Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

La convocatoria al pueblo para continuar con el programa de liberalización de la economía iniciado durante el primer gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera (1845-1849) se llevó a cabo a través de las "sociedades democráticas" y de la difusión de un discurso que mezclaba el romanticismo y principios liberales y vagamente socialistas alrededor del concepto de "soberanía popular". Las sociedades democráticas resultaron decisivas en la elección de José Hilario López, quien de alguna manera las institucionalizó con el objeto de servir de "instrumentos de divulgación ideológica" y apoyar las reformas de su administración.

En efecto, las sociedades democráticas, de algún modo el equivalente, entre nosotros, de los clubes, o, mejor, de las "secciones" de la revolución, constituyeron el primer germen de organización de los sectores trabajadores, concretamente del artesanado. Llegaron a contar con unos 10.000 miembros a nivel nacional y se propusieron "realizar la república", hacer efectivos los ideales de la revolución. Por otra parte, no podemos ignorar que su auge aparece relacionado con notables avances de la democracia: la abolición de la pena de muerte, primero para delitos políticos (1849) y luego, lo que mereció el elogio de Víctor Hugo, para delitos comunes (1863); la libertad de enseñanza, la de ejercer una profesión (1850); la expulsión de los jesuitas y la abolición definitiva de la esclavitud (1851); la libertad absoluta de palabra e imprenta en el mismo año, el establecimiento del jurado de conciencia, la libertad religiosa, la elección popular de gobernadores (1853), la supresión del ejército permanente.

Juego de naipes revolucionario. Museo de las Artes Decorativas, Paris.

A través de este proceso, el "pueblo" dejó de ser una abstracción y adquirió cierta corporalidad, encarnó en grupos sociales concretos: "el vulgo.., los artesanos". En efecto, "el artesanado se convirtió en el principal interlocutor frente al grupo dominante" y desde entonces, como acentúan los autores, "la idea de pueblo entendida como la mayoría trabajadora, sufrida y necesitada, o el ‘país nacional’ de Gaitán, fue la que más prendió en la mentalidad colectiva".

Ante lo cual los conservadores reaccionaron (para relativizar la supremacía de las sociedades democráticas) con la fundación de las "sociedades populares", de marcado carácter confesional y que se convirtieron expresamente en defensoras irrestrictas de la religión católica. A esto se agrega la división del liberalismo entre "gólgotas" y "draconianos", es decir, partidarios e impugnadores del librecambio, que también tendrá consecuen cias en la estratificación social del país y en su expresión política. Tras la caída del general Melo, que en 1854 y con el apoyo de los artesanos quiso instaurar un régimen favorable a éstos, provocando la coalisión bipartidista que lo derrocó y terminó por imponer el librecambio, las sociedades democráticas entraron en un proceso de decadencia y subsistieron por un período como meras asociaciones gremiales (serán prohibidas por la Constitución del 86).

La coyuntura democrática de mediados del siglo alertó a los terratenientes y al clero. Los conservadores le reprocharon al liberalismo el haber generado el "individualismo" y con él "el ateísmo, el socialismo y el igualitarismo". Su reacción los llevará a poner en práctica lo que los autores llaman "estrategias católicas dirigidas a frenar y controlar unas masas anarquizadas por el liberalismo", así como a prevenir "la renovada amenaza del socialismo que podía calar de nuevo en el país".

Pero es que el proceso que se vivía aquí se correspondía además con la gran ofensiva contrarrevolucionaria en Europa tras el fracaso de la revolución que en febrero del 48 envió al exilio a Luis Felipe de Orleáns y se extendió luego a las ciudades más importantes del continente. Tras el fracaso de la revolución (y la arremetida del general Cavaignac en los combates de junio contra los obreros) emerge la figura de Napoleón III, quien, tras hacerse elegir presidente, con su golpe de estado instaura la dictadura (el segundo imperio, que durará hasta la derrota de Sedán en el otoño del 71), coartando las libertades ciudadanas, bloqueando el avance de los obreros, favoreciendo a la Iglesia e inaugurando una agresiva política exterior cuya culminación será la invasión a la República de México para establecer allí en el trono al archiduque Maximiliano, el hermano del emperador Francisco José de Austria, todo ello con la bendición del papa Pío IX, el mismo que expediría la célebre encíclica Quanta Cura y Syllabus (que se proponía condenar los "ochenta errores" de la civilización moderna).

Por ello el programa conservador entre nosotros, como acertadamente lo resumen los autores, "se identificaba en defender el fundamento sobrenatural de la sociedad, el pacto social divino, a la Iglesia católica como institución, la alianza con el Vaticano, la intolerancia ideológica y política, la educación confesional, la persecución a los adversarios políticos y científicos, la reimplantación de la pena de muerte, el control por la Iglesia de la vida pública y privada de los individuos, etc.". En contravia de la tradición liberal que descansaba en la doctrina russoniana del contrato social y la delegación del mandato, los conservadores colombianos volvían a pensar que "el origen fundamental.., era de índole divina", suponiéndose que el poder de los hombres "no podría transgredirlo porque eso generaba desorden, disociación y libertinaje".

Muy oportunamente recuerdan los autores en ese contexto un aserto del ultramontano García Moreno, presidente del Ecuador por entonces, cuando decía: "Nada de costumbres públicas y de carácter nacional sin religión. Nada de religión europea sin cristianismo. Nada de verdad cristiana sin catolicismo. Nada de catolicismo sin Papa. Nada de Papa sin el poder supremo que está ligado a su persona

El proyecto ideológico y político de la Regeneración estará impregnado de este acento ultramontano: "Implantó un orden social basado en la ideología religioso, en la exclusión de los contrarios políticos y en la persecución de todo lo que pudiera ser visto como protesta social que para los ideólogos regeneradores aparecía siempre como un engendro de doctrinas liberales, ateas, masónicas, socialistas, anarquistas y comunistas". Se trataba en realidad de una contrarrevolución preventiva, ante el recuerdo de las movilizaciones populares de los años precedentes y que buscaba, de acuerdo con las ideas de Miguel A. Caro, "reinstaurar un perdido orden social como forma de evitar el desarrollo de peligrosas ideologías socialistas y de impedir el paso traumático al capitalismo".

La ideología que se encontraba en la base de este proyecto era anticapitalista pero, como lo recalcan los autores, "en la acepción más retrógrada del término". Quizá podría encuadrarse dentro de la categoría acuñada por Michael Léwy (en su libro Para una sociología de los intelectuales revolucionarios) del "anticapitalismo romántico", actitud muy característica de ciertos círculos intelectuales en la Europa finisecular, y en nuestro caso muy impregnada del catolicismo hispánico ultramontano (Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Jaime Balmes) que influye desde su juventud en la formación espiritual de Caro.

Uso de las nuevas medidas. Estampa de Delion/Labrousse. Museo Carnavalet, París.

Como lo dicen los autores, éste "había ido estructurando un pensamiento que era la negación misma del espíritu de modernidad que conocía el mundo, espíritu en el que desempeñaban un papel central doctrinas como el utilitarismo, el positivismo, el romanticismo y el socialismo", contra las cuales arremetió Caro para fundamentar su credo político y sus concepciones éticas y filosóficas, "de retorno a la escolástica medieval, al tomismo y a los presupuestos doctrinarios de la religión católica", pensamiento que a finales del siglo XIX y en pleno desarrollo capitalista, de integración planetaria y notables avances científicos, les parece a los autores como un "anacronismo histórico" que, sin embargo, "se impuso en el orden constitucional y en el modelamiento de las diversas esferas públicas y privadas del país".

Acertadamente se sintetiza con el titulo de un subcapltulo el meollo del programa regenerador: "en lugar de formar ciudadanos, preparar buenos cristianos". En realidad, como reacción al intento de los radicales de formar auténticos ciudadanos, para lo cual tenían que enfrentarse a la Iglesia y consolidar un amplio sistema de instrucción pública y laica, los conservadores intentaron "desmontar la noción y el símbolo del ciudadano y todo lo que éste lleva implícito como carga valorativa y política". Llegaron a considerar que el mal radicaba en los orígenes mismos de tal noción, es decir, en Rousseau y la Revolución Francesa. Era preciso, entonces, "erradicar lo que se ocultaba detrás de esa noción y que la había hecho tan subversiva...

Por lo demás, el diagnóstico de la Iglesia y de los conservadores ultramontanos fue igual en todo el continente: sencillamente, "la crisis que conocían los países de América Latina se debía al desconocimiento de la religión católica y de sus valores, que fueron sustituidos por los valores anarquizantes’ de la Revolución Francesa". Esa perversión política no podría traer otra cosa que no fuera la descomposición moral y el desorden.

La Regeneración intentará entonces "recuperar la fe, la moralidad, la religiosidad, para llevar nuevamente a este país al redil del orden y de las buenas costumbres", y la implementación de esta estrategia suponía "desterrar de las mentes de los individuos, de la percepción colectiva, la idea de ciudadanía y todos los elementos simbólicos que de ello se derivaban, para crear un nuevo universo simbólico que se basara no en los parámetros de la política sino de la religión". El orden político que los conservadores interpretaban como desorden debía ser reemplazado por "el orden moral": "para la construcción del nuevo orden católico era preciso, antes que nada, destruir el modelo político liberal, y en primer término la idea de ciudadanía".

No obstante, para lograr tal propósito se requería de una transformación integral que abarcara "todos los aspectos de la vida pública y privada y de la cultura", por lo cual la Regeneración no se limitó a ser un cambio jurídico, institucional, sino que se convirtió en "la imposición de un nuevo modelo moral y cultural". Como lo define Miguel Angel Urrego en una tesis de grado presentada al programa de postgrado en historia de la Universidad Nacional (La creación de un orden teocrático durante la Regeneración, Bogotá, 1990), se trataba en últimas "de sustituir la trilogía burguesa de libertad, igualdad y fraternidad por la de caridad, obediencia y cristiandad, tendiente a forjar no un ciudadano sino un buen cristiano.

Sin embargo, los desarrollos objetivos de la sociedad colombiana necesariamente tenían que entrar en conflicto con un ordenamiento institucional tan anacrónico. No se podía, además, cerrar completamente el país a las influencias de los grandes movimientos de masas que agitaban al viejo continente: el socialismo, el anarquismo... Los ecos de la Comuna de París, la popularidad del anarquista Ravachol entre los artesanos y trabajadores, el motín de 1883 y la conspiración artesanal del año subsiguiente manifestaban sintomáticamente que los sectores plebeyos no habían abandonado sus reivindicaciones ni su actitud combativa. La guerra del 95 y luego la de los Mil Días, que se desencadena sobre el tránsito al siglo XX, lo demostrarían.

Durante la primera mitad del siglo XX el proceso social y político colombiano continuará determinado por la subsistencia de formas precapitalistas de producción que coexisten con el desarrollo del capitalismo, particularmente acelerado en los años 20, con el surgimiento de la gran industria, la urbanización progresiva, los conflictos agrarios, la depauperación y proletarización masiva de los sectores medios de la sociedad.

Estas características inciden igualmente en el carácter de la protesta y en el de sus dirigentes, de los cuales sobresalen Raúl Eduardo Mahecha, dirigente de las primeras grandes "huelgas heroicas" en los enclaves neocoloniales (el de la Tropical Oil Company en Barrancabermeja y el de la United Fruit en la zona bananera de Santa Marta), y luego Jorge Eliécer Gaitán, que tras el fracaso de la UNIR (Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria) regresa a las toldas del partido liberal para dirigir desde allí un amplio movimiento populista. El influjo de la Revolución Francesa se superpone al de la revolución rusa, que en realidad se conocía muy poco, y se acompaña de un fuerte sentimiento antiimperialista y antinorteamericano, como en todo el continente.

En el caso de Mahecha, es evidente que el nacimiento de la clase obrera propiamente tal y de su conciencia de clase aparece vinculado a una problemática anterior", heredada de la sociedad semiseñorial que se resiste a desaparecer: la de los artesanos, los aparceros y antiguos colonos (como en la zona bananera). Esto se refleja en la elección de sus formas de organización. Organizaciones de ayuda mutua y sindicatos agrarios que agrupan no sólo a jornaleros agrícolas sino a colonos, aparceros y arrendatarios, cuyo "discurso" todavía aparece impregnado de elementos jacobinos y pequeñoburgueses, aspiraciones de "democracia radical".

Como lo afirman los autores, específicamente se asistió a un "sincretismo cultural" en el que indistintamente se mezclaban planteamientos de Tolstoi, Voltaire, Proudhon, Marx, Lenin o Kropotkin, y como el ideal implícito era el de "alcanzar una genuina igualdad y libertad", consideraban los activistas, "de pronto ingenua y espontáneamente", que la revolución francesa y la revolución rusa apuntaban un poco hacia los mismos objetivos y logros". Así, por ejemplo, resulta sintomático constatar que muchos certámenes obreros y populares se comenzaran ritualmente con la entonación de La Marsellesa.

Las citas de Mahecha que, en realidad, ideológicamente se encontraba más cerca del anarquismo que del marxismo, prueban que este dirigente compartía tal sincretismo, ese conjunto ecléctico y heterogéneo de pensamiento. Por otra parte, él mismo confesaría que sus primeras actuaciones políticas y sindicales las había llevado a cabo bajo la bandera de un "socialismo católico, apostólico y romano".

(continuar)