Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

Continuación

Es posible que estos aspectos de mi creación resulten comunes para otros autores. No soy ellos, desde luego, pero pueden existir aproximaciones. La diferencia siempre radicará en la elección del "tono" y lo que yo llamo "vértigo", mas que en asunto. Ya sabemos que los temas siempre han sido los mismos, y hay regiones culturales que son cantera de idénticas posibilidades de ficción. Pero sólo García Márquez pudo escribir Cien años de soledad, y sólo Cervantes el Quijote, a pesar de Borges y su Pierre Ménard.

Pretendo dilucidar, ante mí, con la sinceridad que no es frecuente en los creadores literarios cuando abordamos nuestras ficciones, pretendo responder o intento responder cómo escribo y por qué, para qué he resbalado en este abismo de la escritura desde los doce años. No empleo los términos resbalado y abismo de manera fortuita. Siempre que escribo experimento la sensación de un hundimiento, en donde participo, como angustioso intermediario, de fuerzas internas que me avasallan. Esto de ningún modo es para mí enaltecedor.

Publicación de Carlos Valencia Editores, 1989.

Si escribo lo hago con la urgencia de no permitir que se me hunda; me explico: todo el andamiaje de mi escritura está conducido a que esta sensación de hundimiento desaparezca; y es posible que ese mismo vértigo implique la velocidad con que yo considero que se desplazan mis argumentos; cuando alguien resbala por un abismo es natural que.intente asirse cuanto antes de algo —o alguien— que lo detenga en la caída. Y ese "algo" o "alguien", para mí, sólo puede ser el punto final de la obra, nada más. De ahí que mi ensamblaje literario, mi trabajo, no me resulte tan placentero como les puede suceder a otros autores. Me parece que nunca he reído mientras escribo, aunque muchos de mis cuentos y algunos pasajes de mis novelas tengan como objetivo —u originen de manera involuntaria— la desesperación de la risa. De hecho, la. misma insatisfacción literaria me empujó a convertirme en aspirante a escritor, a los doce años, para después reconocerme como escritor de oficio, que no vive de la escritura, sino que sobrevive. Pero ya dije qué la insatisfacción literaria me empujó" a escribir. Pues bien: la lectura de María, de Jorge Isaacs, desencadenó en mí el ánimo de escribir, en lugar de leer. Desdeñé el paraíso de la lectura, en donde a fin de cuentas uno es tirano y rey (es más fácil arrojar y olvidar un libro que leemos que uno que escribimos), para dedicarme a investigar y padecerlos infiernos que se encontraban detrás, quiero decir: el quehacer literario, llámese carpintería, o fragua, locura o masturbación.

Edición a cargo de la Cooperativa Editorial Magisterio, 1991 . Publicado por Editorial Planeta en 1992.

Hasta ese plácido momento mi contacto con la literatura sólo era el de lector, desordenado pero acucioso. Leía a Verne al mismo tiempo que a Chéjov. A Pombo y Baudelaire. A Mandrake el Mago y Rimbaud. Me indignó encontrar —finalmente— que nuestro Jorge Isaacs no se atrevió en ninguna de sus páginas a rozar una. sola maldita tela a María, y eso yo sí lo hubiese querido leer, sin ninguna duda; todas esas tardes —y páginas— aguardando la espléndida escena, y ni por asomo. Esa indignación —o decepción— preadolescente fue la causa de mi escritura, aunque no dejo de reconocer que hubiese preferido ser aviador, o marinero: estar en el aire, o en el mar, menos en la tierra. Y sucede que, con la literatura, estoy en el abismo, sin pie en ninguna parte; pero es que después de leer a Flaubert por supuesto que cualquier muchacho de doce años tenía que ser más exigente con María, a quien ya entonces imaginaba igual que una "Muchacha etérea/De breves senos/Y un par de nalgas como flores/De otro mundo/Y unos muslos/Rosáceos/Y unos hoyuelos como lunas por todas partes/Y una lengua como agua y una/Mirada implorante:/La idolatrada María.

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