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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
EL APOGEO Y EL CERCO
Pocas oportunidades tenían los criollos de
hacer populosas demostraciones de vasallaje político a la máxima autoridad del Estado,
como las juras de fidelidad al rey con motivo de su coronación. Don Luis debía de
entender las ventajas de estar al frente de esas celebraciones en la capital del
virreinato cuando decidió, en 1789, abrir su boyante bolsa para financiar con largueza la
que a la postre sería una de las ceremonias públicas de más brillo y más emotivas de
cuantas hubo en la historia del Nuevo Reino de Granada.
Reflejando
la movilidad política alcanzada por él con respecto a su padre, quien había financiado la jura del rey Fernando VII con pomposas ceremonias y
fiestas públicas en Ibagué
(36)
, don Luis invirtió suma considerable de pesos,
según Restrepo Sáenz
(37)
, en las fastuosas celebraciones que organizó
en la capital del virreinato para la jura al rey Carlos IV, en el año de la toma de la
Bastilla y del comienzo del pánico que desataría la Revolución Francesa.
Esta entusiasmada demostración de vasallaje
político y de poderío económico pudo estar asociada con la liberación de su pariente
el marqués de San Jorge, preso con motivo de su participación en el movimiento comunero,
como también ser la expresión agradecida de la bonanza de sus empresas a costa del
Estado y, sin duda, del interés de afianzarlas a través de su relación con instancias
superiores del poder real. Al año siguiente, en 1790, remató el cargo de alférez real
de Santafé, cuando contaba 38 años de edad y era casado con hija de un influyente
abogado de la Real Audiencia. Como tal recibió, dos años después, el reconocimiento del
rey, quien lo condecoró en 1792 con la cruz de la real y distinguida orden de Carlos III,
según afirma Restrepo. Esta distinción, hecha en un momento de fricción entre la elite
criolla y la alta burocracia virreinal, podía representarle aparentes ventajas en sus
actividades, en un momento en el cual, queriendo aumentar su participación en el abasto
de miel, se le mermaba.
En efecto,
según representación hecha al virrey en 1791 por el apoderado de Caicedo, don Fernando
Benjumea, los perjuicios a su parte por la reducción de las mieles obedecían "lo
primero, [a] no tener [...]
otro consumo, que laborarlas para el abasto de esta
real fábrica sin haber tenido nunca otra aplicación desde la creación de este fruto, en
sus haciendas; y lo segundo no haver en contreras ni en saldaña (haciendas de mi pte)
consumidores pa este fruto. No sucede así con los demás cosecheros, pues les quedan el
advitrio de hacer dulces, melados, panelas, alfandoques o vender la miel para batir
chicha, cuyos frutos son muy consumibles y de mucha estima en todas estas
inmediaciones, en donde se hallan las haciendas de los demás obligados [...]
(38)
.
Animado por
la condecoración y aprovechando los privilegios que ella daba en el mundo de los negocios
con el Estado, grandes proyectos empresariales concibió el alférez real de Santafé de
Bogotá. El principal de ellos consistió en comprar a censo redimible
una cuadrilla de 152 esclavos con plazo de ocho años a partir de 1793
(39)
.
Esa era la respuesta de Caicedo,
después que el cabildo de dicha ciudad le hubiera comisionado para visitar las haciendas
de la Mesa y de Tocaima en inspección del cumplimiento de la real cédula del 31 de mayo
de 1789 que establecía normas obligantes de los amos al buen trato de sus esclavos y que
al parecer tuvo muy poco cumplimiento, según las reacciones de los
hacendados esclavistas
(40)
.
Es probable
que bajo el efecto de dicha cédula real se hubiese producido la aparentemente cuantiosa
transacción de esa cuadrilla, pues de su propietario existen versiones
sobre su crueldad con los esclavos y su generosidad con los de su clase
(41)
. Se trata de don Clemente Alguacil, gran
productor de miel y abastecedor de la Real Fábrica de Santafé.
¿De dónde
procedían esos esclavos? Alguacil era, desde hacia algunos años, propietario de la
hacienda o trapiche de Tena, que había sido, hasta 1767, de la comunidad jesuita. Como se
anota en otro lugar, la Compañía de Jesús tenía, en el momento de ser expulsada de las
colonias, numerosos esclavos y haciendas entre otros bienes. En la provincia de Mariquita,
según datos de 1770, el valor de ellas con sus 598 esclavos era de 260.556 patacones cifra un poco menor que el valor de las situadas en la
provincia de Popayán
(42)
. De esa
cantidad de esclavos, 179 pertenecían al trapiche de Tena.
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Vistas parciales de las ruinas de la fábrica de miel de la Hacienda Santa
Bárbara (Fotografía de David Oviedo).
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Por otra
parte, existen varios indicios sobre las tensas y conflictivas relaciones de esas
cuadrillas en particular con sus nuevos amos. Uno muy próximo al trapiche de Tena es el
de don Isidoro Maldonado, regidor del cabildo de Purificación, quien, probablemente
gracias a las influencias de don Luis de Caicedo, se convirtió en el propietario de la
hacienda de la Vega, también expropiada a los jesuitas. Luego de tomar posesión de
ésta, Maldonado escribió: "que haviendo recibido la enunciada hacienda [halló] la
quadrilla disminuida y ociosa, hasta llegar al estremo de haverse sublevado por tres
ocasiones de que resultó tomar la providencia [...]
como es notorio de vender
todos los cómplices y sus familias, hasi para precaver los riesgos
de [su] vida como para asegurar sus ymportes..."
(43)
.
A partir de
este momento, Caicedo fue el mayor propietario esclavista de todo el alto Magdalena,
superando inclusive a su pariente, el marqués de San Jorge, quien en ese momento contaba
en su hacienda de Mátima, jurisdicción de Tocaima, con 135 esclavos, dedicados principalmente a la producción de mieles para el abasto de
Santafé y su fábrica de aguardiente
(44)
. El valor de la transacción fue de 27.000 patacones, suma que aparentemente era
una cuantiosa inversión para un empresario agrícola como Caicedo.
El costo de
tan numerosa cuadrilla no significó para Caicedo una inversión de capital de esa
magnitud; sólo hizo un desembolso de la quinta parte de su valor y el resto todavía lo
adeudaba a comienzos del siglo XIX, como se verá. En este caso, la tesis de Tovar en el
sentido de que el desarrollo de la gran empresa agrícola y ganadera durante el siglo
XVIII hubiera radicado en "la necesidad de una alta inversión
de capital" resulta inapropiada
(45)
.
En el apogeo
de su prestigio político y de su éxito empresarial, las proyecciones de Caicedo tendían
a desbordar los limites objetivos que en la región tenía la industria del aguardiente y
su principal materia prima.
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Ruinas
del trapiche de la misma hacienda (Fotografía de David Oviedo).
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La propuesta
que le fue rechazada a Caicedo en 1792 consistía en transportar gratis en sus barquetas
por el río Magdalena hasta Purificación y San Luis la cantidad de mil ochocientas
botijas de aguardiente anuales durante un decenio, a cambio de que se le aprobara una
contrata de 5.000 cántaras de miel anuales para la fábrica de Honda. Este caballero
argumentaba que la operación de transporte de aguardiente en ese período le costaría a
la real corona 18.000 patacones, los cuales cedería a favor del real erario, de serle
aprobada la propuesta.
Los
herederos de don Joseph de Mesa y Armero y los otros contratistas pidieron al virrey
"desechar y despreciar la solicitud de Don Luis Caicedo [pues ella haría que] las
mieles de [sus] trapiches [...]
quedaran sin salida, sus caudales consumidos y
arruinados [...]
y verse en ese caso arruinado en Mariquita,
Honda y Guaduas aquel ramo de agricultura [...]
(46)
. Como se anotó, la presión de estos
hacendados frenó el ímpetu expansivo de Caicedo, a quien sólo se le recibiría hasta
tres mil cántaras anuales durante la vigencia de la contrata.
Entre tanto
la actividad política en Santafé de Bogotá y particularmente las relaciones entre
sectores de la elite criolla y el virrey se tornaron ásperas. Un momento crucial fue la
inesperada intervención del virrey en la elección del alcalde de dicha capital en 1796.
La intervención consistió en el nombramiento de un español cuando el
cabildo se inclinaba por la elección del alférez y caballero don Luis de Caicedo
(47)
. A este hecho se sumó una demanda que ese
mismo año hiciera doña Teresa Ponce, hacendada de la villa de Honda y abastecedora de la
fábrica, contra Caicedo. Los términos de la demanda no aparecen en las fuentes
consultadas. Curiosamente, a fines de ese año, el virrey obtuvo del administrador de la
fábrica un informe sobre la mala calidad de las mieles que Caicedo había estado enviando
desde septiembre de 1796. Dicho informe las calificaba de "débiles, escasas de peso,
agrias rebueltas tal vez con miel de purga qe despide el azucar o
procedidas de caña falta de sazón [...]
(48)
. Con pretexto de ese informe le fue suspendida la contrata a Caicedo,
suspensión que el propio rey confirmaría en 1797. Caicedo reaccionó solicitando se
investigase la causa de la mala calidad del aguardiente destilado en la fábrica
de esa villa. En efecto, así se hizo, y con derroche de detalles técnicos
(49)
. Sin duda, la medida tenía fuerte contenido
político y su finalidad, asociada a la de otras acciones, era reprimir los brotes de
altivez criolla y agitación subversiva.
Apremiado
por la acumulación de mieles en su trapiche, Caicedo optó por hacer postura al estanco
de los partidos de San Luis, Purificación e Ibagué, "[...] para lograr a este mismo
tiempo dar salida a las muchas mieles que se benefician, y labran en mi hazda de Sta Bárbara de Contreras, a las que en mucha parte oi no puedo darle
destino [...]"
(50)
, decía
en su propuesta argumentando que dicho sistema era útil al pueblo, "que mira con
orror, y con fastidio el licor fabricado en Honda, y que resulta de pésima
calidad, se dispone sin aseo, y es consiguiente la general repugnancia que causa
(51)
.
Agregó que en caso de no aceptársele su
propuesta, se vería en la dramática necesidad "de quemar
muchas labores, y perder por consiguiente sus frutos [...]
(52
)
.
Esta vez su
propuesta concitó en su contra, ya no la reacción de los hacendados competidores, sino
la de un influyente y viejo burócrata de la real hacienda, don Bartolomé Tello de
Meneses, estanquero de la villa de Purificación y emparentado con la elite comercial de
Honda. Este pidió que fuera rechazada "la propuesta hecha pr Dn Luis Cayzedo [...]
por violar las leyes que prohibían a personas poderosas ser
arrendadoras de rentas", y Caicedo, decía Tello
(53)
era caballero de la orden militar, regidor y
alférez real de Santafé.
La
compensación que buscaba Caicedo a la cancelación de la contrata de mieles era
atractiva, pues la renta de Ibagué, Purificación, San Luis, según su administrador, había producido entre 1791-1795 un total de 49.485 patacones líquido a
favor del rey
(54)
Continuar
(36) Un resultado de ellas fue la Loa representada en Ibagué para la
jura del Rey Fernando VI, escrita por el tratante de origen siciliano don Jacinto de
Buenaventura, avecindado en esa ciudad desde 1727. Su texto aparece reproducido en, Materiales
para una historia del teatro en Colombia, Bogotá, Biblioteca básica
colombiana, t. 33, Colcultura, 1978. (Regresar a 36)
(37) José María Restrepo Sáenz, op. cit., págs.
422-423. Al parecer, las celebraciones de esta jura superaron también a las organizadas y
financiadas por don Jorge Lozano de Peralta, pariente de don Luis, en la jura de fidelidad
a Carlos III, el 24 de agosto de 1760. (Regresar a 37)
(38) ANC, Tierras Tolima, ff. 580-581v. Beenjumea seria
rematador de diezmos en el pueblo de Coyaima y Purificación a la vez que propietario de
una de las haciendas de los jesuitas en Ibagué, donde a comienzos del siglo XIX intentó
fomentar el cultivo de arroz a escala comercial.(Regresar a 38)
(39) ANC, Notarías de Bogotá, 1. 1784-1800, f. 14r.,
Notaría 3a. (Regresar a 39)
(40) Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos de historia social, t.
1, Bogotá, Ediciones Uniandes. Tercer Mundo, 1989, pags. 31-35. (Regresar
a 40)
(41) Véase Alejandro Carranza, San Dionisio de los
Caballeros de Tocaima, Bogotá. Editorial ABS, 1941, págs. 200 y 219. Véase también
Medardo Rivas, Los trabajadores de tierra caliente, 4a, edic. Bogotá, Ediciones
Incunables, 1983, pág. 14. (Regresar a 41)
(42) ANC, Temporalidades, t. 29, ff. 234-239; t. 7, ff.
326-334. (Regresar a 42)
(43) ANP, t. 1790-1793, f.
109. (Regresar a 43)
(44) Jairo Gutiérrez, El marqués de San Jorge, un empresario colonial
de la Nueva Granada, ponencia, VII Congreso de Historia de Colombia, Popayán, 1990.
Inédito. (Regresar a 44)
(45) Hermes Tovar, op. cit., pág. 97. Durante la
década de 1780 la empresa de Santa Bárbara le generó a Caicedo un promedio de 3.100
pats., aproximadamente, aunque Caicedo objetaba este cálculo "por ignorar el costo
de las moliendas, los bogas y otros muchos gastos" 50 A (ANC, Aguardientes Tolima, t.
5, ff. 517-579r. Hacia 1768 la hacienda exjesuita de Doima, cercanta a Ibagué, rentaba
3.000 pats., anuales). Para entender esta cifra conviene mencionar que, según el cálculo
de las ganancias de los veinte mayores comerciantes antioqueños a fines del siglo XVIII
hecho por Twinamn (op. cit., cuadro 18, pág. 150), sólo dos de ellos superan la
cifra de 3.000 pats., sin exceder los 3.600 pats., entre 1792-1805. (Regresar
a 45)
(46) ANC, Aguardientes Tolima, t. 5, ff. 662-664r.
(Regresar a 46)
(47) Agradezco a Margarita Garrido haberme advertido de este
acontecimiento. (Regresar a 47)
(48)
Ibid., f. 9l7r. (Regresar a 48)
(49)
Ibid., ff. 517-579 (Regresar a
49)
(50)
Ibid., f. 917r. (Regresar a 50)
(51)
Ibid., f. 917r. (Regresar a 51)
(52)
Ibid., f. 917r. (Regresar a 52)
(53)
Ibid.,
f. 896v (Regresar a 53)
(54)
Ibid.,
1. 899v. (Regresar a 54)
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