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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXVIII, 1991
Conforme con lo
anterior, el gobierno de Cundinamarca se hacia cargo del funcionamiento del edificio
teatral (el Coliseo), y la ciudadanía debía participar,
por medio de un vocero, en la parte artística. El 15 de
diciembre de 1831 el gobernador de la provincia de Bogotá, doctor Rufino Cuervo, expidió
un decreto publicado en el Constitucional de Cundinamarca
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, tendiente a promover las funciones teatrales con
regularidad y a que éstas se llevaran a cabo con "orden y seguridad".
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Cartel de anuncio
de teatro de la
compañía de Francisco
Villalba.
(Archivo documental José Ignacio
Perdonso, Biblioteca Luis-Angel
Arango).
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Función
extraordinaria de beneficio
de Francisco
Villalba y Joaquín
Guarín, 8 de noviembre
de 1849
(Colección Biblioteca Luis-Angel
Arango).
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El
decreto en mención se componía de cuatro considerandos y diez artículos. El primer
considerando rezaba que "el teatro bien dirij ido, es una escuela de lenguaje puro i
correcto, de urbanidad, de moral i de buen gusto". Se nombraba al jefe político como
juez del teatro, encargado de la venta del aforo. El debía prever los mecanismos de
policía necesarios para que no se falsificara la boletería y se desarrollara la función
con normalidad. Se asignaron cuatro "vijiladores" que debían controlar la
entrada del público y mantener el orden dentro del Coliseo.
Para promover la parte artística,
el jefe político o juez contaba con un censor, propuesto por el I.C.M. (cabildo
municipal) y ratificado por el gobernador de la provincia. Este censor debía elegir las
piezas teatrales atendiendo a la moralidad de los argumentos y la calidad literaria,
distribuir los papeles entre los actores, presidir los ensayos y redactar los estatutos
del Coliseo sobre conservación del mobiliario y decoración. Debía, inclusive, promover
una biblioteca de obras dramáticas, contratar compañías extranjeras dramáticas, de
ópera y baile y, por último, hacer instalar un alumbrado que no fuera nocivo para la
salud.
Para cumplir con la anterior
misión, el decreto se quedaba corto, más aún cuando para ponerlo en práctica se
necesitaba de un Estado ya consolidado, y los avatares políticos del siglo no fueron los
mejores. Salvo la publicación del decreto, el gobierno no lo instrumentalizó ni previó
recursos económicos. El
censor, que era el más importante motor para promover la
marcha progresiva del teatro no fue nombrado.
Los periódicos de todo el país
colaboraron con el teatro en su misión "civilizadora". Después de una noche de
función, como medida correctiva, se publicaban los "defectillos" o faltas de
urbanidad que se cometían en los palcos y el patio. "Defectillos" eran las
costumbres que sobrevivían de la Colonia, entre las cuales se contaba aquella de comenzar
la función una vez que el presidente de la nación se presentaba. Tan pronto como éste
ocupaba el palco principal, los espectadores se descubrían la cabeza, se levantaban de
las sillas y aplaudían. Homenaje brindado a los virreyes y a Morillo. Las faltas contra
la urbanidad eran múltiples:
fumar, que fue la más difícil de desarraigar lo que
sólo se logró a finales de
siglo;
comer, gritar, atropellarse en la puerta al entrar y al salir, y otras por el estilo.
Cinco años
después de publicado el decreto, en 1836, el periódico bogotano El Imperio de los Principios
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, en un
balance sobre el teatro bogotano posterior a la revolución, declaró que los progresos
eran bastante lentos, a pesar de que los granadinos no eran inferiores a lo que habían
sido en la época colonial. La falta de censor permitió "sucesos desagradables entre
las compañías y los empleados públicos"; no se montó la orquesta, ni se promovió
la educación de "jóvenes de principios, de exterior interesante, y deseosos de
perfeccionarse sobre todo en la hermosa lengua castellana". En fin, el adelanto del
teatro se dejó en manos de los aficionados que apoyaban compaftías nacionales y
extranjeras, y de tal cual empresario que se aventuró en una inversión bastante
insegura.
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Portada de
las Obras dramáticas de José Manuel Royo, 1883. (Biblioteca Nacional. Fotografía
de E. M.).
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Cartel arnmciando una
función dcdicada al Cauca y Antioqtuia por Bárbara Abadía (Archivo documental José
Ignacio Perdomo, Biblioteca Luis-Angel Arango.
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En
esta etapa (1831-1839), la compañía dramática nacional más importante fue la del
bogotano Juan Granados. Tanto en Bogotá como en Medellín, Cartagena y otras ciudades,
siguieron presentándose las compañías de aficionados que durante los tres primeros
decenios del siglo mantuvieron alguna práctica teatral, las cuales dieron,
posteriormente, origen a compañías más importantes y estables.
Granados, empresario y actor
principal, invitó a Lorenzo Maria Lleras (1811-1868) a participar como
"ensayador" o director artístico. El repertorio escogido por ambos para
presentar durante el año que se mantuvo en cartelera (abril de 1833-febrero de 1834,
aproximadamente), revela la transición en el gusto estético: pocas tragedias, nuevos
dramas franceses y comedias españolas. Lleras y Granados dieron gran importancia a la
dramaturgia colombiana y latinoamerlca
na. Pusieron en escena obras de Luis Vargas Tejada
(1802-1829): Aquimín, Sugamuxi y Las convulsiones, y de los nuevos
dramaturgos granadinos, Rafael
Alvarez
Lozano (1805-1845): El corsario, Emilio y Miguel o Los proscritos;
Francisco de Paula Torres (1808-1885): El
conde don Julián y Gonzalo de Córdoba. Las obras de los dos últimos quedaron
inéditas.
En 1834 se unió a la
compañía de Juan Granados la del español José Romualdo Díaz, que acababa de llegar a
la ciudad y no contaba con un elenco superior a cuatro actores. A fines de 1835,
alternaron funciones con la compañía del también español Francisco Villalba. Las
compañías extranjeras que llegaron al país durante este decenio y el siguiente fueron
realmente significativas para el desarrollo del teatro nacional. Desde sus propios
oficios, los elencos se integraron a la vida granadina en la construcción del teatro de
la república, y algunos terminaron radicándose en el país o manteniendo relaciones
estrechas con artistas, aficionados y políticos granadinos. A lo largo del siglo, salvo
contadas excepciones, no volvió a presentarse esta fraternidad entre teatristas
nacionales y extranjeros. La contratación de partiquinos
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nacionales por la mayoría de compañías extranjeras
era un imperativo, por sus elencos reducidos. Otras presentaron obras colombianas debido a
presiones
de la prensa o como
estrategia publicitaria y afectiva.
Como ejemplo de esa
camaradería, se podría citar al español José Romualdo Diaz y su esposa, quienes en
Medellín entrenaron jóvenes en actuación y canto. En Cartagena los aficionados pidieron
a la compañía de Pedro Iglesias que prolongara su estadía en la ciudad, pues el
contacto con las dos compañías de aficionados cartageneros había beneficiado a los
actores. Además, Iglesias estrenó y dirigió varias obras del autor cartagenero José
Manuel Royo Torres (? - 1891). Después que la compañía partió con rumbo a Jamaica,
durante la travesía naufragaron y murieron más de la mitad de los actores con sus
familias. En solidaridad, los actores cartageneros recogieron donativos y presentaron
funciones a beneficio de los sobrevivientes, que esperaban en una isla del Caribe poder
regresar a su patria.
Mención especial merecen
las compañías de Francisco Villalba y de Eduardo Torres, que, aunque pequeñas y de
escasos recursos económicos, estuvieron por casi todo el país. Sus elencos incluían
bailarines y cantantes de arias de óperas y "tonadillas" populares españolas y
latinoamericanas. Villalba restauró el Coliseo de Bogotá; sacudió, remendó, pintó
bastidores y bambalinas; arregló la fachada del teatro; diseñó y confeccionó el
vestuario y dividió los camerinos de hombres y mujeres. Villalba, además de industrioso,
fue hábil en el manejo económico y político, hasta el punto que compuso el primer himno
nacional, estrenado en la función del 20 de julio de 1836. Después de un corto viaje por
otras ciudades del país regresó con la compañía dividida a Bogotá, donde ocupó el
cargo de bibliotecario en la Biblioteca Nacional hasta 1869, año en que murío.
La compañía de Eduardo
Torres llegó a Cartagena en 1838, y allí presentó obras de los cartageneros José
Manuel Royo y Juan José Nieto (1804-1866). Del primero, Balboa o El descubridor del
Istmo, El doncel, Eudoro Cleón o La inocencia oprimida y El cristiano errante; de
Nieto, Aurelia o La toma de Constantinopla por Mahomet II. Después continuó viaje
a Bogotá, y en esta ciudad se disolvió. Torres se unió a la fracción que había
quedado de la también
disuelta
compañía de Villalba, cuya escisión había quedado al mando de Francisco Martínez,
"El Curro". Concluida la temporada de las dos compañías en 1840, interrumpida
por la guerra de los Supremos, se separaron, y algunos actores se quedaron con "El
Curro", como una compañía andante por el país. El repertorio presentado en la
capital fue variado: oberturas, dúos y arias de óperas italianas, dramas franceses en
traducciones de dramaturgos españoles, sainetes, comedias en un acto y bailes españoles
y franceses. Del repertorio nacional, presentaron Doraminta de Vargas Tejada.
Si se examina la
cronología de las presentaciones teatrales del siglo, la inestabilidad política,
representada en incontables luchas armadas nacionales y regionales y golpes de Estado,
influyeron sobre la actividad artística de compañías y dramaturgos. Después de cada
lucha armada, el teatro, convaleciente como el país, lentamente se recuperaba. La
población se demoraba en asistir a las funciones; era tiempo de llorar a los muertos, y
el luto se guardaba más rigurosamente. El periódico El Charivari Bogotano decía en 1848
que
no carecerá
absolutamente de fundamento atribuir el nial estado de nuestro teatro, a las continuas
oscilaciones y vaivenes políticos, que obligándonos á defender nuestra existencia nos
ha hecho descuidar todo lo demás. Mientras el gran siglo XIX ha estado derramando sus
resplandores por el mundo entero, nosotros nos hemos estado matando unos á otros...
(7)
(continuar)
4
Constitucional de Cundinamarca, Bogotá, trimestre 2, núm. 14,25 de diciembre de 1831.
(regresar
4)
5 El Imperio de tos Principios,
Bogotá,
31 d
e
julio
de 1836,pág. 5. (regresar 5)
6 Actores
que desempeñaban pequeños papeles (regresar 6)
7 El Charivari colombiano,
Bogotá 5, 29 de octubre de 1848, pág 4. (regresar 7)
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