Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 31, Volumen XXVIII, 1991
 

UNA NUEVA ETAPA (1840-1858)

La divisa Castigar ridendo mores siguió vigente en la legislación y en la mentalidad de algunos dirigentes. Por medio de reglamentaciones policivas, el espectáculo teatral se sometió aún más al control gubernamental y se suprimió el censor elegido por los ciudadanos. Al arte también llegaron los aires represivos que dieron origen a la Constitución de 1843. Sin embargo, por esas paradojas que han acompañado al país, el teatro, en la práctica, empezó a abrirse espacio, pues los jóvenes echaron mano de él como arma generacional y política.

Esta nueva etapa, comprendida entre 1840 y 1858, no fue uniforme en los centros urbanos; tampoco tuvo un progreso continuo, debido a la situación del país. Aquí hacemos una generalización, a causa de la documentación existente de diferentes latitudes. También se hace necesario subdividir el lapso, porque en la primera parte (1840-1854) se dio un intento organizativo gremial de mayor envergadura, en parte por influencia de las compañías extranjeras llegadas en el lapso. Influencia que, unida a las circunstancias ideológicas del país, fraguó un teatro político. En el segundo lapso, a partir de 1855, los teatristas irrumpieron rn la vida cultural y política nacional con un manifiesto y un ideario político que generaron discusiones sobre la función del teatro, sobre teatro y política, áramaturgia y práctica teatral. Aunque fueron dos o tres escasos años los de mayor vehemencia, los protagonistas de dicho momento continuaron impulsando el teatro, inclusive, hasta la década del setenta.

En Bogotá, especialmente, el teatro (texto y práctica) se convirtió en tema y roclama de radicales y artesanos. En otras partes del país, aunque los jóvenes io subieron al escenario previo un manifiesto, sí pusieron en escena aquellas obras nacionales que estaban causando controversia y algunas del repertorio romántico francés calificadas de "francamente inmorales". También de varias ciudades (Medellín, Popayán, Mompox, Socorro, San Gil, Cúcuta, entre otras) se tienen testimonios documentales de compañías constituidas exclusivamente por artesanos que pusieron en escena obras acordes con sus ideas políticas.

El teatro de las décadas del cuarenta y del cincuenta, especialmente, coadyuvó en la difusión de los símbolos y del ideario de la Revolución Francesa, de las ideas socialistas, y fue escenario de disputas religiosas. Si tenemos en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta y se tenía poco acceso a los libros, el teatro fue una herramienta eficaz para la difusión de dichas ideas. Inclusive, al pesebre, esa "inocente entretención" decembrina, llegaron en grandes telones de fondo las inscripciones de Libertad, Igualdad, Fraternidad, y el gorro frigio cubrió la cabeza de algunos muñecos de madera.

Esta difusión fue promovida y alentada por los radicales y los grupos de artesanos, hasta el punto que el teatro formó parte de los escenarios escogidos para la batalla. Fue tan planeada esta posición de práctica política, que pretendían ejercer sobre el pueblo el mismo efecto "extraordinario" logrado por las representaciones de la pasión de Cristo, hasta el extremo de que cualquier labriego, por ignorante que fuera, conocía peffectamente el hecho, gracias a la repetición anual de esas funciones. Con este planteamiento, los jóvenes revolucionarios que se consideraban completamente diferentes de los fundadores de la república, a quienes con sobradas razones les atribuyeron "especial horror al teatro" y el ser "enemigos de los placeres", repitieron en parte lo que ellos habían dicho, pero desde una óptica diferente y dentro de colectividades políticas y gremiales organizadas, beligerantes y en pugna.

Acorde con los tiempos, el pensamiento económico entró en el "templo de Talia", y hubo consenso en que el sostenimiento del teatro fuera un negocio de particulares, además de una industria rentable. Diferente de la etapa de los fundadores, en que el funcionamiento de los edificios y el impulso teatral en general eran competencia del Estado. 

LA TRANSICION (1848-1854)

El bogotano Juan José Auza organizó una compañía teatral con algunos actores aficionados de la Compañía de Francisco Martínez —El Curro—. Después de variadas vicisitudes, Auza logró mantener una actividad intermitente desde 1845 hasta 1860. Viajó por las más importantes ciudades del país, y cuando por problemas económicos se quedaba sin actores en alguna de ellas, organizaba una nueva y pasajera compañía con actores de la localidad. Auza fue el primer empresario nacional, que empezó hacia 1853 a introducir canciones patrióticas francesas en los intermedios o para finalizar las funciones. Así colaboraba desde el escenario a la "masificación" de los símbolos de la Revolución, utilizados posteriormente en las revueltas populares.

Cartel de la Presentación d e l Ensayo Eudoro, 1849 (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

Siguiendo el ejemplo de la Sociedad Filarmónica, en 1848 se estableció en Bogotá la Sociedad Protectora del Teatro, con el objeto de sostener una compañía estable que colaborara en el progreso del teatro nacional. Seguramente los promotores de la Sociedad no solamente tuvieron en cuenta los beneficios culturales y artísticos para el país, sino que "los nuevos tiempos", en materia económica, presagiaban una buena inversión: el país ya contaba con ricos que necesitaban un sitio donde divertirse.

 No se requería un estudio de factibilidad en un mercado tan restringido y por demás conocido. En el cercano 1846 estaba el ejemplo: la compañía de Mateo Fournier, figura politicarnente controvertida, quien como artista y empresario español viajó por varias ciudades, y sus arcas no disminuyeron. El otro modelo era el del también español José Belaval, quien perteneció al elenco de Fournier, como actor principal, y regresó al interior desde Cartagena con otros artistas, antes de embarcarse para Centroamérica.

Las cosas no marcharon como la Sociedad Protectora del Teatro lo había planeado. Se asociaron prácticamente los mismos miembros de la Sociedad Filarmónica, quienes estaban promoviendo tenazmente varios frentes culturales al mismo tiempo. Aquellos calificados de "ricachones" no se asociaron, ni llevaron sus familias al teatro, a pesar de que los periódicos capitalinos colaboraron con campañas de motivación. Estas campañas no eran nuevas; ya en 1846 el redactor del periódico El Duende, gran aficionado al teatro, acudió a la estrategia —quién sabe que tan efectiva-—de someter al escarmiento público a estos "remisos al progreso", al publicar listas con los nombres y la primera letra de su apellido. Antes de la lista el redactor escribió:

Si El Duende quisiese probar, á no dejar duda, que el estado de la riqueza del pais, especialmente de Bogotá, no solo permite, sino que extje que haya constantemente buen teatro para que salgan áluz tantas monedas llenas de moho como existen debajo de siete llaves no tendría nias ¡vive Dios! que abrir la boca para conseguirlo...

Después de la lista agregaba:

A estos podia agregar todavía alguna docena mas [...] ¿ Se nos dirá que no van al teatro porque no les gusta, porque esta diversion no armoniza con sus ideas y principios? Negado, y la prueba al canto. Cuando se da en el teatro una representación gratis, de vale, que no cueste nada, como las de aficionados, entonces, no solo van todos lo que he mencionado sino que se dan de puñetazos por un palco... (8)

Igual ocurrió con el periódico El Trovador, que en 1850 instaba a colaborar con el teatro para que este no se cerrara y decía:

¿Permitiremos que el teatro se cierre indefinidamente? ¿Si declamamos despues contra los ricos que no lo favorecen se nos tratará de comunistas? (9)

Anuncio de la puesta en escena de la obra La Fundación de Bogotá dedicada por Manuel Castel a Honorato Barriga, 1866 (Archivo documental José Ignacio Perdomo, Biblioteca Luis-Angel Arango).

A pesar del fracaso económico de la Sociedad Protectora del Teatro, éste en general y el Coliseo capitalino en particular se beneficiaron. Y los actores noveles recibieron entrenamiento, pues los maestros encargados de la dirección fueron los veteranos José Belaval y Francisco Villalba.

 

EL TEATRO, ASUNTO DE LIBERTAD (1855-1858)

En los primeros días del mes de octubre de 1855, en las principales calles de Bogotá, aparecieron unos carteles anunciando una función teatral para el segundo domingo del mes. La parte de arriba del mencionado cartel informaba sobre la obra del "debut", la "afamadísima" Fernán González, y el reparto, y en seguida incluía la siguiente anotación: "La función no será presidida por autoridad alguna en su calidad de tal. Presidirán la cultura social i el respeto debido al bello sexo. Si la policía tuviere necesidad de asomarse, encontrará franca la entrada para el cumplimiento de su deber" (10) . Esta advertencia formaba parte del manifiesto de la nueva Sociedad Dramática o Compañía de Aficionados, que empezaba temporada en el Coliseo de Bogotá, y lo que realmente indicaba era el propósito de poner fin a la censura previa de las obras y a la vigilancia de la función por parte del alcalde.

El cartel en el siglo XIX ocupó un lugar destacado en la información masiva: los transeúntes, inclusive aquellos que no sabían leer, se agolpaban frente a él y algún voluntario leía en voz alta, lo cual generaba discusión. Por esto, el alcalde contestó inmediatamente el desobediente cartel con un bando en el que recordaba la ley de 1840 sobre censura previa a las obras, no derogada por la última Constitución de la Nueva Granada (1853). Por tanto, él suspendería la función si la Sociedad Dramática no se acogía a la ley.

Los jóvenes "amateurs" escamotearon astutamente los problemas con las autoridades "sometiéndose" a la ley. Por medio de nuevos carteles convocaron a un "convite para una ‘soirée’ artística privada [el subrayado es nuestro] en la casa que llaman Coliseo con el objeto de manifestar a sus favorecedores los progresos de la Sociedad dramática en el arte de la declamación, los de la sección filarmónica en el arte de la armonía, i los del Sr. Ramón Torres en la pintura de decoración". Concluía el cartel diciendo que "los señores que quieran ser convidados" deberán ir a reclamar "su billete de introducción [léase boleta de entrada] consignando 4 reales para el presupuesto de gastos de la Socieda dramatica" (11) .

La presentación anunciada se llevó a cabo con numerosa asistencia. La polémica no se quedó en el aparente triunfo de los comediantes por su habilidad en la interpretación de las leyes. Por intermedio del procurador general se pidió la intervención de la Suprema Corte para que dirimiera el asunto, pues existían numerosas leyes municipales, en especial las de policía, que contrariaban el espíritu de la Constitución de 1853, la cual, sin embargo, dado el carácter genera de una constitución, no revocaba algunas leyes, que continuaban vigentes.

El argumento central del procurador se basó en que

los pueblos mas libres son los pueblos mas morales, así como los mas corrompidos son aquellos en que todas las acciones de individuo están invijiladas, i en donde él i sus propiedades estár rodeados de las precauciones de la policía, puestas en práctica po, una lejion de esbirros que molestan al hombre en todo i en todas partes, so pretesto de protegerlo; (12)

por lo cual, si el hombre tenía la "fuerza" como única autoridad y el "temor" como estímulo para proceder bien, ese hombre estaba viviendo bajo un "sistema represivo", que ya había demostrado ser ineficaz.

En 1856 la Corte falló en favor de la censura previa. Entonces los amigos de la "libertad teatral" consideraron que en la siguiente legislación del Congreso debía ser materia de discusión, porque se trataba de una cuestión de libertad civil y porque bajo la filosofía de la anterior Constitución (1843) se habían dictado leyes paternalistas, autoritarias y represivas", entre ellas las que regían al teatro.

Los defensores de la revocatoria citaron varios artículos constitucionales. Por ejemplo, en el capitulo 1, "De la República de la Nueva Granada y los granadinos’, artículo 5, se leía: "la República garantiza a todos los granadinos: 1) la libertad individual, que no reconoce otros limites que la libertad de otro .ndividuo, según las leyes" (13) . Era claro, entonces, que los límites de la libertad para ejercer el trabajo como actor iban hasta donde se tocaran los limites de la libertad del otro; por lo cual, al existir una censura previa para el artista dramático, se estaba anulando su libertad individual.

Función anunciada para el 10 de junio de 1866 de la compañía Castell.

Como decíamos antes, durante este periodo se había enfatizado en que el teatro era un negocio particular y, a este respecto, el mismo capítulo 1 rezaba: "la República garantiza a todos los granadinos la inviolabilidad de la propiedad; no pudiendo, en consecuencia, ser despojados de la menor porción de ella, sino por vía de contribución general, apremio o pena, según la disposición de la ley, y mediante una previa y justa indemnización...", por lo cual, "los actores con talento o capital propios los emplean en el cultivo de su arte. El lugar de representación y los enseres que se utilizan para dicha ejecución dramática es propiedad privada y ningún censor ni autoridad municipal puede imponer ninguna contribución general, ni apremiar, ni apenar". Desde esta misma óptica se citaba, del mismo capítulo: "la República garantiza a todos los granadinos el respeto del domicilio, la correspondencia privada y papeles particulares, [...] el derecho de reunirse pública o privadamente, sin armas, para hacer petición a los funcionarios o autoridades públicas, o para discutir cualesquiera negocios de interés público o privado, y emitir libremente y sin responsabilidad ninguna su opinión sobre ellos[...]; la República garantiza a todos los granadinos la libertad de industria y de trabajo, con las restricciones que establezcan las leyes". Y otros artículos más que, sin necesidad de hacer pirotecnias filosóficas, estaban en contra de la censura previa.

(continuar)

8 El Duende, Bogotá, núm. 8, 11 de junio de 1846. (regresar 8)

9 El Trovador, Bogotá, núm. 13, 23 de agosto de 1850, pág. 102. (regresar 9)

10 El Tiempo, Bogotá, núm. 40, 2 de octubre de. 1855, pág. 3. (regresar 10)

11 El Tiempo, ibid. (regresar 11)

12 El Tiempo, Bogota, núm.. 43, 23 de octubre de 1855, pago. 1-2. (regresar 12)

13 Las citas de la Constitución  fueron tomadas de Diego Uribe Vargas, Las Constitucio nes de Colombia,, Madrid, Cultura Hispánica, 1985. vol. 2, pág. 972. Los argumentos, del periódico El Tiempo, Bogota, núm.. 60, 19 de lebrero, 1856, pág. 2. (regresar 13)