Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

El peso exagerado que se le otorga a Ciro Mendía es sólo un fallo secundario en el trabajo de Echavarría, que también parece considerarse a sí mismo como uno de los primeros líricos de la historia del siglo XX al incluir cinco poemas propios y situarse así en un grupo al que pertenecen autores como Gaitán Duran y De Greiff. Su fallo principal está en otra parte: la negativa a tomar decisiones y a realizar exclusiones.

Mientras en el tomo de Charry Lara están representados 41 poetas, en el de Echavarría, que no es más voluminoso, encuentran cabida 176, con lo que la gran mayoría de los autores representados sólo lo está con uno o dos poemas por cabeza. Sin duda, se le hubiera hecho un favor a los lectores si se hubiera tenido el valor de decidirse por algunos poetas como representativos de una tendencia más general o como autores especialmente valiosos y ofrecer una muestra más amplia de su producción.

Ese trabajo hubiera implicado una tarea previa que hubiera sido la de definir tendencias o, si se quiere, grupos y movimientos. En el prólogo, Echavarría, después de rechazar todo tipo de clasificación alegando una cita de Borges según la cual éstas son "simulacros didácticos", hace un bosquejo general de lo que él llama las promociones líricas colombianas y sus "nóminas".

En esa tarea clasificatoria, que luego Echavarría deja de lado a la hora de hacer la selección, no hay mayores tropiezos para el periodo que va desde la llamada generación de los Nuevos hasta el movimiento nadaísta. Se empieza enumerando los integrantes del primer grupo
-León de Greiff, Rafael Maya, Luis Vidales, Jorge Zalamea, etc.-, se sigue con Piedra y Cielo -Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez y compañía- luego se pasa al grupo de Cántico
-Fernando Charry Lara, por mencionar aquí sólo al más notable-, se deja bailando a Aurelio Arturo entre los dos últimos grupos y luego se pasa a Mito y al nadaísmo, en lo que Echavarría todavía parece transitar aguas seguras.

Después del nadaísmo, el intento de clasificación -incluidas algunas citas de otros críticos como Jaime Alstutm y María Mercedes Carranza- se convierte en enumeración de pretextos -o de razones, si se quiere ser imparcial- para no clasificar. Se habla de la llamada "Generación sin nombre" o de la "Generación de Golpe de Dados" pero para a continuación señalar la heterogeneidad de la producción que caracteriza a los poetas que se suelen agrupar en esas categorías, lo que sólo sirve para mostrar que las mismas son insuficientes.


Uno de los fallos centrales de Echavarría es limitarse, en su tarea clasificatoria, a señalar los grupos que se han considerado a sí mismos como tales -como el nadaísmo o Piedra y Cielo- o que han estado reunidos alrededor de una publicación determinada -como los poetas de Mito y Cántico- y no atreverse a entrar en un intento de clasificación temática o estilística en la que acaso se podrían observar cercanías en la búsqueda de poetas que no han tenido que ver nada directamente entre sí y que sin embargo forman parte de una misma búsqueda estética marcada quizá por condicionamientos histórico-culturales.

Otro fallo es detenerse en la llamada "Generación de Golpe de Dados", con lo que renuncia a toda herramienta taxonómica para la poesía producida después de la década de los setenta, a la que, sin embargo, le da amplia cabida en la antología con muestras tan precarias de cada poeta que resulta imposible que el lector termine interesándose por alguno de ellos.

En el prólogo, Echavarría mismo reconoce que "es demasiado escasa la muestra de cada autor para que se pueda sacar alguna conclusión en particular" (pág. VII). Es decir, que resulta imposible tratar de internarse en el universo lírico de los autores escogidos, con lo que no se puede intentar adivinar qué es lo que representan.

Con ello la esperanza que expresa Echavarría de que la antología logre reflejar "la sensibilidad, la calidad, la evolución y la variedad" de la lírica colombiana en el siglo XX resulta completamente ilusoria. Se lee un poema detrás del otro -en una operación en que, por lo demás, la variedad no resulta especialmente notable- y las pocas voces realmente singulares que puede haber terminan perdiéndose en una especie de selva informe.

La renuncia a todo esfuerzo crítico que caracteriza el tomo de Echavarría es tal vez algo sintomático de lo que ha ocurrido con la poesía -y acaso con la literatura en general- en los últimos años. Ha habido una producción abundantísima, y eso es algo que lo comprueban las estadísticas. Sin embargo, esa producción se ha tropezado con una recepción tibia, que en el mejor de los casos se limita a registrar lo que va apareciendo sin atreverse a aventurar juicios críticos que vayan creando poco a poco una selección de lo más representativo.

Naturalmente, quienes emprendan esa tarea cometerán injusticias. Pero como la crítica es un proceso abierto, esas injusticias podrían verse reparadas en medio de la discusión. Además, para un escritor es preferible tener que enfrentarse a la injusticia que verse arropado por una indiferencia que aparentemente lo reconoce y que a la postre lo convierte en un mero dato estadístico en un catálogo en el que aparecen otros cientos de nombres, como la antología de Echavarría.

RODRIGO ZULETA