Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

Tercer punto: la poesía femenina. Desde por lo menos quince años atrás Colombia en particular y América Latina en general han presenciado la eclosión de un copioso grupo de autoras cuya mayor preocupación, si se juzga por la insistencia en un tema, es reivindicar el cuerpo y la sexualidad femeninos. Al menos en nuestro país, ese fenómeno debería juzgarse con una perspectiva sociológica y demográfica antes que literaria. En casi toda la poesía de mujeres se manifiesta una comunidad de vocabulario ("cuerpo", "orgasmo", "desnudo", "espejo", "abismo"), de metáforas (la pasión como una fiesta), de temática (brujas, pitonisas, bacantes, lo que pudiéramos llamar marginalidad femenina) e incluso lecturas (Alejandra Pizarnik), cuya proliferación impide un juicio individual. No constituye, por lo tanto, ninguna declaración de supremacía genérica decir que, con algunas excepciones —¿Sor Josefa del Castillo, Emilia Pardo Umaña, María Mercedes Carranza?—, la poesía femenina debe investigarse con instrumentos sociológicos y no específicamente literarios. Con ello se establecerían nexos entre la escolaridad, el voto femenino, los códigos morales, las leyes públicas, los mitos y la higiene, de una parte, y la autopercepción "femenina del cuerpo y su correspondiente expresión lingüística de otra.

Cuarto: homosexualidad, lesbianismo y violaciones al código. No sería honrado emprender una historia de la poesía erótica sin tener en cuenta las rnanifestaciomes de uranismo y homosexualidad femenina o las transgresiones como el adulterio, el sadismo, el abandono y el rapto. Por el momento no se conocen poemas anteriores al siglo XX que expongan los desvíos sexuales en singular, es decir, a través de un emisor gay masculino o femenino —en el segundo caso, los que se conocen, corno "A Lesbia", de Juan Francisco Ortiz, son simples recreaciones de un tema muy conocido en la literatura— (10) . Para encontrar fuentes al respecto debe acudirse a los archivos judiciales, a las filiaciones de curas, a los testamentos, etc. Sería difícil hallar en todo ese maremagnum documentos literarios alusivos al erotismo, pero no cabe duda que a partir de allí puede reconstruirse el contexto simbólico y material en que éste se inscribe.  

 

Kira, bailarina exótica que se presentó en el Teatro Bolívar y en el Teatro Guayaquil de Medellín en 1940, fotografía de Francisco Mejía (Centro de Memoria visual, FAES).

 

Tampoco deberíamos desestimar la tradición oral. A través de ella nos ha llegado la leyenda de una cofradía homosexual en el modernismo. Se dice —pero habría que corroborarlo— que Víctor M. Londoño y Max Grillo fueron amantes; circulan versiones —que también deberíamos fundar con documentos— de la homosexualidad de Tomás Carrasquilla. Esta observación resulta crucial en la medida en que un poema no sólo es lo que dice sino también lo que lo rodea. Y, en casos como el de la poesía erótica, la reconstrucción del contexto nos otorga no una lectura más "correcta" del poema, pero si una mayor definición de las condiciones primigenias de su emisión. 

En las páginas que siguen intentamos ser fieles a lo dicho. Ante la ausencia de historias sociales que nos permitan reconstruir el contexto en que fueron escritas las obras y por lo tanto cotejar el discurso erótico de cada autor con el canon social y lingüístico, decidimos realizar una lectura puramente formal —es decir, interna— de tres poetas: Hernando Domínguez Camargo, Aurelio Arturo y Jorge Gaitán Durán. No se nos escapa que una lista como esa deja un vacío enorme en la Colonia y el modernismo, sobre todo en las figuras de Rafael Pombo y José Asunción Silva. Como respuesta sólo podemos aducir que, inicialmente, no pensamos hacer una historia literaria, sino ilustrar mediante unos ejemplos más o menos representativos la inestable noción de erotismo en la poesía colombiana. Aún así, cabe decir que esa lectura se organiza en torno a un eje bastante claro: la tensión, manifiesta en toda gran poesía erótica, entre el eros y el ágape, entre lo sagrado y lo profano. A menudo se ha dicho que el término erótico es internamente conflictivo porque expresa una realidad contradictoria; en él se dan cita, como lo atestigua la poesía mística, un reclamo de Venus y un reclamo de trascendencia. Convencidos de que la mejor poesía colombiana es tensión y sublimación, anhelo seráfico y goce carnal, hemos realizado una lectura que ilustra en lo posible la fecundidad de ese conflicto.

 

La Asunción, óleo de Carlos Correa. Obra ganadora del primer premio del Salón Nacional de Artistas Colombianos en 1942 (Museo de Antioquia).

 

DOMÍNGUEZ CAMARGO: EL CUERPO Y LA PASIÓN 

El erotismo, que se refiere a la pasión amorosa, no necesariamente tiene por objeto a una criatura mortal. El amor entre dioses y humanos provocó en el mundo griego algunos de los más bellos poemas eróticos de la antigüedad. Calipso y Odiseo, Zeus y Leda, Apolo y Dafne, etc., constituyen variaciones sobre un mismo tema cuyo paradigma bien podría ser la historia de Venus (o Afrodita) y Adonis. Su trágico desenlace da pie a la maldición de la diosa del Amor, por medio de la cual se condena a los amantes a purgar su pasión con el infierno de la pérdida. 

Es significativo que en la mitología grecorromana este tipo de romances se produzca por iniciativa de los dioses: es el amante divino quien seduce al humano. Lo inmortal se enamora de lo mortal, lo eterno de lo efímero; el espíritu desea al cuerpo. Y es que la esencia del erotismo es la comunión de lo espiritual y lo carnal. Zeus encarna en un toro, en lluvia áurea, para poder poseer a sus amadas. El principio activo de la relación amorosa, la pasión o el deseo amoroso, alienta en los dioses; el pasivo, en los bellos mortales cuyos cuerpos atraen lo divino como un árbol al rayo que ha de aniquilarlo. La ruptura del orden moral cósmico, la transgresión de los límites que separan lo celestial de lo terreno, es resuelta —al ponerse en peligro el equilibrio del cosmos— con la destrucción o sacrificio del amado o con su metamorfosis en una planta o cualquier otro elemento natural. El desvarío de los dioses convierte a sus elegidos en víctimas. El contacto con ellos equivale más a una profanación que a una sacralización del cuerpo. 

El mito amoroso por excelencia del erotismo pagano es, como se dijo, el de Venus y Adonis, tema de uno de los primeros poemas escritos por Hernando Domínguez Camargo, el "Romance a la muerte de Adonis". Pero no es la cosmovisión panteísta de la mitología helénica, obviamente, la que se manifiesta en el cura neogranadino. El arquetipo del amor divino es para Domínguez Camargo la pasión de Cristo, cuya crucifixión es uno de los temas más obsesivos de su poesía. 

El Poema heroico a san Ignacio de Loyola es un intenso y prolongado canto a la santidad, es decir, el acto reciproco por parte del hombre mediante el cual se ofrece al dios que se ha sacrificado previamente por él. La divinidad ha seducido a su amado al brindarle su carne y su sangre, tentándolo con su propio sufrimiento. El erotismo de Domínguez Camargo se fundamenta en el dolor y no en el placer, en la entrega y no en la posesión. Al acto amoroso del dios que encarna para redimir al ser mortal y posibilitar su resurrección, la criatura seducida, el santo, responde con el martirio, la renuncia al cuerpo o su mortificación, en aras del ser espiritual. 

Para el poeta santafereño el cuerpo se erotiza en la medida en que sufre y su deseo se sacia en el dolor. En el "Romance a la muerte de Adonis" el ardor pasional de Venus, que corre en busca del esquivo adolescente, se describe así:

Al pequeño pie el coturno
le pone armiñas prisiones,
blando muro a dura espina
que a tanta beldad se opone. 

Fuentes le abrió de coral,
quizá previniendo entonces
que tanto fuego tuviese
por la sangre evacuaciones. 

Hilos de rubí desata
para que su nieve borden,
con que en la tez de las rosas
lácteos purpureó candores. 

Ramos de sangre en tal cielo
fueron cometas atroces
que le escribieron desastres
en tan sangrientos renglones. 

Espoleóle a su desgracia
con la espina y arrojóse
desde el risco del amor
al zarzal de confusiones. 

Trajinaría de distancias,
la vista escudriña el orbe,
ve un atleta con la muerte
luchando en rojas unciones.

La Venus martirizada por las espinas que bordan sus blancos pies con puntadas sangrientas, se abalanza sobre el muchacho agónico. Es su agonía lo que inflama su pasión. Mancillada la belleza de Adonis por la muerte, la diosa ya no busca consumar el placer en su cuerpo, sino sufrir en él. Ya no desea saciarse, sino sacrificarse:

Mira al cielo de su rostro,
que alumbran zarcos soles,
y halla que a eclipsarlos vino
la luna de su desorden. 

De las mejillas, que en rosas
desabrocharon botones,
si bordados, no alhelíes,
cárdenas violetas coge.

El panal dulce del labio,
que entre ambrosía daba olores
si es ámbar flor maltratada,
hiel al néctar corresponde.

Mas las víboras de sangre
que se arrastran por las flores,
nueva Eurídice, la muerden,
miembros de mármol la ponen.

Rabiosamente se arroja,
y es el remedio que escoge
beberle en la boca el mismo
veneno que la corrompe.

La boca avecina al labio,
a heredarle el alma, adonde
como llegó Venus Muerta,
alterna muerte matóles.

La implacable sensualidad de los versos del romance son evidencia formal de un erotismo refinado y sublime. Hernando Domínguez Camargo es lo que podría llamarse un poeta plástico; sus imágenes parecen esculturas perceptibles por todos los sentidos. Hacer poesía para él es volver palpable lo real, representarlo sensorial y emocionalmente. La lectura de sus poemas es una experiencia radicalmente sensitiva y de ninguna manera intelectual, como podría sugerirlo su elaborada composición.

 

Una pareja de barequeros, acuarela sobre papel, Pedro Nel Gómez, 1958 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

Barequera en descanso, acuarela sobre papel, Pedro N Gómez, 1960 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).


La laboriosidad del autor del Poema heroico, su paciencia artesanal, no desmiente sino evidencia su vocación escultórica. Lo que atrae al poeta de un modo incisivo es la corporeidad de lo real: el cuerpo de los ríos, de las frutas, de los hombres, el cuerpo de Dios. Y los modela con parsimonia de artista. 

Es así como sus representaciones de la pasión divina parecen verdaderos crucifijos sangrantes y adoloridos, los cuales se yerguen en la imaginación como una efigie en carne viva: 

En dos cruzados maderos
nudosos monstruos del bosque,
que aún para leños son rudos,
si para troncos disformes, 

con más heridas que miembros
vinculado miro a un hombre,
víctima que pénsil muere
porque vivan Absalones.

Espalda, óleo sobre lienzo. Ignacio Gómez Jaramillo, s.f. (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango). 

Sierpes de rubí se arrastran
por la libia de aquel monte,
benjamines que, si nacen,
es porque matan atroces. 

Matricidas que revientan
porque la piel los aborte,
y en la palma de las venas
son palpitantes estoques. 

("A la pasión de Cristo")

 

En el Libro II del Poema heroico, donde se describe el cristo que san Ignacio instaló en la cueva de Manresa, la plasticidad de las imágenes gana en vitalidad y desenvoltura: 

y erigida la cruz, ensangrentada
desde el mástil al gajo cortezudo,
se dobla el peso del cadáver yerto,
que eleva a Cristo vivamente muerto. 

Cuatro lo fían de obstinado acero,
mal del martillo clavos doctrinados,
que oprimen crudos, más que él rompe fiero,
las blancas manos y los pies nevados:
cada cual, sobre boto, así es severo,
que en cárdenos rubíes desatados
al que fue el paraíso de los ojos,
cuatro raudales lo destan, rojos.

El pecho esconden, cuando el rostro niegan,
enmarañadas ondas del cabello,
que cuando crespas la cerviz anegan,
se derraman inciertas en el cuello;
bajeles sus dos ojos las navegan,
y en lo sangriento naufragó lo bello;
las luces turbias, que el naufragio agota,
en niña y niña se aparecen, rota.

Difícilmente se encuentra en la poesía americana una escritura tan intensa a nivel sensorial, una tal exacerbación de los sentidos para la cual no hay término más adecuado que el de voluptuosidad. Sin embargo, en la escultura religiosa de la época colonial hispanoamericana es posible hallar una réplica del arte de Domínguez Camargo: en las imágenes de los mártires y cristos cuya torturada belleza no pretendedía producir admiración ni placer, sino arrebato y piedad: compasión, comunión pasional con el otro. 

 

Espalda, óleo sobre lienzo, Ignacio Gómez Jaramillo, s.f. (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango). 

 

Lo que se propone el poeta es sentir el cuerpo de Cristo; degustarlo, si es posible; palpar el Verbo hecho carne: convertir en experiencia corporal la contemplación de Dios: 

Abierta en dos mitades la granada
del pecho, desunido grano a grano,
si no ya hueso a hueso, declaraba
lo que el rigor descoyuntó tirano;
y con pasión piadosa deletreaba
en todo aquel cadáver soberano,
cuyo pecho, ensanchando las heridas,
purpúreas franqueaba al tronco vidas.

("Poema heroico", Libro II)

 

Continuar

 

(10) Cfr. Santiago Londoño, "Eros en la Nueva Granada", Gaceta, núm. 12, diciembre-febrero de 1991. (Regresar a 10)