Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

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Bolívar: ruta de los conquistadores (Tomado de: Geografía Económica de Colombia, Bogotá, Contralorí General de la República, 1942)


Franceses en el Sinú:
Un affaire olvidado

AMPARO LOTERO BOTERO

DE MADRUGADA SACAN AGUA DEL RIO. Siembran, recogerla cosecha, pilan arroz y maíz, cuidan de los niños y alegran su días con fiestas y decires. Así pasa la vida para los pobladores deS Bongo, un caserío de 40 casas levantadas en fila sobre una orilla de río Sinú. En la memoria de los adultos ribereños existen dos ríos. El viejo, por el que subían y bajaban barcazas impulsadas por bogas musculosos, y el da treinta años para acá, cuando se abrieron las primeras carreteras en el departamento de Córdoba, y entonces bogas y barcazas desaparecieron.

Mirando el Sinú de ahora, solitario de aguas tranquilas, se hace difícil imaginar que por este mismo río trasegaran los protagonistas de uno de los más escandalosos affaires del siglo pasado, que dio lugar a que ciertas acciones en la Bolsa de París alcanzaran el entonces increíble precio de 1.700 francos cada una.

EL RIO VIEJO

Durante la Colonia y hasta mediados de este siglo, los mercados de Cartagena eran aprovisionados con los frutos que prácticamente silvestres crecían en el fértil valle del Sinú. Así, por ejemplo, las montañas de naranjas que llegaban a esta plaza provenían todas de los árboles que sombreaban las casas de Montería. Igualmente, de los ramilletes de corozos que colgaban de palmeras crecidas por todos lados, se extraía a golpe de pilón el aceite que alumbraba las mansiones de Cartagena.

Numerosas barcazas bajaban diariamente por el río, primero a remo de boga, y ya en el golfo de Morrosquillo, entonces desembocadura del Sinú en el Atlántico, izaban velas hasta Cartagena. Era ésta la vía principal en una región agreste y sin ningún adelanto. Además de víveres, por aquí se embarcaban hacia Cartagena jóvenes en busca de instrucción, enfermos, comerciantes y lugareños que iban a comprar alguna cosa propia y cientos por encargo.

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La balsa de bambú, medio de transporte desde Cartagena. Grabado en madera con base en el dibujo de A. de Neuville. (Tomado de: Le Tour du Monde, París, 1877).

El viaje por el río no era lo mejor. Representaba una hazaña que describió así un viajero extranjero de mediados del siglo pasado:

En el bote en que entré como pasajero para hacer la travesía del Sinú a Cartagena, encontré una sociedad numerosa y poco agradable. La embarcación estaba cargada de toda clase de producciones del país. Era una verdadera Arca de Noé. La carga interior, compuesta de carne salada en paquetes de arroba, de manteca de cerdo y corozo en botijuelas, de maíz, de arroz, de cuero, etc. exhalaba emanaciones muy poco agradable al olfato. Sobre la cubierta habían jaulas de aves, unos marranos gordos se recostaban sobre ellas y hacían gritar a las gallinas. Había, en fin, tantos animales, que no se podía dar un paso o hacer un movimiento sin recibir un mordisco o un picotazo [...] Con la noche nuestra triste situación a bordo vino a complicarse con una nube de mosquitos que el río produce en mayor profusión cerca de su desembocadura. Había la expectativa de una mala noche, pues no quedaba lugar para armar un toldo 1

Mientras esto ocurría todos los días, el Sinú, querido y maldecido por sus crecientes furiosas que aún atajan los ribereños con albarradas de tierra aplastada, se hallaba en la mira de europeos llegados a esta región, pero para fines muchísimo más promisorios.

 

"DESGRACIADO DEL PERU SI SE DESCUBRE EL SINU"

Este dicho popular tuvo su parte en el affaire. Sin embargo, lo definitivo fue el espíritu de la época. En aquel entonces el afán de acumular capitales tenía la atención del mundo dirigida hacia las minas de oro y plata. Eran los tiempos del oro de California. Muchos europeos llegaban a tierras de América con la esperanza de hacer grandes fortunas y sus aventuras en este mundo solían repercutir dramáticamente en la Bolsa de París o de cualquier otra gran capital europea.

Los affaires se multiplicaron. Basta recordar nada más el originado en la desembocadura del río Misisipí a comienzos del siglo XVII, cuando el escocés John Law vendió miles de acciones respaldadas por fabulosos tesoros de oro, plata y esmeraldas que emprendedoras imaginaciones vislumbraron en el cauce de este río. El derrumbe del sistema Law desató una terrible matanza a las puertas del Banco Real en París.

Aunque las consecuencias del affaire del río Sinú no fueron tan trágicas como las del Misisipí, sí fue éste un asunto grande que desbordó los cálculos matemáticos y acabó con muchas fortunas cuando a ciertos franceses se les ocurrió que en las playas del alto Sinú dormían grandes tesoros en espera de hombres emprendedores que los sacaran de allí.

El primer antecedente de excursión por el río Sinú en busca de oro se remonta a 1511, cuando conquistadores españoles, comandados por el bachiller Martín Fernández de Enciso, incursionaron en esta región atraídos por versiones escuchadas en Calamar (antiguo nombre de Cartagena) acerca de los grandes tesoros sinuanos 2. Esta expedición quedó relatada en el libro de crónicas Summa de geografía del bachiller Martín Fernández de Enciso, alguacil mayor de Castilla de Oro, publicado en Sevilla en 1519 3.

También en el Sinú, como en muchos otros casos, la leyenda ha desbordado la realidad sobre el oro. Los zenúes, grupo aborigen que habitaba esa región, poseían grandes cantidades del codiciado metal, el cual era labrado en adornos y estatuillas de animales, hoy objeto de estudios arqueológicos.

Pero las fuentes de este oro constituyen aún hoy un misterio. Durante la conquista la leyenda de El Dorado del Sinú no se ubicaba en majestuosas lagunas, sino en templos o adoratorios en donde moraban espíritus malignos que custodiaban fabulosos tesoros. Incluso no se ha podido precisar si los nombres Finzenú, Panzenú y Zenúfana, correspondientes a la división indígena de la región sinuana, pertenecieron a caciques famosos o a estos espíritus guardianes.

Parece cierto que los conquistadores comandados por Pedro y Alonso de Heredia creyeron en los templos dorados. Fueron ellos los que llamaron a los supuestos espíritus "bujíos del diablo", y también fueron ellos los que propagaron la creencia de que la desgracia caería sobre quienes profanaran las tumbas y templos indígenas en busca de tesoros 4 .

Rezan las viejas crónicas que los españoles enriquecidos con los sacrílegos despojos de los muertos y de los falsos dioses no tardaron en llegar a la más extremada pobreza, muriendo casi todos de muerte trágica, sin excluir a don Pedro de Heredia y a su valeroso teniente el lusitano Francisco César. Algunos historiadores han tratado de localizar el punto donde los afortunados conquistadores descubrieron una verdadera necrópolis que les entregó sus fatídicos tesoros, pero es éste un problema cuya solución ofrece más dudas que certidumbres 5 .

En efecto, hacia 1533 Pedro de Heredia y después su hermano Alonso, junto con el teniente Francisco César, emprendieron sendas expediciones por la región del Sinú en busca de oro. Estas se realizaron por tierra en condiciones tan penosas que diezmaron en mucho el contingente de conquistadores. Pero ambas expediciones tuvieron como resultado un fabuloso botín, producto del saqueo a los adoratorios y sepulcros indígenas.

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Portada del libro Cartagena y las riberas del Sinú del irlandés R.B Cunninghame Graham; dibujo de Enrique Grau Araújo.

El irlandés Robert B. Cunninghame Graham, basándose en el relato de varios cronistas de la época, relata que Pedro de Heredia

...después de enterrar trescientas mil coronas de oro que extrajo de los túmulos [cementerio] de los indios, dispuso que la expedición se trasladara más adelante, a las tierras aún no descubiertas, con el propósito de mandar a sus esclavos desde Cartagena para desenterrar el tesoro. Siempre parece asombrosa la procedencia de las grandes cantidades de oro que encontraban los conquistadores, no solamente en el Perú y en México, sino también en la hoya del Sinú. En efecto, tan abundante fue el oro hallado en los cementerios de los indios del Sinú, que esto trajo un dicho corriente: ‘Fue un mal día para el Perú, cuando descubrieron el Sinü’. O el oro había sido acumulado poco a poco por cientos de años o bien los indios sabían de minas. Esos secretos murieron con ellos. Realmente en ninguna parte del continente entero se encontraron cantidades de oro comparables a las encontradas durante la Conquista por Heredia, Pizarro o Cortés.. 6

En cuanto a la expedición de Francisco César, Graham dice:

En agosto de 1534 partió [de Cartagena] con cerca de doscientos hombres y a su debido tiempo llegó al Sinú. Las lluvias [...] sorprendieron a César y su gente precisamente cuando llegaron a los grandes cementerios. No podían trabajar por el mal tiempo y aun sin lluvias ningún trabajo les quedaba por hacer, porque los indios durante su ausencia excavaron los sepulcros y se llevaron el oro. Dónde lo escondieron, nadie ha sido capaz de descubrirlo. Su escondrijo es un misterio, porque ha desaparecido tan absolutamente como la mayoría de los tesoros de los incas en el Perú. [...] Desde los días de la Conquista nada nuevo sobre eso se ha averiguado en el Sinú 7.

Y así, desde los tiempos de la Conquista, no han faltado en la región del Sinú buscadores de guacas, entre ellos muchos antioqueños que han invertido en sus empresas grandes fortunas, la mayoría de las veces sin resultado. Hoy se siguen encontrando, casi siempre por casualidad, guacas o pirues con colecciones zenúes de alfarería, piedra y orfebrería.

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1 Luis Striffler, El alto Sinü, Caetagena, Tipografía de Antonio Arailjo, 1875, pág. 17. (regresar1)

2 M. Mendoza Mendoza, Leyendo., sinuanas, Cereté, Editorial Sinú, 1949, pág. 9. (regresar2)

3 Cunminghame Graliam, Cartagena y las riberas del Sinii, 2a. edic., Bogotá, Ministerio de Agricultura, Incoes, 1979, pág. 63. (regresar3)

4 Jaime Exbtayat, Historia de Montería, Córdoba, Imprenta Departamental de Córdoba, 1971, pág. 16. (regresar4)

5 Ibid., págs. 96-97.   (regresar5)

6 Graham, op. cit., págs. 90-91. (regresar6)

7 Ibid., págs. 96-97. (regresar7)