BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
El sentido del viaje, de la aventura suscitada por la acción de
la mirada:
|Y si rompe
la telaraña del espejo,
¿no huirá eternamente por una selva blanca?
Viaje que es posible gracias a la activa imaginación poética del
escritor, memoria de vivencias sensoriales,
perceptivas o metafísicas, realidades construidas por la intuición
y sensibilidad del autor. Esta imaginación abre ante nosotros el
horizonte de lo posible, evoca imágenes de otras eras y nos
distancia metafóricamente de la primera realidad para enriquecernos
por medio de la creación. Propósito que logra el presente libro,
donde nos muestra, cifrando, una parte de la condición humana, su
vida espiritual, los infinitos significados que retan al
lector.
Es imaginación y no evasión, dado que la poesía verdadera
actualiza. Lo anterior advierte Luis Eduardo Gutiérrez en el
segundo capítulo del libro, ya desde la enunciación del epígrafe de
Eliot:
|Lo que pudo haber sido y fue
dan a un solo fin que es siempre presente.
Sí, una actualización que podemos realzar si comparamos los
mundos presentados, las atmósferas tan bien construidas, los
motivos universales: la muerte que prepara la horca o el cadalso;
los ritos dionisiacos rebosantes de vida, su pujanza, los éxtasis
místicos, el vino siempre presente (el vino de Villon que colmaba
su tina, el vino que llueve de las praderas del sueño, el vino de
las tabernas de almenas blancas); la presencia del animal de
distinto valor que espiritualiza el mundo sensible y capta las
intuiciones profundas del escritor: las mariposas negras que
constituyen la voz de la hechicera, los murciélagos a los cuales
sólo trata la reina, el canto del ánade que vuelve loco al oyente,
los dromedarios rojos del nómada, las ratas de la calle, las
mariposas rojas del sonámbulo, el bosque iluminado por una hiena en
llamas, los cuervos del augurio, el lobo del mal sueño, el ave de
la nostalgia, el potro que huye llevándose un cielo joven, los
pájaros, gorgojos y ratas de Vallejo.
Junto a lo anterior la certeza de que el arte parte de la ruina,
del desacomodo, del vestigio; la ciudad devorada por el fuego, la
presencia de una estrella de ceniza:
|Árbol de antiguas aniquilaciones
es el manzano.
No en vano estas dos líneas son el inicio de un poema titulado
|Holocausto. Primero canta la muerte para tomar distancia de
ella, como Orfeo, y así sobrevivir con su obra: "Sólo hay
Magdalenas que cantan a la peste". Y luego vendrá el amor,
la metamorfosis, el incesante conjuro que exorciza el mal y
ahuyenta a Tánatos:
|Un conjuro me devolverá el huerto
donde probé el fruto hechizado.
Un conjuro es la palabra.
Claro, el conjuro es el verbo que ritualmente solicita
transformar al mundo: "Virgen de los sentenciados: /
Transforma a la reina / en oropéndola / para que levante el vuelo /
sobre los campos sembrados". La palabra lámpara, la
palabra liturgia que acciona el milagro, la palabra de la
transmutación, la palabra que sana y es oficiada por el músico o el
poeta:
|Bastaba que Servilla abriera la mano
para que cayera nieve sobre el imperio.
Algo que presagia a César Vallejo cuando afirmaba que su madre le
ajustaba el cuello del abrigo no porque empezara a nevar, sino para
que empezara a nevar.
Aquel Vallejo con el que Luis Eduardo Gutiérrez finaliza su
inquietante libro, su ronda mágica, su pulso escrito que suscita
entre nosotros sensaciones de dolor, peligro, erotismo, horror,
asombro, atmósfera encantada y extraña, en suma, intensa pasión,
constante y cierta.
|Los espejos de la hidra, un libro que nos invita a recorrer
el territorio sugestivo y cautivante del poema, y nos lleva
felizmente a reconciliarnos con la verdadera poesía.
GABRIEL ARTURO CASTRO
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