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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
30, Volumen XXIX, 1992
LA CONSUMACIÓN Y LA LENGUA
Pero el blasón prosigue su curso y ya en el
exterior la lengua vuelve a brindarnos exquisitas sorpresas: la línea visible de las
nalgas se extiende desde la Ilíaca hasta el Gran Trocánter, por lo que más allá de la
simple anatomía la voz insiste en sugerirme juegos verbales, como si la unión de la
Ilíaca y el Gran Trocánter ilustraran una fábula entre infieles, la encendida relación
de una griega y un califa, por ejemplo. Pero lo que en realidad ocurre es que la
desmitificación del lenguaje, o la búsqueda de nuevos sentidos, también es una forma de
fetichizar la cultura. Por eso en algunos de mis textos el amante se torna letrado, como
sucede en Lycée Louis-le-Grand del volumen Metropolitanas, donde el cuerpo blasonado de
la mujer es la lectura vivida y compartida de la más alta literatura francesa, una
enciclopedia de sensaciones vitales. O como sucede en Finale capriccioso con Madonna,
donde al amante se torna geómetra cuando se enfrenta al romboide de Michaelis, cuando
especula sobre el Húmedo Radical o cuando da nombre de filósofos a los encantos físicos
de sus mujeres, esto último como una sutil y divertida venganza contra la abierta
animadversión que Nietzsche sentía por el nalgamen, al que le negaba la menor muestra de
inteligencia y belleza, contrariamente a lo que afirma Voiture cuando confiesa: "Et
mon coeur autrefois superbe,/ humble se rendit á lamour/ quand il vit votre cul sur
lherbe/ faire honte aux rayons du jour...".
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Travesti, grabado, Oscar
Jaramillo, 1979 (Colección Biblioteca Luis Angel Arango).
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Y tras el diálogo en las dos estaciones
sucesivas, la voz orienta de nuevo el ojo en su avance, ahora sobre la lustrosa espalda,
pronto en la nuca, donde una vez más el vello brinda las primicias de esa densa cabellera
que, de ser tan negra, los miniaturistas del blasón deben pintarla de color azul. Y la
nuca descubierta por el cabello recogido en cola de caballo o por un corte a lo garçonne
es nueva fuente de perturbadoras sensaciones, aunque también el cabello largo tiene
cabida aquí, sólo que su sentido está asociado al culto de los pies, pero al revés del
soñado por los fetichistas. Me explico: no hay fantasía más placentera que la que me
ofrece la mujer que lubrica mis pies con su saliva más cálida, o con áloes o esencias y
luego me los enjuga con su larga cabellera negra. Ante una María Magdalena así, summun
de todos los excesos, cualquiera tiene derecho a sentirse el Mesías mismo. La blasfemia
no existe por lo que expresa sino por el tono de voz con que se dice. No hay, pues, mayor
sensualidad que la que obtiene y al mismo tiempo gesta la mirada sobre esa heráldica
magnífica que constituye cada una de las partes del cuerpo femenino, donde el lenguaje
plural se funde con la palabra concupiscencia y cuya estimulante eufonía se reconcilia
por fin con los gozosos misterios que su simple pronunciación sugerían.
Y en cuanto al blasón, su probable
carga fetichista se ve confirmada por una anécdota de índole narrativa: Marguerite
Yourcenar nos recuerda en Opus nigrum cómo Henri-Maximilien pide ser sepultado con un
Blason du corps féminin que él mismo ha elaborado con devoción y amor. Sin embargo, la
misión original del Blasón fue más evocativa y galante que enfermiza, y así se aprecia
sin la menor duda en la obra de los poetas de la Pleyade, aunque una curiosa
interpretación de tan grato "género" literario es el que, so pretextos
didácticos, ha rescatado el muy heráldico príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa. En
cualquier caso, sepultarse con blasones y relicaros, como hace el personaje de Yourcenar,
nada tiene que ver con la voluntad decidida y carnal de hacer de la mujer amada o deseada
un catálogo de placeres cotidiano y viviente, como es mi caso. Y ya involucrado en el
asunto, confieso que soy reacio a la arcana parafemalia de los fetichistas: me llama la
atención el comportamiento del amateur de dessous pero no va más allá de una divertida
curiosidad, y lo mismo me sucede con esas ceremonias en las que predomina el cuero o el
plástico, que en realidad constituyen una antesala de pervertida servidumbre. En cambio,
a tenor de lo dicho hasta ahora, reconozco la inquietante belleza de unas piernas
femeninas enfundadas en esas sandalias que se atan con cintas hasta las pantorrillas, o
esas medias cuya vena asciende desde el calcañal hasta ese punto de encuentro donde el
blasón se regodeó a sus anchas. Pero ni siquiera así me es dado conformar con tales
elementos, u otros parecidos, un ritual, pese a que, como recuerda Freud hasta el propio
doctor Fausto se volvió fetichista al ver a Margarita por primera vez. Ciertamente, fue
tal el impacto del doctor que uno de los primeros servicios que le pidió a Mefistófeles
fue una prenda: "¡ Procúrame un pañuelo que haya ceñido su seno,/ algo con qué
alimentar mi amor! ". Pero lo que Freud no dice es que, una vez instalado
clandestinamente en la alcoba de Margarita, Fausto se entrega a un soliloquio de tórrida
lascivia ante la cama de la muchacha algo que en nuestro patrimonio narrativo hace
Efraín con las prendas de María, difunta cuyas cortinas y sábanas acaricia:
"¡ Qué estremecimiento de vivo deleite invade mi ser! Aquí yo quisiera estar horas
enteras. Aquí, ¡ oh naturaleza!, formaste en plácidos sueños este ángel sin igual.
Aquí yacía la niña, henchido el tierno seno de calor y vida...". También él,
llevado por su arrebato, forja de mano de la cultura su blasón femenino ideal: nada menos
que Helena, la belleza personificada y, en gran medida, fetichizada en el poema. Y frente
al entusiasmo de Fausto por la prenda que "haya ceñido el seno" de su amada,
debo manifestar aquí mi antipatía por el sostén, algo que constituye para mí un
verdadero antifetiche: mi admiración por la creciente legión de sans-soutien se confunde
casi con mi entusiasmo por la libertad, puesto que lo que la prenda oprime, oculta, ciñe,
es nada menos que ese corazón que justifica las pasiones del mío.
Tampoco las pieles, de tan difundido
predicamento entre la feligresía fetichista, me sumen en la excitación. Se dice que lo
que el fetichista ama en las pieles es el vello público del objeto sexual, aunque en mi
caso tal correspondencia no se cumple: adoro el cabello y el vello axilar y púbico negros
y, no obstante, desmiento la teoría, pues los astracanes y martas y visones me dejan por
completo indiferente. Casi tanto como la mujer excesivamente hiperbórea, esas rubias
níveas de ojos de color indefinible y que dan la impresión de que en cualquier momento
pueden disolverse en agua y cuyo papel en mi iconografía erótica es bastante precario,
sobre todo ante la vista de los ya celebrados atributos de la morena y la trigueña
y que son aplicables también a la pelirroja, la negra o la oriental, lo que me
convierte casi en novio del género humano, al punto de que alguna vez tuve reparos
a la hora de enfrentarme a un cuerpo inusualmente lácteo, probable proyección de mi ya
mencionada aversión a la leche, aun en detrimento de ese vello dorado que tanto excita a
los poetas, aunque también es sabido que éstos prefieren fantasear antes que
actuar.
De cualquier forma, no dejo de encontrar diferencias en esa
extraña orientación de los instintos que producen en el hombre las prendas femeninas: mi
desprecio por el brassiere se ve compensado por la enorme atracción que en mí ejerce un
borsalino sobre la hermosa cabeza de cierto tipo de mujer, tal vez, también, por razones
filológicas obvias: los ingleses llaman oId hat a los genitales femeninos. Pero, ¿no
dice Freud que hay un stigma indelebile evidente en la "aversión contra todo órgano
genital femenino real, que no falta en ningún fetichista"? Por eso, tal afirmación
es en mi caso imposible, pues para mí el centauro le dio al eremita mi definición:
"Soñador y lascivo, quien conozca mi esencia conoce un adjetivo" lo
único sustancial es el sexo real: los sucedáneos no me interesan, ni la fantasía ni la
sublimación como compensación de una posible sustracción de materia. Admito, sin
embargo, que sólo el color negro del sup femenino, la transparencia del deshabillé y el
siempre perturbador manierismo del liguero me unen a los deseos clandestinos de la chusma
gozosa.
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A la
estatua del Libertador (En la Plaza Mayor de Bogotá), pintura al temple sobre carbón,
Sergio Trujillo Magnenat, 1980 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).
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En realidad, lo que sucede es que el fetichismo
se reduce a un mecanismo fácil: el fetiche ese objeto en el que el buen o mal
salvaje encarna a su dios se interpone entre el sujeto y el objeto, apartando al
primero del segundo, suplantándolo. En mi caso personal, y que supongo debe advertirse en
algunos aspectos de mis libros pues nada hay tan difícil de escamotear
literariamente como la proyección sexual del autor, mi actitud es la de utilizar el
elemento evocador (la voz, y a partir de ella todo el blasón) como puente, como forma de
precipitar mi proximidad con el objeto: un aceleramiento de la unión, un engrandecimiento
del medio para la satisfacción de mis instintos. Por eso, la veneración de eventuales
objetos femeninos, como una blusa empapada de sudor o unas bragas aún calientes y
olorosas ¿,no es el odor di femina uno de los más eficaces estímulos para
coadyuvar la intumescencia? lo único que consigue es incrementar mi
excitación.
No obstante, una cosa es la excitación máxima
y otra la fantasía, ya que ésta no consigue desplazar mis apetencias de la finalidad
lógica: la cópula. Por eso, en lo pertinente a mi marcada devoción por cierto tipo de
voz, reconozco que ésta, por más tórrida y aterciopelada que sea, a lo sumo me excita y
estimula pero nunca me pone a desvariar: querer hacer el amor con esa voz tan cálida y
profunda es tal vez surrealismo pero jamás un punto de arranque para suplantar al objeto
amado. Lo mismo ocurre con los mencionados ejemplos de las sandalias atadas hasta las
pantorrillas de una joven que pasea por la calle o a lo largo de la playa o el borsalino
cuya ala hace sombra sobre la sedosa tez de una mujer morena, quien además se llama Irene
Almonacid. Y aquí la voz adquiere otro sentido: el del hombre, el de la identidad última
del ser elegido: llamarse Constanza Gallegos o Catalina Asensi es invocar las Furias;
llamarse Myriam León Toledo o Elvira Muntaner es tentar la suerte; llamarse Angélica
Barahona Prádenas o Paulette Lambert es pisar con fuerza; sin embargo, llamarse Laura
Dávalos o Irene Almonacid es tanto como santiguarse: no son nombres, son afrodisiacos. En
todo caso, mi deseo se complementa con un rotundo beneplácito de orden estético, aunque
sospecho que esos elementos por sí solos jamás pondrán de manifiesto mi satiriasis más
íntima. En cambio, si algo desata los demonios de mi imaginación es hacerme cargo de la
entrañable liturgia a la que se entrega con devoción el niño Moncaleano, entre velas
encendidas y estampas religiosas, la tarde en que ofrendó dándoles sentido a las
dos voces de la escatología el fiemo de su maestra Orfa, arquetipo espiritual de
todas las mujeres que deambulan por mis libros.
Pero si una simple voz de mujer teje esa red de
sensualidad que me remite a la anatomía amada, también crea una vasta gama de juegos que
hacen aún más excitante la aventura. Porque sin juego no hay erotismo auténtico. Por
eso el fetichista resulta siempre vulgar o solemne, por eso se dedica a suplantar
personalidades por objetos, de ahí tal vez su lacerante tristeza, y la tristeza
decía una señora muy inteligente "no es sino la forma más refinada de
la hipocresía". De ahí que, a diferencia de la minuciosa, exacta y bien oculta
complicidad del fetichista con sus cachivaches, al hombre y al escritor que hay en mi
sólo les interese esa delectación morosa que me conduce, como a algunos de mis
personajes más sinceros, hacia la celebración de mi ritual, esa cálida correspondencia
que establecen mi instinto y la respuesta de la mujer sobre el dulce pretexto del blasón
que la eterniza. ¿No es precisamente esto lo que, como decía al comienzo del texto y de
mi infancia, mis preceptores más intolerantes llamaban caer en las garras de la
voluptuosidad? Nada resulta más fascinante que contemplar el recorrido del escorpión
sobre el cuerpo desnudo de una mujer ansiosa, y tal vez esa fue la máxima frustración de
la heroína de Golovin ante la súbita aparición del animal heráldico en la noche de su
sacrificio. Gracias a esa rosada alianza de poesía e instinto reivindicamos nuestra
condición de verbo y carne o, lo que es lo mismo, hacemos nuestro el triunfo de la mirada
sobre la amorosa topografía que sugirió la voz. Así se manifiesta el poder seductor de
la eufonía, así la imaginación nos multiplica en la belleza, así nos perpetúa la
oralidad liberadora de la concupiscencia.
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