Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 29, Volumen XXIX, 1992

El renacer del pensamiento conservador


Don Quijote en América
o la conquista imposible de El Dorado
Ignacio de Guzmdn Noguera
Hojas e Ideas, Bogotá, 1991, 164 págs.

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Con el aval de la Universidad Católica de Colombia y prólogo de Jaime Betancur Cuartas, este libro, que ha sido presentado ante la opinión por Enrique Gómez Hurtado, entraña toda una parábola en su título. Una parábola en la cual entran el amor a la historia, a España y a sus viejas instituciones, al catolicismo y a las ideas conservadoras.

El autor, abogado, experto en cooperativismo, historiador, escritor y diplomático en España y en lugares tan improbables como Gambia, así como gerente de uno de los bancos más importantes del país, presenta el primero de tres volúmenes sobre la historia colombiana desde el Descubrimiento hasta 1886. Antes ha publicado El hombre frente al Estado (1941), un Diccionario político de Rafael Núñez (1952) y El pensamiento del Libertador (1953, 1977 y 1985).

Aunque su única pretensión confesa sea entregar ante todo un texto didáctico fácilmente digerible, este volumen resulta pertinente por varias razones. Desde luego, no está dirigido a los eruditos de academia sino, más bien, a los no iniciados aún en "textos tan áridos y tan llenos de datos, de fechas y de nombres, que hoy se encuentran ya como perdidos en nuestra memoria".

Personalmente he encontrado una virtud capital en este libro, acaso la más difícil de concebir en un escritor o en un investigador, esa facultad, muy rara, de orientarse en lo esencial, en lo duradero y cierto y prescindir de todo lo demás, como la describiera certeramente Alvaro Mutis. Actuar sobre la historia no es tanto modificar acontecimientos prácticos como acuñar un significado eterno, ha dicho en algún escolio Nicolás Gómez Dávila. Es exactamente lo que hace el autor con su asombrosa capacidad de síntesis. Podríamos incluso afirmar que, salvo algunas anécdotas esparcidas aquí y allá, en el texto no sucede nada como no sea la petrificación inmediata en un molde amplio y convincente y con ejemplar limpidez de estilo, de toda una época, la que bien puede abarcar varios siglos, en un par de pinceladas teñidas de filosofía o acaso de eso que los franceses llamaban "espíritu" y que no sabría bien cómo traducir hoy. Más que hechos, he aquí análisis de épocas.

A riesgo de calumniarlo, mas con intención de fijar, hasta donde sea posible, la tónica de su libro, creo que el autor no nos cuenta casi nada que ya no sepamos. Su riqueza no está ahí sino en el sesgo, en el matiz, en el modo de rearmar el rompecabezas donde lo dejaron los historiadores tradicionales, con gran sobriedad, llenándolo de sentido. Sobran los excesos documentales. Fuentes tradicionales como fray Pedro Simón, Rodríguez Freile o José Manuel Groot, bastan para elaborar una visión totalizadora y, sobre todo, amena, que fue, como acaso ya lo he dicho, lo único que se propuso el autor. El resultado denota pensamiento, reflexión, meditación continuada. A la par con la creación de ambientes, el texto está teñido por la búsqueda permanente de un sentido trascendental y filosófico en los hechos históricos, muy en el tono de la escuela cuyo guía ha sido Lucien Fevbre

A veces nos reconforta a los escépticos descubrir personas cuya tranquila sabiduría y pulcritud de estilo es capaz de fijar el vértigo, de descubrir todavía en la historia caminos señalados por entre el caos de los acontecimientos, "consecuencias perdurables en lo espiritual o en lo meramente temporal", mojones que demarcan un destino del hombre hacia alguna parte, seres que enseñan que el destino no cambia siempre de método, como apuntaba Goethe, sino que quien sepa mirar sabiamente al pasado podrá no sólo nutrir su alma y dirigir su vida de acuerdo con ciertas experiencias esenciales, sino incluso evitar "verdaderas tragedias" que son siempre derrotas de la inteligencia avisora.

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Hay más. El autor trata de rescatar de la bruma del tiempo, más que al hecho, al "personaje", ese "ejército un poco olvidado ya de ciudadanos que hicieron posible la nación en que hoy vivimos", esa "historia que ha permanecido en la penumbra, la otra historia de Colombia" aún no escrita y que no carece, precisamente, de belleza, esa belleza que tanto han dado al olvido los historiadores de los últimos decenios.

"En reiterar los viejos lugares comunes consiste la tarea propiamente civilizadora", dice el mismo autor de los Escolios en frase que viene como anillo al dedo en esta ocasión. He aquí una de las características del pensamiento conservador, tan venido a menos, más por incapacidad de sus adalides del día y por la estupidez del mundo en que vivimos, que por falta de sustancia. No hay que olvidar, como lo ha señalado Oscar Torres Duque, la extrema lucidez que han logrado entre nosotros este tipo de ideas en cabeza de sus buenos defensores. No creo arriesgado decir que, si en la Colombia del siglo XX el pensamiento liberal (junto con su hijo neoliberal) ha corrido con mayor fortuna en el establecimiento de una dirección en la vida práctica del país y en general del mundo, el pensamiento conservador ha sido más lúcido en las ideas y es quizá el único que puede libramos de la catástrofe. No estoy haciendo, léase bien, ninguna declaración partidista, así la perspicacia de los políticos crea aludidos sus sistemas de tontas ambigüedades... Desde luego, no me refiero a las doctrinas de partido, necios intentos de adecuar en unos moldes vacíos la realidad, con fines electorales egoístas, pues los partidos, otra vez léase bien, me parecen igualmente despreciables. Estimo incluso que, por definición, todo el que esté en el poder es conservador y todo el que esté en la oposición es liberal y que la única diferencia entre unos y otros es la que señala García Márquez sobre la hora de ir a misa, o la que anota Alonso Aristizábal en esa saga de familia que es Una y muchas guerras: que a unos los matan primero y a los otros después.

Me refiero a las ideas que empiezan a resurgir como una sana reacción ante el dominio, muchas veces digno de alabanza pero también muchas veces tedioso y otras incluso malintencionado, de la "nueva historia", ideas que reviven el pensamiento conservador en Colombia, pensamiento que en su extremo llega a ser calificado, si no de fascista, por lo menos de "reaccionario", vieja palabra que tras el derrumbe de la ideología comunista ha dejado de ser tan peyorativa y que como calificativo propio encanta a un Alvaro Mutis o a un Nicolás Gómez Dávila, a quienes place enormemente ser tratados como tales. Recuérdese lo que decía Dalí: "Me llaman reaccionario con toda razón, puesto que no hago nada más que reaccionar...".

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El pensamiento conservador reclama el afincamiento de una tradición, denuncia el irreverente desprecio de la continuidad, de la cultura, de la decencia y, en la historia en particular, de la experiencia acumulada durante siglos. Descubre en la vida moderna peligrosos síntomas de regreso a la bestialidad y, en fin, la ruptura de una tradición espiritual. Parece tonto repetir estos postulados de siglos, pero su descrédito obliga a volver a entonar, tristemente, los viejos himnos.

Además de conservador, el autor es profundamente cristiano y, bajo esa luz, retorna lo que dejara latente hace un siglo don José Manuel Groot en su Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada. El distintivo de nuestra historia sería, entonces, "una larga y penosa lucha para asimilar primero y para defender luego [...] los ideales inmutables del cristianismo" (pág. 18), con sus corolarios lógicos, que "la verdadera importancia del Descubrimiento de América radica en su nacimiento a la vida espiritual", y que la verdadera civilización habría sido hecha por la acción callada y heroica de los misioneros, visión sugestiva que no es más parcializada que la que nos inyectan algunos pontífices de la "nueva historia" que no quieren ver más que conflictos sociales, rebeliones del campesinado, inflaciones galopantes, intempestivas devaluaciones del peso o crisis en la balanza comercial como factores determinantes del acontecer histórico. Cabe anotar simplemente que, desde luego, no somos tan ingenuos como para pretender que esta mirada sea nueva y que acaso, con diversas expresiones, fuera la única que se dio, por ejemplo, en el siglo XIX, pero hoy está tan "pasada de moda" que resulta en ocasiones más "nueva" que aquella otra...

La apreciación que nos da De Guzmán Noguera del significado del Descubrimiento es ante todo el de un descubrimiento de América hacia si misma, puesto que se ignoraba y sólo supo que existía a partir de entonces. El autor señala que la saga de Colón se dio dentro de un ambiente en el que sobresale como la única visionaria la reina Isabel de Castilla, quien advierte que "el genovés había topado con regiones donde había mucha inteligencia que ilustrar, mucho impudor que cubrir, muchas almas que salvar", y es ella quien se encarga de dar a la Conquista el sello humanitario de esa "vocación misional de España" de la que ya nadie se acuerda, más que el de la empresa privada y violenta de explotación que han encontrado tantos y tantos historiadores. A los que vapulean inmisericordes la era colonial, el autor les enrostra la "casi heroica" y callada labor civilizadora de las órdenes religiosas en el continente. Sin embargo, la genuina aventura espiritual habría caído en manos de hombres de guerra y codiciosos comerciantes, quienes con "los más ostensibles e inauditos abusos repetidos sin límite y por siglos acabaron con las ricas posesiones de ultramar y dieron al traste con el imperio mismo" (pág. 116).

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La otra presencia en la obra es la de la España de Cervantes; es una presencia quijotesca, por lo menos en su origen... Ahí están la caballería y su hija mayor, la caballerosidad. Es una presencia poética y quizá nostálgica. España se convierte en "un maravilloso florecimiento de héroes y santos". Pero, a la vez, no desdeña el mestizaje, como fusión de razas, y menos al aborigen auténtico. De hecho quiere reivindicar el nombre del cacique Bogotá, quien no es un invento de El carnero, aunque haya sido enterrado en un "inexplicable olvido" y de quien nadie se acordó en los cuatrocientos cincuenta años de la fundación de la ciudad.

El lector descubrirá con asombro que la actual Colombia, que en el siglo XVIII era el primer productor del oro del mundo, con un 39% del total, resultó siendo el fiador del imperio más grande del mundo, que se desmoronaba a pedazos. Como es apenas previsible, el fiador resultó embargado junto con el afianzado y tuvo que sostener el nombre y las arcas de la madre patria "hasta con su último maravedí". Ejemplar. Y de eso sí doy fe que no se acuerdan ni los unos con rencor, ni los otros con agradecimiento. Total, ¿a quién le importa lo que - haya ocurrido dentro de esos quinientos años que se están celebrando con bombos y platillos?

LUIS H. ARISTIZÁBAL