|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
32, Volumen XXX, 1993
Los cuentos tristes
La casa del fuego y de la lluvia
Milciades Arévalo
1992, 119 págs.
Esta risa no es de loco
Medardo Arias Satizábal
1992, 70 págs.
La caja de música
Mauricio Peñaranda Castillo
1992, 69 págs.
Mariposas negras sobre la ciudad
Jesús Rincón Murcia
1992, 167 págs.
Acerca y de lejos
Celso Román
1992, 127 págs.
El informe de Galves
Roberto Rubiano Vargas
1992, 137 págs.
El retablo del reposo
Guido Leonardo Tamayo
1991, 87 págs.
Estos cuentos de la "nueva literatura
colombiana" así se denomina la colección dan una triste seña de
lo que hoy se escribe en este país. Y, puesto que han sido premiados en el Concurso
Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá, quizá puedan tomarse como muestra representativa.
Es curiosa la uniformidad de estos siete libros:
se realiza una nivelación por lo bajo, y es sabido que en tales esferas inferiores no se
pueden establecer categorías.
Hay señas comunes de tal inferioridad.
Ante todo, el intimismo. No se habla de nadie en
estos cuentos, ni del mundo: el discurso queda circunscrito al propio yo, y a un yo
desasido de su circunstancia. Los personajes cuando se les da tal signo son
simples mascaras de la subjetividad del autor. O sea, que todo queda reducido al
intimismo, lo que implica cercenar el orden exterior. Es la acromegalia del yo, percibido
como si fuera cifra exclusiva del mundo. Claro que la circunstancia (y los demás en ella
insertos) existen a través del prisma subjetivo: lo grave de la literatura intimista es
que convierte el prisma en mundo. Es síntoma de primitivismo cultural. El primitivo
como el niño no concibe el mundo como exterioridad sino como simple
prolongación del yo. La verdadera creación literaria se inicia en el yo, parte de una
percepción subjetiva, pero la trasciende: el yo no se da como categoría sino como
prolongación y proyección del mundo. Es esto la cultura, a diferencia de la barbarie.
La literatura intimista, aquella que erige el yo
en personaje y sustancia del relato, es intrascendente. Con la propia biografía se hace
mala literatura. A no ser que la vida íntima se mire desde fuera (el distanciamiento),
con ironía y sin condescendencia. Ahí está The portrait of the artist as a young
titan, de Joyce, y acaso algunos ejemplos más. Porque se requiere haber realizado
aquella tarea del conócete a ti mismo, por demás peliaguda, aunque parezca simple
en su enunciado.
Son estos cuentos, por lo general, menudas
autobiografías apenas disfrazadas, o el relato de alucinaciones infantiles. Aventurillas
supuestas, o vividas, que es peor. Por inclinarse hacia dentro de si mismos no ven lo que
hay fuera, y caen por tanto en la torpeza de creer que algo es importante porque le sucede
a uno.
En Juego secreto, de Peñaranda, se
cuentan las fantasías del niño y los juegos con los compañeritos a quitarse la cabeza.
Eso no es material literario. Apenas sirve, la anécdota, para contársela a los
nietecitos. Son las travesuras de los niños y sus primeros balbuceos en el reino de las
ilusiones. Eso no trasciende. Es mundito interior, insignificante.
Román, en la mayoría de sus cuentos, habla de
las chiquilladas de colegio, de sus compañeritos y de las trastadas que cometían en el
barrio. Menciona a un tal "Uto" en varios cuentos, con la muletilla: "Se
llama Carlos Humberto pero le decimos Uto", como para dar la idea de cierta unidad
narrativa. Truco torpe. Inocuas las travesuras de los colegiales y sus fantasías
adolescentes. Hasta nos enteramos de que el jovencito intentó volar.
La insignificancia de la anécdota, dentro de un
pobre discurso literario. Son como relatos para la clase de Español y Literatura.
Claro que la literatura es imaginación. No es
otra cosa: se trata de una imagen del mundo. Y el hombre vive y sobrevive por la
imaginación, puesto que la realidad caos perpetuo es inaprehensible. La
literatura el arte en general, al fabricar una imagen del mundo, permite su
aprehensión, aunque parcial y estrecha. Pero la imaginación no es simple escarceo de la
mente, ni divagación graciosa por los espacios siderales del alma o por las oscuridades
de la intimidad. La imaginación mantiene un cordón umbilical con el mundo.
Cortázar vive en París e imagina a
París. Sobre esa realidad múltiple, varia y caótica tiende imágenes, y al volverla
imaginaria, la hace aprehensible. Y quizá comprensible. Otra cosa es lo de Arévalo en Ciudad
sin fábulas, cuento en el que hace un Cortázar de segunda mano: Paris con mujeres
exóticas y nostalgias tropicales. Es la imaginación como vacuidad, no como imagen. Ni
siquiera produce la fantasía (que se construye siempre a partir de la imagen), sino la
pura fabulación, la gratuidad.
Peñaranda, en Por el camino de Potsdam, "echa
a volar la imaginación", según expresión propia de poetas finiseculares. (También
decían en los salones antañones que "la imaginación es la loca de la casa").
Con esos recursos, y esas nociones añosas, construye el suicidio de Von Kleist y de su
amada Henriette. Es un pastiche, para un romanticismo también paródico. Nada, en
literatura, ni en la vida, se puede construir ex ni-hilo: la imaginación parte
siempre de la realidad (es imagen de la realidad) y, por consiguiente, del conocimiento
que se tenga de esa realidad. Es loca desvirolada la imaginación que no sabe
la realidad. Pero este conocimiento no es atadura; al contrario, es lo que le permite su
vuelo y, además, una recreación, esto es, la imaginación de un nuevo mundo.
No es tarea de la literatura la reproducción de
la realidad (cosa por lo demás imposible): su destino es imaginarla. Pero la elaboración
de un orden literario o de una idea, en cualquier terreno a partir sólo de
palabras, no es imaginación sino alucinación. Cuando el texto literario brota sólo del
magín del escritor, se cae en la inanidad: otra manifestación del intimismo, por
sobrevaloración del yo.
Inclusive, otra cosa es la ciencia-ficción (y
se habla aquí de un género específico): partiendo de materiales concretos se fabrican
nuevos mundos; es un proceso de imaginación desde la realidad.
Pero eso de contar el suicidio de Von Kleist a
base de imaginaciones verbosas, como arte de volatinero, es un ejercicio irrito.
Insignificante.
Román, en Todos estábamos vestidos de
domingo, hace una fábula de los pecados del vecindario, que resulta inocua por su
pobre imagen; esto es, porque supone que la imaginación es un capricho y que basta
derramar palabras para crear aquella imagen del mundo que es la literatura. Presentar el
pecado (conocido) del zapatero como un conejito, y el (tapado) de las vírgenes púdicas
como monstruo peludo, no es propiamente imaginación de escritor.
Es la pobreza de la imaginación, casualmente,
lo que conduce al capricho de palabras insignificantes. Es la falla general de estos
cuentos y el sello de su pobreza literaria.
También lleva al tremendismo. Cuando no se
tiene un mundo imaginado, se acude a truculencias.
Tan tremendos los cuentos de Rincón, que llega
a ser funebrero. El mismo terribilismo en Tamayo, que inclusive se pone tétrico, dentro
de la peor tradición colombiana. En Las buenas costumbres, de Peñaranda, al
descubrir el narrador que su padre era el borracho de la esquina, el texto se deslíe en
patetismo. En Arias no falta un grano de horror.
|
|
|
|
|
En fin, que les falta mesura. Y hablan, por
tanto, de lo que no saben. No es ya que no sepan literatura (i.e., que carezcan de
oficio literario), es que no saben acerca de la circunstancia misma que cuentan o
reflejan. No sólo no saben las situaciones o personajes "traídos de los
cabellos" por su imaginación calenturienta, pero es que tampoco saben el
mundo de su intimidad, que se convierte en la materia prima de los siete cuentistas
premiados por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Santafé de Bogotá. Bien se
sabe que saberse a sí mismo, como para convertirse en materia literaria, es cosa
más bien escasa. Fuera de que contar una anécdota no implica por fuerza saber la
circunstancia en que va inserta. En general, no se sabe del mundo, y de sí mismo, sino la
costra.
Se hace ostensible, en la pluralidad de estos
cuentos, casualmente por falta de mundo, la presencia del narrador. Pero no es propiamente
del "narrador", sino del autor. O sea, no es un narrador como Dios omnisciente,
que suscita el deus ex machina cuando lo requiere una situación enrevesada.
Es el autor convertido en personaje, y en
personaje que desplaza a todos los demás o los absorbe, puesto que el cuento gira
alrededor del yo. Y los "personajes" que fabrica o describe son sus muñecos de
paja. O sea, que no hay narración sino confesión disfrazada de literatura. Y el género
confesional tiene algún interés cuando brota de almas desmesuradas.
Rubiano no es ya omnisciente, sino totalitario.
Encarna en todos sus personajes. Es autobiografía disfrazada. Sucede igual en Tamayo,
quien lleva la hipertrofia del yo a la conciencia impúdica de estar haciendo literatura.
Es burdo su afán de aparecer como escritor: por eso se hace personaje de sus cuentos. No
hay creación, sino el derrame incontrolado del yo. El autor como ventrílocuo.
A todo lo cual se agrega, en el conjunto de los
textos, una prosa lastimosa. Los tristes tropos. "Su cuerpo parecía descansar sin
preámbulos cotidianos y me quedé mirando pasar la eternidad" (Arévalo); "La
ciudad abajo comenzó a extenderse como un paquete de luces" (Rubiano); "Mariam
era un puerto abierto al amor y yo un barco cargado de deseos" (Arévalo); "El
tiempo se detiene en el frío del rosal de mi ventana" (Rincón); "Ronroneaba,
chillaba. Y a mí me dio fastidio verla sobre mi sofá con sus labios en calor, sus
pechitos rascando el cielo y el lunar de la pierna tentando mis hormonas sin piedad"
(Rincón); "...su cuerpo duro y fuerte, tostado por el sol y la intemperie,
redondeándose ya y creciendo pequeñas frutas en el pecho que ahora encajaba con mi
pecho" (Román); "El cuerpo de David quedó clavado a la muralla por varias
rosas de sangre" (Arias); "Sus rodillas firmes, las piernas torneadas por algún
ebanista divino" (Arias).
Buenas para una antología de la lástima. Y por
farolear con el verbo, inclusive les falla la sindéresis: sólo piensan en el fuego fatuo
de las palabras. Hasta el punto de caer en la torpeza retórica: "Miraban su llegada
a los pequeños restaurantes donde pernoctaba tardes enteras sentada bajo las lámparas de
papelillo" (Arias). No es ya la frase alambicada, sino el texto enrevesado:
"Sastoque era una figura ubicua en el callejón, pues nunca estuvimos seguros de
haber visto su cara" (Rubiano). Le gustó la sonoridad de "ubicua", como
aquél la de "pernoctaba", y no se preocuparon por precisar el significado.
Literatura de relumbrón. ¿Qué quiso decir aquí Tamayo: "Un gris musgoso que se
adhería cuticularmente a las fachadas"?
Lo que revela, en suma, una pobre prosa. Es el
afán deliberado de hacer literatura, no de contar (o reflejar) un mundo por medio de la
palabra. Y una buena prosa sólo brota cuando se tiene un mundo qué contar. Caen en esa
ciénaga de la frase rimbombante, que ha sido el azote de la literatura suramericana. Y en
esa hojarasca se pierde el significado, no ya del mundo que se pretender narrar, sino el
propio de las palabras.
Otra línea constante de los siete libros es el
aire antañón: hacen una literatura demodée. Aunque traten (algunos de pronto)
temas actuales, el estilo o aproximación, diriase mejor, el modo, es decimonónico. Se
sigue haciendo en este país una literatura aldeana. Ninguna invención en el lenguaje.
Peor aún: toman por invención lo que es puro aspaviento verbal. Y esta exuberancia
retórica si que es antañona. Más aquella perspectiva intimista excluyente de la
circunstancia que repite vicios ancestrales de la literatura nacional. Domina lo
verboso. No inventan el mundo y tampoco inventan la literatura. Y es esta invención, o su
intento, lo que hace al escritor.
Y es una literatura desconectada del espacio
exterior. No sólo por el prurito intimista que la domina, sino por su alejamiento de la
realidad. No ya de la realidad concreta que pudiera tomarse en cada caso por la materia
del cuento, sino de la realidad política, que así se nombra aquella que refiere el
entorno social e histórico. Parece que los escritores de estos cuentos vivieran en Babia.
Ya se dijo que son textos inertes, pues no
aluden a una realidad concreta, ni tampoco a una realidad imaginada. Son artificio
caprichoso de palabras y alucinaciones. Podría decirse que son realidad ficticia, si la
proposición no fuera un contrasentido. Pero es que este tipo de literatura es, por si, un
contrasentido.
Pero lo que asombra y espanta es la
ausencia de la realidad política, esto es, de la situación histórica que vive este
país. ¿En qué país viven estos escritores? ¿En el de sus menudos sueños de estetas?
Una situación turbulenta como ésta que sacude a los compatriotas de los cuentistas, no
encuentra, no ya reflejo o signo, pero ni siquiera eco en las lineas de sus cuentos. No
parece licito (y se habla desde el punto de vista literario) fugarse así de la realidad.
Y una literatura que se fuga de su realidad social termina por ser inocua. Porque ni
siquiera encuentra refugio en las bellas palabras. Habría que anotar que para hacer
bellas palabras es preciso escribir sobre el mundo.
Y vea que sigue resonando el eco garcíamarquesco,
lacra de la literatura nacional. Dimana de estos textos un aire paródico: se escribe
a la manera de... No se procura, aunque sea en desespero o impotencia, pero siempre en
lucha, un estilo que dimane del propio ser, sino que se tiene un modelo. Y la minuta se
llama García Márquez. No se puede escribir esta frase: "La casa de mis padres me
amarró a su lenta rutina de pilares" (Peñaranda), porque ya está patentada
"Macondo". Así sigue: "iSal ya Tieso, ven a buscar la muerte que ya es
hora!" (Arias); "Siempre, al llegar a su habitación, le parecía que
encontraría a un general sentado en una mecedora" (Arias); "Adelaida
únicamente caminó en el aire un rato porque estaba triste" (Arévalo); "Junto
al portal acomodó sus treinta anos (Arévalo).
Las trampas de las presas vivas, de
Román, es, de principio a fin, esa cosa pútrida que llaman realismo mágico.
Rubiano, por su parte y no lo oculta
escribe a la manera de la novela policíaca: hace un roman noir lumínico.
Literatura de segunda mano.
Claro que algo se salva del desastre.
La muñeca de ébano, de Rubiano, cuenta
el fracaso en la ciudad y está hecho sin dramatismo; es buena la observación del mundo
en que se mueven los personajes, y el remate es excelente. Y, por lo menos, hay ecos de la
realidad que lo circunda como escritor.
En Clausura, de Tamayo, hay un bello aire
de finitud: esa anciana que quiere dejar un cadáver exquisito. También en El retablo
del reposo se suscita el ambiente de la ancianidad, la pugnacidad latente entre las
viejas. Logra crear, Tamayo, en estos dos cuentos, un espacio literario.
Siguiendo el latido de esos signos
inequívocos, de Arias, es testimonio de una buena prosa, que en algo salva el vicio
intimista. Hay rigor y las palabras dicen una emoción: cuando algo se dice desde el alma,
brota el estilo.
En ¿ Quién conoce a Esteban?, de
Arévalo, aparece al menos el intento de mostrar el terror y la gratuidad de la violencia
cotidiana (y ordinaria) en que se ve inmerso este país. Pero es incipiente el relato y se
degrada en cierta truculencia.
Hay alguna dureza, de prosa como de relato, en Detrás
del cristal, de Peñaranda: la dureza que se hace necesaria para poder contar
(reflejar) una realidad. Ese cruce de ignorancias y terrores entre hermanos, ella ciega,
es certero.
Y algunos apuntes particulares.
Rubiano, que imita bien a Raymond Chandler (en
lo que no hay suspenso) deja colgados sus cuentos del nudo narrativo y de su desenlace.
Por eso cae en la truculencia. A veces se vuelve didáctico e impone la fanfarronería de
los personajes, como pura gratuidad de autor.
También la truculencia es vicio de Tamayo: ese
afán de "impactar" (voz bárbara de publicista) al lector. Y su escritura es
descuidada. Y dado el terribilísimo, a la artimaña para construir el nudo del relato.
También le gusta la prosopopeya y se deja caer en la melancolía. En fin, que ensaya
todos los registros del literato y se sabe haciendo literatura.
Rincón es literato de frases hechas: cree,
acaso, que poner a relumbrar la frase es hacer literatura. A más de un cierto ingenio
burdo. Y no falta un aire nostálgico. (Es curioso que en éste, hombre joven, y en los
demás, también jóvenes, se dé el cáncer de la nostalgia, propio de fases terminales,
tanto en la vida como en la literatura; quizá se encasquetan, así, el birrete del hombre
experimentado que todo se lo sabe y todo se lo permite). Son burdas sus técnicas
narrativas. Y lo envuelve un aire funerario, hecho de nostalgias y tinieblas.
Muy descuidada la prosa de Arévalo. Canija. No
es un prurito experimental torcerle el cuello a la gramática sino pura
impotencia. O descuido. Muy marcada, en sus cuentos, aquella directriz de estos
volúmenes: la introspección y el intimismo. No la introspección como esquema narrativo,
sino la fuga. Y ciertos toquecitos pornos, inocuos.
Volando al impulso de una imaginación
desvirolada (gratuita), que es lo contrario de la imaginación como fuente de creación
literaria. Peñaranda se extravía en una retórica de sólo artificio. Y se recuesta en
sus fantasías infantiles, por esa creencia de que nuestros sueños de infancia fueron
creaciones. Hay gratuidad (imposición forzada de autor) en buen número de sus relatos. Y
cae de bruces en el patetismo.
La añoranza aqueja del mismo modo a Román,
más el menudo recuerdo intimista de la infancia, que son, por lo general, pésimos
materiales literarios. También pulsa registros muy variados, quizá para capturar a
lectores variopintos (son tantas las modas), o para ensayarse en todos ellos y determinar
luego el que mejor le cuadre. No tiene propósito claro de escritor. Incurre en el tema
indigenista, por aquello de la moda del Quinto Centenario.
Arias logra la hazaña de poner en el drama de
Auschwitz una pompa vacua. Es que no se puede escribir de oídas. Lo mismo le pasa con el jazz
en Nueva Orleáns: no son realidades vividas del modo que fuere, sobre los
cuales el escritor extiende luego el recurso de la imaginación. Son mundos caprichosos,
traídos de los cabellos. A veces cae en la descripción costumbrista.
Lo dicho. Si estos siete libros de cuentos
pueden tomarse como representativos de la nueva literatura colombiana, ésta no es nueva
sino anquilosada. Repite los vicios de la literatura del siglo XIX. Y repite el modo y
maña de autores cuya perspectiva, o punto de mira, no es la circunstancia sino la
intimidad. Son escritores que no escriben el mundo sino que se escriben a sí mismos. Como
en el siglo pasado.
Y para completar su condición antañona, hay
exceso de hojarasca: una literatura hiperbólica, tanto en las frases como en las
situaciones. Todo se da con énfasis, con exceso, como para apabullar al lector, sea con
la frase rimbombante y de recamado biso, sea con las situaciones tremendistas e
insólitas. Una literatura del abundamiento, del exceso, churrigueresca: la que se viene
haciendo en Colombia desde sus comienzos como nación literaria, allá en los inicios de
la historia colonial. Quizá para cernir el abundamiento de la realidad fuera mejor una
literatura astringente.
Por tal exuberancia, por esa afectación verbosa
de hojarasca, a los cuentistas de premio se les olvida el mundo real que los rodea. El
país sigue huérfano de escritores, sus grandes problemas siguen a la deriva. También
sigue huérfana la literatura.
ALBERTO AGUIRRE
Ediciones del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, y de Educar Recreativa S.
A., Santafe de Bogotá.
|