Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

Es así: la novela está atravesada por citas que no lo son, plagios deliciosos, guiños que, como decía Muñoz Molina que decía un romance, están puestos "para el que conmigo va". Un verso transformado de Neruda, uno de la |Comedia o de Virgilio, tienen el efecto curioso de acercar al lector al texto, de crear una amistad entre los dos. La complicidad es bienvenida, aun corriendo el riesgo de comprometer la verosimilitud de la narración. Si la muerte de un mico es descrita con la frase que usó Cervantes para contar la muerte de Alonso Quijano, el guiño genera complicidad, pero también le resta autonomía al texto. La misma frase, una de las más famosas torpezas de la literatura, es repetida más tarde para otra escena, lo cual subraya y vuelve a subrayar la presencia del escritor detrás de lo escrito. Quizás se trate de un prejuicio personal, pero en ese instante algún lector deseará ser dejado en paz con la historia y los personajes, en lugar de recordar lo que prefiere no recordar: que alguien inventó y redactó eso que lee.

Concluyo refiriéndome al único reparo preciso y trascendente que encontré después de la lectura de |Esta vida y la otra. Una historia de amor, por su esencia, esta hecha de mínimas comunicaciones entre la experiencia amorosa del lector y la interpretación de la realidad por parte del escritor, que incluye, necesariamente, su propia experiencia amorosa. Ello determina la dificultad última de todo relato de amor: que a algunos lo dramático parezca melodramático, o lo sutil inexistente, o lo romántico cursi. Pues bien: la escena clímax de la novela, que es también el clímax de sus amantes, es una de las fallas de gusto más subjetivamente notables del texto, y acaso la única. Decía Vargas Llosa que no hay nada tan difícil de narrar como la política y el erotismo. En las escenas eróticas de |Esta vida y la otra, el abuso de la poesía que antes -como creador de ambientes y de estados de ánimo- me resultó cargado de verdades íntimas y de comprensión del mundo, ahora sobresale por su inefable cursilería. "Otro momento después la lengua, eterna gata curiosa de su propio dominio oscuro, ha saltado a interrogar, envolver, reconocer a su compañero de la noche atávica. Ya inventa o recuerda su teúrgia de semilicandencias enloquecedoras, a compás de un antiguo mandato melódico la mano gobierna las ascensiones y regresos del tahalí de seda de hombre que atersa la membruda empuñadura, a la sombra de los misterios en flor la boca de Magdalena asume la forma enjuta de un segundo dédalo al éxtasis, tal y como apresó en su vulva para ser su dueña sin salida, anuda el bucle escarlata de los labios, comprime los arcos palatales de tiniebla y miel caliente y encapilla la visión. Las progresiones de gloria. Las imperdonables retiradas. Y la comunión total del ígneo y carnoso descendiente solar". La cita puede ser demasiado extensa, pero ilustra mi reparo. Toda la escena está construida con pasajes como éste, falsamente poéticos y agobiados, más bien, de dudoso gusto. Si no se nos hablara de la vulva y del sexo de vez en cuando, ante ellos haríamos el comentario que Flaubert hizo ante la escena romántica de uno de sus contemporáneos: "l |a baise-t-il ou en la baise-t-il pas" En buen cristiano: ¿se la come o no se la come?

Lo cierto es que la novela de Germán Pinzón -un periodista de peso indudable, que ha vuelto a demostrar su talento narrativo- es una lectura valiosa, por su inteligencia estética y también moral, por su tratamiento decente de los infiernos humanos y por la infinita simpatía frente a los lugares más oscuros de la condición de esos dos personajes magníficos: una mujer de fe enfrentada a su Dios, ese Dios que no soporta el amor, y un hombre cuya relación con el miedo y la muerte (las dos presencias esenciales en la vida de un colombiano) lo destrozan con la extrema ironía de transformarlo en el asesino a quien siempre ha perseguido.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ