Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Ángel que se las trae

Van Gogh pintó una vez
el retrato del mundo.
Allí estaba todo:
las flores que se abren
y las puertas que se cierran,
los días de llanto
y los días de oro
los senderos y los sueños,
los ramajes y las palomas.
También un niño
mirando dos amantes
y también la hora del nacimiento
y la muerte de cada hombre.
Para lograr ese retrato, Van Gogh
no tuvo sino que pintar una silla.
[Una lección de inocencia, pág. 143]

¿Por qué es "logrado" este poema? Por su simpleza, por su elección de palabras (obsérvese que faltan, para bien del texto, las muletillas de antes), por la sorpresa final que trastrueca la expectativa de los lectores, por la sutileza del contraste entre la silla del final y las proyecciones sensibles e imaginadas del mundo de natura y del redil humano. Más sensacional todavía es la "verdad" (así lo dijo Heidegger, no es charango mío) que vale para el arte pictórico como para el poético. Los adverbios en -mente y los gerundios disminuyen en Las úlceras de Adán, pero digamos que ese título no promete un paraíso ni mucho menos. ¿Por qué las entrañas son tentadoras?

El otro poema es Ráfaga con un jinete de Uccello. Lo mismo: concentración de imágenes, superficie pulida, ausencia de partículas propias de toda narración. Descarga de luz, la necesaria, y punto:

Sobre un bloque de luz cabalga el viento en un corcel de alumbre y amapola. Las heridas del día, lacre y oro, se entrelazan y funden a un vasto azul en que triunfó la noche. El perfil poderoso apenas si retiene lo que el alma contuvo sin medida. El desmán fue su norma y en sus ojos tuvo la muerte dimensión y sueño. [pág. 144]

Es interesante destacar que en ambos textos la muerte y el sueño se mezclan también, lo que ayuda a comprometer una "visión" real: ligereza de carne, profundidad de sonido. En los libros anteriores sólo podemos citar dos poemas como ejemplo de tal actitud ante el lenguaje: El extraño (pág. 25), con su adverbio y su gerundio, y La reina, muy superior. Leámoslo:

Lydia era la dueña de los cocuyos.
Ella los llevaba al mar en las noches oscuras.
Los soltaba cuando los jazmines dormían entre la sal.
Lydia tenía una frente de pájaro.
La recuerdo entre las tablas rotas
y los cordajes de humo.
Su voz era un crustáceo herido.
Toda ella era un barco,
como un nocturno barco por siempre abandonado.
[pág.61]

Gran poema, caray. Si tan sólo Rojas Herazo hubiese reunido unos diez poemas así como para estremecer al mundo literario colombiano, tendría en su haber un triunfo impecable. Pero si la existencia humana está llena de imperfecciones, en la poesía las malas juntas pueden arruinar muchas beldades. Hay, sueltos, algunos versos memorables: "Es mi sueño en el agua y el agua que nos sueña" (La sed bajo la espada, pág. 111); "De esto nada sabemos. Lo sabe nuestro sueño" (Adivinanza del fuego, pág. 131). La ensoñación querría dejarse oír. Pero muchas certezas se hallan dentro de poemas largos que son tiradas de información, crónicas de casi relleno. No debemos engañarnos con la estructura del texto (que nos dice: mírenme, estoy en verso y por lo tanto he de ser un poema) ni con la corrección gramatical ni la despiadada voluntad emotiva. Éstas son las mochilas cargadas en exceso que impiden que el viaje sea cordial. Debemos en todo momento juzgar un texto como poético en razón de su diferencia o acercamiento a sus fuentes, en razón del deseo de composición (no de la plantilla de que echan mano ciertos autores). Debemos prestar atención al testimonio verbal escondido que desea hacernos saber -machacarnos acaso la sentencia- que la poesía es aquello que las palabras no pueden jamás alcanzar. Los poetas son los que por mero instinto tienen que desconfiar del lenguaje "poético", porque han sospechado que detrás de cada reverberación acústica repercute la vida auténtica. Quienes asumen esta insuficiencia son los que llegarán más lejos en su obra creativa. Quienes confían en la posibilidad comunicativa de la lengua serán quizá escritores de excelencia pero no necesariamente maestros del arte poético. Esto es lo que ocurre con la obra en verso de Rojas Herazo. Y, como todo en el arte, la suya se relaciona con una historia específica, una experiencia verbal. Es decir, que los sentimientos que la voz de los poemas de Rojas Herazo nos trasmite pueden ser íntimos, personales y hasta compartidos; la experiencia que recibimos, en cambio, no le pertenece, es ajena o de todos, como la fórmula secreta de la limonada o del pan de miga. Practiquemos la redundancia: otros poemas ya lo dicen, otros poemas lo han dicho mejor.

El ejemplo máximo de una deseada conjunción entre la lírica y la narración está en la Biblia, en el Cantar de los cantares del rey Salomón. La referencia al libro de los libros no es gratuita, está en los títulos de Rojas Herazo, desde Tránsito de Caín (1953) a Las úlceras de Adán (1995). Digamos, por ligereza, que el entripado (¡los interiores de nuevo!) se reduce a los miembros de aquella familia primordial. Pero eso de competir con un texto ultracanónico es propósito gordísimo. En la Biblia la poesía no ha dejado de transpirar, con tierra y agua, derroche de fuego y ventarrones continuos. Es preferible, entonces, hacer glosas o comentarios, pero no intentar la creación de escenas de "sentido poético", porque los versículos del desierto nos van a ganar siempre por puesta de magia. A la Biblia hay que tomarla como lo que es: una madre que sigue dando leche de metáforas, muchas de ellas bastante sangrientas y otras de muy dulce sabiduría. Tarea casi imposible, hemos de insistir. Es como querer hacer poesía con el Cántico espiritual de Juan de Yepes. Bienvenidos, pues, a las aristas del lenguaje, sálvese quien pueda. Aquellos que las sientan podrán, quizá, balbucear a las estrellas; aquellos que crean erigir una morada propia con esas puntas, pagarán su atrevimiento y como una forma de suplicio verán que "las sílabas fueron como agua entre las piedras" (Tránsito de Caín, pág. 38). Rojas Herazo sabe (y lo supo), pero fue tentado y "el resto es historia", como dijo Humpty Dumpty después del porrazo.

Será por eso tal vez que en el interior de Las esquinas del viento (no perdamos la perspectiva: este libro es una selección; vale decir, lo más notable) se manifiesta un deseo tácito a través de una imagen especial. Son las lámparas. Creo que la repetición insinúa un deseo de vislumbrar el camino que requiere una podadera con carácter de urgencia. En el poema dedicado a Wait Whitman (¿no es una premonición esta coincidencia?), vemos las lámparas en el título, así como en el poema sobre el hermano. Apaguémoslas con delicadeza para concluir nuestro paseo:

y las lámparas derramando sus ángeles sin prisa
[La casa entre los robles, pág. 24]

Bajo las lámparas dulcemente reconocimos nuestros rostros
en la alegría y el ungimiento
[...]

Las lámparas se encendían una a una como palabras
[Viento del huésped, págs. 29 y 31]

Allá las lámparas, el lecho,
el perfumado resplandor de los manteles y los panes.
Acá mi espina y mi sendero...
[Tránsito de Caín, pág. 40]

Éste es exactamente el límite.
Nadie dirá nada, hermano mío,
estás entre las lámparas.
[El hermano entre las lámparas, pág.80]

Nos pondremos en paz, hermano Wait,
en esa paz oscura donde hablar es tomarse las manos
y esperar en silencio que regresen las lámparas.
[Wait Whitman enciende..., pág. 95]

Se te ha borrado súbitamente el [mundo
como la lámpara que trasladan a otro aposento.
Ahora son tus cinco eternidades de sombra
pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia.
[Responso por la muerte de un burócrata, pág. 106]

...el círculo que alimenta el aceite de las lámparas...
[La noche de Jacob, pág. 120]

...cuando tú, dulce hermana y madre mía,
ponías la lámpara
frente a las frutas y los platos de arroz,
el que murió un domingo ¿recuerdas?
[Inventario a contraluz, pág. 145]

Hay un texto lindísimo (en prosa) de Rojas Herazo (con poesía propia), que es lo único de él que yo conocía. Se titula "Leamos esa gran novela" y está incluido en una selección de diversa procedencia pero guiada por el puro placer del antólogo y sometida a consideración de los lectores(4). Pues bien, a esta reflexión de Rojas Herazo en torno al diccionario habría que darle el premio de los corazones que no cesan de buscar otros asombros verbales. Maravillosos consejos, instrumento de medición que demuestra que la sorpresa suele acampar en lo insospechado. Y esto no puede ser mera sospecha: se ha de llamar, por supuesto, poesía.

EDGAR O'HARA
Universidad de Washington (Seattle)

4
Cf. Darío Jaramillo Agudelo, Antología de lecturas amenas, Bogotá, Editorial La Rosa, 1986, págs. 18-20.