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Boletín Cultural y Bibliográfico
, Número 33, Volumen XXX,
1993
Continuación
Es posible que así sea.
Pero no faltará quien, demasiado retrasado o tal vez demasiado futurista, vea con cierto
terror esa próxima inundación de progreso, que traerá sin duda un odioso e
inconfundible sello norteamericano". Sin duda Tejada se sentía aquí más futurista
que retrasado, no en vano era constante impulsor de lo moderno, sólo que se guardaba de
identificar su idea emancipadora de lo nuevo con la normatización de la vida cotidiana a
que conducía el progreso, porque "todo progreso, moral o material, entraña una idea
de orden, y toda idea de orden es un atentado directo e inmediato contra una
libertad"
22
. Se entiende entonces
que, ante la tentativa de las autoridades por clorificar el agua de Bogotá, Tejada
reaccione irónicamente condenando la "tiranía de la higiene" y pidiendo que no
"conviertan el agua dulce y bondadosa en medicina insoportable,
con olor a cosas enfrascadas de botica"
23
.
Esta defensa de la
libertad a la que Tejada define como "desorden instintivo", junto
con algunas proclamas que 4nuncian el triunfo de los bárbaros sobre una sociedad
demasiado vieja, remiten al tono irracional y anarquista de los futuristas italianos. Es
donde aparece el Tejada que canta la belleza de las máquinas y la guerra; el que llega a
afirmar: "estoy convencido hasta el fondo de mi alma de que la violencia sin
restricciones es el único método eficaz de imponer un ideal"; el que escribe
"La canción de la bala"
24
que evoca aquel poema en que Maiakovski brinda la palabra al camarada
Máuser. Esto no significa necesariamente que Tejada hubiera adherido de modo
incondicional al mesianismo tecnológico y bélico al que llegaron los italianos. Revela,
sí, que Tejada acusó el influjo de esta primera ola vanguardista interpretándola según
su propia perspectiva. Lo que importa destacar ahora es cómo este espíritu agresivo y
provocador, al mezclarse con una actitud irónica y humorística, configura una visión
auténticamente moderna del proceso que vivía el país de comienzos de siglo, con sus
contradicciones específicas. El cronista que celebra la belleza de "las cosas nuevas
y pulidas" y la poesía de "las cosas de acero y de hierro"; que encuentra
en la luz artificial "cierto poder mágico que aprestigia las cosas" y que
sostiene que el amor al lujo "es efecto de la perfección y la evolución de la carne
hacia la espiritualidad suprema", es el mismo que opone a las "maquinarias
iracundas" la experiencia pura y "eglógica" de sembrar y recoger con las
manos y que opone a los telares mecánicos el "encanto apacible y discreto de las
pálidas mujeres bordando los encajes de sus dedos".
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Julieta Gaviria, esposa de Luis Tejada (tomada de Luis Tejada, de Victor
Bustamante, Medellín, Editorial Babel, 1994).
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Al
declarar sus enemistades y entusiasmos con respecto al progreso, Tejada pronunciaba su
propia voz de modernidad, esa voz que Marshall Berman caracteriza por "su
disposición a volverse contra sí misma, a cuestionarse y negar todo lo que se ha dicho,
a transformarse en una amplia gama de voces armónicas o disonantes y a estirarse, más
allá de sus capacidades, hasta una gama infinitamente más
amplia"
25
. La importancia de estas crónicas radica en dar
expresión a las realidades que surgían en el país con la modernización; mientras
Tejada se encargaba de incorporar todo el "aparato ruidoso y estupendo" de la
vida moderna al horizonte simbólico de la cultura, la mayor parte de los escritores
decidieron permanecer en las lindes de la campiña, o del modernismo, que para entonces
representaba también otra forma del pasado.
La cola
La condición del
individuo en esta nueva época no escapó al examen del cronista. En "El
aburrimiento", una crónica de 1922, refiere la cuestión en términos similares a
los del hastío baudeleriano: "En vano tratamos de romper esas murallas delicadas y
poderosas que nos separan de los demás y penetrar tumultuosamente en las almas de los
otros, para tranquilizarnos un poco y sentirnos al fin acompañados; pero no lo logramos
nunca, porque los círculos fatales que nos rodean son infranqueables a toda amistad, a
todo amor, a todo dolor, a toda alegría (...) El aburrimiento es la tristeza de sentirnos
impotentes para integrar la cantidad de eternidad que hay en cada uno de nosotros a la
cantidad de eternidad que hay en los demás"
26.
Antes, con ocasión de un
viaje a su pueblo natal, Tejada había tenido oportunidad de experimentar lo que denomina
el sentimiento de la reintegración: "Es la sencilla felicidad de verse otra vez
colocado en su lugar, metido en el hueco único para que uno ha sido creado y fuera del
cual no puede encontrar acomodo ni reposo, porque los demás huecos
le quedan necesariamente demasiado anchos o demasiado estrechos"
27.
En estas crónicas,
Tejada deja translucir una tensión interna: por una parte aborrece la monotonía de los
pueblos y exalta el refinamiento urbano, y por otra deplora la soledad que se vive en las
ciudades y reivindica la naturalidad pueblerina. En la época que se vivía, todo
aquello que trajera un sello moderno parecía amenazar la ideología del proyecto
conservador. No en balde monseñor Carrasquilla, en el texto citado, recordaba que
"el Sumo Pontífice considera al modernismo, como un compendio de todas las herejías
pasadas y presentes". En ese sentido, Tejada daba la bienvenida a todo aquello que
sirviera para disolver las instituciones carcomidas" y "las tradiciones
evidentemente sagradas de una casta dominante"; el problema consistía en que la vida
moderna, con sus descubrimientos científicos y sus adelantos tecnológicos, su
producción industrializada, sus medios de comunicación y sus grandes ciudades,
contribuía a socavar aquello que Tejada pretendía eliminar, pero le entregaba a cambio
la existencia angustiosa del individuo de la modernidad.
En un ensayo sobre
literatura colombiana de fines del siglo XIX, David Jiménez sostiene que ésta estuvo
comprometida durante esa época en diferentes proyectos de modernización, desde el
positivista que buscaba "un modo de conciliación con la ciencia y el progreso
burgueses, asumiendo la tarea de celebrarlos y divulgarlos", hasta el que denomina
propiamente modernista, "con sus claros
signos de ruptura entre
arte y vida moderna"
28
. Podría decirse que Teja recoge,
obviamente de manera contradictoria, ambos proyectos: su elección de tópico del retorno
al terruño no puede ser más que transitoria; Tejada pertenece» a la ciudad, por eso la
celebra y, por eso mismo, se dedica a buscarle sentidot a la existencia en un mundo que
perdía progresivamente sus antiguos valores. En "La cola", una de sus mejores
crónicas; es donde Tejada alude con mayor fortuna a este asunto. Según cuenta Adel
López Gómez, esta crónica nació de un comentario de Julieta Gaviria, esposa de Tejada.
Decía ella en cierta ocasión que los perros colimochos no podían cruzar los puentes
angostos; est observación, que a Tejada le despertó "interés y sorpresa"
29
, le dio pie par comenzar una reflexión
acerca de la angustia trascendental del hombre. perfección de la vida de un caballo o un
perro sostiene el cronista reside e "el sometimiento inconsciente y
maravilloso a su destino". Pero el perro que perdido la cola, en cambio, es el ser
"melancólico y chiflado por excelencia ambulante y lleno de leves caprichos,
parece que un eje secreto se ha roto en él que falta a su vida una dirección precisa y
ordenada, que su existencia ya no tiene razón de ser porque ha perdido su fin ideal.
[...] Claro: el infeliz h perdido el sentido del equilibrio intelectual, se ha
desorbitado, es casi u hombre". Del perro sin cola pasa Tejada a hablar del hombre,
que es en últimas el tema que le interesa: "el hombre es un animal loco e
imperfecto; una ruptura primordial lo ha descentrado, lo ha dejado sonámbulo y errabundo
dentro de la eternidad; lleno de apetitos inconmensurables, de extraños anhelos, de
torturantes cavilaciones"; la conclusión es evidente: "al hombre le falta una
batuta, una palanca, un índice que guíe y sostenga su equilibrio; al hombre le falta la
cola, cabo flexible y prodigioso que amarra la inteligencia loca a la realidad de la
vida"
30
. "La cola" permite
ilustrar la "visión cósmica del universo" que el humor otorga a las crónicas
de Tejada, esa visión que él encontraba en la poesía de Vidales y que definió así:
"No hay humorismo sino en la comparación de ideas, o de series de ideas,
confrontándolas entre sí o asociándolas a pequeñas cosas de manera que determinen un
contraste trascendental, que al encerrarlas dentro de un leve marco vulgar, nos den sin
embargo una sensación de infinito; así, al tocar las menudas cosas cotidianas, el poeta
no pierde su situación eminente, su punto de vista universal y esencial"
31
. Esta explicación de la visión
cósmica del humorista atribuida a su capacidad de establecer correspondencias vincula a
Tejada con la corriente de la poesía moderna identificada por la común creencia en la
analogía como principio esencial de desciframiento de la realidad; dentro del recorrido
que propone Octavio Paz en Los hijos del limo, la ironía y el prosaísmo con que
Tejada aborda la orfandad trascendental del hombre en "La cola", lo llevarían a
coincidir con poetas posteriores al modernismo, como López Velarde
32
.
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Anuncio de la aparición del periódico El Sol publicado por José Mar y Luis
Tejada (El Gráfico, 25 de noviembre de 1922
|
CONTINUAR
22 Gotas
de tinta. pag 103. (regresar22)
23
La tiranía de la higiene", en Gotas de tinta, pág. 270. (regresar23)
24
Gotas de tinta, págs. 258-259. (regresar24)
25
Marshall Berman, Toda lo sólido se desvanece en el aire, México, Ed. Siglo XXI,
pág. 10. (regresar25)
26
Mesa de redacción, pág. 321. (regresar26)
27
"La isla desconocida", en Gotas de tinta, pág. 50. (regresar27)
28
David Jiménez P Poesía modernista: Valencia y Castillo", en Gran
enciclopedia de Colombia, t. IV, Literatura, Bogotá, Círculo de Lectores, 1992,
pág. 141. (regresar28)
29
Adel López Gómez, Ellos eran así... Anecdotario de la literatura y de la vida,
Manizales, Ed. Pago a todos, 1966, pág. 259. (regresar29)
30
"La cola", en Gotas de tinta, págs. t73-275 (regresar30)
31
"Un poeta nuevo", en Gotas de tinta, pág. 159. (regresar31)
32 Véase Octavio
Paz, Los hijos del limo, capitulo IV: "Traducción ymetáfora",
Bogotá, Ed. Oveja Negra, 1985. (regresar32)
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