|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
|
|
|
La
demolición de la Bastilla. Musen Carnavalet, lans.
|
|
|
|
Vista
de la procesión de los Estados Generales a Versalles el 4 de mayo de
1 789. Museo Carnavalet, Paris.
|
Ecos
de la Revolución Francesa
en nuestra historia
(*)
RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
Ilustraciones: Carpeta de
la exposición: 1789 AFAA/ lnterrnedia y Ministerio de Asuntos Extranjeros de Francia,
1989
Trabajo fotográfico: Elizabeth
Hegyi
A VERSION ORIGINAL DEL
PRESENTE TRABAJO, intitulado
inicialmente
"Revolución Francesa: Simbología y Movimiento Popular", obtuvo el
premio en el concurso patrocinado por la Universidad Nacional de Colombia y el Fondo de
Promoción de la Cultura del Banco Popular con motivo de la conmemoración del
Bicentenario de la Revolución Francesa, hace dos años. Como lo dicen sus autores en la
introducción, él se propone "estudiar la historia de las clases subalternas o de
los sectores populares" desde los orígenes mismos de la nacionalidad colombiana
hasta el presente, teniendo en cuenta el impacto de la Gran Revolución en su desarrollo y
evolución, para lo cual intenta vincular "la construcción de una historia de los
sectores populares", concentrándose con prioridad en "seguir las huellas de las
ideas que constituyen la noción de democracia".
Ya hace más de veinte
años Albert Soboul argumentaba, en su clásico ensayo Actualidad de la Revolución Francesa
(1)
, en el sentido de considerar todo el siglo XIX como un
desarrollo global, dentro y fuera de Europa, de los principios y los programas de la
revolución, afirmación con la que coincide más recientemente, y desde una perspectiva
ideológica si se quiere antagónica, François Furet en una entrevista al Magazine
Litteraire (en el dossier sobre la revolución francesa del otoño del 88), cuando
afirma que la revolución en realidad había durado cien años.
En el caso del presente
libro lo que se intenta es precisamente reconstruir el eco de la revolución en nuestra
accidentada historia republicana, mostrando de qué manera, desde los albores mismos de la
nacionalidad hasta la época más reciente, caracterizada por la aparición del
"populismo" personificado por Jorge Eliécer Gaitán, los acontecimientos de
Francia en el 89, en el 93, en el 48 y en el 71, despertaron en nuestro país grandes
expectativas y esperanzas, e influyeron en proyectos de insurgencia y de organización de
los sectores plebeyos, que siempre avizoraron en la Gran Revolución el comienzo de una
nueva época, determinada por los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Sin embargo, como lo
recuerdan los autores, la radicalidad de la recepción popular de los acontecimientos de
Francia rebasaba la dimensión meramente jurídico-formal y propugnaba por un
reordenamiento económico y social que debería beneficiar a las grandes mayorías. Por
ello recuerdan las palabras del príncipe Kropotkin en su libro de 1909, cuando decía:
"Cualquier pueblo que en adelante inicie un período revolucionario ya habrá
recibido como herencia lo que
nuestros
antepasados realizaron en Francia. La sangre que vertieron se derramó en pro de toda la
humanidad, los sufrimientos que soportaron los padecieron por todas las naciones y todos
los pueblos... Todo eso produjo sus frutos y producirá otros muchos, mejores y más
numerosos, y abrirá a la humanidad un vasto horizonte en el que desde lejos se verá
brillar como en un faro el mismo lema:libertad, igualdad y fraternidad".
Parafraseando a Walter
Benjamin, los autores consideran que lo importante es captar la forma como ha evolucionado
la "historia de la recepción" de las ideas revolucionarias, la cual varía con
los cambios de la sensibilidad colectiva. Se trata, tanto en el espacio cultural de los
grupos dominantes como en el propio de los sectores plebeyos, de una apropiación
peculiar, determinada por sus intereses específicos y que conduce a una reconstrucción
de los acontecimientos y a una significación de los mismos en el sentido de lo que
aquéllos llaman "resemantización lingüística": "En Colombia la
apropiación simbólica y la reelaboración semántica de los ideales y consignas de la
Revolución Francesa por parte de las clases subalternas fue una constante desde el mismo
momento de la independencia".
Se trata de reflexionar entonces sobre el "proceso
semántico" de la recepción: la aparición de los símbolos republicanos, los ritos
de la nueva religión secular, su nuevo vocabulario: "pueblo soberano",
"ciudadano", "ciudadanía", la expresión, afortunada o equívoca, de
una nueva experiencia, la experiencia del consenso.
Por otra parte, lo que
siempre ha acompañado a la historia de nuestras naciones, la memoria ancestral de las
razas vencidas, esas de las que dijera Neruda que terminaron mendigando su pan por el
océano; su nostalgia por un presunto paraíso anterior a la llegada de aquellos barbudos
del hierro y de la cruz, los conquistadores.
Lo que emparenta el análisis de nuestro proceso
histórico e ideológico con un tópico universal de la historiografía contemporánea en
lo que se refiere al proceso de ascenso de la modernidad y el desarrollo del capitalismo,
el de la nostalgia por el paraíso perdido, por esa presunta "edad de oro" en la
que ninguno habría sido verdaderamente demasiado desgraciado.
Así es como Ernst Bloch
reconoce, a propósito de toda esa larga historia de la opresión, cuán preñado de
futuro aparece ya el pasado, y justamente por ese momento de nostalgia que engendra la
rebelión: ya los esclavos que construían las pirámides entonaban un canto de
indignación, como lo recordaba el gran demócrata Heinrich Mann en el prólogo a los
discos con las canciones de las Brigadas Internacionales editado en Barcelona en 1938.
Aquí también, desde
luego. En este libro se presenta justamente ese lado oscuro, el lengtraje y, aunque
resulte ya demasiado obvio el término en boga, el "imaginario" de los sectores
plebeyos, de los grupos humanos oprimidos, de los artesanos y trabajadores a lo largo de
nuestra historia.
Como lo ha
afirmado el mismo Soboul, "encadenados a su condición los
artesanos y tenderos, descendientes de los Sans-Culottes
de 1793, siempre ligados
a la
pequeña propiedad basada en el trabajo personal, oscilaron entre la utopia
y la rebelión. La misma contradicción entre la
exigencia de igualdad de derecho
proclamada
como principio y las consecuencias del derecho de propiedad y de la libertad económica y
la misma impotencia, pesaron sobre las tentativas de democracia social"
(2)
. A lo cual comentan los autores que "la
lucha por la democracia que se suscitó a nivel mundial fue similar a la impulsada en la
propia Francia a lo largo del siglo XIX".
De qué manera se produjo
entre nosotros tal lucha, el esfuerzo por hacer efectivos los contenidos de esa
simbologia, de esa ideología, de esa semántica nueva y universal de la Gran Revolución
es justamente el asunto de que se trata en este libro.
Pero, por sobre todo, en el terreno de la argumentación
política, en los grandes debates alrededor de los destinos públicos, se constata desde
un principio el divorcio entre el postulado jurídico acogido en la Carta Magna, en los
textos, en los tratados de derecho público, en las proclamas, y la realidad o la
práctica social, impregnadas por la inercia de una sociedad señorial que se resistía
por todos los medios a los esfuerzos de la modernización.
Acaso resulte pertinente
recordar a ese propósito una consideración bien acertada de nuestro premio Nobel,
Gabriel García Márquez, cuando decía en un reportaje perIodístico, que la
característica y peculiaridad de Colombia frente a sus vecinos en particular la
constituía el hecho de que en nuestro país la gran contienda del siglo XIX la hubiesen
ganado los conservadores. Y el Clero. Bastaría con recordar por qué razón el obispo de
Pasto a comienzos del presente siglo, Monseñor Ezequiel Moreno Diaz, ordenó
testamentariamente colocar sobre la lápida de su tumba en Logroño (España) esta frase:
"El liberalismo es pecado". Pues a él le llegaban los ecos del movimiento de
Eloy Alfaro en el Ecuador. Y de Venezuela ni hablar. Comenzando porque produce petróleo,
y antes fue un gran productor de cacao y café, es de todos modos un país
considerablemente más democrático y adelantado que el nuestro. Y además, porque fue la
patria de don Andrés Bello y don Simón Rodríguez, de él y de su Emilio...
Porque a propósito de esa
disparidad entre la norma, los principios, y su no efectuación en la práctica, traen a
cuento los autores algo que resulta característico de nuestra historia social y
espiritual y que por lo demás mucho tiene que ver, desde un comienzo, con el asunto de la
religión que nos legaron los españoles. Porque desde nuestros comienzos el barroco
canónico y el catolicismo de la contrarreforma intentó sustituir entre nosotros esa
ética de la convicción interior
el
germen de la personalidad moderna que aportó la Reforma protestante y cuyo resultado
final, a través de la obra de individuos como Juan Jacobo Rousseau, sería el citoyen,
el ciudadano. Dicho todo esto sin desmedro de lo que también pensaran en su momento
sobre el asunto los jesuitas españoles Suárez, Mariana, Vitoria, y sobre todo sin
olvidar a los apóstoles de la justicia y la caridad cristiana en el siglo de la
conquista, como Fray Bartolomé de las Casas, Fray Antón de Montesinos, o el obispo Vasco
de Quiroga, que quizo realizar en Michoacán la "utopía" de Tomás Moro.
Los autores describen con
alguna minuciosidad la forma como se postergó el proceso revolucionario inaugurado por
las guerras de independencia que por primera vez, aunque precedidas por los levantamientos
comuneros dos o tres generaciones atrás, habían movilizado a las adormiladas masas de
pardos y mestizos que constituían las mayorías del anodino pueblo neogranadino.
|
|
|
Gorro frigio. Museo
de la Revolución Francesa, París.
|
"Mientras
que la ideología burguesa consagraba unos postulados políticos como libertad e igualdad,
a través de la universalidad del derecho, los sectores populares de la Nueva Granada los
adquirían ampliándolos a la esfera social y económica. En su concepción, igualdad era
la eliminación legal de las jerarquías socio-raciales, pero también la transformación
de la sociedad con una igualación de la tenencia de propiedad a expensas de los grandes
propietarios".
Cierto que la independencia contribuyó a impulsar
"una reforma moderada de la estructura social tradicional", pues el esfuerzo de
la guerra obligó a conjugar los esfuerzos de la elite criolla y de las masas, a través
de compromisos que implicaban promesas libertarias.
Sin embargo, "esa
reforma relacionada con la abolición de las discriminaciones socio-raciales se quedó
enredada en los vericuetos de la legalidad y por algún tiempo tuvo pobres resultados
prácticos, particularmente con relación a los grupos minoritarios de esclavos e
indios". Por lo cual, por ejemplo, la historia de la manumisión lo seria en realidad
la de su postergación, hasta mediado el siglo.
La fuerza de la inercia de la mentalidad y las costumbres
señoriales, y los intereses creados de la elite criolla, hacían ilusorio el proyecto
republicano. Como recordaba el barón Gros, por entonces encargado de negocios de Francia
entre nosotros y a quien remiten los autores, aquí se había querido "elevar un
edificio sin base, un edificio de libertad con materiales españoles". Qué esperar
de una república agregaba en la cual todo hombre llamaba "amo" a todo individuo
"más blanco o mejor vestido que él...".
Lo mismo vale decir de la
supervivencia de dos instituciones de gran influjo: el ejército y el clero, que hablan
emergido de la gesta emancipadora como los únicos entes organizados. Particularmente el
clero constituía un factor de predominancia de los sectores privilegiados, y la principal
preocupación de los liberales consistió desde un principio en regular o controlar su
participación en política a fin de evitar que fuera convertido en un "agente
encubierto" del partido conservador.
Frente a estos dos factores de poder, el artesanado
constituyó hacia mediados del siglo el grupo "progresista" que pugnaba por una
efectiva adecuación del país al espíritu moderno, por una liberación del trabajo y una
organización efectivamente republicana que garantizara, de acuerdo con uno de los grandes
ideales de la Revolución Francesa, "la carrera abierta al talento".
Sin embargo, la confusión
ideológica de esta pequeña burguesía neogranadina era muy notable. La influencia de la
revolución del 48 combinaba elementos románticos, cristianos, liberales, humanitaristas
y socialistas, como en el caso de Pierre Leroux, el discípulo de Saint-Simon y Fourier,
muy leído por entonces entre nosotros; el de Eugenio Sue y Victor Hugo o el de
Considerant. Se producía el equívoco de rotular como socialista "cualquier
movimiento que involucrara a sectores populares, que fuera crítico o que tratara el tema
de las desigualdades sociales", y la ignorancia sobre las fuentes era tan grande que,
por
ejemplo, al novelista Alejandro
Dumas (padre), que sin lugar a dudas recreó con gran imaginación los momentos estelares
de la gran revolución, se le consideró "historiador concienzudo", de la misma
manera que a la desgarradora crónica de Lamartirte se la tuvo por "la última
palabra histórica" sobre el tema.
(continuar)
*A
propósito del libro Ideal democrático y revuelta popular
de Renán
vega Cantor y Mario Aguilera Pef,a. Publicado en Bogotá por el Instituto Maria Cano, ISMAC, 1991. (regresar *)
1 A.
Sobrad, Actualidad de la Revolución Francesa (Traducción, prólogo y notas de
Carlos M. Rama), El Siglo flnstrado, Montevideo, 1969. (regresar 1)
2 A.
Soboul, "Utopia y Revolución Francesa", En 1. Drutz, Historia General del
Socialismo, T. I, Edito rial Destino, Barcelona, 1982. (regresar 2)
|