Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

EL COMERCIO, LOS COMERCIANTES Y EL CONTRABANDO

En la coyuntura creada por la Revolución Francesa y el imperio napoleónico, el monopolio comercial español fue demolido por Gran Bretaña, que dominaba el Atlántico y requería el mercado iberoamericano para resarcir sus pérdidas por el bloqueo continental. El establecimiento de puertos francos en las posesiones británicas del Caribe databa de la década de 1760 y después de la independencia de las trece colonias de Norteamérica abrió nuevos circuitos comerciales, legales y de contrabando, que prosperaron con las guerras de España con Inglaterra y Francia. Quienes pescaron en este río revuelto definieron intereses que, en última instancia, fueron los verdaderos precursores del librecambismo decimonónico hispanoamericano. El contrabando con Jamaica involucraba en la década de 1790 a "todos los comerciantes de Cartagena" y a importantes funcionarios de la corona y anulaba de hecho las provisiones del reglamento de libre comercio (12) .

El contrabando con Jamaica. Tomado de. Storia dell`America, Palermo, 1860, vol. IV).

La importancia de las harinas y telas inglesas en el comercio latinoamericano era notoria desde 1780. Un funcionario español describió a Jamaica (Cartagena, 1805) como el "almacén general de todo este continente" (13) Aun desde antes de la independencia los consumidores hispanoamericanos de telas ya se habían pasado al bando inglés. Según el último intendente de Venezuela:

Las manufacturas de algodón inglesas han sido artículos de rigurosa prohibición a los españoles en tiempos de paz en el giro y comercio de América y de esta prohibición ha resultado el contrabando que se ha hecho y hace en aquellas colonias [...] La mayor parte de los establecimientos españoles se hallan situados en los trópicos, y por dicha causa se hace mucho consumo de manufacturas de algodón no sólo para el uso y gasto interior simio para el exterior, en los individuos de ambos sexos, pero de quince años a esta parte [el documento es de 1808] se ha aumentado con tanta rapidez que sorprende ver a las americanas de la República de los Estados Unidos, y a las españolas de nuestros países septentrionales, en el rigor del invierno, vestidas en su exterior con ropas finas, delgadas y sencillas de algodón. Las negras y mulatas libres de La Habana, Veracruz, Campeche, Puerto Rico, Maracaibo, Cartagena, Porto belo, Lima, Guayaquil y otros establecimientos nu estros, situados entre trópicos, aman con exceso la vanidad de las zarazas de coco y ramazón, las cotonias y muselinas, que usan estos tejidos en su vestimenta ordinaria, común y diaria, con el mismo lujo y profusión que las mujeres distinguidas y poderosas de Europa[...] Generalmente el carácter de las negras y mulatas y demás clase de mujeres de la ínfima plebe de nuestros establecimientos americanos varía del resto de los españoles, porque las primeras duermen en una estera y se alimentan mmtal y con escasez, sus habitaciones carecen en absoluto de muebles y menaje y se atarean dos, tres, cuatro meses a lavar y planchar ropa ajena sin otro objeto que para poder adquirir cuarenta, cincuenta o sesenta pesos y emplearlos en una fina muselina o una zaraza, con lo que se hace un traje de moda, y se presentan en los paseos, en los bailes y en los teatros como si fuera una mujer distinguida y pudiente (14) .

Descripciones de esta índole adquieren en la Nueva Granada un tono menor y pendenciero. Pedro Fermín de Vargas, excéntrico criollo ilustrado, uno de los precursores intelectuales de la independencia, sostuvo que ni los más pobres ni los esclavos podían comprar los textiles importados más baratos, y que estos grupos constituían el mercado natural de los "tejidos bastos" del Socorro, célebre por haber sido el foco del movimiento comunero de 1781 contra la reforma fiscal borbónica. No obstante, refiriéndose a la rica provincia minera de Popayán, el mismo Vargas afirmaba que allí "las ropas de Castilla son de uso general", sugiriendo que las consumían todas las clases sociales (15) .

Pedro Fennin de Vargas, precursor de la Independencia (Minialura de la Biblioteca Luis-Angel Arango).

Aunque es difícil cuantificar estas impresiones, tenemos para Cumaná (Venezuela) un informe que prueba los asertos de Basadre. Allí la población estaba clasificada en cinco categorías: 1. "caballeros y señoras principales", el 1,4% de la población que consumía el 8,6% del valor de las importaciones; 2. "hombres y mujeres de cualquier jerarquía y color con lo necesario para mantenerse en decencia", el 8,4% de la población y el 29,1% del consumo; 3. "gentes libres, soldados, labradores de propia mano, oficiales... ", que representaba un 18,5% de la población y consumía el 43,5% de las importaciones. En la base había dos categorías: 4. los "peones libres, pobres y esclavos" que formaban el 34,8% de la población y su consumo de importados representaba el 18,0% y todavía más abajo, una especie de lumpemproletariado conformado por 5. "pobres de solemnidad, niños pobres..." que alcanzaba el 34,9% de la población total y apenas consumía el 1,6% de las importaciones. El cuadro sugiere la importancia consumidora de las capas medias y aun de los esclavos y pardos libres (16) .

Desgraciadamente no hay estimativos similares para la Nueva Granada, pero tampoco hay motivo suficiente para pensar que el perfil del consumo entre los distintos grupos sociales haya diferido demasiado del venezolano. Los comerciantes profesionales estaban claramente estratificados; la muralla china se erigía para cerrar a los criollos del interior el acceso al mercado transatlántico, con sede en los puertos habilitados y en manos de peninsulares, pese a las disposiciones del decreto de libre comercio de 1778. Aquí debería subrayarse el alto nivel de rotación de los comerciantes peninsulares en Cartagena durante los últimos treinta o cuarenta años del virreinato, que sin duda debió de tener algún efecto en la naturaleza del conflicto sociopolítico de la década de 1810.

Esclavos negros capturados en Africa y traídos a América (Grabado en madera tomado de: Joumal des voyages el des aventures de terre et mer, 1878). 

Podemos suponer que en el puerto caribeño los principales comerciantes peninsulares tenían menos arraigo local que los altos funcionarios chapetones instalados en Santafé. En el comercio del interior había una escala de muchos peldaños, desde el mayorista hasta el buhonero. Cuatro rasgos definían al gran comerciante concentrado en Cartagena a fines del período colonial: 1. La familia era la institución fundamental del mundo mercantil; 2. El uso extendido de libranzas y otros instrumentos comerciales que daban mucha flexibilidad al sistema y en todo caso aseguraban un permanente drenaje de capitales comerciales de la Nueva Granada hacia España o hacia otras posesiones en las Antillas españolas; 3. La propensión a evadir impuestos y, 4. El interés especulativo de algunos en diversificar las inversiones moviéndose a las empresas agroexportadoras que tuvieron un auge limitado a la costa Atlántica a fines del siglo XVIII (17) . Con varlaclones, este modelo de gran comerciante tendía a replicarse en las principales ciudades. El lugar ocupado en la escala del comerclo corría paralela a la del prestigio y status sociales. En el gran comercio los beneficios eran muy altos y los comerciantes, más que los mineros criollos o que los latifundistas confinados a sus provincias, estaban en el ápice del sistema social.

Cartagena reunió gran parte de comerciantes de tinales del periódo colonial (Puerta de la ciudad de Cartagena, grabado tomado de: La América, Nueva York, 15 de noviembre de 1871).

(continuar)

12 Anthony McFarlane, "El mercantilismo borbónico y la economía americana: la Nueva Granada en la época del comercio libre, 1778-1795", en Anuario de Estudios Americanos, vol. XLVII, 1990, págs. 366 y sigs. (regresar 12)

13 Sergio E. Ortiz, Escritos de dos econonmistas coloniales. Don Antonio de Narváez y Latorre y don José Ignacio de Pombo, Bogotá, 1965, pág. 79. (regresar 13)

14 Manuel Lucena Salmoral, La economía americana del primer cuarto del siglo XIX, vista a través de las memorias escritas por don Vicente Basadre, último intendente de Venezuela, Caracas, 1983, págs.15 1-152. (regresar 14)

15 Pedro E. de Vargas, Pensamientos políticos y memoria sobre la población del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1944, págs. 14, 24, 27. (regresar 15)

16 P. Micbael McKinley, Pre-Revolutionary Caracas, Politics, Economy and Society, 1777-1811, Cambridge, 1985, págs. 25-28. (regresar 16)

17 A. McEarlane, "Comerciantes y monopolio en la Nueva Granada: El consulado de Cartagena de Indias", en Anuario Colotnbiano de Historia Social y de la Cultura
(ACIISC), núm. 11, 1983, pago. 43-69 y R. de la Pedraja Tomán,
"Aspectos del comercio de Cartagena en el siglo XVIII", en ACHSC, núm. 8, 1976, págs. 107-125. (regresar 17)