Reseñas. Con estos 205 cuentos pudo hacerse un bonito libro
de 30 o 35 cuentos
Con estos 205 cuentos pudo hacerse un bonito libro de
30 o 35 cuentos
Cuentos completos
Manuel Mejía Vallejo
Editorial Alfaguara, Bogotá, 2004, 564 págs.
De esta copiosa fuente, ¿podemos juntar un poco de agua
en el cuenco de las manos y curarnos en salud, bebiéndola? Sí, por
ejemplo, con el cuento Vivir la vida (pág. 295), o con La hechicera
(pág. 298), o con Sexo (pág. 399), de media página, o menos. Luego
de sudar la gota, a través de muchos cuentos flojos, intercalados
entre algunos buenos logros. La desolación irrecuperable del
Tristear (pág. 382), del Estar triste (pág. 433), de Los sueños del
espejo (pág. 234), de El sueño de la pesadilla (pág. 252), de
Expatriados: "Estaba recordando lo mejor de su vida,
organizando su pasado, cuando murió. Como ya venían cerca, los
recuerdos, se desorientaron. Los vimos removerse ávidos, en busca
de su dueño. [...] -Este recuerdo podría ser mío [dice el
narrador]. Algunos, sin embargo, no hallaron identificación, no
hallaron refugio: cuando se perdían entre su propia niebla,
creíamos oír llantos lejanísimos. Entonces supimos lo que es
soledad" (pág. 226). En Profeta del pasado, juega ya con la
figura de Platón en La república, de los seres de la caverna que no
agarran las cosas sino las sombras de las cosas. Sólo ven las
sombras, proyectadas en las paredes de la caverna, de las cosas que
deambulan afuera, siempre fuera del alcance. Este otro cuento,
Profeta del pasado, resuena con el Menón, donde Sócrates enseña al
pequeño esclavo que aprender es recordar, que lo que no sabemos es
consecuencia del olvido. El cuento comienza: "Según sus
palabras, la historia es algo que tiene memoria: nosotros sólo
tratamos de recordar lo ya efectuado; por eso, lo que estamos
viviendo es un recuerdo de lo vivido; nos acercaría a esta
posibilidad cierta sensación de pesadilla que despiden los
acontecimientos. [...] Igualmente descubrió que el sueño podía ser
verdad, pero de vez en cuando [...] En cambio, el recuerdo se
acerca a lo verdadero" (pág. 277). La flecha del tiempo no se
abre camino sino hacia atrás, regresiva, apunta con demasiada
frecuencia al pasado, al recuerdo, y de ahí su recurrencia al
fantasma, a la sombra, de la que, empero, se llega a despojar, en
La sombra desobediente: "Yo, el solitario. Por lo menos tenía
mi sombra: ni grande ni pequeña. [...] Si caían a nuestro lado
otras sombras, distinguíamos en ellas el ala o el cuerno o el
rostro o el árbol, hasta la sombra del agua en algunos días, cuando
la lluvia juega al sol y los pájaros sueñan entre ella jaulas de
juguete". Aquí, el hombre pierde su sombra, mientras los
pájaros sueñan jaulas de juguete entre ella [la lluvia]:
"Aunque la entiendo, duele su rebeldía. Será el invierno; las
sombras se van con el sol, él las hace, su ausencia las destruye.
Ahora, más solo que nadie, que siempre, que nunca, más solo que la
soledad, voy como un río. Únicamente el río no tiene sombra, el
río: deben caer frescas las sombras en el vientre del agua". Y
concluye: "-Se ahogaría en el río, mi sombra" (pág. 256).
En Errando: "El sueño andaba solo, sin quién lo soñara. Su
errancia fue concentrándose hasta adquirir cierta lejana semejanza
de hombre. -Aparecerá una raza nacida de los sueños que carecen de
dueño [sueños mostrencos] -deseó un deseo también preexistente, y
la raza llegó a tomar un vigor desgarrado. Así se diluyó el sueño
en otra urgencia de vivir, no sabía para qué. Pues, ya hecho
hombre, el sueño apareció como irremediable nostalgia de lo que
fuera cuando no era nada [...] Fatigada en su nueva conformación,
la última raza quiso regresar a su principio, a ese antes de su
dudoso principio lleno de ecos sin voces, de sombras sin imágenes,
de larga mirada sin ojos. Entonces se inventó la muerte" (pág.
324). Sueños, sombras, fantasmas, espantos, pesadillas: derecho al
hueco negro (págs. 227, 238, 252, 277, 287, 296, pássim).
"-¿Quién me presta sus recuerdos? [...] Denme un poco
de vida, pero ya vivida", en Uno que no tenía recuerdos (pág.
278). Éstos son los motivos prevalecientes a lo largo del texto. La
materia de los sueños es blanda, floja, y uno, como ocurre con el
psicoanálisis, no encuentra de qué agarrarse. Carecen de
consistencia la mayoría de estos cuentos breves, no se sostienen,
no se paran sobre sus cuatro o cinco patas. Los del primer libro,
Cuentos de zona tórrida (1967), de unas siete páginas, no están ya
en el aire, uno ya no puede respirar esta sobrecarga verbal,
demasiado territorializada, demasiado confiada y atada al
significado, a las meras imágenes: "-Todo oscureció cuando la
luna cayó en la red tejida con saliva de magia" (pág. 424).
Esta prosa controlada, sentimos que no fluye y nos abruma.

Con Viento en el espejo, en las entretelas de la
ocurrencia de la muerte de Ella, el narrador, esta especie de
Narciso, hace mirar al viento en el espejo, lo hace entrar en él y
lo hace reflejarse en él. Acá, como en muchos de estos cuentos, las
poderosas, o sutiles, fuerzas naturales, han sido escamoteadas,
escatimadas, secuestradas por la grave ley de un bosque con
endriagos, pispirispis, bisabisanes, pero sin duende, éste que,
según García Lorca, habita en las últimas habitaciones de la
sangre, que ronda los pozos abiertos por donde mana la herida, el
mismo duende de la canción gitana, del cante jondo, duende de Juan
Rulfo, con unas voces que provienen, no del oficio literario,
propio de Manuel, sino de la sangre, de la tierra y del pueblo, en
el desierto que crea y puebla Rulfo, en una prosa que no calcula
las frases por su efecto, espontánea, afectiva, plena, con toda su
admirable sobriedad y llaneza, poesía. Otros son los terrenos del
ángel o de la musa, habitados por Mejía Vallejo, con sus
secretarios, vicarios, consejeros, y su parafernalia adjunta (los
espejos, los sueños, las brumas, los recuerdos, los espantajos).
Sea el cuento Los bisabisanes, estos monstruos de dos cabezas a
manera de espejos, que Roberto "descubrió a la entrada de la
cueva". Animales alegóricos, dice el narrador, "animales
para una desolada moraleja", éstos que inventa el autor aquí,
los bisabisanes, cuyo destino "era una copia del destino de
nuestra vieja raza". Entre éstos, "cada cabeza cree ser
espejo de la otra. Un espejo que devuelve imágenes mordedoras, se
odian al verse reflejados en su propia visión. [...] -Como
nosotros" (pág. 348). Espejo, viejo usurero, sediento avaro
del reflejo, del sueño, de las sombras, las mismas de la caverna
del idealista Platón, éste de Los bisabisanes. "El espejo
quedaba al fondo de la habitación", el viento llegaba a la
ventana. [...] "El viento se miró al espejo largamente; quizá
detuvo su fuerza mientras las habitaciones del espejo se
acostumbraban, hasta dejar libre algún pasadizo. El viento se
miraba, el viento. Al fin vimos cómo entraba al espejo y movía
extraños cortinajes para comenzar lo que parecía una muerte grande
y honda, un vacío sin palabras, una hora -las seis- alta de grises
lejanos" (pág. 322). "También el tiempo debió mirarse al
espejo". Ya se ve que éste funciona como un hueco negro, se lo
chupa todo, igual que la soledad del solipsista -¿la flor?,
sola, ¿el árbol?, solo, ¿el lucero?, solo-, una
estrella muerta del cielo.
Tanto bucear por entre paisajes de brumas y fantasmas de papel,
desecados, para pescar unas pocas almejas frescas, en tan ingente
plato, unos pocos cuentos breves bien logrados, bajo la ley
implacable del misántropo dictator -a la letra, 'el que dicta'-,
creador del mundo, él sólito, con sus espejos, sus brumas y sus
sueños, en sus cuentos de mazmorras a la luz cansina del día. En la
introducción al libro Las noches de la vigilia (1975): "Según
recordaba, en aquellos sitios se había detenido el tiempo [...]
Éstas son las primeras historias de Balandú, pueblo en vía de
sueño. El vuelo solitario de una hoja, el canto olvidado de un
pájaro que olvidó cantar, un hilo de agua blanca entre los
musgos... Y otros fantasmas vigilantes cuando la mirada, sola, mira
sus propias desolaciones en el viento que llega de la
infancia" (pág. 216). Sea el caso de Mitología, último cuento
en el libro Otras historias de Balandú (1990), donde leemos:
Pero el hombre estaba solo. Y esa soledad empezó a necesitar
el sueño. Así nacieron los sueños, por la soledad de la flor, por
la soledad del árbol, por la soledad del lucero, por la soledad de
la tierra, por la soledad del hombre. Pero también los sueños del
hombre estaban solos, y estaba sola también, la soledad. Entonces
el hombre soñó una oscuridad vacía y en la oscuridad una estrella y
bajo la estrella una flor y bajo la flor un árbol y bajo el árbol
la tierra, y sobre la tierra, fugaces, todos sus sueños. Así
nacieron los sueños, creadores de lo que no existe ni existirá
jamás, [págs. 454-455]
