El fútbol, para no hablar, por más castizo que sea, del odioso "balompié", es una de las pasiones secretas de los intelectuales. No en vano Albert Camus escribió: "Lo que más sé acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol".
El libro que tenemos entre manos cumplió con una función que no debe pasar inadvertida. Destruyó el monopolio que sobre el tema posee un gremio que con una o dos excepciones ha conseguido consolidar entre el hombre medio colombiano un sólido prestigio de sabiduría, penetración y lucidez criticas, con tan nefastas consecuencias como el patriótico y vulgar autoelogio que esconde en el fondo un gran complejo de inferioridad ("el mejor arquero del mundo, etc., etc.") y, lo que es peor, probablemente fue una de las causas nunca una causa es única del asesinato de un árbitro.
Ciertamente, no hay por donde atacar en Colombia gol ni la calidad de sus textos ni la competencia de sus autores, no egresados de escuelas radiales de educación a distancia, sino profesionales de los más destacados en el país en cada una de sus especialidades, quienes han enfrentado más de un reto en otros campos, como el politólogo Andrés Dávila, autor del más importante libro sobre clientelismo que se haya publicado en el país y quien hace afirmaciones inusuales en un redactor deportivo como la de que al Millonarios de la época del Dorado "le reprochan el haber cumplido el papel de circo mientras el país atravesaba uno de los períodos más críticos de la violencia.
A esto cabe añadir dos virtudes o defectos, si se quiere que esquivan el frío catálogo científico: los autores son fanáticos, hinchas furibundos, con todas las consecuencias que ello tiene, y aunque no pierden nunca un fondo de objetividad, sí dejan un testimonio vivo de amor visceral, acaso inexplicable para la simple razón, a una divisa o a determinado equipo. A veces la pasión los obnubila, destruyendo toda pretensión crítica, como cuando cierran toda controversia tachando de retorcidos comentarios" todo lo que se diga en contra del "proceso Maturana". Pero no importa. De eso se trata. El fútbol, a Dios gracias, no es una ciencia; dentro de él todo precepto es indemostrable; todo lo que se diga es pura especulación que se destruye a menudo en el último minuto de un partido o de un campeonato.
Su otra virtud capital es la constante apelación a la nostalgia, que en Colombia, país dedicado al ejercicio metódico del olvido, no deja de inaugurar una tradición histórica. "Es un libro pensado y escrito con la misión de recuperar las raíces de este deporte en Colombia...". Y es que Colombia gol es, de muy lejos, el mejor libro sobre fútbol jamás escrito en el país, el más ilustrado, no en fotografías sino en erudición deportiva y análisis serio y fundamentado. Además, el texto no es avaro; antes bien, la prolijidad es su distintivo, pues nunca se escatima el papel y, si bien son sólo 188 páginas, están ellas tan atiborradas, tan apartadas de esa tacañería a la que nos tienen acostumbrados los editores, que no hay más que aplaudir. Se ve de inmediato que el libro no dice más porque no les dieron más espacio. Y aplaudo también porque seguí, escéptico, su elaboración. Y si alguna vez me acerqué a tan ambicioso proyecto, la verdad es que nunca creí verdaderamente en él.
Desde mi punto de vista, por supuesto viciado, como el de todos los demás, sólo apunto una falla entre tanto acierto: la cubierta, que, si bien fue diseñada por la mano experta de Miguel Felipe Camacho, no da a conocer el verdadero alcance de su contenido al probable lector, quien cree que se trata de un resumen del mundial Italia 90.
El libro se divide en cuatro grandes partes: grandes equipos, personajes, hechos insólitos y escritos de fútbol... Por grandes equipos cabe decir, para comenzar, Millonarios, el "ballet azul" del Dorado. Ciertamente, esos malabaristas no entrenaban, no se cuidaban y jugaban borrachos y trasnochados. Tales actos cabría denunciarlos si hubieran defraudado. Pero luego de lo que demostraron apenas se puede decir que fueron la bohemia y la poesía del futbol. Y eso siempre ha sido respetable".
Gonzalo de Francisco, un politólogo que dedica el resto de su tiempo a la Consejería para la Paz y a concertar desarmes guerrilleros, analiza a continuación la etapa grande del Deportivo Cali, que cubre unos quince años, desde don Pancho Villegas hasta Carlos Bilardo, el verdadero despegue internacional del fútbol colombiano.
Mauricio Jiménez, otro politólogo, sigue la trayectoria del América del doctor Ochoa Uribe, equipo tres veces seguidas subcampeón en la Copa Libertadores de América. Se cierra la sesión con una reseña de lo que ha sido el Atlético Nacional de Medellín a partir de la llegada de Oswaldo Zubeldía, un controvertido mago del fútbol, y la culminación del proceso con el profesor Maturana y su obtención de una primera Copa Libertadores para Medellín y para el país.
El conocido comentarista musical Eduardo Arias escribe luego con el corazón una sentida y lírica "alabanza-elegía de lo que ha sido la Selección Colombia para los colombianos, una mezcla de penas y esperanzas, con notable predominio, hasta hace unos pocos años, de las primeras. No por ello el artículo es menos lúcido, porque "eso ha sido el fútbol en Colombia. Una búsqueda permanente y errática de la identidad". Prácticamente divide en dos la historia de nuestro fútbol: antes y después de Marroquín y de una ya legendaria selección juvenil que en 1985 encandelilló a propios y extraños.
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La sección dedicada a los grandes personajes del fútbol, a cargo de José Arteaga, columnista de El Espectador, experto en asuntos futboleros y musicales (entre ellos un libro sobre Lucho Bermúdez), comprende una lista muy difícil de realizar, pero que finalmente incluye a Adolfo Pedernera ("yo diríacomenta Julio Tocker que Pedernera era en fútbol lo que Borges en la literatura o Stokowsky con la batuta en la mano"), a Valeriano López, célebre integrante del "rodillo negro" de peruanos del Deportivo Cali en la época del Dorado; al "Charro" Moreno, no menos célebre integrante de "la máquina" de hacer goles de la selección Argentina y del Medellín; al Turrón" Alvarez, primer delantero colombiano de categoría; al "Cobo" Zuluaga, único colombiano dentro del inolvidable "ballet azul"; al "Caimán" Sánchez, leyenda del arco y primer futbolista en salir a jugar al exterior; a don Jorge Orth, húngaro, mecenas y benefactor de nuestro fútbol; al célebre "Maravilla" Gamboa; al goleador Jorge Gallego, el colombiano que más goles ha anotado en todos los tiempos; a "la Bruja" Verón, un malabarista capaz de sacar campeón, como técnico y jugador al mismo tiempo, a un equipo chico; a Oswaldo Zubeldía, "el gurú del antifútbol", experto en mañas y artimañas para derrotar al adversario, y, desde luego, a Willington Ortiz, el mejor jugador colombiano de todos los tiempos, integrante del recordado trío BOM, Brand, Ortiz y Morón: "Eran como el Triángulo de las Bermudas: desaparecían el balón".
Los insólitos, a cargo del economista Juan Gonzalo Zapata, bincha eternamente resignado del Deportivo Independiente Medellín, son en verdad gratos para cualquier desprevenido lector de ficción o de aventuras. Van desde un episodio sencillamente grotesco, cuando un árbitro validó un gol que ni siquiera pasó cerca del arco y, mientras la tribuna se negaba a aceptar el tanto a su favor, un jugador desvergonzado recorrió toda la cancha celebrándolo a voz en cuello, hasta el gesto de un verdadero lord inglés, Omar Lorenzo Devanni, quien tiró lejos un penalty que se había otorgado injustamente a favor de su equipo. "Ese día, a no dudarlo, Santa Fe ganó, Devanni ganó, el fútbol ganó". No se por qué al leer ese episodio sentí que hubiera regocijado a Borges, quien, por cierto, abominaba el fútbol mas no los actos valerosos. No menos atinado es el colofón de los autores: "Si la actitud de Devanni se hubiera efectuado en la época actual, de pronto hasta lo hubieran multado".
Recordamos también cuando el "Pelé blanco", Dragoslav Sekularak, simplemente se aburrió "porque sus compañeros eran muy malos y no le pasaban el balón" y procedió a autoexpulsarse de la cancha. Nos cuentan además de la célebre "maldición de Garabato", que una vez rota por el América le significó una ininterrumpida serie de victorias que hoy aún no ha terminado, o los dos goles olímpicos en un solo partido, récord inigualado. Otro que poco se olvida es el episodio de Rufino, un árbitro brasileño que estuvo a punto de ser linchado por los fanáticos bogotanos por haber anulado un gol legítimo a Millonarios, o la tarjeta roja a Pelé que significó la "expulsión" del árbitro ante el argumento irrebatible de que el público había pagado para ver jugar a Pelé y para nada más. El anecdotario del libro nos recuerda también cómo el Millonarios del Dorado tenía como norma de buen comportamiento no humillar a sus rivales y, por lo, tanto, se negaba a marcar más de cinco goles por partido.
La verdad es que los textos serios sobre fútbol no proliferan en ninguna parte del mundo. Aparte del ya citado de Canius, o de algún poema de Miguel Hernández, hay uno muy grato de Jean Giraudoux en el que exalta a la pelota como "el objeto que más fácilmente escapa a las reglas de la vida" y algunas páginas ciertamente f profundas y logradas de Jorge Valdano, filósofo y exfutbolista argentino radicado en España. Otra sección del libro recoge escritos dispersos sobre el fútbol en Colombia. Uno de ellos está tomado de Chapinero, vieja e irreverente revista underground, antecedente no muy mediato de Zoociedad y que hizo nuestras delicias en épocas universitarias. Hay otro texto muy divertido de Mario Mactas acerca de la [ ambigüedad erótica de los abrazos y besos tras un gol, unas crónicas dc Ulises (Eduardo Zalamea Borda), un curioso texto de Bilardo y una requisitoria de don Guillermo Cano contra nuestro endémico complejo de inferioridad que se manifiesta a partir del deporte. Se destaca un penetrante y agudo estudio del padre Manuel Briceño Jáuregui acerca del curiosisimo lenguaje del fútbol, que recoge expresiones que pasamos siempre por alto pero que son tan ricas desde el punto de vista literario, como ~lamer el travesaño" o llamar "cancerbero" o "cuidacáñamos" al portero o "la pecosa" al balón, o, cuando se habla del gol, "anidar la bola en la red" o "introducir el esférico por el rincón de las telarañas", o esta bellísima para el primer gol de un partido: "romper el celofán", o marcar "la primera diana". Son brotes de verdadera imaginación, cuando no pintorescos alardes poéticos, como aquellos del "Patico" Ríos: "la pelota pasó a un metro, veinte centímetros, cincuenta y dos milímetros y medio del marco defendido por...", o el muy modernista de llamar a la tarjeta amarilla la "acrílica hepática". ¿Y qué tal la "hecatombe" o la "debacle" cuando la defensa "hace agua por todas partes"?
Finaliza tan selecto recuento con una serie de variedades, donde hay, entre otras cosas, un homenaje, tras bambalinas, a los masajistas; otrodel filósofo Fidel Cano, columnista obviamente, de El Espectador a los sufridos hinchas del Santa Fe, los mejores y menos retribuidos que existan; un lírico paseo por las playas de Pescadito, la gran cuna de los más humildes y mejores futbolistas de Colombia, del economista César Arizmendi; un breve recuento de la actuación colombiana en Italia 90 y las estadísticas completas de toda la historia del campeonato profesional colombiano. ¡Qué lástima la poca difusión de este libro! Ahí va, como casi siempre pasa, para codiciada futura pieza de colección...
LUIS H. ARISTIZÁBAL