Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

El escritor tolimense es un veterano de mil batallas que ha desempeñado cargos burocráticos importantes en el campo de la cultura y ha publicado una carnada de libros dedicados, entre otros aspectos, a la historia del libro y del ex libris, a poetas como Giovanni Quessep y Porfirio Barba Jacob, a políticos y hombres públicos como Rafael Uribe Uribe y Luis López de Mesa; y novelas como |Sin tierra para morir, El girasol y Cuarto menguante, amén de relatos y crónicas.

El libro que aquí comento, publicado en 2004, es, como lo dice su título, una crónica sobre el famoso asaltante y donjuán. Santa, además de contar con mucha información acerca del personaje y de conocer ampliamente la geografía en que éste se movió como Pedro por su casa, lo mismo que la idiosincrasia de sus gentes, ha puesto en este libro un énfasis emocional que se siente campear de principio a fin en el relato. Ese ingrediente hace que el libro se lea, en ocasiones, como una ficción, como un producto de la imaginación y no escuetamente del periodismo, del relato histórico o de una confirmada realidad. Pero ese acento, a su vez, se va tornando de un tinte ingenuo, en exceso romántico, como si el escritor tuviese, como las gentes que han perpetuado la leyenda, una obligación moral o sentimental con el rebelde de Líbano.

Al verse impelido a contar la historia (el episodio de la "visita" del Palomo, que narra el biógrafo en el prefacio, ya tiene ese color emocional remarcado, ingenuo: "Sucedió que un día el bandido resolvió visitarme. Lo vi entrar a mi alcoba [...] Lo estaba viendo en ese instante igual que cuando yo era todavía un niño, y podía distinguir su rostro afilado, su nariz aguileña, sus ojos penetrantes y fijos [...] Entonces él, con la misma altivez, sin bajar aún su arma amenazante, me dijo en voz baja y como acariciando el sonido de sus propias palabras: 'He venido para exigirte que escribas mi verdadera historia. Eres el único sobreviviente que conoce la verdadera historia de mi vida'. Y luego, sin saber cómo, el bandido se escurrió entre las sombras. Tal como él acostumbraba hacerlo, después de cada asalto [...]". Por un aviso premonitorio o algo por el estilo, el escritor se apresta a erigirle un monumento literario, a sellar su inmortalidad con la impronta de un libro de donde, se supone, ya su fama no saldrá jamás, ya nadie podrá escamoteársela.

Puede uno pensar que aquí se presentó algo así como aquel famoso "síndrome de Estocolmo", que se manifiesta en quienes, después de un largo cautiverio forzado, salen alabando o amando a sus captores, o a alguno de ellos, debido a la estrecha relación obligatoria que se presenta en esas circunstancias y que propicia afectos insospechados.

En efecto, los sentimientos de Eduardo Santa, en este libro, se ven permanentemente inclinados a favor de las acciones que acomete el Palomo, dejando, en general, la impresión de estar ante alguien que, en realidad, contaba con facultades extraordinarias, con protecciones divinas, con una inteligencia superior. Incluso, al describir su aspecto físico, incurre en idealizaciones que, muy probablemente, no correspondieron a la realidad ("[...] de mediana estatura, ligeramente moreno, de nariz aguileña, ojos muy negros y vivaces, pelo también negro y liso, delgado y ágil en todos sus movimientos. Tenía un fino bigote...[...] Hace pensar en el Bolívar increíble de muchos pintores: blanco, corpulento, de facciones finas, muy distinto al mulato más o menos esmirriado que sí nos han mostrado verdaderos artistas; o en el Jesucristo idealizado por buenos y malos retratistas").

El libro, escrito en una prosa cuidada y preciosista, como de quien deliberadamente busca no incurrir en ningún desfase lingüístico y, por el contrario, adorna cada línea, cada párrafo con delicados adjetivos, con expresiones muy correctas, se hace de lectura interesada por las expectativas que existen con el personaje, pero, al mismo tiempo, denota el esmero exagerado, la pulcritud acentuada, la redacción academizada. Un tono también idealizado, como su protagonista.


No me resisto tercamente a pensar que Reinaldo Aguirre haya sido un personaje admirable, digno de una semblanza en tono exclamativo. Lo que choca en la semblanza de Santa es tanta blandura, tanta "belleza", tanto idilio. Para que quede claro que un individuo como el de marras tiene justificada su inmortalidad en un país de tremendas desigualdades e injusticias, en el cual la rebeldía y el disenso son casi un deber, no necesariamente, creo, debe entregársele al lector un panegírico de grueso calibre como el presente, propio más bien de esa mala literatura que nos entrega personajes o muy buenos o muy malos, sin dualidades, sin intimidades en claroscuro, sin flaquezas de mortales.


El cronista queda atrapado en el aura que rodea al personaje, al igual que quedaron sumidas las gentes que, aun sin conocerlo, sublimaron su figura y sus actuaciones. Nos entrega un personaje sin tacha, demasiado bueno en su maldad o en su rebeldía. Y no existen personajes así. O, si existen, un escritor tiene la obligación de escribir sobre ellos con argumentos literarios donde la verosimilitud no sea una lección de bondad o una moraleja.

LUÍS GERMÁN SIERRA J.