Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Díaz Castro pasó el examen de legitimación ante el juez. De la revisión de su indumentaria y sus modales, Vergara y Vergara siguió con las letras de la novela y la vida del autor. "Dijimos que se le disculparían las faltas de su estilo desde que conociera su vida" | 2 , había advertido el examinador. Y como el humilde autor de |Manuela no había conocido maestros distintos de la disciplina y de la intuición, entonces Vergara y Vergara declaró que le perdonaba al silvestre escritor todas las faltas que había cometido contra la |Forma, "la diosa de este siglo literario" | 3 . Además, el juez se permitía fijarle el camino de su rehabilitación en asuntos de estilo; le parecía conveniente que se uniera en adelante a las reuniones de la sociedad de literatos de Bogotá: "ligado íntimamente con los mui estimables escritores Carrasquilla i Borda, estimado por nuestros literatos renombrados los señores Ortiz, i animado sin cesar por la obligante i bondadosa cortesía con que el señor J. Arboleda lo distingue, el señor Díaz irá bien lejos" | 4 . Los escritores de la ciudad se iban a encargar, por tanto, de |civilizar al rústico escritor que se había dedicado a relatar las costumbres del campo.

La aceptación del nuevo miembro de la sociedad de literatos de Bogotá parecía responder a un procedimiento más o menos establecido en la época. En aquellos años era notoria la preocupación por la finura en los modales y en los ademanes de representación pública que servían como mecanismos de expansión de determinados gustos estéticos y de distinción de estatus. Los individuos de "honrosa posición social" se distinguían y se distanciaban de las gentes de la plebe por sus buenas maneras, por sus preferencias en el consumo estético de determinados objetos. Ya se había impuesto, por ejemplo, entre la élite de los degustadores de las sutilezas musicales, el exclusivismo de asistir a las funciones de la Sociedad Filarmónica vestidos de frac, corbata y guante blanco, según recuerda en sus |Reminiscencias de Santafé y |Bogotá José María Cordovez Moure, y ya formaban parte de los comentarios públicos las cifras de todo lo que se consumía improductivamente en "trajes de baile para cien parejas (cálculo bajo), en joyas, bufandas y capas perdidas" durante aquellas reuniones de "jente de moda, elegante o |de real" | 5 . Eran tiempos de miseria, como lo testimonió en un ensayo conocido Miguel Samper, pero también de derroches estrafalarios. Por esos días se recibía por primera vez en Bogotá la visita de una compañía de ópera y con ella se inauguró la costumbre de gratificar a los artistas lanzando ramilletes de flores al escenario. Se divulgaban también un |Código del buen tono, cuya versión original francesa se titulaba |Manuel du savoir vivre, y desde un año antes se leían con fruición los recatados consejos de un Código del amor. El incipiente campo literario parecía haber establecido en ese entonces algunos procedimientos de selección, recepción y consagración, tenía algo de un pequeño mundo aparte con sus propias leyes, con sus propias aspiraciones, con sus oficiantes más o menos definidos, con sus mentores más o menos establecidos y, como insinúa la anécdota, con sus autoridades. Incluso los pasos consiguientes de la entrevista en mientes -querer fundar un periódico y buscar al impresor adecuado- parecen circunscritos a unas costumbres ya establecidas, a un vínculo rutinario de la literatura con el periodismo y a un conocimiento del mercado de lectores que podía consumir con alguna naturalidad lo que traía entre manos el señor Eugenio Díaz.

El círculo de escritores bogotanos más cercano a la fundación de El Mosaico tenía ostensibles vínculos con las toldas conservadoras, católicas y filohispánicas; más aún, algunos de ellos no ocultaron ser una especie de representantes laicos del jesuitismo. Repartidores sistemáticos de lo que ellos estimaban decente y de buen gusto, tenían antecedentes de trasegados polígrafos: escritores de textos escolares, de cuadros de costumbres, de poesía didáctica y satírica, fundadores de periódicos y ocasionales redactores de leyes, constituciones o manuales de gramática. También habían frecuentado empleos del Estado y no ignoraban el recurso de las armas a la hora de las guerras civiles. José Joaquín Borda (1835-1878), compañero de infancia y de estudios de Vergara, publicó en 1867 una Historia de la Compañía de Jesús; José Manuel Marroquín (1827-1908), quien después sería presidente del país, durante la vida del periódico escribió para los estudiantes de su colegio en Bogotá un tratado de ortografía que conoció varias ediciones; José María Vergara y Vergara (1831-1872), a cuya existencia estuvieron unidos el origen y la muerte de El Mosaico, fue el responsable de la fundación de la Academia Colombiana de la Lengua, en 1871, y alcanzó a dejar publicada su pionera Historia de la literatura en Nueva Granada, en cuya introducción confesó sin vacilación que no era "sino un largo himno cantado a la Iglesia". Sin duda, Vergara y Vergara fue el más aventajado usufructuario de los poderes de legitimación de aquella "ciudad escrituraria" que se fue estableciendo alrededor de la vida más o menos extensa del periódico. Él ofició con frecuencia como mentor, como censor, como crítico. De su examen preliminar dependía la circulación de determinadas obras y a él con frecuencia se acudía para escribir reglamentos de sociedades, para redactar decretos y proyectos de ley. En Vergara y Vergara se concentró buena parte de la misión de reglamentar una escritura oficial, esa escritura que en las explicaciones de Ángel Rama constituía la lengua rígida y ornamental que se opuso a las innovaciones del habla popular y que se convirtió en fuente de estatus social y de ascenso político por mucho tiempo en Colombia.

Regresando a la anécdota, parece que la idea de fundar un periódico para publicar cuadros de costumbres fue de Díaz Castro y la de llamarlo El Mosaico fue de Vergara y Vergara. El nombre podría encerrar varios significados: una manera de comprender un país multiforme que, según el inmediato inventario científico de la Comisión Corográfica, permitía percibirlo como un territorio habitado por un variado espectro de tipos sociales que debían ser pintados con "fidelidad i exactitud". También podía significar la intención que quería asignársele a la nueva publicación, la de un periódico de variedades que, según el modelo que ofrecía la frívola prensa francesa -por entonces se hablaba de la prensa dedicada a faits divers- se recurría a exaltar el mundo restringido y exclusivo de los potenciales compradores de la publicación: la croniquilla fatua de los bailes y demás reuniones de la alta sociedad, con sus tertulias "semicampestres y semicortesanas"; la descripción pormenorizada del ambiente febril y desordenado de los talleres de imprenta; la evaluación y exaltación de las nuevas diversiones de la gente pudiente; los comentarios acerca del "torbellino de la moda", de las buenas o malas costumbres en la mesa o en la sala de la dama que acoge a los embriones de escritores; en fin, todo aquello que la alta sociedad de aquellos años estaba necesitando saber hacer y saber decir para afianzarse en su predominio social. Ésta pareció ser la intención más sistemática y perdurable de El Mosaico; sentarse a leer cada sábado -día preferido de circulación capitalina de esta clase de publicaciones- se iba convirtiendo en la mejor manera de educar en modales refinados a un grupo social que ya sentía el disfrute del consumo en ciertas actividades suntuarias, entre ellas la degustación de lo que merecía denominarse literatura.

2
José María Vergara y Vergara, prólogo a la novela |Manuela, en El Mosaico, Bogotá, núm. 2, I de enero de 1859, pág. 16.
3
Ibíd. Así, con mayúscula y en cursiva, aparece la palabra |Forma en el prólogo de Vergara.
4
Ibíd.
5
En "Revista", Biblioteca de Señoritas, Bogotá, núm. 22, 29 de mayo de 1858, pág. 173.