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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
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La ultima gota, óleo de Francisco A Cano,
Medellín, 1908
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La obra de Zalamea Borda provocó amargas
disputas en torno a aquello que podía decirse (o escribirse). En 1932, en una reseña de
la novela, T. Galvis declaró: "Poco ha ganado nuestra literatura con esta obra que apenas contribuirá a enriquecer con un ejemplar más las bibliotecas
pornográficas" (10)
(9)
. En agosto
de 1936, Zalamea Borda publicó en la Revista de las Indias un capítulo de su novela
inédita Cuarta batería, en el que asociaba religión y erotismo; la publicación de un
segundo capitulo en la Revista Pan obligó al director a escribir esta nota introductoria:
"Recuérdese la agria discusión causada por la aparición en Revista de las Indias
de uno de los capítulos de esta novela y léase éste sin temor" (34). A
título de defensa, Zalamea Borda tradujo y publicó un articulo de Henri de Montherlant
en el que el autor francés propone como tarea esencial de la novela expresar la vida a
despecho de la moral y la censura (11), y todavía en 1948, en una entrevista que
concedió al periódico El Tiempo con motivo de la reedición de su novela, afirmo:
En cuanto a la forma y al
lenguaje, no soy partidario de eufemismos, de pudibundeces literarias. El hombre y la
mujer en trance amoroso-sexual deben hablar en la novela como hablan en la vida [...]
Desde luego: no hay que confundir con la pornografía, que es una forma despreciable. Pero
la alta obscenidad, desde antes de Ovidio, ha sido un género mayor de la literatura. [12]
La opinión de Zalamea Borda reúne dos ideas de
distinta naturaleza. En primer lugar, ese viejo argumento ético (la literatura debe
reflejar la vida) con que el realismo y la novela testimonial
suelen justificar sus escenas más atrevidas
(10)
; en
segundo lugar, un supuesto estético que será
reiterado muchas veces en los decenios siguientes y que consiste en
la afirmación de una constante erótica (y no pornográfica) en la literatura
(11)
.
En el breve espacio de una entrevista, Zalamea Borda no podía ampliar aún más estas
ideas. Lo importante en ella, después de todo, era anunciar al público lector la
reedición de su obra en la ciudad de Buenos Aires y en aquel año de 1948, la misma
ciudad donde cinco años antes el escritor santandereano Jaime Ardila Casamitjana había
publicado Babel, una novela que se propuso hacer el inventario de lo olvidable y hoy forma
parte, tal vez sin merecerlo, de ese mismo inventario.
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Margarita
Lema, Fotografía de Benjamín de la Calle, Medellín, 1910 (Centro de Memoria Visual,
FAES, Medellín.
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Ardila Casamitjana habría podido escribir una obra tan
provocadora como la de Silva o la de Zalamea Borda, si no hubiera cedido a sus propios
escrúpulos ni hubiera recurrido a algunas de las estratagemas del decoro que ya
mencionamos. Su novela fue escrita tras una azorada lectura de Marcel Proust; esta es su
mejor cualidad y también quizá su mayor contribución a la historia literaria de
Colombia. A diferencia de los héroes de Silva o de Zalamea Borda, el héroe de Ardila
Casamitjana Santiago-- no tiene una gran aventura qué contar, él no es un poeta de
fortuna que recorre Europa ni un joven que se interna en el mundo sensorial de la Guajira.
A él no le ha sucedido nada en la vida, salvo escribir. Los días transcurren para él
lejos de las páginas sobre las cuales se inclina y en las que expresa el deseo (y la
ansiedad) de vivir algún día:
Se hace literatura a costa
de sufrimientos. Un ser satisfecho calla. Los atormentados escribimos. Escribimos lo que
queremos y no podemos hacer. Un pecado solitario, semejante a... Y de ahí que a veces se
diga eso cuando se está escribiendo. "¡Con qué placer hubiera dejado de escribir
lo que sé, con tal de ver realizarse una parte de lo que se!" Lasalle. Cambio todas
las obras maestras del arte [...] por un puñado de mujeres. [162]
Es cierto que un viejo
escrúpulo ha sustituido aquí la palabra masturbación por unos puntos suspensivos; sin
embargo, a través de la novela el narrador adopta una actitud que no había sido razonada
antes en nuestra literatura y que consiste en concebir el discurso narrativo como una
sintaxis del deseo erótico. Muchas escenas de la novela no tienen otro objeto que agregar
unas páginas más a la narración y, al mismo tiempo, prolongar con ellas ese deseo. El
narrador es comparable a un voyeur que traduce en palabras aquello que ve y que, además,
gobierna con palabras los movimientos de sus personajes. En las siguientes líneas se
reproducen las frases que un amigo le dirige a Santiago mientras juegan ajedrez; el estilo
indirecto es en ella menos un gesto de pudor que un énfasis verbal, una manera de
diseñar en palabras la coreografía erótica que sigue la muchacha:
Dicen que, luego de adobar a su
hija con perfumes y cremas y despeinarla artísticamente para que diera la impresión de
estar presa de indescriptibles espasmos, acentuábale los labios de rojo intenso,
reteñíale las ojeras hasta el violeta oscuro, pintábale las uñas de los pies de color
solferino, como de sangre detenida por una circulación presa de extraños paroxismos, y
así dispuesta tendíala en el lecho, con la cabeza hacia atrás, doblando la nuca en arco
de perfecta blancura, las piernas ligeramente abiertas, los brazos cual gajos tronchados,
abiertos, como para recibir, sin ánimo casi; los ojos entornados y vagos y la pieza
sometida a una estudiada penumbra que retocara las facciones de ese cuerpo desnudo de
mujer. [62]
El voyeurismo que puede encontrarse en Babel no
es incidental como en De sobremesa, cuando José Fernández sorprende a Lelia Orloff con
otra mujer (171), ni como en 4 años a bordo de mí mismo, cuando el protagonista espía a
dos amantes en la noche abierta (96); de igual manera, tampoco puede afirmarse que haya
cedido a las tentaciones de la oratoria, como en las novelas de
Jacinto Albarracín o de José Maria Vargas Vila
(12)
. Su voyeurismo es, más bien, un voyeurismo
consciente de su naturaleza verbal: " [...] oí que adentro, en el interior de
aquella casa, una niña estaba aprendiendo las primeras letras. A, e, i, o, u. De la voz
que llegaba, adelgazada por la distancia, construí el cuerpo de esa muchachita"
(24). A la luz de los graves asuntos de aquellos años, parece banal este sueño de quien
articula una sintaxis con su propio deseo. Y sin embargo, nada más urgente. Aunque la
época de la Violencia da cuenta, entre otras cosas, de ese vasto edificio del decoro,
hecho de metáforas, eufemismos, noticias mitológicas y escasos lugares narrativos donde
es posible sugerir un gesto erótico, el cuerpo que aparece en las novelas testimoniales
de ese entonces es un cuerpo descompuesto, precario, un cuerpo de horror que ha saltado en
pedazos.
En pie, sobre la alfombra, dejó caer el
túnico importuno, que rodó a sus plantas cubriéndola por completo. Y así parecía como
emergiendo de la espuma inmaculada, del níveo hielo polar; cual si apoyase sus plantas en
una concha marina; y semejaba a Febea, erguida sobre el vellón de una nube, marcando al
carro lunar rumbo hacia el Latinos lejano.
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Danza de Salomé, bronce de Marco Tobón Mejía,
Medellin, 1911 (Tomado de: Catálogo de la exposición en el Museo de Arte Moderno de
Bogotá, agosto, 1986).
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UNA NUEVA VEROSIMILITUD
Un sendero un tanto melancólico condujo a la
literatura colombiana a su modernidad. Los años de la Violencia significaron para ella el
comienzo de una doble desconfianza, el momento en que las palabras desbordaron el cauce
que les había asignado el decoro, al propio tiempo que ellas mismas eran
desbordadas por la prolijidad de una realidad aterradora e incomunicable
(13)
En esa tierra de nadie, entre la realidad y el
decoro, los caminos se bifurcaron. Algunos escritores optaron por difundir sus
convicciones en los términos del viejo naturalismo, mientras otros buscaban las
estrategias de una nueva verosimilitud; en cualquier caso, bien sea que se consideren sus
obras como independientes o tremendistas o que se inscriban en la empresa cultural de la
revista Mito o de las legendarias tertulias del grupo de La Cueva, cada página que se
publicó en aquella época fue escrita para conjurar la incredulidad.
Pero , ¿cómo demostrar que es verdad lo que se
dice? En los cuatro o cinco lustros que dura la Violencia no existe discurso social que no
gaste su capacidad de persuasión; los periódicos derivan entre la ética profesional, el
encono político y la obediencia a los comités de censura; los estudios de sociología e
historia carecen de autoridades que les permitan comprender hechos tan recientes, y la
literatura asume la condición de un discurso enfermo, dicho en susurros y a
contracorriente. Todavía en 1983 Gustavo Alvarez Gardeazábal proclama que en Colombia la
historia la escriben los triunfadores y la novela los derrotados; de un modo menos
patético podría decirse que la verdad es algo que se disputan los diversos discursos
sociales, lo mismo la prensa que la historia o la literatura; al fin y al cabo se trata de
disponer diversas estrategias retóricas para ganar un punto en la convicción del lector,
ya sea citando un documento, describiendo un detalle, presentando un testimonio o, mejor
aún, desmontando todas esas estrategias de "la verdad" en la carcajada de una
hipérbole: "Esta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá
Grande" (Los funerales de la Mamá Grande, 131).
En consecuencia, la teoría de la novela de la Violencia
podría formularse en términos de una "economía de la verdad" o, para emplear
una expresión más familiar a la crítica literaria, en términos de una "poética
de la representación". De manera más vehemente que antes, los escritores de esta
época se enfrentaron a dos alternativas no siempre complementarias. En primer lugar, se
vieron obligados a reconsiderar la identidad que la gran mayoría de sus antecesores
había establecido entre "el autor" y "el narrador" que le servia de
álter ego en la novela (Isaacs y Efraín, Silva y José Fernández, Rivera y Coya).
Algunos de ellos no rompieron los lazos de esa identidad y poblaron sus historias de
comentarios personales o las redujeron a los estrechos límites de la confesión o el
testimonio (Daniel Caicedo, José Antonio Osorio Lizarazo, Evelio Buitrago Salazar).
Otros, por el contrario, disolvieron esa identidad, introdujeron narradores atípicos,
multiplicaron las voces narrativas y, en consecuencia, provocaron una ampliación del
"marco de verdad" de sus relatos, una presentación de las distintas versiones
que existían acerca de un mismo hecho. Tal es el cometido de los monólogos en La
hojarasca (1955), de los pasquines en La mala
hora (1962), de las voces que
cruzan La casa grande (1962), de los documentos
intercalados en El cadáver del Cid (1965), o de la soterrada picardía del narrador en
Bajo Cauca (1964).
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Damas
en traje de baño en Puerto Colombia, 1914
(De lo que se hereda no se hurta: Memoria de Oswaldo Duperly Angueyra, Bogolá, 1978).
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En segundo lugar, los escritores de esta época
tuvieron que elegir entre la sobriedad o la minuciosa crueldad que querían para sus
descripciones, el precio que debían pagar por el sensacionalismo o el tremendismo.
Autores como Daniel Caicedo, por ejemplo, pagaron un precio elevado. Muchas páginas de su
novela Viento seco (1954) parecen escritas menos por indignación que por el deseo de
conseguir un obscuro placer. A Jorge López, uno de sus personajes, "le [cortan] los
dedos de las manos y de los pies, le [mutilan] la nariz y las orejas, le [extraen] la
lengua, le [enuclean] los ojos, y a tiras, en lonchas de grasa, músculos y nervios, le
[quitan] la piel" (60-61). Luis Iván Bedoya y Augusto Escobar han clasificado en
nueve los tipos de violencia sexual que aparecen en la novela: emasculamiento, actos
fálico-orales y fálico-anales, violación de mujeres, violación de impúberes,
violación y asesinato colectivo de niñas, violación múltiple a mujeres y niñas,
violación y asesinato de mujeres embarazadas y del feto, y "tiro al blanco" (39
y sigs.). Muchas polémicas ha despertado esta pornografía de la Violencia. Mientras
algunos reiteran el viejo argumento ético del realismo según el cual la literatura debe
reflejar lo que sucede en la vida real, otros han cuestionado la
eficacia dramática de esos catálogos de horror
(14)
.
Continuar
(9)
Estas colecciones suelen denominarse infiernos. Existen catálogos de
infiernos como el de la Biblioteca del Vaticano y el de Antonio Villalonga y
Pérez, Infierno de la biblioteca Villalonga (Palma de Mallorca, F. Soler y París, 1923);
tal vez el catálogo mas famoso de estas colecciones pornográficas es el que compuso
Guillaume Apollinaire con Fernand Fleuret y Louis Perceau, L'enfer de la bibliotheque Nationale (París,
Mercure de France, 1913). Entre los libros españoles que Apolinaire recoge en su
catálogo figuran Vida de la mujer del deleite o las venticinco posturas que usó
(Londres, 1892) y Travesuras de amor, Galería del deleite. Colección de todo loa mas
sabroso y lechoso que se ha esgrito (sic) sobre el coño é islas índecentes. Recopilada
por un aficionado (Londres, 1870). (Regresar a 9)
(10)
A este mismo argumento ético recurre Lorenzo Marroquin en el prólogo de Pax:
"El escritor de costumbre, como las plantas leguminosas, absorbe la atmósfera que le
rodea y se alimenta con ella, pura o enturbiada; acaso más nutritiva y fecuda cuanto más
pestilente" (XV). (Regresar a 10)
(11)
Las discusiones sobre los limites entre
pornografía y erotismo todavía conservan actualidad. En 1850 Hermano C. O. Müller puso
en circulación la palabra pornógrafos para referirse a los autores de los
sensuales frescos de Pompeya. Müller tomó el término de Ateneo, un cronista del siglo
111 d. de C. La palabra erotismo fue empleada por los escritores europeos y
norteamericanos de entreguerras con el objeto de defender la intención estética de sus
páginas más sensuales. El término es una mala derivación de la palabra erótica, que
en griego antiguo designaba una de las prácticas amorosas de los mancebos.
Véase al respecto el
trabajo de Joan Hoff, Why is there no History of Pomography?, en Susan Gubar y
Joan Hoff (comps.), The Dilemma of Viotent Pornography. For Aldults Users Oniy. Bloornington,
Indiana University Press, 1989, págs.
16-46. (Regresar
a 11)
(12)
La
debilidad de estos autores se debe a su incapacidad para mencionar un detalle de índole
realista en sus pasajes mas eróticos. Cito dos ejemplos. En la siguiente escena de Castidad...?
Albarracin describe cómo Nacianceno, el artista, pidió a Elvia Eterna que
posara para él adoptando posturas cada vez mas atrevidas, al tiempo que ciego,
insensible, insensato, descontándola toas, depositó sobre la carne blanca, blanquísima,
de aquel túrgido seno, un hondo, mordiente beso que debió penetrarle de ardor hasta la
médula (153). El caso de Vargas Vila es más célebre. En las siguientes líneas la
protagonista de Flor de fango enseña al lector toda su mitológica desnudez:
Costo una corza blanca que abandona con la primera luz del alba el lecho tibio de
hierbas y de musgo en que dormía, Luisa arrojó a sus pies los cobertores, y ligera
saltó del lecho suyo.
(Regresar a 12)
(13)
Y quedó allí
desnuda, casta, impotente (84).
El ejercicio de una
estética de la modernidad puede remontarse en Colombia al Silva de De
sobremesa o al Eduardo Zalamea Borda de los años 30. Sin embargo, la novela afronta
de una manera mis Sistemática los problemas que plantea esta estética (la problemática
de la representación) durante la época de la Violencia. En el campo de la historia y la
sociología, otros autores han sugerido también la vinculación que existe entre el
fenómeno de la Violencia y la cultura de la modernidad. En
Colombia: Tite Political Dimensions of Change,
Robert H. Dix ha dicho que la
Violencia fue la manifestación de una crisis de modernidad, esto es, el resultado de las
políticas con que la clase dominante se opuso a la urgencia de una sociedad pluralista en
Colombia (7). Camilo Torres, por su parte, afirma que nuestra sociedad rural
afectada por la Violencia comienza a urbanizarse en el sentido sociológico, en el sentido
de que comienza a adquirir comportamiento urbano [...]. En una palabra, podemos decir que
en la sociedad afectada por la Violencia tenemos las actitudes urbanas sin los
instrumentos propios de una sociedad urbana (70-71). Torres comparte la opinión de
Dix según la cual la Violencia fue el resultado de una ausencia de canales de movilidad
social. En una conferencia pronunciada en 1989, Francisco de Roux sostuvo la misma tesis:
la necesidad de establecer sistemas de secularización en el país.
(Regresar a 13)
(14)
Bedoya y Escobar apuntan
que el éxito de Viento seco consiste en su relación de sucesos y noticias
que la censura oficial quería relegar al olvido (105). Alberto Aguirre, por su
parte, anota en su prólogo a las novelas de Arturo Echeverri Mejía que el escritor
toma distancia para entender el asunto: así como elude el tremendismo del horror,
dejando que los hechos señalen la crueldad, del mismo modo evita los sermones indignados,
las proclamas de protesta, los gritos de denuncia. El autor no se mete en el libro (como
personaje) a condenar: no es onmisciente en ningún sentido, ni como narrador ni como
creador. En el más puro estilo realista, deja que la circunstancia, purificada,
abstraída de sus elementos barrocos diga el mundo de la violencia (30).
(Regresar a 14)
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