Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 32, Volumen XXX, 1993

"Sin sentido común no hay virtud"


Los ojos del basilisco
Germán Espinosa
 
Altamir, Bogotá, 1992, 214 págs.

 

Los ojos del basilisco tiene una pobre prosa. No es observación anodina: se trata de la cuestión fundamental de todo texto. Dice Lichtenberg: "Sin sentido común no hay virtud: sólo él hace al gran escritor"; y cita en seguida a Horacio: "El bien saber es la fuente y origen del bien escribir". Y es pésima la escritura de esta novela de Germán Espinosa. Indica un pobre saber literario; es seña de una obra huera. Engolado el texto. De brillos fatuos. Se desvanece en una calderilla literaria.

Poner el adjetivo justo, mejor, el adjetivo necesario, es virtud de escritor y seña de buen novelista. En esta novela la adjetivación es churrigueresca, para caer en el ridículo o en la trivialidad. Es como si pusiera al voleo los adjetivos, más por su énfasis o brillo, que por su significado (que es su necesidad): "violencia compresa" (pág. 45), "científico puñetazo" (pág. 56), "unción adventicia" (pág. 73), "oblicuo doctor" (pág. 74), "gorila abacial" (pág. 74), "obesos aguacates" (pág. 96), "ojos péndulos" (pág. 130) "circunspecta distancia" (pág. 149).

Produce una prosa de relumbrón que empalaga. La frase, al impulso de esa adjetivación campanuda, se des-garra en el énfasis: es un discurso rimbombante. Ese verbo hinchado que es el estigma de la literatura suramericana. Especie de acromegalia de] verbo, que hace perder, tanto la dimensión, como el sentido de las cosas. Hay ocasiones en que la prosa produce lástima: "...eI Libertador flotaba ya en el éter abisal de la muerte’ (pág. 78); "...en una tarde mustia, que velaba con un encaje de lluvia el sombrío caserón" (pág. 84); "Graciela, mientras media a ósculos el pecho del amado, iba recordando en broma los consejos de la Guía de pecadores ..." (pág. 89); "[al ver a Micaela desnuda] Baccellieri sintió el enervamiento subirle hasta la médula de su cráneo" (pág. 128); "Mientras el horizonte escamoteaba los últimos celajes del crepúsculo" (pág. 156); "...esos pequeños lagos altiplánicos que hacen rizos de luz aun bajo los celajes de la tarde mohina" (pág. 137).

Frases hueras que producen señales enrevesadas: lo que hubo de sentir Baccellieri al ver desnuda a la moza fue todo lo contrario de enervamiento (que es flaccidez); y lo señala la frase subsiguiente (de telenovela): "Baccellieri desabotonó con presteza la bragueta y sacó al aire su falo, ya erectisimo". No estaba enervado.

Frases alambicadas, como de cartón-piedra: "gruesos goterones se desprendieron de su tersura encapotada, aterciopelando el paisaje" (pág. 138). El verbo pomposo —la morralla literaria— que es el signo específico de la telenovela.

Con Los ojos del basilisco lo que ha escrito Espinosa es una telenovela. Multiplica anzuelos para capturar lectores ingenuos. Es el empleo impúdico de truculencias para embelesar incautos.

El toquecito erótico es lo primero. El sexo, dentro de tal perspectiva, se hace ridículo, porque, además, el verbo es pomposo: "Ahora la tenía junto a si [...] con su sexo reclamándolo desde su manifiesta indefensión, por ella expuesto con sublime desvergüenza, latiendo acaso esa hendidura divina al ritmo de su corazón" (pág. 63); "Cuando la penetró, cuando destrozó su virginidad inexplicable de sabía hechicera del amor (inmemorial..." (pág. 64); "deseaba, en suma, ser succionada lingualmente" (pág. 107); "Graciela apretaba con verdadera pasión la erecta virilidad del sureño" (pág. 74). Otro que se enervo.

Birria verbal. Al tal modo grotesco el texto, que no alcanza siquiera a decir pornografía. Cuando algún personaje le dice a una muchacha:"¡Preciosura de ébano!", uno se espanta. El texto produce condolencia.

Tentado quizás por el éxito (de pequeña pantalla) de Las Ibáñez, Espinosa ha escrito una novela con iguales ingredientes, como siguiendo una receta; el sesgo erótico, en tono suave de pomo (para no arriesgar tutela), más la intriga política y sentimental, más la acción entreverada de policías y bandidos, más el toquecito histórico que le brinde un manto de seriedad al pastel. Es una novela que ha sido escrita, ad ovo, como telenovela. Pasada por la mano de un guionista de tv., quizá resulte buena como culebrón. Pero en este terreno de la literatura, que es otro, Los ojos del basilisco no se sostiene como texto. Es un folletín: el pretexto para un melodrama de pantalla menuda.

Inclusive, tiene exordio. Las primeras páginas presentan el rasgo de una crónica de prensa, seca y descolorida: truco de novelista bisoño para presentar a los personajes y definir el marco general: expone las tesis del librecambio y el proteccionismo, menciona partidos políticos, cita una encíclica del Papa. Y enseguida cae de bruces en la ciénaga melodramática: se encoge la trama y queda reducida a la aventurilla sentimental y folletinesca, las escenas risquées, la banda de ladrones con su empaque político, los amores adulterinos, la esclava impúdica y dadivosa, el marido cornudo, la falaz imputación de homicidio al héroe de la novela, el show del fusilamiento. Al nudo truculento corresponde una prosa rimbombante. En esto si se ajusta la obra.

La protesta social que se esboza es otro ingrediente anodino, como para que no falte nada en el adobo. No pesa la supuesta indignación patriótica, ni tiene presencia en el contexto de la obra. Son frases añadidas, que no brotan de la entraña del texto.

Y no es novela histórica. Para escribir una tal novela no basta situar unos personajes en un tiempo dado y narrar sus peripecias: hay que abstraer el hecho histórico y darle otra iluminación. Por ahí anda un texto ejemplar en este campo: El general en su laberinto. Aquí se da esa percepción de la realidad histórica por la poesía (como invención e imaginación), y no ya por la exposición y el análisis.

Leyendo Los ojos del basilisco no se alcanza un conocimiento mayor (más hondo) de la historia en que se apoya. En la novela, esos hechos históricos no son sino anécdota: no ya sustancia del relato, pero ni siquiera pretexto; mucho menos contexto. Simples datos para montar la aventurilla.

Se habla de la elección de José Hilario López (lo llama José Valerio Gómez) como presidente de la república, el 7 de marzo de 1849, las luchas de los artesanos, la disputa entre librecambistas y mercantilistas. Pero no es eso lo que cuenta la novela, sino las turbulencias amorosas de los personajes y sus desvelos policiales. El hecho histórico es apenas descolorido telón de fondo.

Los diálogos, otra medida del novelista, son desastrosos, por empastados. Y las descripciones, otro distintivo del narrador, son pobres, por rebuscadas y melosas. Así como no logra definir personajes, tampoco logra definir un espacio para sus trasiegos. 

Los ojos del basilisco es una mala novela y un pésimo texto.

 

ALBERTO AGUIRRE