Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 30, Volumen XXIX, 1992

 

LAS ESTRATEGIAS DE LA VOZ 

La voz que engendra, el oído que concibe: el ser amado que me entrega su libertad. Libertad que a nombre del amor se nutre de otras libertades: eso es lo que define la dinámica de la seducción. Merced a tal dinámica, un sujeto, al apostar por la libertad del otro, lo gana para una causa que casi siempre es la satisfacción común del goce. El seductor convence, a la persona a quien desea, con un repertorio de argumentos entre los que privan los de índole racional y sensible: el otro se resiste o acepta, libremente, aunque los argumentos no sean legítimos y muchas veces ni siquiera éticos. Pero esta ética no afecta al seductor, que la quiebra o vence, o simplemente ignora: el juego de libertades de la seducción crea su propia ética. A nadie se sojuzga: a lo sumo deslumbra o halaga, pero es el poder de extrema fascinación que uno despliega sobre otro lo que justifica la seducción. Lo mismo ocurre con el lector ante lo que le sugiere un texto: es libre de aceptarlo o no, pero, si cree en los argumentos de la escritura, sólo él es responsable de las consecuencias de su devoción, O el espectador, que, aunque sabe o intuye que los artificios del prestidigitador no son ciertos, cede a su influjo y acepta lo que se le ofrece. 

En la seducción amorosa se juega, por medio de la aceptación o el rechazo —es decir, del albedrío—, la entrega de si mismo a través del afecto o el cuerpo. El objeto de tan ambiguo trato es el placer compartido, el goce, la cópula, gracias a los estímulos de alguien que despierta nuestros apetitos y nos invita a compartirlos con él. No hay engaño aunque en el fondo se vislumbra una mentira: las argucias de la persuasión, que nada tienen que ver con las argucias del libertino. Y no es una paradoja: el seductor miente pero no viola, no obliga, no impone: su mentira incluso es esperada con impaciencia por el otro. Se trata de un enfrentamiento de voluntades en un marco común que es la expectativa del placer reciproco. Y si después de satisfecho el apetito el seducido invoca la culpa, ése es su problema; en la capacidad de fascinar, es decir, de orientar hacia si las apetencias e instintos del otro, está el secreto de la seducción. El seductor debe conocer mejor que nadie las debilidades y fortalezas de su objeto amoroso. Y es por lo general la presunta "víctima" la que orgullosa confiesa su debilidad: sus afanes son las mejores armas que le rinde al enemigo. El triunfo del seductor es la secreta convicción de que el otro no repudia su suerte: el seductor necesita, el seducido prodiga y con su entrega ambos satisfacen sus expectativas.

Hay una dialéctica íntima entre la voluntad de uno en atraer al otro a su esfera afectiva y la voluntad de éste en disfrutar sólo cuando haya saciado los apetitos de aquél. La seducción se manifiesta entonces como la forma más educada y sensible de un pacto neutro de subjetividades. El deseo echa mano de todos los argumentos de la inteligencia, pues no se seduce con la torpeza o la fuerza. Y con la inteligencia corren parejas la fineza, la elegancia, el trato gentil y amable aunque a la postre encubra apetencias y motivos capciosos. Sólo el filisteismo o la moral vicaria pierden en el trato y por ello reclaman una vez consumada la seducción. El seductor, que despliega una nueva estrategia ante cada nuevo objeto amoroso, se revela como un ávido conocedor de la naturaleza humana. Porque al final de todo, como ocurre con el científico, el verdadero placer se lo brinda la búsqueda, el despliegue de fuerzas, la batalla librada, no el objetivo alcanzado. El seducido cifra su goce en la entrega, que corona ese proceso en el que ha rendido sus armas con impaciente devoción ante las tácticas y argucias del seductor. Y no existe probablemente ningún otro momento en la vida del ser humano en el que éste despliegue toda su imaginación y talento, su sensibilidad e inteligencia, su generosidad y gentileza, como en el acto de seducir. Y lo más curioso es que, casi siempre, tanto despliegue de virtudes está inspirado en una falacia: esto es lo que el arte ha aprendido del hombre, a diferencia de lo que ocurre con la verdad, que por lo general es irritante, fea y cruel: esto es lo que el hombre ha aprendido de la ciencia.  

En el fondo, la seducción encierra las debilidades del yo frente a los estímulos de su entorno, que es otro yo. Y no se trata de claudicación ante el asedio, sino de aquiescencia: la voluntad de uno acepta libremente suscribir las cláusulas que le ofrece el otro: cláusulas que son difíciles de racionalizar, ya que sus términos afectan la sensibilidad, los instintos, la predisposición a cierto tipo de belleza. El único argumento en juego es de orden estrictamente sensible, así esté apoyado en las argucias exquisitas del seductor, que esgrime razones con tanta propiedad como sus manos se mueven en la compulsiva distancia que las separa del cuerpo ajeno. La grandeza o la miseria del seductor radica en su capacidad para convencer o fascinar, en su destreza para comprometer al otro en la satisfacción de sus propósitos. La seducción —más allá de la simple galantería, que es tic mundano y superficial— es la más refinada escala de comportamiento alcanzada por el hombre en la evolución del trato social. La mecánica de la seducción puede contemplar tres estadios precisos: en el primero, priva un debate entre la inteligencia activa de uno y la voluntad renuente del otro; en el segundo, la satisfacción del apetito funde las dos subjetividades en liza; y en el tercero, la suficiencia de uno y el arrepentimiento del otro abonan el patético campo de la moral. La verdadera seducción es la que prescinde del tercer estadio y entroniza gozosamente los dos primeros. Nunca hay un después tras la satisfacción recíproca de los intereses: a lo sumo, debe privar un común sentimiento de amoralidad. Porque la verdadera seducción es amoral, es decir, libre de concepciones maniqueas de terceros o de la grosera vanidad o culpa de uno de los dos sujetos, ya que nada desvirtúa tanto la libertad sensible de la seducción como los lamentables reproches del seducido o los aspavientos del seductor. 

 

Mujer poniéndose el sujetador, Fernando Botero, 1970, cartel de la Galería Henie-Onstad, Oslo, [1980] (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

 

Tras la seducción, sólo debe haber espacio para la afirmación adulta y gozosa de los dos sujetos de la oración, puesto que una vez consumado el acuerdo la seducción carece de porvenir: no es un estado perpetuo, es un instante que arroja luz sobre el yo. Toda seducción es a la postre revelación, conocimiento, epifanía. De ahí que, una vez recibida la unción de esta particular forma de aproximación amorosa, cada libertad elige su camino. Porque la posibilidad de seducir o ser seducido es lo que nos hace libres. Ni más ni menos que un culto al placer sensual y a la hedoné, una forma arriesgada de darle a mis apetencias e instintos el tamaño de mi libertad. Y es por eso que toda seducción conlleva una voluntad de estilo, una voz propia, un acento. Y no podría ser de otra manera: la libertad puesta en juego, por amor, deseo e inteligencia, debe apuntar hacia la definición de un ser distinto de los otros, al menos por la sensible naturaleza de lo que cada cual arriesga en ese encuentro que, en última instancia, sólo es la más alta, entrañable y digna forma de diálogo. 

 

LIBIDUM TREMENS 

En cualquier caso, el encantamiento está ya presente en la misma palabra feitico, y eso es precisamente lo que por igual experimenta quien se conmueve ante un aria o el coleccionista de sous-vétements, el adorador de zapatos femeninos o, si se quiere, el devoto y minucioso admirador del blasón del cuerpo femenino que, como en mi caso, se pregunta: ¿para qué amar un zapato si tienes a tu alcance todo el pie? También aquí la oralidad se reconcilia con la lengua merced a la lubricación interdigital, una forma más de pronunciar ese ábrete sésamo que habrá de precipitar el pacto carnal con el objeto amado. O, si se acepta la recíproca, los amorosos masajes que la mujer les da a los pies del hombre, como ese tátonner con que Catalina Asensi acaricia las plantas de su cónyuge en El toque de Diana. Sin embargo, lo cierto es que el blasón femenino que configura y me revela esa voz es siempre igual y que la densidad de su excitación no mengua: cuerpo elástico y acogedor, los senos poseen una aréola prominente, de circunferencia dilatada y muy oscura y los pezones alerta, siempre en dirección al norte, duros y firmes como la punta del indice. No en vano el culto al seno es uno de los temas más invocados por los impenitentes blasonadores, sean los exaltados vates de la Pléiade, sean los habituales contertulios de la escuela de Fontainebleau, tal como lo recuerdan los pintores de la segunda y poetas como Ronsard, en la primera: "Ça, que je le baise et votre beau tétin/ Anfin de vous apprendre á vous lever matin...". La voz me obliga a leer en el blasón de la misma forma que el enamorado se funde con la fotografía de la amada o el fetichista interpreta el attrezzo secreto de ligueros, medias, bragas o, más refinadamente, el íntimo sentido del tatuaje.

 

Ana, litografía - serigrafía, María de la Paz Jaramillo, 1977 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

 

De arriba hacia abajo, el blasón me enseña las axilas y, contra el extendido furor depilatorio, me revela un denso y negrísimo vellón, empapado por una humedad perseverante, preludio de otras cenagosas sorpresas. Y ya en el feliz mediodía se regodea con la visión de un ombligo profundo y perfecto y, más abajo, en los lindes del pubis, el vello vuelve a hacerse profuso y acogedor, por lo que los hábiles dedos o labios del amante deben constantemente abrirse paso para que el hallazgo prepare la comunión, es decir, el diálogo máximo; otra vez el juego del ojo y la boca coincide en una ceremonia gozosa y parece justificar los registros de la voz, siempre concupiscente. Y tras la primera cita de labios y de ninfas, las anfractuosidades húmedas y rosas, la fiesta honra a ese apéndice de la conciencia más sensible y cuyo mero contacto desata una eucaristía coral de murmullos, gemidos, lágrimas o, según el caso y con un poco de suerte, sorpresas infinitas. Esto es lo que comprueba, en la frontera límite del amor y de la vida, Félix Barahona cuando accede a las intimidades de Angélica en Los felinos del Canciller. El vello vuelve a tejer su toisón en el área del perineo e incluso circunda con su sedosa aureola el áster que fulge como un símbolo de su dorada miseria en el centro mismo de las eminencias glúteas, "eso que dicen femenino porque está saturado de mujer y luna...". Es preciso reconocer aquí que a las mujeres les encanta la anáfora. El ritmo reiterativo de la frase grata adquiere, en la comunicación oral, una placentera adicción. El placer fricativo del roce se repite hasta que el sentido se conjuga como una melodía. Cópula y oración se funden una vez más, sexo y gramática se tornan dulce monodia gracias a la sabia modulación de los oficiantes. Anáfora, foro anal, ara glútea donde confluyen todas las oraciones. El blasón, así, se funde una vez más con esta otra forma de lenguaje, expresivo sólo cuando viene al caso, pues allí, en el corazón mismo de las gemelas postrimerías, vela lo que en términos literarios —otra forma de fetichizar la lengua— he llamado unas veces I’etoile scellée y otras soleil noir y que, en términos de Sartre, es "un agujero lírico, que parpadea como las pestañas, que se aprieta como se contrae una bestia herida, que bala, en fin, vencido y a punto de librar sus secretos...”. 

Y para seguir con la literatura, es decir, con la fiesta suprema del lenguaje, ¿cómo olvidar la página inaugural de La historia del ojo, cuando el atónito narrador observa a la bella Simone desnudar su fascinante trasero y depositarlo sobre el plato de leche del gato? ¿Cómo ignorar la honda perturbación que se experimenta al ver las hermosas piernas de la joven, enfundadas en medias negras de seda hasta encima de las rodillas, abiertas sobre el plato, ofreciéndole 81 conturbado espectador la "carne rosa y negra" de sus nalgas bañadas en leche? Esta breve secuencia encierra en realidad todo un ritual que reconcilia el ojo del amante con el ojo del gato, sin olvidar la connotación ciega de ese otro y bien guardado ojo anal y, menos aún, el ojo supremo: el del lector. Las sugerencias que despiertan las medias de seda negra o las protuberancias glúteas bañadas en leche, ante la cuádruple mirada, constituyen uno de los hallazgos más inquietantes de la sensualidad clandestina. He de reconocer, respecto a la imagen del libro de Bataille, que siempre he sentido una aversión tan fuerte ante la leche que haría bramar de entusiasmo a todos los psicoanalistas del mundo pero que, pese a ello, fue tal la conmoción experimentada ante la secuencia descrita, que puse en duda la casi totalidad de mis compulsivas reservas. En cualquier forma, la gozosa perversión del ojo es tan remota como el sexo y la seda. ¿Acaso la seda no fue venerada siempre bajo el signo de escorpión, metáfora de la voluptuosidad más extrema?

 

LOS ARDIDES DEL ESCORPIÓN 

Una breve y semiolvidada novela de Wassermann titulada Golovin me ofreció hace algún tiempo una profunda y perturbadora idea sobre lo que en el plano de la sensualidad significa la imagen del escorpión. La anécdota es tan sencilla como aparentemente irrelevante. En un remoto puerto del Mar Negro, en medio de los avatares de la revolución bolchevique, dispuesta como sea a huir rumbo a Persia, donde se encuentra su marido, María von Krüdener tiene la oportunidad de revivir la misma historia que registró Maupassant en Boule de suif. Golovin, capitán de marineros y protagonista del texto, le exige a la bella mujer pasar la noche con él a cambio de su libertad, la de sus amigos y el transporte a Persia. A pesar de la ruda propuesta, María acude a la cita nocturna dispuesta a convencer a Golovin con argumentos menos contundentes que la fría posesión que el capitán reclama o, en el peor de los casos, a "sacrificarse". Y es aquí cuando ocurre algo extraordinario: la mirada de la mujer, cuya voluntad lastimada la hacía apartar los ojos del hombre que la asediaba, se fijó entonces en un escorpión, "de un dedo de largo, que estaba suspendido en un tablón, inmóvil, frente a ella, elegante y agradable en su articulación de delicados contornos, sin sombra, como una estampa japonesa". Y súbitamente, ante la bella figura del animal heráldico, María destierra todas sus prevenciones: la atraen la fragilidad y elegancia del animal sin ignorar el veneno y el peligro, y por ello hace una traducción de sus sensaciones presentes: como en el escorpión, María advierte en el extraño marinero la fascinación y el veneno, y entonces ella se le ofrece con pasión, y Golovin se desconcierta. ¿Acaso no se trata de consumar una calculada posesión? El trato se enturbia y Maria lo sabe, pues al ser tomada sin darse, salva su dignidad, pues esa es la naturaleza de la posesión: "algo que es medio violación, medio ilusoria fantasía, pero que en todo caso es una bajeza...".

Entre los dos, con la tensión atenazada en los cuerpos como un doloroso cilicio que los une en un oscuro pacto, se libra un debate dialéctico en torno al sexo, a lo que ambos quieren y a lo que cada cual está dispuesto a dar y recibir. Y es entonces cuando, quemados por el deseo, entre ellos se abre paso una insólita renuncia. ¿Qué ha ocurrido? Lo que se iba a precipitar en la soledad de la noche, cruda y pragmáticamente, sin palabras ni alma, ha terminado por convertirse en un diálogo en el que la sensibilidad humana revela facetas inéditas y preocupantes. La imagen del escorpión, con su deletérea elegancia, invita a nuevas reflexiones: ¿acaso no es el escorpión una sublimación de la sensualidad, del orgullo extremo, de la lógica y la pasión inédita y profunda? El prestigio y la mitificación de este animal viene de muy lejos, y de eso dan cuenta chinos y egipcios —la seda en unos, la nupcial Selkis en los otros— y hasta regenta su propia casa astral. Oriente está en el origen de su mitología y no hay que olvidar, a este respecto, que a María el escorpión le parece una "estampa japonesa mientras que a Golovin le hace evocar una historia china de amour fou. Y precisamente, a tenor de este hecho, el marinero aprovecha su anécdota para reafirmar sus consideraciones sobre la sensualidad oriental, pues él odia la "lujuria europea" porque "convierte los actos naturales en deslumbramiento y en literatura espiritual". Y todo lo que afirma lo ilustra con la historia de una bellísima norteamericana por quien todos los hombres padecían de amor y deseo. Raptada por un chino, fue posteriormente liberada pero al poco tiempo, incapaz de resistir el hábitat y la cultura en los que nació y creció, la muchacha busca a su raptor y huye otra vez con él. Golovin advierte cómo María se deja arrastrar por el "viento de la sensualidad asiática" —su mirada busca persistentemente la perturbadora figura del escorpión—, tal vez porque "lo esencial en esta mezcla de sabiduría y de excelso ardor narcótico es que el hombre tiene necesidad de ser liberado del miedo ante sus más hondos abismos". ¿Qué hizo el chino del cuento para que la mujer más deseada de Occidente volviera a él por su propia voluntad? El chino "desarrolló, entre otras cosas, toda una filosofía de los contagios sexuales y de las transformaciones afectivas". ¿Por qué se rindió la mujer? Porque "cuanta más elevada es su educación, tanto más indefensas se entregan". ¿Cómo doblegar a una mujer? Amándola en detalle, en todos los recovecos de su cuerpo y su alma: "amaestrar" cada uno de sus poros "en su correspondiente voluptuosidad".

 

El destape del gallo por la mujer, óleo sobre madeflex, Darío Jaramillo, 1978 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

 

María von Krüdener replica con fábulas rusas y Golovin contraargumenta, pero ella sabe que ha sido tocada por algo inédito y superior a sus fuerzas; entonces se rinde, suplicante se tiende en la cama y él se queda mirándola, poseyéndola desde lo más hondo de su renuncia. Ella se siente deprimida y ajena, con su yo hurtado y repudiado por la lógica del otro, y se sabe enajenada al azar de un nuevo, improbable encuentro. Hace dos años y medio que él no conoce mujer y María lleva un año entero sin ver a su marido: a cambio de nada, sin tocarle un solo pelo, el capitán le ofrece el tránsito hacia su libertad y la de sus amigos. Amanece, y sobre la recurrente imagen del bello escorpión la mujer ratifica sus conclusiones: "con parte de su alma destacada de ella, se deleitaba en lo frágil y elegante, olvidando por completo lo venenoso y peligroso": ante sus ojos, Golovin ha asumido desde el primer momento la forma y naturaleza del escorpión, y ante la lógica de María, él se abstiene de vivir lo que ya no es una posesión sino un ofrecimiento libre. Porque ahí, precisamente, radica la diferencia entre posesión y seducción: la recíproca y libre argumentación, el acuerdo común inspirado por la visión del animal heráldico, los unió en un amor infinito aunque sin perspectivas para satisfacerlo. 

El escorpión, pues, ha pasado a formar parte esencial del blasón espiritual y erótico del cuerpo femenino. Tradicionalmente ubicado por las iconografías en la zona de los genitales, el escorpión propicia un diálogo más directo, la cópula total, la conjunción pletórica del más viejo sentido humano. Encuentro íntimo de esencias, anulación de identidades, lengua multiplicada hasta la sabiduría última: magna cita a la que acuden todos, como dice el poeta, para "que beban la brisa! los sexos, cual sañudos escorpiones...". 

 

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