BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Maquillar, fingir con el cariñoso engaño de los diminutivos,
falsificar: el ejercicio estilístico para desmontar toda esta farsa
y permitir que asome la desnuda verdad, con su impagable costo
moral, es lo que confiere fuerza e intensidad a la novela. Lo que
la hace a la vez piadosa y desorbitada, con las estridencias
propias de un brusco y acelerado cambio social. Es entonces la más
personal y dolorosa de las que ha escrito Laura Restrepo (1950),
pero a la vez la más cómica y desopilante, como en las escenas
donde Agustina visita el apartamento de la primera mujer de
Aguilar.
El abuelo no se suicidó: se fue a Alemania. El padre no tomó las
fotos ni fue amante de su cuñada. Fue el hijo mayor y la modelo no
es la tía sino una sirvienta. En ese mar de equívocos interesados
ya no reconocemos el delgado hilo que nos pueda conducir a la
verdad, máxime si s una loca cuya madre miente la que nos lleva de
la mano, revelación tras revelación.
Pero el delirio esquizofrénico de Agustina resulta la consecuencia
lógica de tanto fingir lo que no somos y una metáfora justa de ese
país donde el hambre y la venganza, la retaliación y la masacre, el
rencor y las falsas pretensiones tratan de ocultar en vano una
llaga siempre abierta: la de la infinita desigualdad. Ya lo dirá de
modo irrefutable el propio Pablo Escobar en la novela, cuando
muestra esa rapiña implacable en torno de un plato demasiado
escueto para tantas ambiciones insaciables:
|Qué pobres son los ricos de este país, amigo Midas, qué pobres
son los ricos de este país. [pág. 82]
El ropón de lujo para los bautismos y la naturalidad para pasear
sus perros ya no serán los únicos signos distintivos de la gente
bien. Bien en el sentido, claro está, de quienes tienen bienes. Lo
artificioso de un idioma ingenioso y la cínica despreocupación
sobre el valor de la vida misma es algo de lo que esta novela ha
traído al primer plano, en creativo exorcismo. Si el delirio carece
de memoria, esta indagación hábil y recursiva nos ofrece, como
saldo favorable de una escritora que latió con sus gentes, como esa
pareja central del libro: dio vida en ellos a esos fantasmas
recurrentes que nos agobian, con entrañable compasión y sobre todo
con pulso firme de narradora eficaz. Volvió la dura vida perdurable
ficción.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
|