Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Y predominan, en general, los poemas donde aparece más el narrador que el poeta. Es cuestión de ritmo, sin duda. De aliento. La contención y el silencio son competencia de la poesía. Ello, no obstante, no quiere decir que un extenso poema no pueda ser bueno. Desde Whitman y Rilke hasta Rivero y Roca nos prueban que sí. Aun en un largo poema de tono conversacional, como en Darío Jaramillo, por ejemplo (un largo monólogo), cuando viene de una voz poética sólida, el silencio, el ritmo, el sutil encanto del lenguaje se dejan venir. El prosaísmo rilkeano está lleno de música y de misterio. El prosaísmo de muchos de estos poemas está lleno de cierta torpeza donde la escritura se desvive por salir adelante con el solo argumento de querer alcanzar el arte, lo cual, sabemos, es un gran engaño. De quien escribe y de quien lee.

"Desde mi silencio oculto, flauta / como cuando llueve y las mujeres salen / a mojarse con la tierra / para contemplar tu oración de sangre", es la primera parte de un poema ( |Flauta, pág. 13) que evidencia esa suerte de retórica poética, cuyo fin es el mal de tanta poesía que se lee en todas partes: dominio más o menos correcto de un vocabulario raso con pretensiones poéticas altamente ingenuas.

Intercalo aquí un poema que me parece afortunado porque, de paso, demuestra que el tono disparejo y los temas al garete que predominan en el libro tienen también un respiro: "La ausencia es otra fiesta a solas. / Una ventana sin que nadie te responda: 'llueve'. / Quien quiera que seas / disfruta, abandonado, del dolor. / No huyas. / Lento, lento, asomará / el sosiego, casi un barco, casi un canto / pero dura luz derribando estas paredes. / El dolor es otro sino, disfruta, abandonado, / del dolor. No huyas. / Goza la medida del amor desaparecido" ( |Tal vez, pág. 52).

No sabe uno de dónde sale un poema tan completo en una vastedad de temas mediocres y, sobre todo, salpicados aquí y allá de inconsistencias formales.

Creo que este libro es el resultado (y el costo) de asumir la "valentía" de convertirse en poeta sin el abismo necesario que ello significa. Sin contar con la naturaleza apropiada.




Rosero es un excelente narrador. Basta mencionar su novela |Los almuerzos (Universidad de Antioquia, 2001), no muy extensa, donde demuestra la maestría de quien conoce el oficio con lujo de detalles, pero, además, de quien cuenta con una gracia extraordinaria y una finura exquisita en el manejo de sus personajes y lugares. Una pequeña novela con los logros innegables de la mejor percepción poética de una realidad oscilante entre la mezquindad, la ruina, la fe y la comicidad de todo.

Hay obras, como esta novela, donde un autor logra desplegar una poética genuina a lo largo y ancho de una narración, en la descripción y el calado psicológico de unos personajes y en la ubicación de unas atmósferas. El lenguaje fluido, activo, sonoro y preciso nos enseña que ello es el arte y, por tanto, es la inminencia de una poesía.

Ese mismo autor, sin embargo, cuando deliberadamente, juiciosamente, quiere escribir poemas, como en este caso, lo más probable es que no funcione. Porque hay un poeta "obligado" a fungir de tal. Y peor cuando, además, quiere ser trascendental, como aquí: "Amigo, todo esto es una despiadada pesadilla: / En este pueblo los reyes son cerdos,  / por cientos los cerdos se pasean, / en su basura ideal. / Todo el pueblo es su estercolero. / El pueblo entero es de ellos. / Las orejas de los asnos son sus manjares predilectos, / ningún asno tiene orejas en el pueblo (...)" (de |Carta, pág. 25). De aquellos poemas que, mediante una analogía, nos quieren mostrar una moral, cualquier moral. Pésimos poemas.

Rosero tiene todo el derecho a pensar que la poesía se puede alcanzar mediante una breve narración que trasciende, en ella misma, el sentido que nos comunican sus palabras, meros vehículos para allegar otro destino. Al fin y al cabo es lo que he dicho del Rosero narrador: trasciende en su lector a instancias de la potencia simbólica de sus prosas. Pero en estos poemas el autor se juega una carta adicional: quiere trascenderlo con una estocada, con un golpe; le prepara una celada, que es como llevarlo de la mano para enseñarle un camino. Y lo engaña (y se engaña) porque lo cree menos que él y lo quiere aleccionar. Son las ideas con las que se arma un poeta cuando la poesía no es lo suyo, cuando escribir un poema no es lo que le surge como un acto espontáneo lleno de necesidad y de emoción (aunque luego piense y pula y corte y arme).




Hay poetas malos que escriben malos poemas y los publican, y hay prosistas malos que escriben malas prosas y las publican. Y, al contrario, hay quienes escriben menos y publican con mucha calidad. Eso es natural y constituye el juego de posibilidades en el campo de las letras de cualquier país.

Nada agrega eso a lo que aquí vengo diciendo. Excepto que Evelio José Rosero es un magnífico contador de historias de ficción, que ha publicado exitosamente, y que ahora se ha creído con el derecho de escribir poesía, de publicarla y, quizá, de demostrar que no es un prosista perezoso (porque escribe bastante), sino en vacaciones.

¿Es tan malo el panorama contemporáneo de la poesía colombiana que se hace necesario que los novelistas y cuentistas le den una mano a la lírica? No creo.

¿O se tomará Rosero un desquite por ver a tanto poeta en nuestro tiempo escribiendo novelas? Vaya uno a saber.

LUÍS GERMÁN SIERRA J.