Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Lectura valiosa
 

|Esta vida y la otra
|Germán Pinzón
Editorial Seix Barral, Bogotá, 1998
390 págs.


No hay ninguna duda: |Esta vida y la otra es una de esas novelas que nos hacen falta, y que no llegan en silencio aunque la crítica no las adorne con demasiado bombo. Digo antes que nada -porque no pienso desaprovechar la oportunidad- que se trata de una historia de amor, y no de otra cosa. Los grandes temas (la soledad, la muerte) rodean la historia de amor, pero la novela defiende su naturaleza a capa y espada: sigue siendo, a pesar de lo que la rodee, una historia de amor. Esta insistencia no es superflua, porque creo que una de las cualidades más notorias de la novela está en la lección que da: se puede narrar el amor teniendo como marco el convulsionado panorama colombiano; un novelista puede contar la relación de un hombre y una mujer sin prescindir, pero sin incorporar, la situación pública y política del país. No hay una relación causal entre la política en Verona y la muerte de Romeo y Julieta, porque entre los dos eventos hay una larga sucesión de malentendidos, responsabilidades, apasionamientos. Lo mismo ocurre en la historia del teniente Edgar Pinto y de la monja Magdalena: no revelaré el final, pero es uno propio de la tragedia, porque escapa al control de los amantes y, al mismo tiempo, es de alguna manera provocado por ellos. Pero tampoco existe una relación directa entre ese final y el marco que lo rodea.




"Usted, mijita, no sabe nada del amor", le dice a Magdalena uno de los médicos encargados del sanatorio adonde la monja ha sido destinada. "Perdón, del amor de Romeo y Julieta. Pero si usted fuera Julieta, sospecho que no le gustaría nada que el amor haya sido definido por la ciencia como una alteración bioquímica del cerebro". El discurso es como un emblema de la novela, como su blasón de lucha: en él están incluidos dos de los aspectos esenciales de la historia: su carácter declaradamente romántico y su enfrentamiento de las distintas nociones de amor. Los amantes de la historia son, ambos, figuras cuya vida ha pasado en el ámbito de otras de las definiciones que la palabra |amor tiene en nuestro tiempo: para el teniente Pinto, el amor a la patria; para la monja Magdalena, el amor a Dios. Ambos fracasan en sus amores respectivos, porque el amor de Eros, el amor genuino y no el derivado o metafórico -se aceptará que eso de amar a la patria es una metáfora horrible, por no decir un descarado sofisma oun imposible lógico- es el único que puede rescatarlos. En esto va lo romántico de la novela: el reconocimiento de que sólo el amor es redentor de aquéllos a quienes la muerte ha derrotado de antemano. Sólo el amor de los amantes, el amor erótico, es salvador. Los otros sentidos de la palabra (ágape, |caritas, piedad) son incompletos, y dejan al hombre incompleto.

En la historia, Edgar Pinto es un hombre desgarrado, que ha entrado al ejército sin demasiada convicción y, lo que es peor y lo que ha determinado su tragedia, ha matado sin demasiada convicción. En el sanatorio al que ha sido enviado para recuperar su equilibrio, conoce a Magdalena -quien también ha llegado de otra parte: el encuentro en territorio extraño es una de las constantes de las historias de caballería- y es "asignado" a ella, o a ella se le asigna la responsabilidad de ese paciente. Lo que sigue es algo muy parecido al destino griego: la conciencia por parte de ambos de que es imposible huir de ambos, pero también es peligroso entregarse; la noción de que son incompletos el uno sin el otro, pero también de que en esa completitud puede estar la desgracia. Uno de los talentos de la novela está en la habilidad para crear un ambiente tan particular y extraño como el de un sanatorio. Pinzón lo logra con éxito mediante el método más clásico: el reconocimiento de sus debilidades y el aprovechamiento de sus virtudes. En efecto, ciertos lectores -yo entre ellos- echarán de menos lo visual en la novela. Faltan las descripciones que hagan vivida una escena, los detalles físicos que la impriman en nuestra mente y nos den la sensación de haberla vivido o, por lo menos, de haberla presenciado. Quizá para subsanar esta ausencia, Pinzón ha recurrido a un lenguaje flexible y expresivo, rico en recursos poéticos, dueño de una capacidad sugestiva extraordinaria. Uno de sus fuertes es el uso variado de la poesía, que, limpia de toda literatura, le sirve a su autor para crear ambientes igual que para caracterizar estados de ánimo. De pequeño, Edgar no quería volver a casa, sólo "quería morirse porque no sabía para dónde coger en un planeta tan grande que no tenía un huequito donde él pudiera meterse". Magdalena describe al teniente en una de sus cartas: "Y algo muy trágico le anda por el cerebro, que le hace poner los mismos ojos que pondría una manzana con un gusano adentro. Y perdón por la comparación tan estúpida". La comparación no es estúpida: es perfecta. La prosa de Pinzón suda de energía en cada letra. Es singular su habilidad para abusar de la abstracción de maneras que hubieran vuelto ilegible otro relato, y que dotan a éste de una textura tan profunda como poco solemne, produciendo efectos humanos de esos que no se ven sino que se intuyen. Al terminar una escena cualquiera, el lector notará que no la recuerda, que no sabe dónde ha estado, que no "ha visto" ni a los personajes ni al lugar. Esto bastaría para que una ficción fracasara; no es el caso de la novela de Pinzón, porque el lector, a pesar de haber sentido todo aquello, siente también el inevitable roce de la verdad humana. Tanta abstracción, tanta metáfora en cada página (unidas, por supuesto, a la solidez y a la destreza de los diálogos), no resultan ni por un instante gratuitas. Su capacidad reveladora es casi profética. En cualquier caso, lo que hay que señalar es la ineludible marca personal de cada página; imagino que esto va de la mano de otra particularidad: la presencia del autor.