Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

 

Continuación

Un "clásico" desconocido es un fenómeno que, aparte de cuestionar las políticas editoriales (para las cuales es obvio que Homero es un autor popular, es decir, un nombre archiconocido), impone el deber, por parte de quienes tienen el criterio de reconocerlo como "mejor escritor", de darlo a conocer, es decir, otra vez, de mostrar su importancia. Tratándose de Tomás Rueda Vargas, cuya obra ha cautivado ese reducido grupo que encuentra en ella unos valores muy específicos, el trabajo propuesto para el comentarista es el de la divulgación y la proyección crítica. No de otra manera ese desconocido bogotano que era José Asunción Silva a comienzos del siglo XX llegó a convertirse en un "clásico", en uno de "nuestros mejores escritores", en un hito de nuestra historia literaria. Alfonso López Michelsen, autor del volumen de la colección dedicado al cronista bogotano y por muchas razones cercano a él—también podríamos presumir la intimidad de que habla Octavio Paz en el epígrafe del libro de Elisa Mújica—, intelectual familiarizado con la historia de Colombia, nos ha quedado debiendo, y sobre todo al lector estudiante, ese trabajo que también merecía un autor como Rueda Vargas.

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Otros trabajos ensayísticos de López Michelsen, en especial los recogidos en la obra El quehacer literario, que incluye dos ensayos de mayor alcance sobre el propio Rueda Vargas, nos han mostrado a un escritor ameno, de cierto corte anecdótico pero lúcido, con un particular dominio del análisis de historia política. La sensación que deja la lectura de este opúsculo, incluyendo la antología de textos de Rueda, es la de unos comentarios deshilvanados, unas cuantas ideas no desarrolladas, unas citas textuales forzadas y una muestra pálida del arte grácil del mentor de la sabana de Bogotá. Tampoco es un texto con "vocación didáctica", sino más bien, y como el anterior, el estudio de un conocedor íntimo, de alguien cercano al escritor que se nos quiere presentar. Ese concepto de cercanía, en este caso ya muy distinto de la afinidad electiva que nos hace sentir Elisa Mújica, en general ha sido muy tenido en cuenta para la escogencia de los autores que escriben sobre los "clásicos" en esta colección. La cercanía no es garantía de objetividad, veracidad y didactismo, pero en este caso se podía esperar, dado el interés de la colección, un texto que hiciera pública la estatura literaria de Rueda Vargas. La expectativa la creaba también la prestancia de López Michelsen y su manejo de los que él identifica como los tres temas centrales en la obra de este prosista: su ambiente familiar, que incluye el bogotano, los escenarios de la sabana y las visiones de historia de Colombia.

La circunstancia que define esta carencia de proyección en el texto que comentamos, es que el expresidente se ha dedicado a hacer una semblanza biográfica y no se ha preocupado por dilucidar las razones por las cuales Rueda Vargas, siendo para él uno de "los dos o tres primeros prosistas de nuestra literatura autóctona", ha sido generalmente omitido por la historia literaria colombiana. Comparto su reflexión, a la que reduce todo el desarrollo del problema, de que "Tomás Rueda Vargas, como es tradicional en nuestro medio, no dejó una obra literaria coherente y orgánica. Fue, por excelencia, un periodista cuya pluma se ocupaba por igual de temas serios y de cuestiones frívolas y eminentemente pasajeras como los artículos necrológicos consagrados a amigos suyos, o de su casa, de los cuales hoy nadie se acuerda. Recoger este inmenso caudal en el que las notas de ocasión aparecen entremezcladas con investigaciones serias sobre nuestra historia, nuestro Ejército y nuestra educación, perjudica en gran manera el juicio global sobre la personalidad y la obra de don Tomás’. Pero de lo que se trata, a partir de esa reflexión, es de determinar el género de literatura que Rueda Vargas escribía, porque ello hace asimilable un escritor para el estudiante y le da una posición en nuestra historia literaria. No es, por supuesto, un vano trabajo de clasificación, sino de reconocimiento del sentido de una "literatura informal" y del valor de una "historia informal" pero penetrante. En este sentido, la antología es también demasiado estrecha —aparte de no muy selectiva— para dar la imagen de una obra de cierta notabilidad, precisamente tratándose de un escritor que hizo del tema frívolo y cotidiano —tanto para su entorno como para la historia— su material literario básico.

El texto de Consuelo Triviño Anzola sobre José María Vargas Vila cumple más cabalmente con los objetivos de la colección, en la medida en que ofrece una presentación resumida y ordenada de la vida del cada vez más olvidado Vargas Vila. En relación con su obra, tan vasta y difícil de apreciar como conjunto o como evolución, Triviño ha trabajado algunas claves que tienen que ver con el mito vargas vilesco, es decir, esas ocultas razones por las cuales fue el escritor colombiano más leído en el mundo a principios de siglo y que, sin duda, son las claves de una atmósfera social cargada con la fascinación del escándalo.

¿Vargas Vila un clásico? En el sentido de escándalo, de novelería, seguramente sí. Pero hay que tener en cuenta que hace mucho tiempo que el autor de Flor de fango no escandaliza ni a las monjas. El estudio de las obras de Vargas Vila en la actualidad representa una curiosa obsesión, salvo que se enmarque en un minucioso trabajo histórico y de investigación de la época a la cual pertenece. Consuelo Triviño, sin embargo, ha basado su especialización en Vargas Vila en la certeza de que su obra "resulta significativa en el ámbito de las letras latinoamericanas, por la singularidad de su estilo y por la audacia con quen utiliza los recursos propios de la estética modernista. Además, hay que tener en cuenta la enorme aceptación que tuvo entre vastos sectores del público de finales del siglo XIX y principios del XX. Por esta razón, es preciso acercarse a su obra, sin prejuicios estéticos, y sobre todo, ubicándolo en el contexto histórico que le correspondió vivir". Aunque reconoce la necesidad de una contextualización histórico-literaria, parece subyugarle ante todo la figura del siniestro bogotano muerto en Barcelona. Pero lo ‘significativa" que resulta su obra en el ámbito latinoamericano es algo que no podemos mensurar en el texto que comentamos y que los fragmentos seleccionados como muestra se encargan de hacemos misterioso.

La singularidad de Vargas Vila es innegable. También Eróstrato se hizo singular con el incendio del templo de Efeso. Ahora bien: de lo que se trata, y más en una colección de "Clásicos Colombianos", es de mostrar el valor de esa singularidad literaria, su peso específico o, como hemos dicho, su importancia. Ello se saldría del propósito didáctico de la colección —que, está visto, bien puede y acaso debe pasarse por alto— y no está, en todo caso, en los intereses del breve texto de Consuelo Triviño. La importancia del libelista es un dato prefijado y no discutido allí: la estética modernista aparece frecuentemente como telón de fondo, pero ya se ha dicho que Vargas Vila hace un uso peculiar de ella. Así, respecto del modernismo, Vargas Vila ofrece ciertos logros: "La copiosa adjetivación, propia de los modernistas, en su caso no siempre va en detrimento del sentido y los galicismos y neologismos le dan cierta flexibilidad a su prosa. Novelas como Las rosas de la tarde derraman una delicada sensibilidad en excepcionales fragmentos y en algunas descripciones de los paisajes"; también: "Las mujeres no salen de la vida real sino de una tela de Carpaccio o de Watteau. Son seres sin vida y cuyas expresiones nos resultan teatrales. Los hombres, casi siempre de belleza andrógina, irradian fuerza pero están lejos de nosotros. Todas esas sombras de creaciones artísticas danzan al compás de la música de Wagner. Con estos actores el autor monta un escenario de corte decadentista"; o: "Siguiendo el modelo de los héroes del romanticismo decadente, Vargas Vila muestra tipos humanos que se regodean con el sufrimiento y con ello justifican el ejercicio del mal"; a veces alguna coincidencia: "La literatura modernista describe todos los vicios del ser humano: necrofilia, incesto, fetichismo, sadismo, onanismo, etc.". Es decir, que el bogotano, a pesar de su singularidad y su patetismo literario, que merecen un juicio más descamado y más ceñido al análisis intrínseco de los textos, parece estar respaldado por una tendencia universal en su tiempo—aunque su tiempo también lo dejó atrás—, básicamente el modernismo latinoamericano y el decadentismo europeo.

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De cualquier manera, no deja de sorprender el nombre de Vargas Vila en una colección de "Clásicos Colombianos". La autora, más que tratar de demostrarlo, ha partido del supuesto de que es uno de ellos, esto es, de que merece seguir siendo leído por las nuevas generaciones, de que es importante, de que tiene una gravitación especial en el ámbito de la literatura colombiana. El problema está en que no guía a esas nuevas generaciones en la lectura de los textos escogidos, no las conduce por el camino de comprensión o justificación de esas líneas hoy tan envejecidas. Todo lo clásico posee una tradición o un pasado, pero su secreto o su etiología es el renovado interés con que se lee en todo presente.

El volumen dedicado a Grabriel García Márquez ha sido escrito y antologado por Martha Canfield, profesora de literatura hispanoamericana en la Universidad de Florencia (Italia), a quien recordamos por su paso de estudiante y profesora en la Universidad Javeriana de Bogotá.

Gabriel García Márquez es el volumen más didáctico de los cuatro que reseñamos, y seguramente uno de los más didácticos de toda la colección. He aquí un paradigma de lo que se ajustaría a la idea popular de los "clásicos". Un escritor consagrado, de renombre y valores indudables, tratado sin pretensiones ensayísticas, con un máximo de información y una selección de textos que abarca casi toda su trayectoria literaria. No importa qué tan superficial —que no equivale a errado— resulte el texto de presentación: lo importante es que este tipo de trabajos supone una investigación y el manejo de un "aparato crítico" para cumplir sus objetivos de divulgación: una biografía resumida con criterio, una caracterización general de la obra y el estilo del escritor y un panorama igualmente sintético de cada una de sus obras.

García Márquez lo permite. Vargas Vila no lo permite sin un trabajo minucioso de crítica e historia literarias. La diferencia puede acaso darnos algunas luces sobre el enigma de los clásicos. A García Márquez no hay que explicarlo: hay que leerlo. El caso de Vargas Vila supone lo contrario. La naturalidad con que se lee a un autor —que sin duda se corresponde con la naturalidad con que éste escribe— está relacionada con su pervivencia en la memoria de los pueblos. Los clásicos no son escritores conflictivos. Y García Márquez no lo es. Su estudio puede limitarse, para efectos didácticos, a "un estilo inconfundible", porque todo lo natural es inconfundible. Una intuición de ese equilibrio, de esa carencia de problemas, es este comentario sobre El coronel no tiene quién le escriba: "En cierto sentido se presenta como una novela ‘clásica’: en ella lo armónico prima sobre lo transgresivo, el narrador es omnisciente, el punto de vista es externo, el tiempo es lineal y —como en las dos novelas precedentes— parece fijado en el presente". Sabemos que esa armonía, confirmada en Cien años de soledad, se vuelve escabrosa cuando llegamos a El otoño del patriarca. La novela del dictador tropical es presentada como compleja, pero de manera igualmente esquemática, es decir, desglosada en características no problemáticas (características incuestionables: tiempo circular capitular, cruce de códigos lingüísticos, la referencia a mitos, lo carnavalesco); la lectura de la novela es más difícil que la comprensión—digamos, aprehensión didáctica— de esos casi clichés de crítica, pero de alguna manera se "facilita" por ellos.

Por otra parte, el destinatario "estudioso", reniegue o no reniegue del didactismo, encuentra en este texto de Martha Canfield, tanto en la presentación como en las "Notas críticas" y la "Bibliografía selecta", un "aparato crítico" manejado con criterio y debidamente recomendado.

OSCAR TORRES DUQUE