Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

En otra estrofa, Domínguez imagina que algunas abejas se posan en los labios de Cristo para endulzarlos con el néctar recién colectado:

De una escuadra que al campo el jugo tala,
esta y aquella se perdió abejuela,
y hasta la lengua cariñosa cala
la que, aljófar cargado, al labio vuela:
la trompa alivia y aligera el ala,
y en borrarle la hiel tan dulce vela,
que, venciendo amargores sus porfias,
nadan los labios dulces ambrosías. 

Si la mística renacentista española proponía una comunión inmaterial con Dios, un sosegamiento total de los sentidos para que el alma entrara en contacto con el espíritu puro del esposo, el misticismo barroco en Hispanoamérica aspira a una comunión carnal: sufrir a Cristo en y con el cuerpo; flagelar la propia carne para compartir su dolor, como lo hace san Ignacio en la cueva de Manresa, sometido a un ayuno y a una disciplina tales que en lugar de apaciguar su pasión la estimulan aún más: 

Carnosas las pupilas, siempre rojos
los párpados del llanto, han retirado
hasta el casco, cansados, sus dos ojos:
dos en ellos cisternas se han quebrado,
que retener no pueden los despojos
del raudal de aquel llanto arrebatado,
que rompiendo en el rostro suavemente,
en mucha barba esconden su corriente. 

Las rodillas clavado a un risco rudo
de sus cordeles al menor amago
la espalda golpes le rebate, escudo
del que resulta sanguinoso estrago:
en el pecho le rompe un canto crudo,
con alternas heridas, ancho lago;
y en el Cristo, a quien voces da devotas,
nuevas imprime llagas con sus gotas. 

La diferencia que existe entre el misticismo de la "noche oscura del alma" y el de la "disciplina" de la carne es semejante a la que distingue al idealismo apolíneo de la filosofía platónica de las concepciones órficas centradas en el culto al dios Dionisios. Para Platón, el alma habita el cuerpo como un recluso alado en una cárcel de la cual ha de volar algún día. Pero para el orfismo ella no está adentro del cuerpo sino consustanciada con él: el alma es el fuego vital, la pasión, la sangre de Dionisios descuartizado por los Titanes, quienes la beben y adquieren su inmortalidad. También la tierra regada con esa sangre es fértil de ahí en adelante, y la vida es posible en el lado no divino de la realidad, en la naturaleza y el hombre. 

El alma no se manifiesta sino en el derramamiento de sangre, al verterse desde el adentro individual hacia el afuera, al entrar en contacto con el Todo. No se trata de apartarse del cuerpo, sino de hacerlo fluir, sangrar o llorar, para que deje de ser un "yo" atrapado en una anatomía particular. El cuerpo se desintegra, y de este modo se integra en lo otro, en ese otro cuerpo que el de Dios. 

Para Domínguez Camargo, Cristo es una vid que al exprimirse se transforma en vino, se ofrenda en alma y cuerpo: 

Sangrienta vid, al cuerpo le desatan
de cinco mil agravios los rigores,
cuando en pámpanos rojos se dilatan
los que el golpe cuajó yertos livores;
y entre las venas que mejor recatan
en cárdeno zafiro sus rubores,
negros brotan racimos, que crueles
la clausura no sufren de las pieles. 

La penitencia, por ello, más que un castigo del cuerpo es un acto de erotismo sagrado: el penitente experimenta la misma pasión del amante, del dios crucificado. El éxtasis, la unión mística, se produce cuando brotan la sangre y las lágrimas, cuando el dolor deja de serlo y se convierte en amor y el cuerpo en una fuente inagotable que fluye hacia lo eterno. 

Dios y hombre se abrazan en el dolor. Sin pérdidas, pues se redimen mutuamente. Al fin y al cabo, el mito cristiano no es trágico: el amante se transforma en el amado y el amado en el amante. El amor no engendra dolor; el dolor engendra el amor. La conclusión del acto erótico, de la agonía, no es la metamorfosis sino la resurrección.

 

LA MUJER EDENICA DE "MORADA AL SUR"

Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón profundo?
¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre? 

O acaso, acaso esa mujer era la misma música, 
la desnuda música avanzando desde el piano, 
avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un sueño. 

("Canción del ayer")

 

¿Quién es la mujer en los poemas de Aurelio Arturo? ¿Cuál es el origen del erotismo que jadea en sus versos rítmicamente ondulantes, que anima todas sus imágenes? Responder a ello implicaría descorrer el velo no sólo del misterio de la poesía del autor de Morada al sur sino el de toda la poesía. La mujer posee en su capto la dignidad de un Enigma o, si se prefiere, de un arquetipo fundamental: es una metáfora pura. 

Para Aurelio Arturo el acto poético consiste en la evocación simultánea del pasado personal y mítico: en la "remembranza", que más que la rememoración de un instante ya vivido, un gesto de la memoria individual, es la revelación a través de un recuerdo de una realidad trascendental (cuyo ámbito no es el del poeta sino el de la poesía). 

Así el paisaje contemplado durante la infancia se convierte, al ser rememorado, en el cuerpo cósmico de la Madre Tierra, en el Paraíso original (ya decía León Bloy que el Edén bíblico es una alegoría del sexo femenino):

Yo amé un país que me es una doncella,
un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.
Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne. 

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas...
Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,
si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,
¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?
¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?

("Canción de la noche callada")

 

La sexualidad en Morada al sur es la de los sueños o ensoñaciones más profundos, cuando el abrazo corporal es la imagen de la comunión con el Ser, de una fusión mística que contiene pero a la vez desborda infinitamente la experiencia de la unión sexual de un hombre y una mujer, de un yo y otro yo con nombres propios: 

¿cuál es tu nombre, tu nombre tierra mía,
tu nombre Herminia, Marta? 

("Remota luz") 

 

Las figuras femeninas son tan sensualmente carnales como ideales. Hasta en aquéllas que parecen provenir del pasado personal del poeta sus identidades se disipan para transparentar otra realidad, para revelar la presencia de lo femenino en sí, de lo cual el ser amado, al ausentarse, se vuelve un símbolo. En la remembranza el instante se hace eterno, lo recordado se transforma en imagen de una experiencia no vivida sino presentida; realizada en una dimensión trascendente al yo pero en el cual éste también se halla. Es la remembranza la que erotiza, al espiritualizar la experiencia carnal y volverla elocuente, inolvidable. No es erótico el acto corporal sino su evocación. Aquel no es más que el preludio de la unión que se consuma en la soledad, en la interiorización de la amada. 

Ftia, ninfa amada por Zeus con el gorrión grande, acuarela sobre papel. Pedro Nel Gómez, 1966 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango). 

 

Déjame ya ocultarme en tu recuerdo inmenso,
que me toca y me ciñe como una niebla amante;
y que la tibia tierra de tu carne me añore,
ah isla de alas rosadas, plegadas dulcemente. 

("Madrigales", I) 


La mujer es la entidad más sublime en la obra del poeta nariñense. Los momentos más altos de su escritura están signados por lo feminidad: las imágenes de la madre o de la nodriza en sus evocaciones de la infancia, o la de la amada sin nombre y sin rostro, sin contornos precisos, que se confunde con la naturaleza o el Alma Universal. En cualquier caso la mujer, lo femenino, siempre suscita el anhelo del retorno a la unidad primordial. Tal vez el objetivo central de la poesía de Aurelio Arturo sea el de recuperar el paraíso: regresar al vientre materno, a la inocencia de la niñez, al regazo de la nodriza donde ocurría la eternidad: 

Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
 
de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos.

("Morada al sur", II) 

 

O regresar a lo profundo de los bosques y la noche para esparcirse entre las hojas, las estrellas, el viento, la "piel sinuosa" de la tierra y recobrar la identidad con el Todo. Tal reintegración se expresa con símbolos eróticos, obviamente, y viceversa: la naturaleza es mujer; la mujer es paisaje.

El Paraíso o Morada al sur de Aurelio Arturo es un país donde impera la armonía, el amor, en donde todo acto es erótico: el caer de una hoja, el rocío, el contacto con el viento; donde el corazón de la mujer es un dátil musical; y no hay ya cosas sino cuerpos que se abrazan: 

Figura, óleo sobre tela, Luis Caballero, 1968 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

El aire besa, el aire besa y vibra
como un bronce en el límite lontano
y el aliento en que fulgen las palabras
desnuda, puro, todo cuerpo humano. 

Yo soy el que has querido, piel sinuosa,
yo soy el que tú sueñas, ojos llenos
de esa sombra tenaz en que boscajes
abren y cierran párpados serenos. 

Qué noche de recónditas y graves
sombras de hojas, sombras de tus párpados:
está en la tierra el grito mío, ardiendo,
y quema tu silencio como un labio. 

("Qué noche de hojas suaves") 

 

Pero este paraíso del amor absoluto es sufrido con profunda nostalgia desde el presente; es un edén de la ausencia al que se ha accedido gracias a esa especial de sueño a la vez efímero y eterno en que consiste la evocación poética, la remembranza. 

El ser amado ya no está allá. Mas por ello está siempre; su recuerdo está en todas partes: es la música que anima la realidad, es la Poesía. 

El país que en tus ojos vive entre parpadeos,
canta en mí con su largo sollozar innegable,
rumora en mil y el ansia de tu boca madura,
y rumoran sin fin los valles de tu carne.

Oscura tú, y entre la luz sin tregua,
eres un són tan hondo, tan hondo y dolorido.
Dátil maduro, dátil amargo, escucha
mi corazón al filo del viento, tu gemido,
tu gemido gozoso, tu olor de flor abierta.

Mecido en ti, lleno de ti se escucha,
y da al viento ceniza de sus gritos.

 

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