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Boletín Cultural y Bibliográfico
, Número 33, Volumen XXX,
1993
Continuación
"Si verdaderamente
la educación oficial fuera eficaz argüía Tejada, allí habrían tenido
oportunidad de enderezar sus instintos incipientes hacia el bien"
11
. En el caso colombiano, Tejada aprovechó argumentos de
este tipo para desprestigiar la educación conservadora, pero en lo concerniente a la
situación mundial, tuvo que reconocer el fracaso del proyecto positivista que sus padres,
y él mismo, habían acogido. La fe en la ciencia, en el progreso material acompañado de
la perfección moral del hombre, resultaba infundada ante las atrocidades de la contienda:
"Puede afirmarse que la educación moderna ha fracasado en sus fines esenciales
sentenció Tejada lacónicamente en 1920. La ilusión magnífica de elevación
espiritual, de fraternidad y de redención del mundo por medio de la Escuela, que
acariciaron los apóstoles teóricos a la manera de Zola y los apóstoles prácticos como
Froebel; la ingente labor para obtener un tipo humano que encarnara el modelo presupuesto
por los idealistas, cumplida desde Pestalozzi hasta la señora de Montessori, ha fracasado
en su gran objeto: el hombre es hoy tal como lo ha sido siempre"
12
, En lo sucesivo, Tejada se abstendría de creer en la
redención del hombre por medio de la educación. Su decidida profesión de fe en el
socialismo sería lo único que posteriormente lo haría abandonar cierta razonable
reserva de incredulidad.
II. CRITICA
CRONICA
La modernidad
Es tal vez en sus
apreciaciones acerca de lo rural y lo urbano donde primero se advierte en Tejada una
percepción moderna de la realidad, diferente de la visión señorial y provinciana de un
Tomás Rueda Vargas o un Clímaco Soto Borda. Lo que más molesta de los pueblos a Tejada
es su monotonía y su hermetismo a toda idea "amplia y nueva": "Así, el
caserío prosigue su existencia, igual, soñolienta, bajo el peso de prejuicios
invencibles, entregado a la autoridad obtusa y omnipotente de un alcalde y a la ídem,
ídem, de un santo cura de almas"
13
. La ciudad, en cambio, con su
"ruido urbano de transeúntes y de automóviles, de voceadores de periódicos y de
impertinentes relojes públicos, de carretas chirriantes, de todo eso que bulle y ronronea
constantemente en las calles y en las plazas, en las oficinas y los almacenes"
representa para el cronista un "ambiente tutelar, humano y cálido" que la
naturaleza, "esa entidad monstruosa y taciturna que no comprendemos ni nos
comprende", le niega
14
.
Cambiar
de lo rural a lo urbano era para Tejada como pasar de un mundo antiguo
a uno nuevo; en realidad, así era. Después de la primera guerra mundial el crecimiento
urbano marcó el tránsito del país agrícola al país industrial. El desarrollo
industrial se encargó de acentuar el potencial productivo de las formas capitalistas de
trabajo que la expansión cafetera había desplegado en algunas zonas desde finales del
siglo XIX. Tejada comprendió que la modernización del país tenía su centro en la
expansión de la vida urbana. Por eso, mientras otros continuaron escribiendo la
"apología de la campiña" como él la llamó, Tejada se dedicó a
crear la crónica de las nacientes ciudades en las que, pese a su propio entusiasmo,
faltaba mucho para que prevaleciera el ruido de los automóviles sobre el chirrido de las
carretas.
En Las grandes
ciudades y la vida anímica, Georg Simmel observó que "la base psicológica
sobre la que se levanta el tipo de las individualidades de la granciudad es la intensificación
de la vida de los nervios, que emerge del veloz ininterrumpido cambio de las
impresiones internas y externas"
15
. Esta intensificación, que ya había sido
señalada por Baudelaire y que le había llevado a adoptar la forma del poema en prosa
para darle expresión, hizo que Tejada imprimiera a su prosa un léxico y una celeridad
rítmica que le permitieran d cuenta de la velocidad, la multitud de sensaciones, de
breves sucesos que acontecían en la calle: "ir en pos, quizá, de alguna elegante
pareja de damas pulcramente ataviadas, contemplando el cabrilleo de las sutiles medias de
seda sobre los finos tobillos, mirando cómo el sol irisa la suave pelusilla de los
cuellos rubios o morenos. Pasa un coche tintineando. Un joven de boina va sobre un
jamelgo, trotón, colimocho. Se oye el fofofeo de un automóvil, y de pronto, una voz
argentina atraviesa la calle y dice: ¡Hasta mañana!"
16
. No obstante el vivaz registro que
hace del trajín callejero, ajuicio del cronista, para una completa inmersión en la
moderna vida urbana, a las ciudades colombianas aún les hacía falta actividad en las
noches y vitrinas en las avenidas comerciales, Se entusiasma con un concurso de
escaparates promovido por la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, "pero aún
nos falta mucho dice, falta sobre todo la uniformidad continua: hay una
vitrina aquí, otra allá a la media cuadra, después de un trayecto de sombra pavorosa, y
la tercera está quién sabe dónde"
17
.
En cuanto a la
noche, en una de sus Gotas de tinta pregunta: "¿Qué más hace aquí la gente
por la noche? Los cafés, o lo que sea, se cierran a las diez. El teatro, si lo hay, se
termina a las once. ¿Y después? Después, diréis, claro, ¡a dormir! Y resulta que este
pueblo patriarcal, tierno y sencillo es ya uno de los últimos pueblos sobre la tierra que
emplea la noche para dormir"
18
.
A pesar de captar todo el
hormigueo de la vida urbana, Tejada fue enfático en defender el ocio y el vagabundeo como
actividades eminentemente contemplativas y esencialmente intelectuales: "En este
siglo activo en que se ha proclamado la estúpida fórmula de "el tiempo es oro ,
esos
vagabundos de los parques son los únicos que han sabido heredar la aristocracia
espiritual griega y el amor al santo ocio griego"
19
. Este elogio del vagabundo, con su
crítica explícita al utilitarismo, deja entrever la influencia de Rodó. El maestro
uruguayo, lectura obligada entre los jóvenes de la época, había criticado la nordomanía
cada vez más patente en los países latinoamericanos. El mayor defecto que señalaba
de la civilización norteamericana consistía en su obsesión por no perseguir "otro
ideal que el engrandecimiento de los intereses materiales"; con ese tono aleccionador
con que se dirige a sus discípulos, Próspero, el personaje del Ariel (1900),
decía a la juventud de América lo que debía hacerse con los norteamericanos:
"Clasificaremos dentro del Evangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores
sin reposo, toda preocupación ideal, todo desinteresado empleo de las horas, jodo objeto
de meditación levantado sobre la finalidad inmediata de la utilidad"
20
. De Rodó tomó Tejada, aunque con
más audcia, el sentimiento antinorteamericano y el antiutilitarismo. No estaba tan
seguro, como afirmaba Rodó, que un utilitarismo bien concebido pudiera ser apenas un
"período transitorio necesario para preparar la florescencia de
idealismos futuros"
21
.
Pronosticó, en cambio, con una penetrante visión del porvenir, que el mundo civilizado,
progresista a la manera norteamericana, conduciría al
ciudadano a sentirse
"acorralado, emparedado, momificado". Es por eso que en 1922, cuando sube al
poder Pedro Nel Ospina, abanderado de la modernización y el progreso, Tejada recibe al
nuevo gobierno con sus "Meditaciones extravagantes acerca de la libertad y el
progreso", que comienzan diciendo: "Muchos ciudadanos ilusionados creen que hoy
empieza para el país una era de progreso efectivo.
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Gotas de tinta de Luis Tejada,
compilación de sus artìculos publicados bajo este tìtulo en El Espectador.
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CONTINUAR
11
"La educación y la criminalidad" en Mesa de redacción, pág. 80. (regresar11)
12
"La ineficacia de la educación" Mesa de redacción, pág. 132. (regresar12)
13
Luis Tejada, "El pueblo", en Gota de tinta, Bogotá. Instituto Colombiano
de Cultura, 1977, pág. 35. (regresar13)
14
Diatriba de la vida campesina" en Gotas de tinta, pág. 112. (regresar14)
15
Citado por Rafael Gutiérrez Girardot en Modernismo. Supuestos históricos y
culturales, México, F.C.E., 1987, pág. 85. (regresar15)
16
Jaculatoria primaveral, en Mesa de redacción, pág. 73. (regresar16)
17
"Las vitrinas", en Mesa de redacción, pág. 99. (regresar17)
18
Mesa de redacción, pág. 75. (regresar18)
19
Mesa de redacción, pág. 93 (regresar19)
20
José Enrique Rodó. Ariel, Buenos Aires, Ed. Kapelusz, 1980, pág. 80. (regresar20)
21
lbíd., pág. 48. (regresar21)
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