Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

O de las extrañas. De acuerdo con Dora Orlansky y Silvia Dubrovsky, un alto porcentaje de la población latinoamericana que emigraba del campo a la ciudad estaba compuesto por mujeres, la gran mayoría jóvenes solteras de un bajo nivel educativo que se empleaban en la industria o en el servicio doméstico (15-16). Aunque Orlansky y Dubrovsky no lo dicen, es seguro que muchas de ellas se vieron obligadas a ejercer la prostitución. En 1889 el doctor Manuel 5. Algandona publicó una Profilaxia de la sífilis en la que lamentaba "que la República de Colombia, desde que nació centro planetario de las ideas, teniendo en su seno astros de vivificante luz en todos los ramos del saber, haya dejado tomar cuerpo a este mal [la prostitución]" (10). De los 100.000 habitantes que tenía Bogotá en la época, 3.000 eran prostitutas registradas y 600, según estimaciones del propio autor, trabajaban en la clandestinidad, aparentando "el negocio de hoteleras, mientras conquistaban a sus clientes, como yo mismo podría poner ejemplos" (23) (4) . Para 1950, cuando, de acuerdo con Gilbert, la ciudad tenía 715.250 habitantes, había 40.000 prostitutas registradas (Sepúlveda, 14) (5) .   

 

Desnudo femenino, dibujo a lápiz de Francisco A. Cano, ca. 1900 (Tomado de: álbum con dibujos y bocetos, colección particular).

 

El escándalo de estas cifras puede explicar las tímidas alusiones a la prostitución y a la sífilis que encontramos en las novelas de la primera mitad del siglo. En la obra que Cuervo Márquez publicó en 1903, Phinées descubre un día una mancha roja bajo el labio inferior (91), y en La marquesa de Yolombó, publicada veinticinco años más tarde, la discreta Bárbara Caballero todavía le pregunta a su futuro esposo: "¿Me jura que no tiene ninguna enfermedad que pueda contagiar o afrentar a su mujer?" (III, 190). Sólo en 1935, cuando José Antonio Osorio Lizarazo publica El criminal, podemos leer una obra colombiana que expone el tema de una forma más o menos directa (Osorio Lizarazo conserva el pudor del lenguaje y emplea una jerga pseudocientífica y enfática). La novela narra los padecimientos de Higinio González, un periodista capaz de sentir "dentro de sí los efectos de la tabesdorso-lumbar, claramente manifestados" (54), y que termina sus días en la cárcel después de haber asesinado a la mujer de la que esperaba un hijo. La historia de González, narrada de acuerdo con los preceptos de la escuela naturalista (fatalidad, trompe l’oeil, argot científico), es más cruda que la historia de El inocente, pero su propósito es igualmente edificante. Ambas obras comparten una misma actitud, la convicción de que se debe evitar el cuerpo de los otros y suprimir de la escritura esos vocablos errantes que pasan de labio en labio murmurando los lugares del cuerpo y sus placeres.

En los años treinta la literatura colombiana comienza a abandonar la posición central que ocupaba en el marco más general de la cultura y de una manera tímida recusa el principio del decoro que la ha vigilado hasta entonces. Es todavía un movimiento lento, incipiente y poco claro. Si es posible encontrar un texto de esa época que se proponga decir el cuerpo, habrá que buscarlo allí donde la página escrita no esté tan custodiada y donde el autor escriba consciente de su propia marginalidad, en textos como 4 años a bordo de mí mismo, la novela que Eduardo Zalamea Borda escribió en 1932; o como esa tesis de derecho presentada a la Universidad de Cartagena en 1930 y cuyas páginas conservan todavía el sabor de un manifiesto:  

Hemos de iniciar la muerte definitiva del miedo a las palabras; aceptaríamos el remilgo, a cambio de borrar del idioma las palabras aludidas; de destruir en la anatomía humana las cosas por ellas entrañadas que son fundamentales de la misma [...]. Rompamos la conspiración del silencio que se quiere hacer a las relaciones sexuales, y sobre la psicología de ellas, pronunciemos el Fiat Lux, o el grito de Goethe en su agonía: "Es deber del siglo ". [Romero Aguirre, 29]

 

LOS LUGARES EN DONDE SE PUEDE DECIR EL CUERPO 

No todo fue difícil en la empresa que proponía Romero Aguirre; no todo consistió en romper el silencio y escribir por primera vez una palabra escandalosa. En el conjunto de lugares narrativos que componían la retórica del decoro, había algunos que permitían sugerir el cuerpo erótico. He aquí cuatro de ellos: 

 

El vestido 

Cuando aparece un personaje femenino, el narrador describe con detalle su vestido; pero esa descripción no es inocente: opera como una metonimia, como un desplazamiento de la mirada narrativa (focalización) que va desde el vestido hacia aquello que el vestido deja ver. Los ejemplos son innumerables: 

[...] mal trajeada [la muchacha], con el vestido de remiendos, desarmado y roto, cuyo amplio corpiño dejaba al desnudo las paletas, los brazos afelpados y el blanco pecho. [Inocencia, 40] 

[Orpha estaba] vestida con ligera túnica que le ceñía el apretado seno y que resbalando por la línea de las caderas le caía hasta los tobillos, dejando ver los pies finos y pequeños. [Phinées, 7] 

Al empinarse [Elvira] y levantar los brazos hacia la jaula, su falda, inocentemente alzada, mostraba arriba de las rodillas la iniciación de la suave línea de sus formas. [Ayer nada más..., 1930, 110] 

 

Demonios y penitentes, lápiz y pastel sobre papel, Santiago Páramo Ortiz
(Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

 

El baile  

La descripción de un baile o una danza no sólo forma parte obligada de la literatura de costumbres; del mismo modo que el traje, la danza puede considerarse como un desplazamiento metonímico, como una manera de aludir al cuerpo en la dinámica de su deseo: 

Juancho comienza por mover todo el cuerpo como un médium en trance y Rita lo hace con más sensualidad aún, como si estuviera gozando la sensación del orgasmo. Mueve las caderas con un ritmo de más porque el baile es costanero, y se va acercando, acercando, con los pies resbalados contra el suelo, ceñidas las rodillas, y todo el cuerpo en movimiento. Ella se menea como ofreciéndose en goce, como urgiendo ávidamente la posesión. El, a su turno, trémulo de apetito, se mueve con ese moverse alebrestado del macho cabrío que no da espera. Al fin se ayuntan; se besan, se aprietan, se huelen, se anudan, se entrepiernan voluptuosamente, fingiendo el rito del entrevero sexual. [Risaralda, 1935, 53]

 

El cuerpo de los marginados  

La osadía de Bernardo Arias Trujillo en las líneas precedentes no sólo está autorizada por el lugar que ocupa la danza en el sistema del decoro, sino también por el hecho de que los bailarines son negros cimarrones que viven en medio de la selva. 

El amor libre era de muy buen recibo entre los habitantes risaraldinos de Sopinga. Las negras tenían un natural modoso y sumiso, pero era un misterio saber si en realidad amaban a sus hombres. Obedecían ciegamente a los varones y éstos las trataban con rudeza silvestre. [Risaralda, 27]

 

Mujer en la fuente. Oleo de Andrés de Santa María, 1906.

  

El primer cuerpo erótico que aparece de manera explícita en la literatura colombiana es el cuerpo de las esclavas negras, de las indias, de las campesinas, de la servidumbre. El principio del decoro les cede el paso con facilidad porque en ellas no hay un honor qué defender: son cuerpos anónimos en los que el placer masculino busca su propia satisfacción, olvidado por un momento del deber de prolongar un nombre o una dinastía. En Almíbar, la mimosa Elvia Eterna conserva su virginidad mientras que su criada Paulina pierde una noche "lo ido sin remedio de tornar" (118). En Cali, (1969), de Eduardo Caballero Calderón, el protagonista Martin imagina a Margarita vestida, pues es incapaz de suponerla desnuda y ni siquiera semejante a "esas, a las que tumbaba en un sembrado de trigo recién segado [...], [y que] no eran verdaderas mujeres" (43). Y todavía en 1980, el protagonista de Años de fuga discrimina socialmente los amores y aficiones de su generación: "Sexo y pecado nos los vendieron en el mismo paquete. Amamos con amor puro cierto tipo de mujeres, preferiblemente de signo virgo, tipo Ingrid Bergman, Audrey Hepburn, Greta Garbo. Sexualmente nos atraen las mujeres tipo novia de teniente" (33).

 

Los privilegios del escritor  

Quien examine la tipología del escritor en Colombia, encontrará dos imágenes que se originan en el siglo XIX y cuya vigencia dura hasta mediados del siglo XX: la del escritor que se asocia al poder político y la del escritor que rodea su vida con los fastos de la bohemia. En el fondo, no se trata de imágenes enemigas: ambas comparten el supuesto de cierta permisividad, la idea de que quien hace la ley y quien la transgrede comparten un mismo espacio, un lugar abierto a regañadientes por el decoro (6) . De estas dos imágenes de escritor o de artista, la que importa examinar aquí es la segunda. Su estirpe es simbolista, y su precursor José Asunción Silva.  

De sobremesa es la primera de nuestras novelas heterodoxas, la primera que despliega en forma concertada los recursos básicos de la expresión erótica: el pretexto, la digresión, el derroche verbal, la mejor articulación de la descripción en el desarrollo de la acción. La novela narra las danzas de José Fernández, poeta de gran fortuna y sensibilidad que sigue por Europa a una muchacha de la cual se ha enamorado profundamente. Pero la novela es mucho menos que la historia de estas andanzas; es la historia de una velada en la que Fernández entretiene a sus amigos con la lectura de su diario, es la historia de esa lectura (de esa escritura), de la manera como su sensibilidad ha sabido elegir las palabras que mejor la expresan, esa "eterna manía de convertir [sus] impresiones en obra literaria" (229). 

La busca de su Helena ideal da ocasión para que Fernández haga un recuento detallado de sus aventuras amorosas (Lelia Orloff, lady Vivian, Nini Rousset, Fanny Green, Constanza Landser) y las entrevere con noticias sobre sus aficiones, su estado de salud, sus empresas financieras y sus sueños políticos. Los eventos no se suceden causalmente ni siguen un orden estricto; por el contrario, se yuxtaponen unos a otros con cierta arbitrariedad e ilustran ese doble principio de la estética simbolista —las listas heteróclitas y la delectación morosa— que consiste en presentar una serie de objetos heterogéneos con el propósito de documentar la alta sensibilidad del protagonista. El 19 de abril, Fernández anota en el diario su encuentro con Nelly, la bella esposa de un empresario norteamericano. La descripción de la muchacha no es nítida; la gobierna el deseo (y la ansiedad) de que las palabras no alcancen a describirla cabalmente y, en consecuencia, se extiende en detalles, símiles y metáforas minuciosas: 

Ahí estaba [yo] en la tienda de Bassot, cuando, frente, en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto. Con movimientos ágiles y miradas de inquietud, como de venada sorprendida, bajó de él, caminó diez pasos, en que al través del vestido de opaca seda negra, ornamentada de azabaches, adiviné las curvas deliciosas del seno, de los torneados brazos y de las piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora de Juan Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las joyas. Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, un olor delicioso de pan fresco que emanaba de toda ella, de salud y de vida y el del ramo de claveles rosados que llevaba en el corpiño. Husmée el olor como un perro de cacería lanzado sobre la pista, y antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían desnudado mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello de oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos, recogidos bajo el gran sombrero de fieltro, ornamentado de plumas negras, los grandes ojos grises, las naricitas finas y la boca, roja como un pimiento, donde se le asomaba la sangre. [257]

Con menor fortuna que Silva y de una manera parcial, los escritores de la primera mitad del siglo desarrollaron en sus novelas algunos rasgos del poeta simbolista. Denunciaron la incomprensión que sufría, lo exaltaron a la categoría de héroe y de mártir, y defendieron con entusiasmo su derecho a la sensibilidad. En algunas ocasiones, el escritor o el artista fueron descritos como coleccionistas de experiencias, como seres de vértigo que agotaban todas las posibilidades que les ofrecía la vida. Phinées, por ejemplo, tenía un palacio en Italia, una villa en Jerusalén y lo mismo se entregaba al estudio de un manuscrito antiguo, a la contemplación de un vaso asirio o al amor de "un raro ejemplar de mujer" (38). En otras ocasiones, menos sofisticadas quizás, el escritor enseñaba un alma moral, descendía al bajo mundo de la prostitución y se exponía a un complejo de sentimientos que lo llevaban de la tentación a la culpa y de la culpa a la compasión. En una novela tan tardía como Una mujer de 4 en conducta (1948), los poetas purifican con sus conversaciones literarias la casa de prostitución: "Hablaban largas horas en el lupanar, al calor de la cerveza, sobre cosas que ella [Helena, la prostituta] nunca había oído allí: san Juan de la Cruz, santa Teresa, el padre Isla, fray Luis de León, fray Luis de Granada (162) (7) . En cualquier caso, ya fuese que se decidieran por el hedonismo o la moralización, la gran mayoría de estas novelas escatimaron la expresión erótica; reiteraron hasta el cansancio la doctrina de "las almas sensibles" o se ofuscaron ante la posibilidad de un escándalo. El cuerpo parecía algo tan reciente que carecía de nombre, y para mencionarlo hubo que señalarlo con el dedo. Así la tarea que en 1932 se propuso Eduardo Zalamea Borda. 

La segunda de nuestras novelas heterodoxas es 4 años a bordo de mí mismo. Su protagonista, un joven escritor bogotano, narra su huida de la ciudad, el viaje en tren hacia la costa Atlántica, su memoria de Meme y el amor sensual de las indias guajiras, de Anashka y de Kubrnare. La novela lleva por subtitulo "Diario de los 5 sentidos" y, así como el diario de José Fernandez, es una novela de viaje cuyas páginas manifiestan el deseo (y la ansiedad) de nombrar con precisión diversas experiencias sensoriales, de señalarlas en una deixis hecha de números y geometrías, en un tiempo presente que no corresponde a la narración histórica sino a la lírica (8) :  

Memne duerme sobre la cubierta. Está acostada a la altura de mis ojos. La veo, larga, extensa como un puente para atravesar océanos. 2 inminencias lejanas . que si ella fuera ese puente quedarían en Oslo y en Riga— redondean la longitud máxima como 2 auroras boreales. Senos de Meme, redondos y frescos; senos de Meme, besados y estrujados; senos de Memne, redondos, redondos, redondos como 2 auroras boreales... [44] 

 

Continuar

 

(4) Algandona apunta que de los 619 casos de sífilis tratados el año 1889 en el Hospital San Juan de Dios, 269 eran sirvientas, 67 costureras y 47 meretrices (20-21). En 1909 el doctor Aparicio Perea informó al médico argentino Emilio R. Coni que en los hospitales militares colombianos el 22% de los casos tratados correspondían a sífilis y a otras enfermedades venéreas. La bibliografía colombiana sobre la sífilis se remonta a fechas relativamente tempranas. En 1881 la Farmacía García, de Cartagena, hizo traducir para su Boletín el texto de Eduardo Langbert, Aforismos sobre las enfermedades venéreas seguidos de un formulario majistral para el tratamiento de estas enfermedades. De 1893 es la tesis del médico bogotano Manuel S. López, La sífilis en sus relaciones con el matrimonio. De 1899 es la extravagante Microfltosis, de Manuel de Jesús, y de 1935 es el estudío de Ricardo Bonilla y otros, Las doce plagas mayores. Además de estos tratados, circulaban los escritos de Fournier Liga contra la sífilis, Peligro social de la sífilis, Para nuestros hijos cuando tengan 18 años, Para nuestras hijas cuando sus madres juzguen necesaríos estos consejos (Coni, 397). (Regresar a 4) 

(5) En el caso de Medellín, estas cifras son aún más escandalosas. De acuerdo con Cristina Bohman, "entre 1933 y 1946, la población de la ciudad aumentó en un 75% y el número de prostitutas en un 200%. En ese último año había 4.260 prostitutas registradas, es decir, según James J. Parsons, una prostituta por cada treinta hombres" (mi traducción, 64). (Regresar a 5)

(6) En un ensayo publicado originalmente en Mito, en 1961, Jorge Eliécer Ruiz recoge estas dos imágenes al considerar que la posición del escritor es de libertad, tanto en un sentido estético (libertad para Crear) como en un sentido político (cambiar el estado de cosas para buscar una mayor libertad) (28). (Regresar a 6)

(7) Sobre la significación del burdel en la literatura latinoamericana moderna, véase el artículo de Kessel Scwartz "The Whorehouse and the Whore in Spanish American Fiction of the 1960's” en Journal of Interamerican Studies  num. 15.4, noviembre de 1973, págs. 472-487. (Regresar a 7)

(8) Deixis llaman los lingüistas a aquellos elementos  del lenguaje que señalan lo real: éste, aquí, allá, tú. Existen varios tipos de deixis; la que aparece con mas frecuencia en la  literatura lleva el nombre de deixis am phantasma (deixis en fantasma) y se produce “ cuando un narrador lleva al oyente al reino de lo ausente recordable o al reino de la fantasía constructiva” (Lázaro Carreter, 130), Sobre la poética de la sensorialidad en la novela de Eduardo Zalamea Borda, véase J. E. Jaramillo Zuloaga “La poesía en 4 años a bordo de mi mismo”, en Revista Casa Silva, num. 11, enero de 1988, págs. 29-42. (Regresar a 8)