BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Por fortuna, Romero Guzmán, ante el reto de incursionar por la
obra del pintor holandés, toma lo esencial: su alcance profético,
la función instituyente, original y ontológica de la imagen, su
profunda y dolorosa complejidad psicológica. Ejemplo de ello es
|Invitación que hace Van Gogh a Théo desde un cuarto de postigos
cerrados; un poema construido a partir de diferentes frases
tomadas de Cartas a Théo, Leamos un fragmento:
|Encuentra bello todo lo que puedas;
La hilera de sauces llorones en la pradera,
el mistral despiadado que barre con furia las hojas muertas,
el regreso del rebaño en el crepúsculo,
como el final de la sinfonía que he oído ayer.
El poeta lo que hace es valorar la conciencia subjetiva del pintor,
su percepción individual, su pasión, el afecto hacia la libertad y
la idea de su obra proveniente de sus testimonios, principalmente
del epistolario dirigido al hermano: "Me tiñe el sol, me
da la libertad y también dibuja rejas en la tierra árida bajo mis
pies. Tras ellas, dos niños pasan tomados de las manos, sucios como
toda inocencia, pero sonreídos".
De esta manera asistimos a la aventura espiritual de Van Gogh, a su
lento dolor que estremecía sus sentidos, su locura, su estado de
alteración permanente y la forma como el poeta lo vivencia, lo
intuye, lo interioriza:
|Acabo de pintar un paisaje en el que y o mismo estoy extasiado.
Sobre una pequeña pradera, un brote de sauces rojos, y sobre ellos,
un sol verde. Al frente una casa campesina, de un blanco humilde,
con una pequeña ventana oscura abierta a un cielo estrellado. Yo
quise dejar iluminada esa ventana, pero sólo a los hombres del
mañana les será dado ver brotar de ella luz.
Libertad e imaginación, dos hitos del pintor que encarnaba la
fuerza creadora, su aliento y capacidad de hacer visible lo
invisible, de tomar la cualidad sutil en las cosas humildes y el
sentido religioso de la construcción de la palabra de un Dios:
"la luz de una lámpara se angosta para entrar por el cono
del mundo. Es el pulso de Dios, la claridad de su mano arrojada a
los hombres...", manifiesta Nelson Romero Guzmán,
intuyendo la pasión de Van Gogh, su soledad, "copa
litúrgica que corta en mis labios los labios del cordero",
lucidez y sufrimiento de un "niño barbado de sol rendido
sobre la arena", laberinto construido para su aventura
espiritual, mundo extremo que lo hace prisionero y a la vez lugar
prodigioso donde supera la incertidumbre y el dolor a través de la
obra, su sentido ritual de eternidad, de poder y fortuna, porque
"no es fácil llegar al fondo del abismo / para conocer qué
tan alta es la luz, / no es fácil tentar la oscuridad / para llenar
de soles la pradera".
Demuestra, Romero Guzmán, en este texto, además de una sensibilidad
y capacidad de reflexión, un oficio de cierta madurez, cohesión y
convicción, virtudes advertidas desde
|Días sonámbulos (1988)
y
|Rumbos (1995). Su libro
|Surgidos de la luz (mejor
si hubiese sido titulado
|Soles en Arles o Profanar la luz),
fue distinguido con el XIV Premio Nacional de Poesía Universidad de
Antioquia, 1999.
GABRIEL ARTURO CASTRO
|