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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Otra vez será
No
morirás
Germán Santamaría
Editorial Oveja Negra, Santafé de Bogotá. 1992,
189 págs.
Cuando alguien toma la tarea de
escribir una novela entra en el riesgo. El riesgo como un mundo del que sólo saldrá al
ser leída su obra.
Una novela es un universo en
el que se habita desde la primera hasta la última página y aún después, sí las
condiciones de la novela misma lo permiten. La primera condición, y la más importante,
es la veracidad. No importa qué diga o qué describa un autor, lo importante es cómo, al
decirlo, lo vuelve cierto. Mientras las cosas, los hechos, los personajes no sean reales
dentro del libro, sencillamente no existen. Son sólo líneas, bocetos de cal que se
borran con un aguacero.
En el libro de Germán Santamaría, la historia sucede pocos días después
del trágico 13 de noviembre de 1985, cuando una
avalancha de lodo sepultó más de veinte mil personas en Armero (Tolima). Su personaje
central, José Durango, dejó su casa en Armero hace diez años, abandonando a su mujer y
sus hijos (en la pág. 103 es padre de cinco, y en la siguiente, tal vez por confusión,
le cede uno de sus hijos al vecino, y él aparece con cuatro. José Durango se escapa con
la mujer de su vecino, con quien, aunque tiene negocios, comparte un odio desde siempre.
No sabe bien si se va con ella por amor o por venganza contra el marido. El caso es que la
aventura dura una sola noche, y se despiden para siempre en Bogotá. Ella se va hacia la
costa y él al Caquetá. Al regresar a Armero, diez años después, Durango viene buscando
la muerte atraído por el rumor que llegó a sus oídos de que su vecino, Vicente Avila,
lo quiere matar en venganza. Al llegar encuentra un lago de lodo donde antes estaba la
ciudad. En Lérida, un pueblo cercano, al que no alcanzó la tragedia, están los
sobrevivientes. En carpas unos, y los otros empezando a construir con sus propias manos
las nuevas casas. José Durango encuentra a su
hija y a su enemigo. Su hija está
embarazada del hijo de su enemigo; los dos son los únicos sobrevivientes de ambas
familias.
Con base en esta trama, el
autor intenta todo: contraponer el amor a la muerte, enfrentar el odio a la vida, buscar
la muerte para dejar el tedio. Lo intenta de mil maneras. Lo cuenta, lo dice, pero no
logra interpretarlo. Aunque en la novela haya todos estos elementos expuestos, ninguno es
real. Los revólveres no matan; los pasteles de cumpleaños no celebran; nada es cierto
dentro del contexto. Del mismo modo como las cosas aparecen, podrían desaparecer o no
haber aparecido, sin mayor importancia.
Lo único que sucedió realmente fue la avalancha de lodo, que es un hecho
histórico de los más trágicos que haya vivido jamás Colombia. Con base en esta
referencia, el autor siente que todo lo que suceda alrededor es certero. Partir de la idea
de un momento extremo, un momento en el que el sentido de las cosas se pierde y se vuelve
a lo esencial, donde los verdaderos sentimientos son lo único que prevalece, el amor, la
vida, la soledad, el olvido; es ingenuo, no porque esto no sea así, sino por el enfoque
que se le da en No morirás. Los personajes
nunca se vuelven reales, ni los fantasmas que traen a colación recuerdos de
la violencia
entre liberales y conserva dores o de la guerra de los Mil Días o de sus propios
recuerdos. Son imágenes que intercala el autor buscando puntos de dónde atar su teoría
sobre que genera tanta violencia entre sus coterráneos.
Germán Santamaría va de la
muerte trágica, causada por una fuerza bruta de la naturaleza, a la muerte violenta Crea
un paralelo y busca explicar e fondo del asunto. Tal vez el sentimiento que queda al
terminar el libro es que el autor experimenta una necesidad imperiosa de explicar su
teoría sobre la violencia. Su personaje más débil, Floro Pulido, es el que revela e
misterio del odio y de la pasión por las muertes violentas con que convive a diario uno
de los departamentos más violentos del país: el Tolima. En el pasaje final de la novela
hay toda una alusión a la muerte en vida. Condena. do al tedio, José Durango es guiado
hacia el lodo por un ánima que no deja huellas al pisar el suelo y arrastra una cruz que
deja una marca como el rastro de una agonía. La explicación. confusa, está
enclavada en una palabra: amarulencia (mezcla de
resentimiento, amargura y, según el autor, de violencia). Una suma de ingredientes, de
amor y odio, que es la que lleva a matar. A matar seres humanos, tierras todo lo que esté
vivo. El autor va de un personaje al otro en un diálogo que supone una frase final para
resolverlo todo, la clave. No logra pasar más allá de lo evidente; bien se podría
obviar.
El escritor quiere
profundizar, a través de sus personajes, en el análisis de sentimientos humanos no
fáciles de entender. Quiere aprovechar la verdad histórica dé la tragedia de Armero
para elaborar un drama sobre la soledad, la distancia que adquieren con el tiempo los
sentimientos, la violencia, el olvido. El inconveniente es que falla en su intento. Falla
porque no es veraz; no lo es ni siquiera cuando describe cosas reales, como el galpón
donde compra el revólver José Durango, para regalárselo a su enemigo, a ver si así
éste lo mata. El galpón es una guarida de saqueadores que de noche excavan en el lodo y
se abren paso entre cadáveres, para revender los objetos que encuentran. Al describir el
lugar, intenta una naturalidad como para expresar esa cosa terrible que todos conocemos
frente al espíritu saqueador de los colombianos, el impudor de algunos frente a la muerte
o el hambre de otros por el dinero; naturalidad que termina siendo excesiva.
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La tensión que podría
generar una venganza a muerte entre dos hombres que ahora comparten un parentesco (ambos
van a ser abuelos del mismo nieto) no se siente en ningún momento. Nunca las situaciones
ni la trama misma tejen una red en la que uno, atrapado, adquiera conciencia de lo que
sucede. Cuando en el final del libro el personaje queda condenado a la vida eterna en el
olvido, nada se estremece. No provoca mayor alteración que la que puede provocar un mal
actor representando el texto de un buen autor.
La verdad no está en las palabras escritas, o en el orden que se les da; la
verdad está en la intención con que se relata. Por eso no importa cuán fantástico sea
un texto; bien escrito, todo lo que cuenta es cierto.
No morirás queda entre el género de los relatos
falsos y, como todo lo falso, está, como su protagonista, destinado a la intimidad
de aquellas muertes del olvido.
JUAN SIERRA
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