BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
|Después el jorobado avanzó un alfil y se comió un caballo; se
lo comió entero, de la cola hasta la crin, crudo, sin necesidad de
cuchillo y tenedor; lo espatarró, lo quebró, lo desmembró y se lo
tragó. En seguida acabó con un peón, y otro más, y otro, y al fin
la despojó de su último caballo, lo enlazó en su campo, le hizo una
abertura de vampiro en el cuello y succionó su sangre y lo
desinfló... [pág. 38].
Otro es el tono, el lenguaje y el ritmo utilizado cuando la reina
ya no está frente a un jorobado repugnante, sino frente a ese joven
diminuto que le ha robado el corazón: "La reina se
debatía. El joven se debatía. Ambos cantaban victoria y, de súbito,
ambos hacían equilibrio en el filo de la derrota", [pág.
52].
Los personajes se van sucediendo uno tras otro frente al tablero,
pero cada uno diferente, caracterizado con un epíteto que lo
identifica y lo diferencia al mejor estilo de Hornero, lo que nos
vuelve a recodar que estamos frente a un relato que viaja en la
oralidad, hecho para ser recordado. El sabio, a quien sólo afanaba
el éxito, no la belleza ni la riqueza; la mujer, altiva, de luto
íntegro, velo oscuro que cubría su rostro; Saulo del Monte,
recordado por su hermosura de niño; Ariosto, violinista afeminado,
"cuya angelical manera de caminar fue muy aplaudida al
acercarse a recibir la muerte"; Femio, escultor de aves,
"que sobresalió por sus imprecaciones obscenas cada vez
que perdía una pieza"; Aldo Eckerman, que murió de rabia
al descubrirse perdido, y así, unos con más protagonismo que otros,
van ocupando la silla en la que se decidirá si viven o mueren
frente al tablero del ajedrez.
Es una historia bien contada pero pésimamente editada. Las
ilustraciones de Javier Fernando Porras, dibujos estereotipados
hechos con lápices de colores, están "regados" en
las páginas con un diseño desigual que le hace perder muchísimo a
este libro. Para el lector hubiera sido mejor poder imaginar
libremente la belleza de la reina, la evocación remota de su reino,
lo grotesco del jorobado o la sencillez aparente del joven vestido
de blanco, el último de los pretendientes.
Aunque éste es un relato que podría inscribirse en la tradición de
los cuentos inspirados en la oralidad, tanto por sus motivos, su
estructura y la tipología de sus personajes, no es lo mejor de
Rosero. Estamos frente a un cuento que más parece un divertimento
que una pieza de mayor envergadura. Rosero Diago tiene suficiente
oficio y calidad en su trayectoria de escritor, como para
considerar esta historia como una de sus mejores obras. Y aunque
está bien escrita y maneja sobre todo un muy atinado ritmo en la
narración, no deja de ser una buena idea convertida en un buen
relato: una reina que decide jugar su amor y sus bienes a quien le
gane una partida de ajedrez. Alrededor de esa idea, Rosero comienza
a contar y le va agregando un personaje tras otro, como si de los
cuentos de
|Las mil y una noches se tratara.
La trayectoria literaria de Rosero Diago es amplia: ganador del
premio Nacional de Cuento en 1979. En 1992 recibe el premio
Nacional de Literatura, y en el 2001 el premio Enka de Literatura
Infantil Internacionalmente, ha sido reconocido con el premio de
Novela Breve en Valencia, España. La novela
|Juliana los mira
(Anagrama, España, 1986) ha sido traducida al sueco, al danés, al
noruego, al alemán y al finlandés. Ha escrito, además,
|El
incendiado, El señor que no conoce la luna, El aprendiz de mago y
otros cuentos de miedo, Ahí están pintados, Las esquinas más
largas, La pulga fiel y La duenda, con la que obtiene el
premio Enka de Literatura Infantil 2001.
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
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