Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 33, Volumen XXX, 1993

La taberna como cátedra


Taberna ín fabule
Rafael Humberto Moreno-Durán
Monte Avila, Caracas, 1991, 147 págs.

El caso de Moreno-Durán es entre nosotros uno de los pocos ejemplos de vida literaria coherente, amplificada en las diversas facetas del escritor. En efecto, Rafael Humberto ha conseguido desde su juventud aunar la experiencia del escritor y la del lector, la del creador y la del crítico, la del novelista y la del ensayista. Pero lo más importante es que proyecta una experiencia en la otra, y así la obra del tunjano resulta un buen dechado de metáfora obsesiva: sus obsesiones novelísticas no dejan de ser las mismas obsesiones ensayísticas que ha esbozado desde De la barbarie a la imaginación, pasando por una multitud de artículos publicados en diversos medios, hasta Taberna in fabula, su segundo libro de ensayos.

Y la obsesión es clara. Los ensayos que reúne Taberna in fabula rodean y asaltan lo más representativo de la novelística alemana de los tres primeros decenios del siglo XX, o al menos lo más representativo de la literatura expresionista. Una literatura de tintes decadentistas, una literatura que entrevió "el fin del mundo" y mostró "el mundo al revés". Pero lo moreniano en este asunto es esa pasión por la vida en sociedad, metida toda en un recinto cerrado donde se la pueda abarcar en su más abigarrada expresión, su más contradictoria expresión, su más apocalíptica expresión: la inminencia de la disolución, del desmembramiento, de la desaparición.

La taberna es ese lugar límite amenazado siempre por lo que era antes de entrarse allí, y por lo que será a la salida. Pero la amenaza no prevalece contra el nuevo orden que en ella se crea. Allí el campesino comparte con el académico y el académico con el charlatán. El campesino es el académico y el académico el charlatán. Las fronteras se borran temporalmente, ante la imposición de un destino común:  la embriaguez, por ejemplo. Tal es el caso de Fausto en Auerbach.

Moreno-Durán, el narrador, ha sido también creador de universos concentracionarios que, como la taberna, congregan a lo más variopinto de la sociedad; una sociedad que, si bien se pretende "de clase", ya no puede ocultar, en su intimidad, las taras que la unen a la "otra" sociedad, popular, ineducada y feroz. El salón de tertulia, la casa familiar, la alcoba, el barco, la ciudad, han servido a Moreno-Durán para mostrar su vocación épica, su inevitable visión del mundo colectivista, a pesar del previsible encierro de sus personajes.

Encerrada, una sociedad se ve más patéticamente. Por una parte, se la descubre como sociedad —existe— y por otra se hacen más visibles sus tensiones y sus incompatibilidades interiores: su falta de sentido —no existe—. La paradoja cobra fuerza en la conciencia del que mira: el intelectual, el letrado, quien sin embargo no tiene más remedio que estar adentro del propio universo concentracionario que define. Y ese universo, en las obras estudiadas por Moreno en Taberna in fabula, son, aparte de la taberna, el sanatorio, el patio de vecindad, la ciudad, el burdel, el barco a la deriva, el hotel de frontera, la biblioteca. Todos, ¿acaso son algo más que la premonición de ese otro universo concentracionarío —más que judío— de los campos de concentración nazis? Metido dentro del recinto, el intelectual o el artista —Doctor Fausto o Von Aschenbach— gana en intensidad de vida aunque pierda en "cultura".

La inteligencia se alía con el drama, el espíritu con la ignorancia y la soledad con el bullicio. Eso celebra —y lamenta— el artista del expresionismo: la muerte de la "cultura" a manos de las fuerzas vivas de la sociedad; una sociedad que muere por falta de espíritu, de saber, de "cultura". De "El Angel Azul" a "El Cielo Ideal", del profesor Unrat al profesor Kien, de El profesor Basura a Auto de fe, de Heinrich Mann a Elías Canetti, de 1905 a 1931, el intelectual "baja" a la taberna —y es como un descenso a los infiernos sin regreso posible— y mezcla su saber con la experiencia de un mundo que se envilece y se miserabiliza. Esa aleación fructífica en obras expresionistas como Berlín Alexanderplatz, de Alfred Doblin; como Las tribulaciones del estudiante Tdrless, de Robert Musil; como Mi corazón, de Else Lasker-Schuler; como Confesión de un asesino, de Joseph Roth; como Taberna Wolf, de Gottfried Benn; como Opera de tres centavos, de Bertolt Brecht, o como Huguenau o el realismo, de Hermann Broch. La visión de Moreno-Durán es reductora, y en las obras analizadas nos destaca el ambiente microcósmico en medio de las grandes sociedades de fondo; la historia está al fondo. Pero la historia está presente en el universo concentracionario. Es la historia el universo que se concentra; es la historia lo que se esconde en la mirada del escritor que hace uso de ese "pathos de la distancia" que es la ironía y con la cual se mantiene adentro y afuera de la sociedad, pero siempre adentro de la historia, que es el apocalipsis. La incomunicación del hombre "culto" deviene su propia culpa, metido como está en el mundo tabernario; es lo que le sucede al protagonista de Hotel Savoy, de Joseph Roth, de quien escribe Moreno: "Sabe guardar las distancias, aunque reconoce con falsa conmiseración que frente al lenguaje de los pobres, el lenguaje intelectual, el suyo, es sucio y ‘deshonesto"’.

La ironía no es suficiente, y eso es algo que no parecía tener en cuenta Moreno-Durán, cuya obra narrativa (sin incluir su última novela, El Caballero de La Invicta) es un alarde de eufemismo y de humor gratificante y erudito. Fausto parecería no afectarse por la miseria de los campesinos bebedores, pero es porque apenas empieza su aventura mefistofélica y quiere darse muestras de su nuevo poder. Pero las tabernas de este siglo son algo más complicadas que la de Auerbach: ya no sólo concentran la miseria de los miserables, sino que también invocan la miseria de la "cultura", es decir, la imposibilidad de su juventud. Fausto es un adolescente en Auerbach, pero el profesor Basura es lo que su apodo le indica en "El Angel Azul", la taberna que recrea Heinrich Mann en 1905.

OSCAR TORRES DUQUE