|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
31, Volumen XXX, 1993
Hasta donde dice Zalamea hermanos
Las guerras de la champaña
Luis
Zalamea
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1992, 368
págs.
H.
D. Thoreau, uno de los célebres poetas
muertos, aconsejaba: Lee los buenos libros primero; lo más seguro es que no
alcances a leerlos todos. Salvo por motivos profesionales, he tratado de ser
rigurosamente fiel a ese principio, cuyo único escolio consiste en que para saber cuáles
son los buenos libros primero hay que leerlos o, por lo menos, hojearlos con alguna
paciencia. Creo, del mismo modo, que entre los muchos placeres que puede proporcionarnos
la lectura, no es el menor, cuando tenemos suerte, el acercamiento a textos solitarios,
insulares e inclasificables, así no nos dejen del todo satisfechos.
Este
que tengo entre manos es uno de ellos. Al parecer su autor, Luis Zalamea, como Daniel
Defoe, ha empezado una carrera literaria en la edad madura. Al parecer ésta es una
segunda obra, pues sabemos de su novela El círculo del alacrán. Y digo al parecer,
porque poco sabemos de alguien que
al parecer pertenece a la
generación de la diáspora, un grupo de cerebros fugados que
está descubriendo poco a poco que hay que estar fuera del país para ser publicado
dentro. Al parecer, según la contraportada, prepara unas Memorias de un diletante, y no
encuentro mejor forma para calificar a Zalamea: un verdadero diletante, en el buen sentido
de la palabra, un autoconfeso alumno del pensamiento rebelde.
¿Qué
es Las guerras de la champaña? ¿Una crónica realista? Todavía no lo sé. ¿Una saga
de la familia Zalamea? Lo ignoro. ¿Una historia de decadencia, digna de un nuevo
Flaubert? Quién sabe. ¿El testimonio de un proustiano extraviado que quiere reconstruir
el pasado de sus antepasados? Vaya uno a saber. ¿Acaso se trata de un espécimen del
género testimonial? Tal vez si, tal vez no. ¿O será
la reaparición abrupta del
anecdótico cuadro de costumbres del siglo XIX? Puede ser. Puede ser también una visión
de historia; la abundancia de datos perfectamente constatables de la Bogotá del 1900 nos
hace pensar en un texto a veces más apto para engrosar el patrimonio histórico que el
literario.
El distintivo de Las guerras
de la champaña, recapitulando, es la abundancia. Si acaso peca por algo, es, y no estoy
del todo seguro, por exceso. Encuentro, eso sí, una infinita capacidad para la digresión
lúdica en el autor. En primer término, no me cabe duda de que en Zalamea, fuera de un
cachaco en el exilio, hay inteligencia, erudición e imaginación, y que conoce como pocos
la idiosincrasia del bogotano raizal, pero ello no nos dice mucho sobre sus valores
literarios. Si el libro tiene virtudes, y estoy seguro de que tiene muchas, no están en
lo que proclama la jactanciosa cubierta que pretende mostrarnos que el libro es muy
importante por cuanto por él desfilan reyes, emperadores, papas, presidentes... y hasta
poetas. Lo cierto es que estos personajes no interesan, pues pasan como simples comparsas.
De lo que no me cabe duda es
de la originalidad de estas páginas. Es un libro diferente. Los términos de comparación
escasean. No es Klim pero tampoco es Antonio Caballero ni Luis Fayad. Yo diría, por otra
parte, que ésta es una obra llena de destellos, tanto en el argumento o argumentos, como
en el estilo o estilos, pues abunda en ambos; y que está llena de olas, flujos y
reflujos, mareas altas y mareas bajas.
Sorprende, en verdad, ver a
los cachacos de antaño, ocurrentes, conversadores, tan novelescos, bogotanos cuya misma
existencia es humorística, y que nadie se tome el trabajo de novelarlos. Personalmente no
dejo de gozar del apunte certero, del chispazo, del calembour elegante, del coloquial
lenguaje vernáculo, de expresiones como no hay tu tía, o nunca le
curtí, o echar guamas, o las del típico carameleo
bogotano. Supongo que en Santafé habrá quienes, aparte de la familia Zalamea, puedan
gustar del libro. En otras latitudes, no me atrevería a afirmarlo. Me ha sorprendido
también la memoria en Zalamea, con semejante lujo de detalles y con una precisión
verdaderamente inquietante, de los recuerdos de un tío. A veces las imágenes son muy
reales. Imagino que si uno le preguntara al autor si algunos episodios de humor son
reales, seguramente respondería con una mirada indescifrable... ¿y usted qué cree? Y
nos quedariamos en las mismas.
En cuatro libros, una trama
cosmopolita que empieza en Huelva y termina en Miami nos enseña la historia de la familia
proveniente de Zalamea la Real. Se desenvuelve alrededor de una deuda de honor, regada con
champaña, la dama de los cabellos de oro, o rubia embriagadora de
burbujas divinas, tan superior a bebidas como el whisky, que no pasa de ser un
brebaje de bárbaros clanes escoceses. A la vez es la historia de
Zalamea Hermanos, próspero negocio que floreciera antaño en la mismísima
Plaza de Bolívar a punta de vender fusiles y municiones a uno y otro bando en las
gueitas civiles que nunca faltaban en Colombia , del que sólo quedó el dicho popular,
guardado en la nostalgia: Hasta donde dice Zalamea Hermanos, en alusión a
viejas historias de puñales... Tenemos también un complicado árbol genealógico en el
cual lo único que nos queda claro es que hubo un montón de Zalameas Bordas, debido a que
tres caballeros Zalameas se casaron con tres niñas Bordas, formando así la triple
alianza Zalaniea-Borda.
El libro I es quizá el más
interesante. La historia del periodista Alvaro Valenzuela (quien habría legado por
testamento sus notas a Zalamea, con el fin de que completara la novela) y de su entrevista
al huraño don Jesús Gabriel Zalamea, en la hacienda Casa-
blanca, en Sopó, es bastante
prometedora. El entrevistado es descrito como lo hubiera hecho Dickens: honorable,
terco, amante de decir la verdad, de buen ánimo, plagado de prejuicios y totalmente
irrazonable. Con la misma gracia vemos al mayordomo, que despide ese olor a
aimojábana rancia tan propio de los campesinos sabaneros. Acaso el libro hubiera
podido continuar en esa tónica, pero Zalamea, al parecer, es amigo de dispersión y de
diversidad.
El libro II, Del baúl
de Carmen, me parece poco convincente y, como tal, está enclavado en medio del
libro, restándole fluidez y credibilidad al relato. En primer término, el autor pasa
abruptamente al género epistolar y adopta voz femenina, por boca de la tía Carmen, al
viejo modo de Richardson o de Lacios. Se me antoja que su lenguaje no es el de una mujer y
menos de principios de siglo, aunque seguramente, si se preguntara al autor, nos diría
que todo lo relatado es rigurosamente cierto y que puede mostramos la prueba en las
propias cartas de su tía. Podría serlo, pero en ese caso se haría cierto el proverbio
que reza que la ficción suele ser más convincente que la realidad. Fuera de eso, el
discurso es interrumpido de pronto con nuevos capítulos. ¿Disculpa para intercalar
nuevos epígrafes? Y es que la novela está perforada por epígrafes por todos lados. Esto
no tiene nada de malo, salvo su importunidad en este capítulo. En otros apartes creo
estar leyendo Heidi. Toda esta sección está surcada por la presencia, tampoco
convincente, de José Asunción Silva, más como fantasma que otra cosa.
El
alibi es un presunto préstamo que pidiera sin éxito el poeta, poco antes de su suicidio,
a papá Zalamea, cuya hija heredará una vergüenza eterna. En sueños Carmen y José
Asunción eran una sola sombra larga en la hacienda Casablanca; y cuando uno piensa que
muy probablemente el paisaje evocador del famoso nocturno estaba situado en la hacienda de
los Silvas, sobre la actual calle 72, cualquier encanto se desvanece. El amor por Silva es
sustituido por un amor apasionado por un cursi y arruinado noble europeo, quien
previsiblemente, se suicida de despecho ante los
desplantes de la criolla
acomodada. Por cierto, la figura de Carmen es un buen ejemplo de la vida de
parásitas de invernadero de nuestras señoritas de sociedad. Su llegada a Bogotá
es ciertamente divertida: ¿Y quiénes viven allí? Gentes enanas, vestidas de
negro, de caras arrugadas como uvas pasas. ¡Dios mío! ¿Sería así siempre nuestra
gente, tan fea, triste y pobre? Recuerdo mi vecindario de la Rive Gauche y por milésima
vez me hago el propósito de no pensar en este cielo toldado y bajo que me ahoga, que
asfixia a Bogotá, que aplana los cerros y arruga y empequeñece a los bogotanos [...]
Entre más enanas, jorobadas y feas me parecen las gentes en la calle, más altos y
gallardos veo a papá y mis hermanos. Más gráfico no se podía ser. La
superioridad étnica de los Zalameas no tiene dudas: Todos descollaban por su altura
y gallardía de lores entre las gentes enanas y feas de Bogotá. Párrafos que
desatarían la ira de los indigenistas y las risitas cómplices de la gente
bien y, por qué no decirlo, del lector imparcial. La xenofilia y el repudio a
esta pobre tierra de gentes mezquinas y mediocres es una constante en el
libro:
... los ingleses son los únicos que han dicho cosas realmente importantes,
y cuando ellos no lo hacen, salen al quite los irlandeses. Londres es lo que
más se parece en el mundo a una raza urbana perfecta. Por ello gentes de todo el planeta
viajamos a Londres a aprender cómo se hacen correctamente las cosas. Recalca la
amabilidad, por fría y lejana que sea, de los londinenses, frente a los cuales los
yanquis son unos patanes. Para no hablar de nuestros lobazos de levita. Zalamea
suscribiría gustoso la boutade de lord Beaconsfield: En el mundo sólo hay de
verdaderamente interesante París y Londres; y todo lo demás es paisaje. Y acaso no
le falte razón.
El libro III, Benito, o sea el padre
del autor, resulta una especie de memorias de ultratumba. Apela al recurso de poner a
hablar a un muerto acaso sin justificación, ni siquiera para facilitar el
acercamiento a la figura de Guillermo Valencia. Aparte de que nos enseña que alguna vez
Benito Zalamea retó a duelo a Olaya Herrera (sorprende que se tomara la molestia de
retar, como a un igual, a un representante de la chusma boyacense), es un buen
acercamiento a la mentalidad de esa especie en vía de extinción que es el cachaco.
Benito dice en alarde de frío cinismo: De ahora en adelante cortejaré sólo
a muchachas con las cuales se puede resolver el problema de un hijo o de una ruptura
amorosa regalándoles una máquina de coser Sínger.... Luego da consejos a sus
hijos: Cuando seas hombre procura ponerte siempre camisa blanca y no tratar a
colombianos en el exterior. ¿Ves a ese señor con un sobretodo que tiene las
solapas forradas de terciopelo? Eso es ser cursi. Los costeños, como buenos
caribeños, son un ejemplo de lo congénitamente cursi. Este aparte está
poblado de apuntes irreverentes heredados, según él, del hedonismo chibcha que corre
loco por nuestras venas sabaneras, que nos habría librado del tropicalismo,
esa mezcla de cursilería, grandilocuencia y concupiscencia... Es lo que diría el
presidente Jorge Holguín, un aristócrata bogotano de cara de bobo pero político
astuto, en su frase memorable: Fuera de Bogotá todos los hispanoamericanos
hablan como costeños.
Llegamos, pues, al libro IV,
Tomás Antonio, el de las guerras de la champaña, grandiosas y
espectaculares batallas que, al final, no afloran por ninguna parte y se quedan en un
remedo de grandeza, del cual la propia vida de Tomás Antonio puede ser la mejor
alegoría. Los batallones de la guerra iban a ser los viñedos champañeses contra los
consumidores de Colombia, según una apuesta empeñada con uno de los más grandes
viticultores del viejo mundo.
Tomás Antonio será el
único de los Zalameas que no se casará con una Borda porque, ala, ¿no te parece falta
de imaginación que cuatro hermanos se casen con cuatro hermanas? Al más apuesto y
finalmente más venido a menos de ellos, la fortuna familiar le permitirá jugar al
soldadito prusiano durante casi un lustro. La cumbre de su gloria será el episodio en el
cual su apostura es elogiada por el propio káiser. Lo demás no es más que decadencia. Y
si a pesar de su mesura cachaca hay que reprocharle al autor que las escenas de cama a lo
largo del libro son francamente brutales, en esta sección, algo sorpresivamente,
demuestra dotes inexploradas para la novela erótica en los episodios de Tomás Antonio
con Amata Claudia, baronesa von Arnim, una tolle frau, una real hembra,
valkiria lujuriosa para quien el peligro era un afrodisiaco tan potente como los
perfumes, las imágenes reflejadas en los espejos o la champaña..., en los que se
demuestra que lo que en Colombia seguía siendo pecado mortal, en Alemania se
consideraba instinto ancestral... Al final, el recuerdo que el gallardo mozo
guardará de ella a su regreso será un terrible mordisco en el pulgar derecho, cuya
huella llevará consigo el resto de su vida, que transcurrirá en un tugurio de los
barrios altos de Bogotá, refugiado en la sabiduría de Nietzsche, arrejuntado
con una pobre vergonzante, Dolores Larrota. Ni Dickens hubiera podido
inventar un nombre más gráfico para este personaje que despedía un olor
ligeramente agrio a mujer guardada demasiado tiempo en un desván. La seducción de
Dolores Larrota fue tan larga como aburridora y transcurrió en salones de onces y
bizcocherías de medio pelo...
Un
postrero glosario de colombianismos nos deja adivinar que este libro ha sido publicado
antes, tal vez en otro idioma y para otros públicos.
A pesar de lo ya anotado, o quizá
a causa de ello, debo advertir que esta vez mi lectura ha sido eminentemente subjetiva, y
que no quiere dementar un libro que se ha dejado leer con mansedumbre. Para mi la lectura
ha sido grata, lo cual, a mis ojos, es el único argumento válido para justificar un
libro.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
|