Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67
Autores: BLAA
Edición original: Biblioteca Luis Ángel Arango 2005
Edición en la biblioteca virtual: 2006
Notas: Boletín cultural y bibliográfico No. 67
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO No. 67

De tal manera que la autora exagera en su caracterización del radicalismo en Colombia y, también, en su caracterización de don Ezequiel Uricoechea como un genuino radical. Da la impresión de que la autora toma partido, lo cual no es pecado, por la solución liberal radical en la construcción de la nación colombiana. Lo que sí puede ser un pecado es concederle al liberalismo radical una superioridad que no tuvo. La utopía liberal fue, ha sido, una mentira tan funesta como la de la tradición católica. Tanto el constitucionalismo liberal como el absolutismo teocrático han sido, en América Latina, credos sostenidos por minorías activas. Unos decían que todos éramos hijos de Dios y los otros postulaban la igualdad abstracta de los hombres ante la ley. En el caso liberal, sobre todo, "se sacrificaba la realidad a las palabras" como dijo Octavio Paz. Ésa ha sido la "hermosura estéril" de un liberalismo que sólo alimentó a las minorías ilustradas a las que pertenecía don Ezequiel Uricoechea.


Y, bien, para hacer más cuestionable su semblanza de este personaje, Arias lo ubica en un ateísmo sin concesiones porque su vida "fue lo opuesto a la religión en el siglo XIX: las ciencias". Es posible que el señor Uricoechea sí haya sido un ateo inmaculado, pero la autora escogió un camino persuasivo demasiado fácil y erróneo. La práctica de la ciencia no fue ni ha sido un camino opuesto al de la religión. El radicalismo tampoco fue en el siglo XIX la garantía de una vida atea; la misma Inés Arias lo dice en varias partes. Y, aún más, la autora ni siquiera logra convencernos de que Uricoechea fue un liberal radical. Muy difícil, además, determinarlo, porque el filólogo bogotano se fue definitivamente del país poco después del derrocamiento de Mosquera, porquien Uricoechea sentía simpatía; es decir, se fue en vísperas del periodo de dominio radical, en vísperas del proyecto educativo del radicalismo. ¿Por qué, entonces -habría que preguntarle a la autora de este libro-, considera a Uricoechea un radical?

Inés Arias Arias es, de todos modos, audaz al intentar una caracterización de lo que ella denomina "silencios históricos". El capítulo segundo es una enjundiosa disertación acerca de los silencios o mitos asociados a la construcción del mundo republicano. Pero queriendo desentrañar la vacuidad de los mitos sobre nuestros orígenes republicanos, la autora terminó proponiendo otros. Es cierto que ha habido una historia oficial que ha impuesto una heroicidad funesta, unos valores y unos nombres ahora discutibles y discutidos. Sin embargo, la autora no reconoce, lo que es por lo menos una ingenuidad terrible, que la historiografía universitaria de nuestros días ha contribuido enormemente al cuestionamiento de esos mitos. La autora no admite, o quizá simplemente ignora, que buena parte de la historiografía profesional de los últimos decenios, en Colombia, ha contribuido a desmontar los mitos de la pretendida historiografía tradicional. Es muy extraño, por dar un ejemplo, que la autora no dialogue siquiera con las ya lejanas pero aún útiles reflexiones de Germán Colmenares sobre el discurso de la historiografía oficial del siglo XIX contenidas en las |Convenciones contra la cultura. Peor aún, su examen del liberalismo y de sus tendencias no parte siquiera de los aportes de algunos autores imprescindibles, al menos como punto de partida.

Revisando la bibliografía que coloca al final de su libro, percibimos que es una lista muy precaria que no incluye textos básicos para este tipo de análisis. Faltan autores y obras sustanciales con respecto a la historia social de las ciencias en Colombia, por lo menos. La lectura de algunos libros "clásicos", como los de Carlos Rama o José Luis Romero, le hubiesen brindado un panoramaexplicativo más coherente de don Ezequiel. Hay una reciente e interesantísima bibliografía acerca de los viajeros científicos hispanoamericanos del siglo XIX que le hubiese ayudado a Arias a entender mejor el nomadismo de su personaje. No sé si esas ausencias tienen que ver con los "silencios históricos" que Arias Arias ha querido denunciar o si son simples omisiones candidas de alguien que no está muy sintonizado con las novedades de las ciencias sociales.


A propósito de esos silencios o mitos que la autora quiso desentrañar en este libro, hubiese sido más interesante que ella profundizara en el carácter de las relaciones entre intelectuales hispanoamericanos y Europa. En algún pasaje de su libro se aproxima a este problema pero el desarrollo es incompleto. Tampoco nos explica el sentido que tuvieron determinadas disciplinas científicas en el siglo XIX; cómo se explican en el contexto del imperialismo científico de ese siglo los intereses etnográficos y filológicos de Uricoechea, su pasión por las lenguas de las comunidades precolombinas. Arias no nos dice nada sustancial al respecto. De haberlo hecho, habríamos podido entender mucho mejor qué tan original y creador o qué tan subordinado y dependiente fue el señor Uricoechea. Incluso, así habríamos comprendido mucho mejor por qué tuvo una relación epistolar tan constante y tan fructífera con un intelectual aparentemente opuesto como fue Rufino José Cuervo, digno representante del proyecto político y cultural de una república católica. Arias tampoco explica por qué un supuesto radical como don Ezequiel fue abanderado del proyecto hispanófilo y conservador de creación de la Academia Colombiana de la Lengua.

El libro, por tanto, deja muchas dudas. Hay errores lamentables: ¿cuál guerra civil de 1867? No hay rigor ni exhaustividad en el acercamiento a las fuentes primarias; su defensa de la obra del científico colombiano se concentra en las sospechas de plagio que alguna vez consignó Luis Duque Gómez; no hubo una caracterización ordenada y exhaustiva de la producción intelectual de Uricoechea. Y faltó diálogo con un conjunto de obras y autores que han aportado en el tema de su libro. ¿Cómo puede ignorar Arias, por ejemplo, lo que ya se ha escrito en la relativización de la figura de José Celestino Mutis? ¿Cómo puede ignorar lo que se ha escrito sobre el impacto de la Comisión Corográfica? En fin, a este libro le hizo falta una revisión de antecedentes historiagráficos. En consecuencia, la tarea de examinar la obra y la vida de este científico a la luz de los conflictos inherentes a los proyectos opuestos de construcción de nación en Colombia e Hispanoamérica, durante el siglo XIX, está inconclusa.

GILBERTO LOAIZA CANO