Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Fernando Linero se convierte en el pasante de la vida indefinida, en esa que por su minucia nadie entra a clasificar ni a sumar. Sin embargo, en ese actuar del detalle está buena parte del patrimonio con esa fragilidad delicada, pero indecente, que lleva un rocío de caspa sobre el espíritu ciudadano: "Tomando tinto en la cocina repaso, igual que un / anciano, hechos menudos que he coleccionado. Son iguales / a esos dibujos que vamos dejando en la margen de los / cuadernos que no son asunto del verso, tácitas confesiones / que están allí donde no llega la literatura. El poeta, cualquiera / sea su edad, es viejo" (pág. 35).



Cualquier ciudad late desde sus propias situaciones. El latir sube y se suspende en su aire, se queda en suspenso como espíritu para forrar ese espacio que se consolida como lo que es, como un vertedero de desconsuelos, de sudores y de olores del alma. Apropiarse de ello, es una labor que corresponde a la toma por asalto de los gestos, las formas del vivir y del pensar, de aquellos rincones, paredes de humedades que apenas dejan una figura, un rasgo. Nada de eso desaparece en la memoria. Toda esa presencia de ciudad está ahí, escondida y lista a salir ante cualquier llamado, ante cualquier invocación que haga el poeta. Linero supo hallar esa parte invisible que sólo es capaz de descubrir quien la ha vivido en el latigazo presencial de un instante. Linero atrapó en la palabra ese escarpado itinerario que proyecta una ciudad y que se reconoce entre lo apocalíptico y el entusiasmo, la indecisión y las ganas. Hay ciudades que por instantes tienen los atributos del desencanto y que por lo mismo corresponden al ser de la espuma que por un momento tiene la posibilidad de hacerse grande y después, al instante, quedar deshecha sobre la arena de la playa. Linero atrapó ese permanente degüello de la vida: "Ahora puedo ser el padre de mi padre. Estoy en la / cantina donde él aún toma su cerveza. Soy su gesto y tengo su perfil //. Sentado en la mecedora, bajo la grosella, escucho los / ruidos de la vecindad y en voz baja digo sus palabras. / Leo la prensa del domingo y la sangre confusa estremece / sus venas" (pág. 48). Cada casa tiene el mismo comportamiento burgués, el mismo estilo de mecedora, la misma marca de chancletas de plástico, el mismo nombre del periódico y esa agriera de un día que bosteza cuando a lo lejos o a lo cerca, alguien grita un gol de pelota de trapo o suenan las notas de un piano o de un fagot que se ensaya en una eterna cacofonía.



Para Linero la poesía es oficio que oficia. Detrás de la espera del poema esta el hacedor, el que es capaz de tomar materias primas de la vida y amasarla. Nada trasciende porque todo se da como trabajo a lo natural: "Lo mío es tan importante como lo del panadero porque tiene el sagrado compromiso de elaborar el primer alimento del día" (pág. 56). Después viene la convicción de lo producido: "Lo que yo produzco es tan real, tan nutricio como un pan". No existe nada exótico, nada mítico para creerse mayor sobre lo que a diario sucede: "Hacer un pan no es menos misterioso que hacer un poema". Lo que se requiere es estar sintonizado con el día que despunta para saber que fórmula se ha de aplicar: "Cada día tiene para su pan de cada día una fórmula distinta que el panadero debe descubrir en el color del alba".

|Lecciones de fagot representa lo elemental, ese canto sin oda que hace fisura con las cosas elementales para hablar de ella y por ausencia de las que se podrían llamar grandes. Es toda una intención ese producido. Ese poema corto que da la sensación de no querer extenderse. El poema se agota en sí mismo, se detiene en su prosa como para que la palabra se reduzca a las precisiones. El poeta es músico, ejerce de igual modo la música como oficio. Sin embargo, su poesía no tiene la melodía de las notas. La consistencia musical del poema está por fuera del pentagrama porque tomó de la palabra su propia interpretación. Fernando Linero no hizo, para sacrificio del verso, esos retorcijones que muchos le dan a las palabras para que se conviertan en corchea o semicorchea. El equilibrio no está en la mezcla sino en la separación de las dos disciplinas. Escribir y hacer música están en sus dos esquinas. Ninguna se aproxima a la otra. El fagot, o el saxo por ello, no serán más que instrumentos que evocan a la ciudad perdida que se recupera a través de los símbolos que suenan en la memoria del escritor. El tiempo se recoge y se comprime y para Linero sólo se detiene en esa consideración que él propone.

ÁLVARO MIRANDA