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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
La felicidad de la
poesía
El confuso trazado de las
fundaciones
Ramón Cote Baraibar
El Ancora Editores, Bogotá, 1991.
Traigo del mundo su furor
contagioso, su lección inacabable.
Pero, ¿ qué podemos ser si todo lo que vemos
nos tapo los ojos?
[pág. 69]
Con este poema termina El
confuso trazado de las fundaciones. Y esa pregunta, quizá terrible, ha sido
respondida ya en el mismo libro. Lo que podemos ser nos lo otorga sólo la poesía, única
prueba como se ha dicho de la existencia del hombre sobre la tierra. Un ser
iluminado por la poesía es dueño de su interior y, allí, del verdadero sentido del
mundo. No importa su suerte final.
Este libro de poemas de
Ramón Cote Baraibar nos ha conducido por caminos de imaginación y belleza, a través de
la palabra: santo y seña del cual el poema no puede prescindir. El combate
palabra-poesía está justificado porque al final debe aparecer un silencio iluminado que
habla del mundo con un lenguaje propio. Y este libro lo ha logrado. La poesía triunfó
sobre el precario espacio del poema. Un pulso firme lo condujo y fue conformando el
entramado de la infancia, el colegio, los juegos, la ciudad, el amor. Lenguaje secreto que
no cede a las definiciones, ni a los excesos, ni a las gratuitas alegrías. Poemas que
trascienden el común acontecer de la realidad, pero no lo hacen para disfrazarla, sino
para ver, a través de una mirada interior, la belleza de lo simple, alma de la poesía:
A medianoche
una luz encendida en lo alto de un edificio
es un imperio.
La orfandad de ese
involuntario faro
es una solitaria prueba de la vida.
[pág. 46]
El pulso firme no los
despoja de la emoción que aparece, sin embargo, contenida por un silencio que reflexiona
y deja puertas abiertas al aislamiento y la quietud. Esa emoción es lo que acerca su
lectura a la experiencia personal y lo que hace del libro algo vivo que palpita quedamente
entre las manos. El vasto aliento que se percibe aquí no está signado por la extensión
sino por la precisión, por la alegría que se adivina en el poeta cuando logra decir lo
que quiere y lo hace con los argumentos de la poesía: el verbo y el cielo.
En el prólogo a su Muerte
sin fin, José Gorostiza llama la atención sobre algo esencial: cada vez nos
acostumbramos más a tener con nosotros libros de versos, pero poca poesia. -Anécdotas
personales que conformana veces pequeños cuadros descriptivos por donde aparece
intermitentemente la cabeza del autor, pero en contadas ocasiones ese libro obedece a los
frutos de la poesía, a los momentos sagrados y únicos de una existencia que conciten el
milagro del mundo. Demasiado pedir, quizá, como anota el mismo poeta mexicano. Como sea,
he recordado esas ideas volviendo a El confuso trazado de las fundaciones, porque
en este libro el discurrir de la vida común y corriente se erige justamente por encima de
lo meramente circunstancial. Aparece, sí, el lenguaje de la poesía para mostramos que la
belleza (pretexto infinito del arte) se encuentra en lo subyacente de la realidad. Intima
raíz de toda naturaleza.
El poema de la infancia
es la mano tendida a un hermosísimo sentimiento que me toca en el sueño, intangible
felicidad:
Ya no se escucha por
las noches deliberar
al tribunal de los altos eucaliptos. Ha desaparecido
la paciencia del sauce.
Entonces, por las mañanas, la casa encero da fluía con el viento.
Mi infancia
es un picaflor que golpeo
los grandes ventanales.
[pág. 20]
Son los resultados de la
palabra poética que no obedece al fácil camino del edulcoramiento, sino a la imagen
precisa que queda suspendida en el aire, ávida de un corazón, no de tinta.
Lo mismo hay que decir de
Primeros poemas o un colegio (pág. 14). Cinco movimientos de un bello poema que
nos lleva, mediante un alto vuelo, a la instancia irrepetible del lugar donde nuestros
mejores y peores días cumplieron ya una de sus citas y aventaron a la calle hombres con
la frustración marcada en sus rostros, pero también allí una gratitud para siempre
recordada. "A esa lívida capa de niebla/ le debemos algunos una parte de la
vida/", comienza diciendo el poema para instalamos ya en la evocación de aquel
colegio que todos llevamos adentro, y termina en que "Es extraño que la acacia del
patio muera/ y que la buganvilia en flor la esté velando/". Metáfora que también
la realidad le tiende a la imaginación. Toda la aventura del colegio queda enarbolada en
la transparente imagen de la niebla (memoria que para siempre se resiste) que discurre
lentamente por los espacios habitados en comunión con los amigos, los inefables
profesores, la inauguración de cada juego, el irresistible sabor de la derrota.
Como he dicho, es la
imagen precisa y la certeza del lenguaje que apunta al centro de la poesía, lo que
confirma la madurez de este libro que, sin afanes ni ripios, deja escuchar una voz en
propiedad.
Las tres partes en que se
divide el libro (Las enormes adormideras, Amenaza del paraíso y Presencia secreta) son la
infancia, el amor, la ciudad. No son en realidad divisiones, sino temas que se fundan en
el ser interior, en la detenida observación, como si se tratara de un viaje, de los
detalles a la vez pasajeros y trascendentes que la vida nos depara. Allí está el trazo
mágico de la bola de béisbol, la amenaza de paraíso de una mujer y una ciudad que nos
sigua para siempre. Cote no generaliza. Tampoco hace un anecdotario. Habla de sus
experiencias, pero con un lenguaje que transmuta. Lenguaje solidario porque hace mío su
universo. Poesía amorosa, agradecida con el mundo porque le rinde el homenaje del
respeto, del esmero, de la escritura cuidada y al tiempo desnuda y transparente. En dos
puntadas deja en los ojos del lector un trazo imborrable, como en Amanecer:
El radio de acción
de la escobo
intenta en vano alejar
de las plazas sucesivas
este cerco de blancura
irremediable.
[pág. 47]
La imaginación no es la
proliferación caótica de imágenes y metáforas. Se atiene a la realidad para soñarla.
Desecha lo inútil y se apega a lo que le interesa: El confuso trazado de las
fundaciones.
Aunque podría citar
muchos de sus poemas como comprobación de su innegable plenitud, mejor será anhelar que
este comentario anime a otros lectores, porque libros como éste bien los merecen. Me
abstuve de introducir aquí, en lo que podría ser un cotejo o una prolongación de su
lectura, los libros anteriores de Cote Baraibar, Poemas para una foso común (1985) y
Los fuegos olvidados (1986), porque creo, también, que deben ser los lectores (su
curiosidad) los que emprendan esas relaciones. En mi caso, no quiero aparecer exhaustivo.
Prefiero quedarme en el actual con la idea de su importancia en nuestra, a veces,
lamentable tradición poética. Un libro más extenso que sus 69 páginas. Que rompe la
gratuidad de lo fácil y deja en el lector la gustosa dificultad que provocará,
seguramente, nuevas lecturas. Debemos alejamos de la a menudo falsa ilusión de que hemos
disfrutado un libro porque su primera lectura fue voraz y encantadora. En ocasiones, será
un libro malo del cual hemos lamido el azúcar de que está hecho. En otras, y tratándose
de un excelente libro, deberíamos quedar realmente enamorados de él, y, como a una mujer
con la cual hacemos el amor por primera vez y ya la amamos, tendríamos que anhelar volver
a sus imperios y recorrer ese paraíso hasta entablar una relación en verdad profunda.
Repetir, al libro y la mujer, como en la página treinta y ocho de este libro:
NO TE ABANDONARE A LA PALABRA
Tendrás la movilidad
de la tierra. Si ahora te nombre
no es por cautiverio, si ahora
esto calígrafo del distante
te origina, siempre será para
soltarte.
LUIS GERMÁN SIERRA J.
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