Reseñas. Ángel que se las trae

Van Gogh pintó una vez
el retrato del mundo.
Allí estaba todo:
las flores que se abren
y las puertas que se cierran,
los días de llanto
y los días de oro
los senderos y los sueños,
los ramajes y las palomas.
También un niño
mirando dos amantes
y también la hora del nacimiento
y la muerte de cada hombre.
Para lograr ese retrato, Van Gogh
no tuvo sino que pintar una silla.
[Una lección de inocencia, pág. 143]
¿Por qué es "logrado" este poema? Por su
simpleza, por su elección de palabras (obsérvese que faltan, para
bien del texto, las muletillas de antes), por la sorpresa final que
trastrueca la expectativa de los lectores, por la sutileza del
contraste entre la silla del final y las proyecciones sensibles e
imaginadas del mundo de natura y del redil humano. Más sensacional
todavía es la "verdad" (así lo dijo Heidegger, no es
charango mío) que vale para el arte pictórico como para el poético.
Los adverbios en -mente y los gerundios disminuyen en Las úlceras
de Adán, pero digamos que ese título no promete un paraíso ni mucho
menos. ¿Por qué las entrañas son tentadoras?
El otro poema es Ráfaga con un jinete de Uccello. Lo mismo:
concentración de imágenes, superficie pulida, ausencia de
partículas propias de toda narración. Descarga de luz, la
necesaria, y punto:
Sobre un bloque de luz cabalga el viento en un corcel de
alumbre y amapola. Las heridas del día, lacre y oro, se entrelazan
y funden a un vasto azul en que triunfó la noche. El perfil
poderoso apenas si retiene lo que el alma contuvo sin medida. El
desmán fue su norma y en sus ojos tuvo la muerte dimensión y sueño.
[pág. 144]
Es interesante destacar que en ambos textos la muerte y el sueño
se mezclan también, lo que ayuda a comprometer una
"visión" real: ligereza de carne, profundidad de sonido.
En los libros anteriores sólo podemos citar dos poemas como ejemplo
de tal actitud ante el lenguaje: El extraño (pág. 25), con
su adverbio y su gerundio, y La reina, muy superior. Leámoslo:
Lydia era la dueña de los cocuyos.
Ella los llevaba al mar en las noches oscuras.
Los soltaba cuando los jazmines dormían entre la sal.
Lydia tenía una frente de pájaro.
La recuerdo entre las tablas rotas
y los cordajes de humo.
Su voz era un crustáceo herido.
Toda ella era un barco,
como un nocturno barco por siempre abandonado.
[pág.61]

Gran poema, caray. Si tan sólo Rojas Herazo hubiese reunido unos
diez poemas así como para estremecer al mundo literario colombiano,
tendría en su haber un triunfo impecable. Pero si la existencia
humana está llena de imperfecciones, en la poesía las malas juntas
pueden arruinar muchas beldades. Hay, sueltos, algunos versos
memorables: "Es mi sueño en el agua y el agua que nos
sueña" (La sed bajo la espada, pág. 111); "De esto nada
sabemos. Lo sabe nuestro sueño" (Adivinanza del fuego, pág.
131). La ensoñación querría dejarse oír. Pero muchas certezas se
hallan dentro de poemas largos que son tiradas de información,
crónicas de casi relleno. No debemos engañarnos con la estructura
del texto (que nos dice: mírenme, estoy en verso y por lo tanto he
de ser un poema) ni con la corrección gramatical ni la despiadada
voluntad emotiva. Éstas son las mochilas cargadas en exceso que
impiden que el viaje sea cordial. Debemos en todo momento juzgar un
texto como poético en razón de su diferencia o acercamiento a sus
fuentes, en razón del deseo de composición (no de la plantilla de
que echan mano ciertos autores). Debemos prestar atención al
testimonio verbal escondido que desea hacernos saber -machacarnos
acaso la sentencia- que la poesía es aquello que las palabras no
pueden jamás alcanzar. Los poetas son los que por mero instinto
tienen que desconfiar del lenguaje "poético", porque han
sospechado que detrás de cada reverberación acústica repercute la
vida auténtica. Quienes asumen esta insuficiencia son los que
llegarán más lejos en su obra creativa. Quienes confían en la
posibilidad comunicativa de la lengua serán quizá escritores de
excelencia pero no necesariamente maestros del arte poético. Esto
es lo que ocurre con la obra en verso de Rojas Herazo. Y, como todo
en el arte, la suya se relaciona con una historia específica, una
experiencia verbal. Es decir, que los sentimientos que la voz de
los poemas de Rojas Herazo nos trasmite pueden ser íntimos,
personales y hasta compartidos; la experiencia que recibimos, en
cambio, no le pertenece, es ajena o de todos, como la fórmula
secreta de la limonada o del pan de miga. Practiquemos la
redundancia: otros poemas ya lo dicen, otros poemas lo han dicho
mejor.
El ejemplo máximo de una deseada conjunción entre la lírica y la
narración está en la Biblia, en el Cantar de los cantares del rey
Salomón. La referencia al libro de los libros no es gratuita, está
en los títulos de Rojas Herazo, desde Tránsito de Caín (1953) a Las
úlceras de Adán (1995). Digamos, por ligereza, que el entripado
(¡los interiores de nuevo!) se reduce a los miembros de
aquella familia primordial. Pero eso de competir con un texto
ultracanónico es propósito gordísimo. En la Biblia la poesía no ha
dejado de transpirar, con tierra y agua, derroche de fuego y
ventarrones continuos. Es preferible, entonces, hacer glosas o
comentarios, pero no intentar la creación de escenas de
"sentido poético", porque los versículos del desierto nos
van a ganar siempre por puesta de magia. A la Biblia hay que
tomarla como lo que es: una madre que sigue dando leche de
metáforas, muchas de ellas bastante sangrientas y otras de muy
dulce sabiduría. Tarea casi imposible, hemos de insistir. Es como
querer hacer poesía con el Cántico espiritual de Juan de Yepes.
Bienvenidos, pues, a las aristas del lenguaje, sálvese quien pueda.
Aquellos que las sientan podrán, quizá, balbucear a las estrellas;
aquellos que crean erigir una morada propia con esas puntas,
pagarán su atrevimiento y como una forma de suplicio verán que
"las sílabas fueron como agua entre las piedras"
(Tránsito de Caín, pág. 38). Rojas Herazo sabe (y lo supo), pero
fue tentado y "el resto es historia", como dijo Humpty
Dumpty después del porrazo.

Será por eso tal vez que en el interior de Las esquinas del
viento (no perdamos la perspectiva: este libro es una selección;
vale decir, lo más notable) se manifiesta un deseo tácito a través
de una imagen especial. Son las lámparas. Creo que la repetición
insinúa un deseo de vislumbrar el camino que requiere una podadera
con carácter de urgencia. En el poema dedicado a Wait Whitman
(¿no es una premonición esta coincidencia?), vemos las
lámparas en el título, así como en el poema sobre el hermano.
Apaguémoslas con delicadeza para concluir nuestro paseo:
y las lámparas derramando sus ángeles sin prisa
[La casa entre los robles, pág. 24]
Bajo las lámparas dulcemente reconocimos nuestros
rostros
en la alegría y el ungimiento
[...]
Las lámparas se encendían una a una como palabras
[Viento del huésped, págs. 29 y 31]
Allá las lámparas, el lecho,
el perfumado resplandor de los manteles y los panes.
Acá mi espina y mi sendero...
[Tránsito de Caín, pág. 40]
Éste es exactamente el límite.
Nadie dirá nada, hermano mío,
estás entre las lámparas.
[El hermano entre las lámparas, pág.80]
Nos pondremos en paz, hermano Wait,
en esa paz oscura donde hablar es tomarse las manos
y esperar en silencio que regresen las lámparas.
[Wait Whitman enciende..., pág. 95]
Se te ha borrado súbitamente el [mundo
como la lámpara que trasladan a otro aposento.
Ahora son tus cinco eternidades de sombra
pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia.
[Responso por la muerte de un burócrata, pág. 106]
...el círculo que alimenta el aceite de las
lámparas...
[La noche de Jacob, pág. 120]
...cuando tú, dulce hermana y madre mía,
ponías la lámpara
frente a las frutas y los platos de arroz,
el que murió un domingo ¿recuerdas?
[Inventario a contraluz, pág. 145]
Hay un texto lindísimo (en prosa) de Rojas Herazo (con poesía
propia), que es lo único de él que yo conocía. Se titula
"Leamos esa gran novela" y está incluido en una selección
de diversa procedencia pero guiada por el puro placer del antólogo
y sometida a consideración de los lectores(4). Pues bien, a esta reflexión de Rojas
Herazo en torno al diccionario habría que darle el premio de los
corazones que no cesan de buscar otros asombros verbales.
Maravillosos consejos, instrumento de medición que demuestra que la
sorpresa suele acampar en lo insospechado. Y esto no puede ser mera
sospecha: se ha de llamar, por supuesto, poesía.
EDGAR O'HARA
Universidad de Washington (Seattle)
4
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Cf. Darío Jaramillo Agudelo, Antología
de lecturas amenas, Bogotá, Editorial La Rosa, 1986, págs.
18-20.
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