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INDICE
Artículo: El Burro de Oro
Artículo: Los ocho pasos de la muerte del alma
Artículo: Poesía y testimonio en los documentales de Brian Moser
Artículo: La Tunja de Inés de Hinojosa y de Juan de Castellanos
RESEÑAS
Reseña filosofía: Figuras imaginarias
Reseña filosofía: La verdad de la Constitución
Reseña sicología: Descentración psicológica
Reseña antropología: Las figuras de la fauna
Reseña folclore: Nuestra tradición
Reseña sociología: Acercamiento al campo
Reseña sociología: Gasto e ideología
Reseña sociología: Estudiando imposibles
Reseña política: Una buena introducción al tema
Reseña educación: Memorias de un protagonista
Reseña poesía: Entre lo culto y lo habitual
Reseña poesía: Pintar las palabras
Reseña poesía: La fugacidad poética
Reseña narrativa: La pertinacia de un escándalo
Reseña narrativa: Ejercicio de la nostalgia
Reseña crítica literaria: A través de la literatura latinoamericana
Reseña crítica literaria: El texto no es un pretexto pero sí un contexto
MAPOTECA
Reseña crítica literaria: Un método crítico, crítico
Reseña periodismo: Camino a la canasta familiar
Reseña periodismo: Un manual para la prensa nueva
Reseña historia: Poco para la historia
Reseña historia: Para una historia del sindicalismo
Reseña caricatura: El mundo de Olafo y Mafalda
ORIETA LOZANO
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Interior de la Iglesia de Santa Bárbara después de la
restauración. Archivo: Fundación para la Restauración.
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Consérvase un plano, de 1623, de la villa, levantada según la
fórmula hipodámica-en manzanas cuadradas- y calles casi verticales,
en alarde de sabor renancentista.
Era la época de confusiones estilísticas que precedió al
barroco.
Dijo el gran Lope de Vega de las casas de Madrid: "son
como unas joyas", y de sus albañiles: "son
plateros de yeso", exaltando el carácter de alhajas de
aquellas enormes piedras no preciosas, bien ensambladas por el arte
del hombre. Ese fue el origen de un género ambiguo: el plateresco.
Tan ambiguo como el manierismo, especie de amaneramiento del gusto
estético, de sabor italiano.
"Al comenzar el año de 1566, las construcciones tunjanas
se caracterizaban por la solidez de las paredes, hechas 'para la
eternidad' como todo cuanto acometieron los españoles en el siglo
XVI" (pág. 230), "tan anchas que ni siquiera
podrían pasar los fantasmas" (pág. 234). Muchos solares
con escasa verdura o baldíos esparcidos eran enmarcados por calles
que perduran en el recuerdo y en el trazado actual de la ciudad,
casi idéntico al original: el eje central era la calle Real (casi
todas las ciudades españolas tuvieron una homónima) que hoy es la
calle 19, que recibe un lado de la catedral; la asustadora calle de
las Ánimas
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, que
viera nacer la primera botica y tantas escenas licenciosas, actual
calle 20, que corre paralela a la anterior, enmarcando la plaza de
Bolívar y que registra un paraje tan curioso como la esquina de la
Pulmonía, en remembranza de los fríos paramunos que allí se ponían
cita; la tristemente célebre calle del Árbol, que viera bambolear
el cuerpo de Inés de Hinojosa, es hoy la principal carrera 9a.,
sobre la que se levanta la portada de la catedral. Y, bien que el
árbol no exista ya en su primitivo lugar, desconocido por demás,
dícese que una vieja raíz de arrayán que guardan los dominicos con
mucho esmero es la de aquel árbol de que fuera colgada doña Inés
para hacer justicia en el Nuevo Reino; pueden mencionarse otras
calles célebres: la del Petaquero, a espaldas de la catedral; la
del Muelle; o la del Ventorillo, así llamada por haber albergado la
mejor venta de la villa naciente.
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Detalle del techo en la Capilla de
los Mancipes en la Catedral de Tunjo. Archivo de la Fundación para
la restauración.
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Surcaríanlas, a más de los viejos hidalgos, taimados indios de
rostros mustios, descalzos y vestidos con mantas con agujero, pues
la "capa del viejo hidalgo" aún no se llamaba
ruana y, si hemos de creer la versión más probable, no vendría a
llamarse así sino hasta cuando llegaron a Antioquia los tejidos de
Rúan -la ciudad que viera el suplicio de Juana de Arco-, junto con
los mineros que habrían de adaptar a la vieja ciudad francesa el
nombre de nuestro traje nacional. Recuerda esta anécdota otra
versión, no muy autorizada, que presume que el tan mexicano
|mariachi tomó su nombre de las bodas muy francesas
|mariage entre el impuesto emperador Maximiliano y doña
Carlota, a mediados del siglo pasado.
Vio Tunja el mayor número de nobles llegados al reino. Tenía escudo
con águila bicéfala, y una administración notable: regidores,
alcalde mayor, alcaldes, escribanos y alguaciles.
La oprobiosa ciudad, cuya historia abundó -según Morales Pradilla-
en episodios dignos de Benvenuto Cellini, no era, si hemos de
creerle, la pretendida villa tediosa de algunas crónicas. Eran sus
habitantes dados al disimulo: observábase "un gran respeto
externo y una deliciosa intimidad tras las paredes" (pág.
222). Eran, así mismo, propensos a cierto paganismo, que habría de
esfumarse tras el ajusticiamiento de la Hinojosa. Nos es dibujada
como cuna de superstición y sortilegios de baja calidad: magia gris
y otras nimiedades; o de espantos y seres de ultratumba, heredados,
aventuro, de antiguas creencias indígenas. Singular antecedente es
el de Tomagata, "el cacique rabón", espectro de
hechicero muisca de cuatro orejas y un solo ojo en la frente que,
como un dragón infernal, viajaba por los aires entre Hunza y
Sugamuxi, y que pudo prefigurar el miedo instintivo que se tuvo al
famoso Judío Errante y a su ceja única.
Por lo demás -y no vamos a usurpar los relatos de la novela- era
ciudad de saraos, chicha, paseos a los hervideros -incluso a los de
Paipa-, historias culinarias -véase la muy curiosa de las turmas o
papas (pág. 259)-, misteriosos entierros indígenas cerca de
Motavita, y una semana santa de especiales regocijos (pág.
245).
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Muchas calles de Tunja llevan nombres. Lo difícil es precisar
cuáles los tenían desde el siglo XVI.
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