|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
El problema de la documentación
Un primer nivel de acercamiento documental al
problema de las condiciones de selección de las elites universitarias, es entonces, el
del examen de las condiciones y requisitos legales de acceso a la institución, tal como
ellos aparecen formulados en el estatuto universitario.
Se podría argumentar, con aparente razón, que
las condiciones estatutarias no resultan garantía suficiente para mostrar que los
escolares tuvieron siempre y en todo lugar lo exigido por la corporación en términos
sociales, raciales y morales. Es posible. Sin embargo, vale la pena una observación: el
estatuto de una corporación como la que aquí analizamos no puede ser interpretado como
una simple "superestructura teórica" por debajo de la cual se encontraría la
riqueza de un conjunto de prácticas reales que no le corresponderían. No sólo el
estatuto universitario formaba parte integral del accionar de la institución, sino
que demostró una dureza, una fijeza, una capacidad de permanencia y de resistencia que
verdaderamente asombra. Todavía en 1830, más allá de la legislación educativa nacional
que trataba de imponer la nueva república, se encontraba vigente en las prácticas
escolares concretas de los dos colegios-universidades de Bogotá. El estatuto y el
carácter de cuerpo dieron a la institución escolar superior un mecanismo de
defensa de gran eficacia contra el posible acceso de otro grupo social cualquiera, aunque
en verdad las grandes batallas por acceder a la corporación universitaria no se dieron
nunca entre miembros favorecidos por el privilegio y grupos sociales pertenecientes a otra
condición social, sino entre los propios sujetos dotados de las condiciones para
pertenecer a ella, hecho en que se concretaba también esa atmósfera social cargada y
enrarecida que constituye el elemento en que respiraba la sociedad letrada.
|
|
|
Colegio Mayor del
Rosario: Claustro y estatua del fundador (Fotografía de Roberto Marín).
|
Pero es
posible agregar otro elemento más: si antes hemos hablado del "estatuto" en
forma singular, habiendo por lo menos en Santafé dos instituciones universitarias, ello
tiene que ver con el acuerdo fundamental existente en torno de las condiciones sociales,
raciales y morales del aspirante, no encontrándose en este punto sino una diferencia de
importancia: el hecho de que el Colegio del Rosario tuviera como norte de su función
educativa la preparación de elites seculares y hubiera tratado de mantener siempre una distancia del mundo de los regulares, tal como lo
consignaron sus constituciones
(2)
.
En todos los
demás puntos que tenían que ver con las condiciones de ingreso el conjunto de los
estatutos fue unánime, y no sólo en Santafé sino en todo el territorio. Sean las
constituciones del San Bartolomé a finales del siglo XVI, o las del Colegio del Rosario,
a mediados del siglo XVII, o las del Colegio-seminario de San Francisco de Asís, en
Popayán, en 1742, o las del Colegio-seminario de San Carlos, en Cartagena de Indias, en
1787, la "repetición enunciativa" fue siempre constante, posiblemente porque el
modelo original también permaneció inalterado: lo determinado por el Santo Concilio de
Trento para la fundación de Colegios-seminarios, lo incluido en las Constituciones de
Salamanca (España), o las disposiciones y prácticas habituales de
la Universidad de Lima, en el Perú
(3).
Como veremos más adelante, modificaciones importantes no aparecen sino muy a finales del
siglo XVIII, casi al final de la propia sociedad colonial. En 1787, en el plan de estudios
del arzobispo-virrey don Antonio Caballero y Góngora; en 1803 en el plan de estudios del
Colegio de San Pedro Apóstol, en Mompox, y en 1805 en el estatuto
del Colegio de San Francisco, en Medellín
(4)
. Quizá pueda
leerse ahí, como se dice no sin cierta gracia, el "signo de los tiempos". Pero
para los años que cubre propiamente la sociedad colonial, la uniformidad de estatutos y
constituciones se mantuvo, y por eso representa una superficie adecuada para investigar el
problema del perfil histórico de las clientelas universitarias.
|
|
|
Plazoleta del Colegio Mayor de San Bartolomé (Fotografía de Ernesto Monsalve).
|
Pero la investigación del problema histórico
de la selección de las elites escolares sobre la base única de estatutos y
constituciones presenta, entre otras, una dificultad que vale la pena mencionar: en
general nos entrega un informe detallado de las condiciones exigidas, pero tan sólo para
un punto preciso en el tiempo, aunque muchas otras noticias diversas y dispersas nos
confirmen en la idea de su larga vigencia. Es por eso necesario combinar este tipo de
registros institucionales, casi que jurídicos, con otros que puedan dar
informaciones sistemáticas y masivas ("hechos anónimos de masa"), que nos
permitan leer la marcha regular del proceso.
Este otro
punto documental que permite reconstruir el perfil histórico de los escolares en la
sociedad colonial, es el de las informaciones. Ocurre que por estatuto todo
aspirante a la corporación debía realizar el "procesillo", una práctica que
reproducía los procesos judiciales de "hidalguía y nobleza", tan frecuentes en
aquella época. Presentada la solicitud de beca del colegio, bajo la gravedad de su propio
juramento y el de los testigos que informaban, el pretendiente
debía ofrecer respuestas sobre su condición social-familiar, pasada y presente
(5)
. Y es ese requisito de estatuto el que permite
hoy contar con un número suficiente de datos sobre las calidades sociales de los miembros
de la Corporación universitaria, datos que permiten observar hasta que punto la
universidad santafereña cumplió fielmente con el ideal de intelectual que para el
Colegio del Rosario había propuesto el arzobispo Cristóbal de Torres, desde su
fundación en el siglo XVII:
Por cuanto los colegiales que de presente constituyen el colegio son lo
esclarecido en nobleza de que consta este Reino, deseamos que esto se
continúe en cuanto fuera posible
(6)
.
A través de un sistema ritualizado de
preguntas, sistema que para la vida interna de los colegios en Santafé se encontraba aún
vigente en 1830-1840, el pretendiente debía probar su legitimidad y "aun la de sus
padres y abuelos"; el hecho de que su familia no hubiera tenido "oficios bajos y
mucho menos infames"; que sus familiares y menos él, "hubieran tenido sangre de
la tierra" y "si la hubieran tenido haya salido, de modo que puedan tener un
hábito de nobleza"; que no hubieran tenido líos con las "justicias" ni
hubieran sido penitenciados por el Santo Oficio; que fueran patrimoniales o por lo menos
españoles que gozaran de sus mismos privilegios; y que fueran personas "de grandes
esperanzas para el bien público".
Este conjunto de condiciones referidas al origen sociorracial, a la
situación moral, y digamos que política, pues en períodos muy precisos por
ejemplo, en los años de la Revolución de los Comuneros o en los de la Reconquista, ya en
el siglo XIX se preguntaba por las "fidelidades" y se hacía jurar al
soberano, marcó de manera definida el tipo de colegial que conoció la sociedad
neogranadina, y es la comprobación de su permanencia la que permite afirmar con cierta
solvencia documental, el carácter de "larga duración" de ese proceso y de esas
condiciones. El conjunto de las informaciones de archivo muestra que esa fue la situación
por lo menos entre 1600 y 1830, aproximadamente, (como ejemplo parcial de un
proceso comprobado, véanse en el anexo los cuadros 1 y 2 y en el capitulo II del libro
mencionado al principio de este texto toda la información estadística correspondiente
). Todo parece
indicar, pues, que en su funcionamiento práctico, cotidiano las instituciones
universitarias coloniales cumplieron con gran exactitud la definición que de un Colegio
Mayor había hecho fray Cristóbal de Torres:
[...]
propondremos la definición de un Colegio mayor que viene a ser congregación de personas
[...] escogidas para sacar de ellos varones insignes, ilustradores de la república con sus grandes letras y con los puestos que merecerán
con ellas [...]
(7)
.
|
|
|
Detalle del mural del Colegio
Mayor de San Bartolomé donde aparecen los primeros graduados (Fotografía de Ernesto
Monsalve).
|
EL DECLIVE DE LAS CONDICIONES SOCIALES DE
SELECCIÓN
Hemos sostenido en las páginas anteriores que
los elementos centrales del perfil sociocultural de la clientela universitaria en la
sociedad colonial fue producido por la institución a través de las formas de selección,
en cuanto a sus rasgos esenciales, aunque un cuadro más completo y hasta
minucioso tendría que hacer intervenir con mucho mayor fuerza las características
de las disciplinas que se enseñaron, lo mismo que de los respectivos saberes que
circularon, lo que aquí hemos obviado.
Se puede
afirmar, así mismo, que para finales del siglo XVIII, aunque es difícil fechar con más
precisión, se encuentran presentes los elementos que irán desestructurando esas formas,
los que no dependen de manera simple de cambios internos en la institución universitaria,
sino que tienen que ver de manera precisa con los procesos de cambio demográfico y
económico, con las formas de diferenciación social a que se habla llegado en la Nueva
Granada, y particularmente con transformaciones en el plano de la cultura y las
mentalidades, procesos todos de los que no puede dar cuenta en forma acabada sino una historia general del virreinato en el siglo XVIII, en especial en
su segunda mitad
(8)
.
Hay que anotar de entrada que para las
instituciones de enseñanza superior ese proceso de descomposición de sus formas de
reclutamiento tiene que ser pensado como un proceso de lucha y enfrentamiento, como un
proceso largo caracterizado por una lenta transición, que expresaba tanto el carácter
poco acabado de los desarrollos inéditos que se encontraban en curso, como las grandes
resistencias de la corporación para acomodarse a las nuevas condiciones de una sociedad
que empezaba a mostrar los síntomas de poder organizarse sobre bases distintas de las del
señorío estamental. Y en ese proceso de resistencia al cambio, la corporación y las
fuerzas sociales que ahí se expresaban, en particular grupos tradicionalmente
privilegiados de la intelectualidad eclesiástica y civil, pudieron demostrar toda su
capacidad de autonomía y su gran veteranía para poder intervenir en las luchas de poder.
|
|
|
Estampilla conmemorativa
de la fundación del Colegio Mayor de San Bartolomé (Fotografía de Ernesto Monsalve).
|
|
Este proceso
de resistencia al cambio fue de tal magnitud que lo encontramos aún avanzado el siglo
XIX. Si bien durante los años de independencia y guerra de liberación que le siguió los
colegios santafereños tuvieron un funcionamiento por completo irregular, iniciada la
nueva organización republicana bajo el gobierno del general Francisco de Paula Santander,
planteados proyectos de reforma educativa y de creación de la universidad central y en
marcha algunas de las medidas que tendían a modificar el papel de la Iglesia en la
sociedad, las vetustas corporaciones universitarias producto de la vida colonial
intensificaron todas sus posibles formas de resistencia, hasta tal punto que, por lo menos
para algunos años, se podría caracterizar su labor como formando parte de la estrategia
global de las fuerzas opuestas al cambio, por lo menos si se evalúan los efectos de
tales resistencias.
Esas
resistencias que mencionamos, que nos prueban la gran autonomía de las corporaciones y de
los intereses sociales que agenciaban, no revistieron siempre, o mejor casi nunca, la
forma de un enfrentamiento directo, sino que se materializaron más bien a través de una
táctica compleja que bajo la rutina y la inacción burlaba los elementos de cambio
inasimilables, reutilizaba y reconducía otros y, en fin, sacaba partido de muchas medidas
que resultaban de su conveniencia. Es así como intervenidos los colegios de San
Bartolomé y del Rosario por el gobierno del general Santander, fueron capaces de sacar
provecho, por ejemplo económico, de su política educativa, y resistir sobre todo
por la vía de la inacción lo que en esa política cultural eran elementos que tendían a modificar el carácter de esas viejas
corporaciones
(9)
.
Continuar
(2) Guillermo Hernández de Alba, comp., Documentos para la historia de
la educación en Colombia, t. II, Bogotá, 1969-1985, pág. 63. En adelante Doc.
(Regresar a 2)
(3)
Véase Doc., t. 1,
págs. 89 y 90; también págs. 102-108; y Archivo General de la Nación, Colonia, Reales
cédulas, 1. XXIX, ff. 892-1040. Para lo referente al Concilio de Trento véase El
sacrosanto y ecuménico Concilio de Trento..., según la edición auténtica de
Roma (París, 1847). (Regresar a 3)
(4) A.G.N., Anexo, instrucción pública, t. II, ff. 198-218 y, y t.
IV, ff. 206-232. También Biblioteca Nacional, Sala de Libros Raros y Curiosos, manuscrito
338, IT. 225-253. (Regresar
a 4)
(5) Véase Doc., t. II,
pág. 64. (Regresar a 5)
(6)
Idem, pag. 57.
(Regresar a 6)
(7)
Idem.
(Regresar a 7)
(8) Para una caracterización general del proceso véase Jaime Jaramillo
Uribe, Ensayos sobre historia social colombiana, Bogotá, 1968. (Regresar
a 8)
(9) Información amplia y valiosa sobre este punto de las estrategias y
tácticas de las viejas universidades coloniales a principios del siglo XIX puede verse en
A.G.N., Anexo, Instrucción pública, t. IV, ff. 691-714v. (Regresar
a 9)
|