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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
29, Volumen XXIX, 1992
Continuación
Claro está que muy pocos
de los buses en que yo viajaba lo eran en sentido estricto. Algunos eran del tipo
"cuya", con bancas en vez de asientos, y abiertos por los dos lados para mejor
saborear el polvo; había camiones de carga con asiento ancho por delante que compartía
el chofer con unos cuantos pasajeros; e infinidad de combinaciones posibles. Los
"mixtos" eran casi los únicos que recorrían las rutas de poco tráfico, como
la de Popayán a Pasto, y eran los que mejor se prestaban a la economía informal del
transporte. Una modalidad de ésta consistía en el recibo, por parte de los choferes, de
pasajeros sin tiquete ("canabos" se llamaban), que no figuraban en las listas
entregadas en el retén, que viajaban escondidos en la sección de carga (es decir, en la
"jaula") y el valor de cuyo pasaje se embolsillaba el chofer. Tal valor se
regateaba entre pasajero y chofer, aunque no faltaban los bondadosos que dejaban viajar
gratis a quienes manifiestamente no tenían con qué pagar. Se ponía una sola condición:
había que bajarse del vehículo antes de llegar al retén final.
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A pesar de la fama de
diferenciación regional que tiene Colombia, la mayoría de los pueblos y ciudades por
donde pasaba parecían tener un aspecto bastante similar: una gran plaza central
semidesierta, salvo en días feriados o de mercado; unas cuantas construcciones modernas
de ladrillo o de cemento armado sin carácter arquitectónico especifico; un mercado
público tan pintoresco como insalubre; calles y carreras monótonamente numeradas de
acuerdo con un patrón uniforme nacional. Por supuesto, había excepciones. Popayán me
encantó a primera vista, y también Bucaramanga por su flora y clima y casas blanqueadas,
aun cuando el interés histórico consistía sólo en placas recordatorias de visitas del
Libertador. Cartago, aunque de apariencia somnolienta, ostentaba casas y calles bien
arregladas y un hotel turístico de lujo a donde llegué por equivocación pero que por
suerte sólo cobraba seis dólares ymedio por día, la comida incluida. Sin embargo, la
ciudad que mas me gustó fue Medellín, la primera que visité y a la que volví después.
Medellín no igualaba ni
de lejos a Popayán en atractivos históricos, y sus edificios modernos no me llamaron
mucho la atención. El que más me la llamó fue el edificio del correo nacional... por la
extraordinaria fealdad de su decorado de ladrillo a medio terminar (fue, además, donde
por primera vez tropecé con la curiosa separación entre correo "nacional" y
correo aéreo, que se despachaba desde otro parte. Mas en general la capital antioqueña
ofrecía un ambiente de orden y de pujanza poco comunes, exactamente de lo que tenía
fama. Era la única ciudad en la cual el cine siempre comenzaba a la hora anunciada.
Fácilmente constaté, además, la superioridad de sus servicios públicos: mientras que
en Bogotá la semioscuridad, aun en calles céntricas, me infundía cierto temor al pasar
a horas avanzadas de la noche, en Medellín, gracias a su excelente alumbrado, se
respiraba un aire de seguridad. En otro orden de cosas, se confirmaba el espíritu
independiente de los antioqueños, por el hecho mismo de que Medellín no había aceptado
mansamente la total erradicación de nombres propios de sus calles. Y como prueba más
bien folclórica, hasta vi a un hombre paseando por la calle con una pancarta en la
espalda, que rezaba simplemente: "Civismo".
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Aunque no era mi ciudad predilecta, fue
en Bogotá en donde pasé más tiempo. Además de un alumbrado público deficiente,
adolecía de un clima inclemente, todavía no amortiguado por una benigna contaminación
atmosférica. Como nunca estuve en una pensión con agua caliente (si es que las había),
abandoné la costumbre de bañarme cada dos días, en favor de un baño semanal... y sólo
me atreví a lavarme el cabello cuando bajé a tierra caliente. Pero había muchas cosas
que ver y hacer; era sin duda la ciudad más interesante. Y a diferencia de lo que me
dijeron algunos provincianos, los bogotanos que conocí eran gente franca y amable.
Honrada también, aunque el dueño de la primera pensión en que me alojé, santandereano
si bien recuerdo, ejercía personalmente el oficio de portero, supuestamente porque no
podía confiar en ningún nativo de la gran ciudad.
Cabe añadir que el
único intento de estafarme (por lo menos de que yo tuviera conciencia) sí me ocurrió en
Bogotá. Una vez, mientras leía el diario en el parque de la Independencia, se me acercó
un individuo y trató de venderme un billete de lotería, que en realidad era un billete
de la semana anterior no premiado, y a cuya fecha él había hecho una discreta
"corrección". No estaba al tanto de saber él que una de las cosas que más me
gustaban de Colombia era la multiplicidad de loterías oficiales, y que casi ningún día
dejaba de comprarme mi fracción; así que yo sabia perfectamente que el color del billete
ofrecido correspondía al sorteo anterior, y no caí en la trampa. Se trataba, en todo
caso, de un intento de fraude tan burdo que no lo tomé muy en serio; a mi modo de ver, no
contradecía la honradez de los colombianos en general
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En fin, como queda dicho,
lo que más me gustó de Colombia fue su gente, al parecer "siempre a la
orden" y de una extremada cortesía. Pude observar, por ejemplo, que las personas a
cada rato ofrecían cigarrillos a amigos y desconocidos, que nunca dejaban de aceptarlos
aunque fuera para fumarlos después; y cierto joven hasta me rogó que tuviera "la
fineza" de aceptar su oferta. Se notaba, así, una gran "fineza" de
costumbres, que bien cuadraba con la afición nacional (todavía vigente en ese entonces)
por la poesía, que llenaba los suplementos dominicales de los diarios y que recitaban
borrachos en el tren, además de varias personas que conocí. Además, dondequiera que
iba, encontré a personas que espontáneamente se ofrecían para acompañarme a ver los
sitios turísticos (o para ir conmigo al cine, otra pasión nacional).
Releyendo las cartas de
mi primera visita, quedo asombrado del número de personajes que me impresionaron lo
suficiente como para que escribiera sobre ellos: desde el pequeño sobrino del dueño de
pensión en Popayán que me ensalzaba las playas de Buenaventura (de donde él era y a
donde fui después para decepcionarme) hasta el jesuita, profesor de la Javeriana, que me
advertía, desde la baranda del barco fluvial, quién era comunista en tal o cual pueblo
ribereño. Un factor que obviamente facilitaba tanto intercambio cultural era la
proverbial buena dicción de los colombianos, de modo que pude entender sin grandes
dificultades a personas de clase obrera lo mismo que a profesionales (reitero que a la
costa no fui), pero estaba por medio también cierta accesibilidad humana que no
olvidaré.
Claro está que algunos
se habrán interesado en conversar conmigo por pura curiosidad, pues no era nada común
ver a un joven estadounidense peregrinando por Colombia. A veces me preguntaron si era
alemán, y más veces todavía tuve que explicar exactamente por qué no estaba
en la guerra
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Pero la pregunta que se me hacía con más
frecuencia tenía que ver con la religión: si yo era o no católico y si creía en la
Virgen, lo que equivalía casi a lo mismo. Los niños casi nunca dejaron de averiguar
estos detalles, pero no eran los únicos, y no es que haya andado de preferencia con gente
mojigata sino que eso de ser católico (aunque de manera superficial) tenía un peso muy
específico en el modo de ser colombiano.., obviamente mucho más que hoy día.
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Otro tema recurrente era
si no podría dar unas lecciones de inglés a mis conocidos colombianos. Esto no era muy
practicable cuando me quedaba en un solo lugar tan poco tiempo, pero en Bogotá
organizamos una serie de tertulias informales con huéspedes de la pensión y familiares
de su dueño, que desconfiaba tanto de los bogotanos, y a cambio de mis explicaciones de
frases en inglés ellos me entretenían con los últimos chismes políticos y con chistes
verdes (aunque me daba pena confesarlo, no siempre comprendía los unos ni los otros). Por
lo demás, el afán de aprender inglés era una sola faceta del interés más generalizado
en lo estadounidense. Sólo raras veces tropecé con alguien que hubiese estado en mi
país; pero los colombianos eran casi todos aficionados al cine, la mitad de las
películas que se exhibían eran de procedencia estadounidense y, sin lugar a dudas, era
éste el principal canal de penetración cultural. Solo hay que añadir que influencia
cultural no necesariamente se traducía en apoyo político, pues la actitud más común
frente a la guerra mundial parecía ser de indiferencia, y con bastante frecuencia se me
echaba en cara por más que se hiciera en tono amistoso lo de Panamá.
Hubo un barbero en
Bogotá que me expresó que los Estados Unidos le habían comprado Panamá a
Colombia, como si fuera una transacción perfectamente normal, pero éste fue un caso
excepcional. Y con respecto a la guerra mundial, lo que más me impresioné fue la
reacción de los asistentes a cine en Medellín cuando en el noticiero aparecieron
"los cuatro grandes" de la causa de los aliados. Para Chiang Kai-shek y Stalin,
hubo explosión de aplausos; para Roosevelt y Churchill, total silencio. Al parecer, las
colectividades china y comunista sentían gran entusiasmo por sus héroes, y no descarté
que Chiang despertara simpatías simplemente por ser víctima del imperialismo y no ser
jefe de una verdadera gran potencia. A los líderes de los países anglosajones nadie los
silbé, como habría sucedido silos godos de la Montaña hubieran sido tan profascistas
como decían los liberales; pero la apatía del público dejaba ver que la propaganda del
Buen Vecino no había calado muy hondo en la conciencia colombiana.
Afortunadamente, a mí se
me recibió en Colombia como vecino con minúscula, no responsable de la política
estadounidense ni de la actualidad ni del pasado... en fin, como un individuo más con
quién compartir un viaje o a quién hacer preguntas. Fue el comienzo de una larga amistad
con Colombia.
DAVID BUSHNELL
3 Por
primera vez en 1985
sufrí un robo, en plena carrera séptima, a mediodía,
pero el ladrón me pidió que lo disculpara y, después de recobrar mi ¡wesencia de
ánimo, no pude negarme a ello. (regresar3)
4 Tenía
dispensa médica del servicio militar. A propósito,
no era espía. (regresar4)
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