos muestra una panorámica de los asentamientos humanos de la región de los
llanos orientales en el siglo XVI y su gran diversidad étnica. Grupos como los omaguas,
guayupes, saes y eperiguas, que desaparecen desde épocas tempranas del siglo XVI, son
vistos, junto a otras etnias, formando una red de relaciones regionales de intercambio de
materias primas y productos que muestran un universo dinámico y estructurado, a
diferencia de ciertas visiones homogéneas de las culturas de los Llanos. Las invasiones
europeas, en la primera mitad del siglo XVI, alteran de manera drástica la red
establecida entre los grupos indígenas; el ambiente de esclavitud y violencia generado
por la penetración europea condujo al surgimiento de una "frontera móvil" y
una "tierra de nadie" que distanciaba a los "blancos" de los
indígenas, frontera que fue definida y redefinida constantemente. Esta acción del
invasor no posibilitó, como en el caso de los muiscas, las reparticiones y encomiendas de
aborígenes, dada la manera de ocupación y relación con el espacio por parte de éstos.
Una fase diferente de intrusión colonizadora la constituye la presencia misionera,
particularmente de la Compañía de Jesús en 1625. El interés misional, además
de la reducción y la catequización, era de "abrir y colonizar una zona de frontera
que ofrecía dificultades para su administración política y económica".
Naturalmente, fueron muchos los obstáculos encontrados por los misioneros; no obstante,
establecieron y estimularon la creación de pueblos indígenas, estudiaron algunas lenguas
vernáculas y tradujeron catecismos. Achaguas, sálivas, guayaquiríes, amanzanas,
constituyeron parte de los grupos con los que realizaron su labor los jesuitas. Las
haciendas fueron el soporte económico de las misiones y la ganadería la actividad
principal, hasta el punto que en el decenio de 1760 se contaba con más de 80.000 reses y
caballos. La importancia de las haciendas fue enorme; incluso se utilizaron esclavos,
aunque en escaso número. Con la expulsión de los jesuitas en 1767 se produjeron cambios
profundos en la región y una nueva etapa en que sectores "libres" y
"mestizos" (para los años 1779y 1780 en algunas localidades estos sectores eran
más numerosos que la población aborigen) incursionan en la zona, entre otras razones
para aprovechan el ganado y la reproducción salvaje que éste había tenido. La
sublevación comunera y la afluencia de nuevos colonos generó numerosos conflictos entre
indios y "blancos". Hubo un descenso notable de los asentamientos indígenas en
el curso de los años subsiguientes a la pacificación y, concomitante con esto, la
pérdida de tierras y de poblados indígenas. Las campañas militares de la Independencia
provocarían una disminución demográfica mayor; las tierras dejadas por los jesuitas que
fueron adquiridas posteriormente por particulares pierden importancia económica. No
obstante, comienza un período de depresión generalizado que posibilita la recuperación
demográfica indígena y el retorno a actividades productivas tradicionales. Se abre,
pues, a partir de las guerras de independencia, una nueva etapa en la cual se enfatiza la
existencia de tierras "baldías", pero los obstáculos para colonizar (malos
caminos, lamentable estado de los poblados, etc.) acentuaron la crisis. Sin embargo, la
existencia de "indios salvajes" sería considerada como el obstáculo mayúsculo
para el adelanto económico de la región. Las leyes generadas en el transcurso del siglo
XIX, y de cierta manera las recomendaciones llevadas a cabo por la Comisión Corográfica
entre los años 1855 y 1856, son las de incorporar a la "civilización" a los
indígenas salvajes a través de la acción misionera, la adjudicación de tierras y la
fundación de pueblos. Desde esta época empieza a consideran el Estado la clasificación
de los indios en dos clases: "civilizados" y "salvajes".
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En el segundo capítulo
"Estado, región y colonización", se abordan los subtemas de la organización
del Estado nacional, por una parte, y de la frontera de los Llanos, con especial hincapié
en los baldíos y la colonización, por otra. En cuanto al primero, Augusto Gómez plantea
suspuntos de vista metodológicos frente a las consideraciones propuestas sobre el
surgimiento de Colombia como estado independiente (1819) y los análisis de las economías
regionales; discute el modelo económico de producción-especulación que, a su juicio, no
permite comprender el proceso de los grupos sociales en su penetración a la frontera de
los Llanos. Por otra parte, debate sobre las caracterizaciones regionales generalizantes
que contradicen informaciones empíricas y documentales. Estas y otras discusiones
metodológicas lo llevan a plantear la hipótesis centrada sobre los procesos internos de
colonización y ocupación de los Llanos y no la de que los procesos han sido el fruto de
la vinculación de Colombia a los mercados internacionales. A partir de esta hipótesis se
plantean dos tipos de economías en la región llanera: uno, relacionado con las haciendas
ganaderas y de producción agrícolas; y otro, relacionado con una economía extractiva de
materias primas (quina, añil, árboles, etc.). El primer tipo de economía fue más
importante y duradero, a la par que permitió el asentamiento en el territorio, mientras
que el segundo dirigido a la exportación, fue menos extenso en el tiempo y,
por supuesto, no conduce ni explica la ocupación. Por lo demás, debe tenerse en cuenta
que los Llanos estuvieron prácticamente aislados del resto del país como afirma el
autor hasta bien entrado el siglo XX. En el otro subtema, se introduce con mayor
precisión el concepto de frontera y su aplicación al caso llanero; paralelamente se
analiza con mayor detalle la cuestión de los baldíos y la colonización. Hacia mediados
del siglo XIX, la actividad extractiva de la quina coadyuvó a la colonización del pie de
monte y a la fundación de nuevos pueblos; el Estado sigue impulsando y otorgando dádivas
a los colonizadores y, de manera especial, titulando grandes extensiones de baldíos. La
actividad ganadera se consolida en este período e incluso, durante la guerra de los Mil
Días, no fue demasiado el obstáculo para el crecimiento de la ganadería y la
emigración hacia el llano. Debe tenerse en cuenta que en los últimos decenios del siglo
XIX la fuerza expansiva de la frontera de los Llanos, cuyo soporte básico era la
ganadería extensiva, comenzó a exacerbar el problema de tierras entre colonos y los
grandes hacendados, lo que llevó al despojo de tierras de los primeros y a la
concentración de la propiedad de la tierra entre los segundos. Por supuesto, al ser
desalojado el colono, éste presiona a los núcleos de población indígena, los cuales se
ven obligados a compartir tierras entre varias etnias. Hay que añadir a todo lo anterior
la posibilidad real que tuvieron los grandes hacendados para manipular los trámites
legales exigidos por la ley para la adjudicación de baldíos, tramites de difícil acceso
para los colonos. Las estadísticas que presenta Gómez respecto a la magnitud de los
terrenos concedidos entre 1869 y 1927 en el actual departamento del Mcta son elocuentes en
lo que respecta al pequeño número de beneficiarios de las grandes extensiones de
baldíos y una muestra importante de este fenómeno con otros puntos del Llano. Un cuadro
similar al descrito para el siglo XIX se replica en los primeros decenios del presente
siglo. La extracción del látex estimuló a nuevos colonos al territorio mencionado y, a
pesar de que la ocupación permanente fue breve, los efectos sobre los grupos nativos
fueron desastrosos. Las construcciones de carreteras que conectaron a
Villavicencio-Cáqueza-Bogotá hacia los años 30 de este siglo condujeron a oleadas de
colonos hacia el Llano y, en consecuencia, se incrementó la producción agrícola.
Durante la violencia política de la década de 1940, prolongada hasta 1960, el ritmo
colonizador fue intenso.
El tercero y último
capítulo contempla un marco de referencia materialista cultural para explicar situaciones
de conflicto interétnico. Factores tecnológicos, energéticos (en términos de
obtención de alimentos), demográficos, de biomasa animal y vegetal, y el hombre en su
acción e intercambio con el entorno y con otros hombres, constituyen un conjunto de
nociones que serán recurrentes en el análisis de este capítulo. Unido a lo
inmediatamente precedente, se retorna la expansiónn de la frontera ganadera y su
repercusión sobre los grupos aborígenes del Llano, especialmente los grupos cazadores
recolectores. Es así como desde 1870 los colonos avanzan al llano en dos direcciones:
desde la cordillera andina hacia el pie de monte y desde Venezuela hacia los llanos de
Arauca. La estrategia de ganadería extensiva, su concentración y crecimiento numérico
produce un desgaste en los suelos, el desplazamiento de la fauna nativa y la
transformación de las poblaciones vegetales de la región. De igual manera, a pesar de la
tecnología aportada por el colono, éste no estaba preparado para resolver los problemas
emanados de la sedentarización y predominantemente de la satisfacción de las necesidades
alimentarias. La situación indígena ante este paisaje cambiante se tomó cada vez más
difícil, y de manera significativa para los grupos de cazadores recolectores. La
competencia por "la obtención de la proteína animal" entre colonos y cazadores
recolectores es uno de los factores que incidieron e inciden en el surgimiento y
desarrollo de los conflictos interétnicos. Los conflictos armados, la mentalidad asociada
a estos conflictos y sus correspondientes conductas están en la base de la competencia
aludida más atrás. Si se consideran las formas de organización social de los grupos
aborígenes como estrategias para permanecer en el llano, es claro que han existido dos
clases de grupos: horticultores y cazadores recolectores. Entre los primeros están los
achaguas, sálivas, guayupes, saes, betoyes, jiraras, tunebos, piapocos, los cuales
controlaban los ríos y vivían en tierras fértiles para la agricultura. De los segundos,
los guahíbos (conocidos también como chiricoas), mitúas y cuivas, cuya forma de
organización social era la banda, fueron fundamentalmente nómadas. Y se mencionó que a
partir del siglo XVI y hasta comienzos del XIX, los sistemas adaptativos y las redes
comerciales entre estos grupos se transformaron e incluso desaparecieron etnias como los
guayupes, saes y eperiguas, entre otras; es decir, los grupos más afectados fueron los
horticultores y agricultores, en tanto que la movilidad de los cazadores recolectores les
permitió mantenerse relativamente a salvo de la actividad "pacificadora", la
evangelización y los traficantes de esclavos indígenas. Es por esta razón que el autor
dedica una buena parte del capítulo a los guahíbos y cuivas (hábitat, organización
social y política, familia lingüística, datos demográficos, reservas y territorios
actuales, etc.), puesto que éstos serán el objeto de conflicto para los colonos y para
las autoridades gubernamentales regionales. La visión de los colonos sobre los guabibos y
cuivas es observada y comentada a través de testimonios directos de los colonos y,
naturalmente, con la información etnohistórica. Distingue tres tipos de colonos, sobre
todo con base en los resultados de la investigación de Planas (1972-1973): colonos
profesionales, colonos que buscan tierra para vivir y pandes propietarios territoriales.
Serán, pues, los dos primeros quienes desde finales del siglo pasado estarán en contacto
y conflicto con los grupos de cazadores recolectores disputindoles el territorio pero,
más que de una disputa espacial, se trata de una lucha entre sistemas adaptativos.
"Ouahibiar" o "cuiviar" fueron términos genocidas con los que se
denominó a las actividades de cacería de los colonos contra los grupos de cazadores
recolectores, acciones que contaron en muchas ocasiones con la participación de
representantes locales y regionales del gobierno. Estas cacerías de indios tienen varios
factores explicativos, entre los cuales cabe destacar la incapacidad del Estado para
lograr los efectos "civilizadores" en aquella región y, por lo tanto, quedó en
manos de los colonos el proceso de incorporación de las tierras "nuevas" de los
Llanos a la dinámica social del país. El caso de la masacre de La Rubiera (1967) es un
ejemplo del avance celonizador y de los obstáculos que éste encontraba a su paso: los
indígenas y su resistencia. "Perseguir y matar indios había sido una constante
histórica en los Llanos desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzara aquel
proceso de colonización en el pie de monte y que poco a poco continuara en las sabanas
adyacentes hasta la incorporación de Llano adentro, refugio de los reductos de
cazadores-recolectores que aún resisten a la "civilizacion"
MIGUEL ANGEL
MELÉNDEZ
LOZANO
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