Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

Continuación

En 1992 Colcultura publicó este libro. Nueve cuentos publicados por el Centro Colombo Americano en 1993.

Cuando escribo soy testigo sin voluntad de otro campo magnético, soy otros cuerpos, otras mentes, hay una desesperación y también una fiereza; soy otro, No soy responsable de mí mismo. Por el contrario, es la irresponsabilidad lo más importante. Creo más en la irresponsabilidad del escritor que en la tan mencionada responsabilidad. A mi modo de ver, cuando se aborda una creación literaria no debería existir ningún encadenamiento ideológico de ninguna índole, El mismo acto de escribir debe presuponer esta liberación, aunque el entorno cultural del creador detennine raíces tan hondas como inevitables. Pero aunque exista el caos, si el autor prefiere decidirse por el temblor de las pestañas de la amada, obedece, por cierto, a algo más urgente, a algo que muy posiblemente el mismo caos de la realidad necesita para explicarse y recuperar el equilibrio.

Tampoco, deseo aclarar, es mi propósito lucubrar acerca de la creación literaria desde el punto de vista de la técnica, de la filosofía de la creación, o de lo que es "realidad" y no lo es, del tiempo y las personas y el género y otras preceptivas, de los antecedentes, de lo que debiera hacerse y evitarse, de lo onírico, escuelérico y leyético. No me atrajeron nunca los planteamientos de algunos autores sobre la manera como debiera asumirse la creación literaria. Eso nunca nadie podrá reglamentarlo, aun tratándose de un Poe o un Quiroga, sin que por esto no desmerezcan sus planteamientos, que valen más como curiosidades o, mejor aún, como otras creaciones literarias. Cada autor sólo podrá hablar de sí mismo, sin entregar dictámenes.

Si Flaubert se esforzaba por empapar su conocimiento de los asuntos científicos o naturales que trataba en sus novelas, para describirlos después con precisión de relojero, Oscar Wilde encogía los hombros cuando el crítico de turno lo censuraba por el empleo incorrecto de los nombres de ciertas flores en sus poemas. Y ambos autores consolidaron sus respectivas obras, a su manera. Ovidio, me parece, exageró al máximo su destierro (él mismo, en su misma psiquis) para lograr adelantar con mucha más intensidad Las tristes; y las deudas y contratiempos económicos en la vida de Balzac resultaron ser la mina inagotable de donde brotaron sus más auténticos y formidables personaje. Ya sabemos que a cada autor lo determina la individualidad de su vida, sus sueños, ambiciones, su desperdicio de días, amores y desamores. Pero el escritor es también un transportador de mundos, sólo que ciego. Sus pasos son a ciegas. Su voluntad inicial nunca prevalece; los aparentes nuevos derroteros a la vuelta de cada capítulo son en realidad la memoria invisible, lo abscóndito, que se impone. El escritor es el títere del todo y la nada, es el muñeco del ventrílocuo, pero ¿quién es el ventrílocuo? ¿La raza?, ¿la palabra muda?; de cualquier modo cada escritor es consciente en su más íntimo interior de ser solamente el muñeco del ventrílocuo, muchas veces encerrado en el baúl, a oscuras, esperando a que lo saquen, lo utilicen, lo liberen. En realidad, su peor padecimiento es comprender que él jamás es uno solo, que es un resultado del entorno humano y animal y vegetal y mineral, y que sin embargo está más solo que nunca, es único, cuando acude a aislarse ante la página, cuando enfrenta e interroga al mundo y sólo responde su memoria, el eco, nada más. En definitiva, qué aburrido y qué patético resulta hoy ser escritor. Aburrido para mí, ahora, hoy, esta noche. No se preocupen. Otros escritores habrá que estén sentados sobre la gran montaña de la vanidad (alimento que suele generar ingentes mamotretos), sentados, pues, en su montaña aunque su montaña sea un punto invisible en el cosmos, y consideren sin embargo que su oficio es de un prevalecer eterno. Los envidio, pero yo no soy de ese parecer. De pronto pongo en entredicho si soy de verdad un escritor, o acaso equivoqué el camino y debí ser peluquero del rey, o profesor de ciencias naturales, o monógrafo, o monólogo, o mono, elementalmente mono con su mona en el tejado, arrojando cocos de pólvora... Y bueno, todo parece indicar que, a despecho de mis anteriores razones, ya estaba hundiéndome en la ficción, ese lúdico extraviarse, ese juego fatal, esa ruleta rusa, ese filo de la navaja. Cualquier artista que elija sentarse a escribir durante años, toda la vida, necesita, supongo, ser completamente lúcido, y más lúcido y más solo que Robinson Crusoe, y más loco que la cabra de Robinson. Posiblemente Robinson Crusoe sea la mejor metáfora del novelista, pugnando por flotar en la tempestad. Pero, volviendo a nuestro asunto inicial, y siendo espectador de mí mismo, descubro de improviso que la generalidad de mi obra tiene que ver, primero, con la infancia, después con la adolescencia, y pare de contar; porque si tengo 34 años considero, intempestivamente, que he agotado mis temas.

Faulkner consideraba que un escritor puede trabajar con tres elementos, o con uno solo de ellos. Se refería a la experiencia, la observación y la imaginación. Todas ellas, por supuesto, resultados distintos de la inteligencia. Yo no he tenido muchas ni grandes experiencias, y tampoco me considero un buen observador. Vivo en el aire. Soy, de manera nata, un imaginador. Y esta imaginación ha sido siempre alimentada por las diferentes experiencias de infancia y juventud. Mías, directamente, o indirectas, a través de los seres que me han rodeado, a su pesar. Pero voy a lo siguiente: si he logrado cierta destreza en el manejo del lenguaje, hoy, en este mes, en este año, no sé sobre qué escribir, y tampoco me importa. He descubierto, con algún asombro al principio, después con resignación, que con mis últimos textos—cuentos o esbozos de novela— no he hecho otra cosa que repetirme. Acaso ya me duele el "abismo" al que me refería con anterioridad. O acaso debería embarcarme para Australia, o meterme de administrador de un prostíbulo (consejo que da Faulkner a todo joven escritor, si quiere ser un escritor de verdad). Pero, en fin, lo que trato de confesar, basado en las sensaciones de hundimiento que experimento en mi creación literaria, y con desparpajo de amigo, es que la literatura ya no significa mucho para mí, por lo menos desde los últimos cinco meses de 1992, Si antes la creación literaria estaba para mí en el primer lugar, en el segundo y en el tercero, hoy está en el cuarto, por no decir que en el cuarto de los chécheres, o por no decir —peor aún— que no está, ni siquiera está, no existe en definitiva, Respecto a la lectura, que significa para muchos escritores uno de los principales alimentos, debo confesar a mi pesar que ningún autor logra avasallarme.

Generalmente, a las primeras páginas de cualquier libro ya he descubierto carpinterías y tramas y enredos y desenredos. He optado, entonces, por releer las obras que me estremecieron, sin mucho resultado. Acaso he envejecido, con el consiguiente escepticismo que para algunos los años arrojan. Entiendo que necesariamente toda creación debe partir del entusiasmo, y es eso lo que yo extraño. Yo era de los que trotaban por las mañanas, antes de acometer la hoja en blanco, y leía con devoción las entrevistas realizadas a los grandes de la narrativa, y me indignaba cualquier texto escrito a la ligera (como éste), aunque se tratara del cuento del mejor amigo. Y, con todo, a pesar del entusiasmo, siempre escribía por desesperación: se trataba de un entusiasmo nacido de la misma desesperación, impulsada y combinada hacia los ámbitos de las explicaciones conmigo mismo. Acaso, ahora, la desesperación de mi escritura esté ligada solamente a la terrible abulia que me significa la creación literaria, Cualquiera podrá responder que si un autor posee la imaginación, posee cualquier posibilidad de creación. Pero es que antes que la imaginación está ahora la abulia. Algo pasa, algo tiene que suceder. O estoy esperando, acaso, reunir fuerzas para acometer la obra total, la que cualquier novelista teme y ambiciona al mismo tiempo, la que define su sitio, para bien o para mal. Antes de empezar a escribir existen necesariamente toda suerte de combinaciones inconscientes que, al igual que una caótica madeja, irán desenredándose. Espero, entonces, que mi actual estado de bloqueo creativo tenga que ver con una reorganización oculta en la memoria, que se dispone a actuar en el futuro. Si es así, muy bien, y si no es así, pues tanto mejor. Hablo de mi presente creativo. No puedo enarbolar ahora la religiosidad que significaba para mí el acto creativo, donde la literatura era la religión, el autor una especie de sacerdote y la obra en cuestión el sacrificio, o la ofrenda. Hoy todo ese proceso "espiritual" que yo edificaba en torno a la creación literaria se me antoja una solemne tontería, aunque repito que es probable que en algunos meses sienta de nuevo el paroxismo de escribir, y acaso me arrepienta de las posiblemente innecesarias confesiones que hoy hago. Pero qué puedo hacer: hoy es hoy, y mañana quién sabe cuándo.

Claro está que no permití al principio que mi evolución de escritor se resquebrajase así como así, bajo el peso de un instante que cualquiera podría fácilmente evadir definiéndolo como "pasajera crisis" o "capricho" de narrador. No. Luché, al principio. Hubo lo que se llama pataleos de ahogado. Opté, les comento, por la novela histórica. Quise elaborar algo épico, en torno a la vida y hechos del caudillo realista Agustín Agualongo, el gran estratega indígena que enfrenté a Simón Bolívar y puso a encanecer de ira la cabeza de los patriotas. Leí a varios historiadores que estudiaron el "fenómeno Agualongo". Viajé a los departamentos de Cauca y Nariño y recorrí los escenarios de las principales batallas; recogí informaciones, verbales, de pueblo, y de archivo; quería sentirme Flaubert estudiando las fracturas de un hueso en todas sus manifestaciones. Pero sólo un paraje en la vida de Agualongo me impresionó. Lo relata el historiador Sergio Elías Ortiz: es muy posible que Agustín Agualongo, en su infancia, haya contemplado aterrado las inmensas cestas repletas de manos, las manos que se quitaban a los traidores al rey, después de sacrificados. Me impresionó además la tremenda convicción del pueblo nariñense de entender que el rey era Dios mismo, y que atacar al rey de España era atacar a Dios. Hasta ahí pude llegar como novelista investigador. Varias veces soñé con Agualongo niño, en cualquier orilla del camino real, contemplando estupefacto y atemorizado el paso de las carretas con cientos de cestos atiborrados de manos; manos llamando o despidiéndose. Me senté, después de varios sueños persistentes, a elaborar esta primera novela "histórica" y escribí una novela que hoy se titula Señor que no conoce la luna, y que vaya usted a saber si guarda relación alguna con Agustín Agualongo y sus hombres. Excepto el autor y su sueño de manos despidiéndose, nadie podría encontrar un solo punto de referencia. Ese fue mi único intento de novela histórica, antes de sumergirme en mis posteriores replanteamientos de narrador. Podría escribir la novela de Agualongo, claro, si me lo propongo, con la terquedad característica de los novelistas, pero nunca quedaría satisfecho. Admiro sinceramente a los novelistas que logran apropiarse con objetividad del asunto histórico, del personaje o personajes en cuestión, pero también los deploro; de una u otra manera están encadenados, y yo no puedo encadenarme a nada, ni a nadie.

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