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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Continuación
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Luis
Striffler, quien escribió las crónicas sobre el río Sind. Colaboró con Víctor
Dujardin en la exploración de tierras del alio Sinú.
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Portada del
libro de Striffler publicado después de 31 aflos de su viaje al Alto Sind: el
Alto
Sinú,
Cartagena, Tipografta de Antonio Araújo, 1875.
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Pero de todos los
buscadores de oro en el Sinú, después de los conquistadores españoles, quizá los más
osados han sido los ya mencionados franceses de mediados del siglo XIX, quienes
organizaron para tal fin una grandiosa expedición, ya que su intención no era la azarosa
búsqueda de guacas, sino el mismo nacimiento del oro. Aunque las versiones sobre su
localización se contradicen, las crónicas y leyendas tienden a orientarla hacia el alto
Sinú.
Hacia allá se
habían enrumbado Alonso de Heredia y Francisco César, hasta terminar este último en las
riberas del río Cauca y en la conquista de territorios de lo que hoy es el departamento
de Antioquia. Graham refiere de éstos:
La sed del oro acosaba
y como los indios les habían dicho que en el territorio de Finzenú no había oro y que
el que encontraron en las sepulturas había sido obtenido en una tierra de altas
montañas, más lejos, hacia el oeste, pusieron su rumbo una vez más
hacia la soledad
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Dice una leyenda del
cacique Tofeme, modesto oficial español de nombre Juan Velázquez de Santa Cruz,
convertido en tal como sucesor de Cereté que:
Se sabe
que los indios ribereños del Síttú eran de los más pobres, en tanto que los habitantes
de las tierras altas poseían la mayor parte del oro. Jaime Exbrayat cuenta:
Santa Cruz fue
condenado por el Consejo de la Corte a ingresar en la tribu con el carácter de consultor
del soberano [...] a la trágica muerte de Cereté, ocurrida tiempo después, se
desposó con Tay, heredando el poder de aquél, habiéndose trasladado más tarde a vivir
al alto Sinú, lugar donde entonces, según decían, el oro brotaba como
arenas
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Rio Sinú
desde el mercado, en Lorica (Tomado de: Bolívar: Geografía Económica de Colombia).
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Dice una leyenda del
cacique Tofeme, modesto oficial español de nombre Juan Velázquez de Santa Cruz,
convertido en tal como sucesor de Cereté que:Se sabe
que los indios ribereños del Síttú eran de los más pobres, en tanto que los habitantes
de las tierras altas poseían la mayor parte del oro. Jaime Exbrayat cuenta:
A una legua de Lorica
y en esa herradura formada por pequeñas colinas donde hoy se levanta el pueblo de San
Nicolás de Bary, existió primitivamente una importante aglomeración indígena. Al
aproximarse ciertas festividades tradicionales en la tribu, alejábanse dos de los indios
de mayor categoría y reaparecían a los pocos días con todo el oro necesario para las
ofrendas rituales. Ese oro procedía, a no dudarlo, de algún filón riquísimo y
únicamente conocido de ese par de indios que guardaban el secreto de su ubicación como
sólo pueden hacerlo los indios. Ese secreto lo habían recibido como un depósito sagrado
que confiarían después a una sola persona de su absoluta confianza.
Algunos contemporáneos
trataron personalmente con el indio Jupy, dueño de un tambo en la región del río Verde
que conocía la ubicación de otra mina de filón. De vez en cuando y con el mayor sigilo
se iba solo para la mina de la cual regresaba a los pocos días con una mochila llena de
gruesas pepitas y cáscaras que solía vender en las ferias de Yarumal y de otros pueblos
de Antio quia. El indio Jupy adquirió grandes extensiones de tierra, fue amo de muchas
cabezas de ganado, y se le consideraba como el hombre más rico del alto Sinú, pero nadie
pudo arrancarle una sola palabra acerca de la localización de su mina. Varios
antioqueños que lo intentaron fracasaron del todo en su empeño
10.
Sobre los secretos de las
minas del Sinú se han urdido numerosas leyendas, en las que se halla presente la magia
poseída por sus depositarios. Todo parece indicar que fueron estos indicios envueltos en
la leyenda los que orientaron a los franceses hacia lo alto del río.
LA EXPEDICION AL ALTO
SINU
Un comerciante
francés, residente en Cartagena, Víctor Dujardin, logró entusiasmar en la empresa a
varios personajes reputados por sus grandes ambiciones. Y como la exploración de esas
tierras salvajes necesitaba hombtes de talla especial, Dujardin vinculó a su grandiosa
idea a Luis Striffler, joven perteneciente a aquella generación de franceses que
crecieron imbuidos por el pensamiento positivista imperante en aquella época de grandes
descubrimientos y venido, como los demás, a buscar fortuna en América. Striffler dejó
el testimonio de su aventura en el libro de crónicas El río Sinú.
Este trabajo, intitulado
inicialmente El alto Sinú, es el único registro escrito sobre lo que su autor
llamó "historia del primer establecimiento para extracción de oro en 1844" en
estas tierras. El relato permaneció inédito hasta el año 1875, cuando la
presidencia del Estado Soberano de Bolívar promovió su divulgación en serie en el
Diario de Bolívar, desde el número 1.133 al 1.208, y en ese mismo año, apoyó la
publicación en forma de libro. Existe otra edición bajo el título de El río Sinú, realizada
en Cereté, sin fecha y sin referencia editorial.
Luis Striffler es autor
también de El río San Jorge, otra serie de crónicas sobre la búsqueda de oro en
esa región, por los mismos franceses que lo hicieran en el Sinú.
La aventura de Striffler
empieza cuando Dujardin le encarga explorar las minas del alto San Jorge, mientras él
mismo efectuaba una excursión al alto Sinú. Allí, sobre las playas del río, Dujardin
llenó unos sacos de arena, los llevó a París y los entregó a Gay-Lussac. El afamado
químico detectó, en la muestra de río, esmeraldas microscópicas, diamantes y oro,
según versión del francés. Con un análisis del más exacto rigor, precisó la
afortunada proporción en que se hallaba el metal precioso en una cantidad dada de arena.
Fue con fundamento en este dictamen como se afianzó el affaire. Striffler comentó
el suceso en su libro, escrito treinta años después de ocurrido:
El primer paso
consistía en hacer lo que se expresa en términos técnicos: faire mousser une
affaire. El secreto de crear un mundo sacándolo de la nada, data del tiempo de la
creación [...] La e,npresa de Dujardin encontró accionistas en Cartagena y en Europa. Se
despachó a un joven ingeniero recién salido de la Escuela Politécnica a Rusia a
estudiar el método de extraer el oro en los montes Urales; se reclutaron otros jóvenes
que conocían prácticamente los oficios necesarios para la explotación; se procedió a
la adquisición de un inmenso material y se me encargó de los trabajos preparativos,
cargándome de instrucciones muy detalladas y de planos elaborados en
Paris por el fundador del futuro establecimiento
11.
En diciembre de 1843
Striffler partió de Cartagena acompañado por doscientos nativos, entre bogas,
macheteros, carpinteros, ebanistas y toderos que conocían aquellas misteriosas selvas.
Los toderos eran barqueteros que en las temporadas secas llegaban hasta la selva y
cortaban árboles corpulentos que con paciencia y destreza transformaban en inmensas
piraguas, que eran echadas río abajo con las primeras crecientes para ser vendidas en los
puertos de Montería, Cereté y Lorica. Guiado por estos barqueteros que conocían todas
las revueltas del río, Striffler demoró cerca de ocho días para llegar a las
estribaciones cercanas al nacimiento del Sinú, que llamó "el primer escalón de los
Andes" y "el comienzo del oro". Entre tanto, los hombres de la expedición
derribaban monte con ahinco, construían un asentamiento y sembraban la tierra
conquistada.
La presencia ruidosa de
los hombres de Striffler ahuyentó a las fieras pero en cambio atrajo moradores
inesperados en aquellas lejuras, que se creían pobladas solamente por indios bravos y
algunos mestizos arriesgados buscadores de quina y zarzaparrilla. Entre la variedad de
aparecidos figuraban negros cimarrones, capitanes franceses de antiguos naufragios,
italianos buscadores de tesoros y caciques indígenas en decadencia.
Transcurridos dos meses,
los nuevos habitantes habían construido varias casas, una inmensa bodega que guardaría
los sacos repletos de oro, y en los terrenos colonizados crecían ya abundantes matas de
plátano, yuca y maíz. El alboroto de gallinas, vacas y perros se confundía con el juego
de numerosos niños, pues los trabajadores habían hecho venir a sus familias. De la gran
cantidad de proyectos que tenía Striffler para esta región, se ejecutaba uno temerario y
grandioso: abrir una trocha por entre la selva hasta Montería para traer de allí
bastante ganado vacuno.
En medio de la febril
actividad, alimentada por el descubrimiento de partículas de oro, realizado por Striffler
a los pocos días de su llegada, el entusiasta francés envió a Cartagena un informe tan
optimista que las acciones de la compañía pasaron de 500 a 1.700 francos en la Bolsa de
París.
EL LÁNGUIDO FINAL
Striffler cuenta en
su libro que un buque partió de Europa hacia América con el personal técnico de la
Compañía del Sinú. En el campamento de la selva todos esperaban ansiosos a Dujardin,
jefe de la empresa, a los ingenieros europeos y la novedosa maquinaria que sacaría el tan
ambicionado oro. Una tarde llegaron trayendo también un cocinero desde el mismo París.
Hombres y equipo se
pusieron en movimiento durante el día y la noche. Empezaron las dificultades. Primero fue
una creciente del río que arrastró a varios trabajadores, arruinó muchas jornadas de
trabajo y echó a perder algunas máquinas. Luego, los jornaleros no acostumbrados a
laborar de noche y en medio de tantos peligros, empezaron a rebelarse. Días después, y
sin mayor explicación, Dujardin suspendió la empresa en la que se habían invertido
ingentes fortunas y que había costado el esfuerzo de tantos hombres juntos. Se desmontó
el campamento, los trabajadores se regresaron con sus familias y animales, y pronto la
selva envolvió de nuevo lo otrora colonizado. Las acciones de la Compañía del Sinú
quedaron valiendo cero francos.
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Puerto de
atraque sobre el río Sinú en Montería. Centro de documentación, Banco de la
República, Montería
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CONTINUAR
8 Ibid., pág. 106
(regresar8)
9 Mendoza, op. cit.,
pág. (regresar9)
10. Exbrayat, op.cit.,
págs. 63-64. (regresar10)
11 Striffler, op. cti.,
págs. 4-5. (regresar11)
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